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Ejércitos
negros;
ejércitos
rojos
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Siendo
el último día de colegio era lógico aceptar
que los alumnos estuvieran nerviosos, más indomables incluso
que durante el curso. Mientras la profesora recitaba de memoria
un sermón de despedida intentando concienciarlos en vano
para que repasaran en vacaciones, los alumnos esperaban ansiosos
en los pupitres lanzándose miradas cómplices entre
unos y otros. Esperar el pitido que anunciaba el fin del año
lectivo resultaba para algunos una auténtica angustia, en
especial para los más revoltosos, que ya pensaban en todos
los días libres que les quedaban por delante para acostarse
tarde viendo la televisión, jugar a fútbol y a ladrones
y policías por las tardes, coger cangrejos por las mañanas
en el río o ir a dar una vuelta en bici con los amigos por
las afueras del pueblo. Las chicas esperaban observando sus relojes
digitales o de manecillas, engalanadas con sus mejores vestidos
para llegar las primeras a la fiesta que se había organizado
en el pabellón deportivo del colegio. Allí se celebrarían
bailes y juegos entre los alumnos y se repartían finalmente
premios antes de la despedida definitiva.
A Luis le traían sin cuidado las disertaciones de su tutora.
Miraba a través de la ventana absorto en el vuelo de una
mariposa de alas amarillas con puntos negros. Su abuelo le había
contado que, cuando él era joven, había tantas que
se podían capturar con las manos decenas de ellas en unos
pocos minutos. Pero ya apenas se veían mariposas en el pueblo,
y además Luis prefería atrapar otro tipo de insectos,
tales como arañas, hormigas y tijeretas. Recordaba que al
principio los encerraba en tarros de cristal y morían pronto,
hasta que se dio cuenta de que debía agujerear un poco la
tapa de los recipientes para que los bichos respiraran. Su pasión
por los insectos desde muy pequeño lo había llevado
a ser apodado por sus compañeros como el Señor de
los insectos, y muchos se mofaban de la introversión que
demostraba hacia la gente. Algunos decían que era tan raro
que era capaz de hablar con las hormigas, y algunos incluso afirmaban
que guardaba auténticos ejércitos de ellas en tarros
de cristal en su casa. No les faltaba mucha razón a estos
rumores, pues Luis tenía centenares de hormigas de diversas
razas y tamaños encerradas en tarros de cristal y listas
para ser infiltradas en hormigueros enemigos, una fiambrera llena
de tijeretas comunes, una docena de arañas domésticas
y una araña peluda con un abdomen del mismo tamaño
que una oliva, a la cual llamaba "Lanuda" y tenía
que encerrarla en un tarro aparte, ella sola, para que no devorase
a los demás bichos que guardaba. Luis tenía verdaderas
tropas para jugar a la guerra, aunque desde luego distaba mucho
de poder comunicarse con los insectos.
La profesora estaba cerrando el discurso prevacacional cuando el
director, un hombre alto de bigote y camisa a cuadros, abrió
la puerta del aula y anunció que el fotógrafo esperaba
a toda la clase en el patio del comedor para hacerles una foto colectiva.
En ese preciso instante sonaba la sirena que marcaba el final del
curso, y los alumnos salieron aullando lanzando las carteras al
aire mientras seguían al director hacia el patio. Se agolparon
todos colocándose en las escaleras de madera que se habían
ubicado para la ocasión. Hubo pellizcos, tirones de pelo,
insultos y patadas, pero al final, todos los niños y niñas
de quinto de EGB quedaron retratados. En una esquinita de la foto
apareció Luis, con sus gafotas de buen estudiante, distante
de todo aquello, de la fiesta que iba a tener lugar para todo el
alumnado y de las sonrisas de sus compañeros de clase. No
estaba contento con el fin de las clases como los demás niños.
Al fin y al cabo, el patio permanecería cerrado durante el
verano, y era allí donde había encontrado los mejores
hormigueros y nidos de araña de todo el pueblo. Desde el
día anterior había decidido escabullirse de la fiesta
para pasar sus últimas horas de curso junto a los bichos,
de manera que aquella mañana había salido de su casa
con un frasco lleno de hormigas rojas soldado, dotadas de un abdomen
duro y fuertes mandíbulas, un ejército de hormigas
negras comunes, una cajita con hormigas corredoras (éstas
con las patas más largas que las comunes, con las que podían
correr hasta tres veces más rápido; eran como las
hormigas normales pero como si corriesen a cámara rápida,
pensaba Luis) y, por último, había traído a
Lanuda consigo.
Una vez todas las clases se habían retratado, la totalidad
de los alumnos fueron hacia el pabellón deportivo, el cual
se había acondicionado con un escenario para representar
una obra de teatro, celebrar varios concursos de baile, pruebas
físicas y de cultura general, y un enorme stan de refrescos
y helados gratis; vino y Casera para los profesores.
Luis no tuvo problemas para escabullirse entre la multitud. Dobló
una esquina y salió al patio central hasta ubicarse justo
entre los campos de fútbol sala y baloncesto, en un espacio
de tierra sin cementar donde proliferaban todos los hormigueros.
Había algunos enormes, con multitud de entradas y salidas
y auténticas hordas de hormigas obreras transportando comida
a través de metros y metros de finos hilos de caravanas negras,
custodiadas por los soldados, del mismo color pero más robustas
y con las mandíbulas mucho más temibles. Luis decidió
soltar a unas cuantas hormigas rojas en medio del embotellamiento
que provocaba la entrada masiva de cáscaras de pipas y migas
de pan en uno de los orificios del hormiguero elegido. Mientras
algunas obreras empujaban y estudiaban como ingenieros la mejor
manera de colocar una miga demasiado grande para introducirla en
la ciudad, Luis aprovechó el momento para abrir uno de los
tarros que llevaba en su mochila y soltar al grupo de hormigas rojas
soldado en la zona. Rápidamente las soldado atacaron ferozmente
a las obreras de color negro, las cuales terminaban huyendo hacia
la llanura (la cancha de baloncesto), terminaban descabezadas, o
tenían la suerte de introducirse a tiempo en el hormiguero.
Pocos segundos después el hormiguero respondía con
un ataque de las hormigas negras soldado, saliendo a tropel y triplicando
en número a sus enemigas, que terminaron sometiéndose
después de una dura batalla. Al acabar había una cuarentena
de víctimas esparcidas alrededor de la entrada al hormiguero.
Luis estaba emocionado al ver que su primer intento del día
en recrear una auténtica lucha entre hormigas había
sido un completo éxito. Poco a poco fueron saliendo nuevamente
las obreras para despejar el camino y la caravana recuperó
el ritmo. Fue tiempo de liberar algunas hormigas corredoras para
perturbar de nuevo la ruta de la caravana. Las hormigas negras soldado
intentaban evitar que las corredoras se acercasen a los alimentos,
pero les era imposible porque aquéllas eran mucho más
lentas. Por desgracia las corredoras no eran tan violentas como
sus semejantes las hormigas rojas, de manera que pronto se alejaron
de la influencia del hormiguero a todo correr y no hubo ninguna
víctima. Luis decidió acosar a otro hormiguero, se
movió unos metros al frente y divisó uno con una notable
población en torno a la entrada. En ese momento se le acercaron
dos pequeños que también se habían escabullido
de la vigilancia de sus profesoras.
¡Hala!
¡Cuántas hormigas muertas! ¿A qué juegas?
le preguntó uno de ellos, que parecía el más
despierto. Muchas veces los alevines del colegio se le habían
acercado durante los recreos para ver las batallas entre ejércitos.
No
juego. Experimento resolvió Luis. Se tenía
por un auténtico estudioso de las hormigas.
¿Y
qué experimento es ese?
Estoy
haciendo batallas entre distintas clases de hormigas, para comprobar
el potencial de cada raza. Si os fijáis, veréis que
las hormigas negras son con mucho las más numerosas y trabajadoras,
mientras que las hormigas rojas son más fuertes y agresivas.
Sin embargo, las negras lo compensan con el número. Los hormigueros
negros son más numerosos.
¡Jo!,
¿y cuánto vive una hormiga? ¿Son más
grandes las hormigas rojas porque son más viejas?
No
lo sé esa pregunta se la había hecho él
mucho tiempo antes, como buen estudioso del tema.
Expuso
su teoría a los más pequeños, que lo escucharon
como a un auténtico maestro mientras observaban el devenir
del hormiguero que tenían frente a ellos:
La
unidad de vida en cualquier criatura viviente equivale a cada latido
de su corazón. Todo lo que vive tiene un periodo de tiempo
definido, todas las cosas vivientes. Por ejemplo, la vida de un
planeta es de muchos millones de latidos. Esa misma cantidad corresponde
a la hormiga, a los gusanos, las arañas, los perros, al hombre,
y a todos los animales. El tiempo de vida de cada mundo y de cada
criatura es proporcionalmente el mismo. Está claro que el
latido de un mundo se realiza cada muchos miles de años,
mientras que los corazones de los insectos laten mas rápido.
Un insecto que solo vive una tarde de verano, como los mosquitos,
ha tenido en su corazón la misma cantidad de latidos de un
planeta, sólo que esos latidos han sido mas rápidos.
A los dos pequeños les confundió un poco la explicación,
e instaron a que Luis les obsequiara con una nueva batalla, un nuevo
experimento. Era eso lo que querían en realidad, y el estudioso
decidió atacar más duramente a este segundo hormiguero.
Primero echó sobre el agujero varias tijeretas, que cortaban
los cuerpos de las hormigas obreras con sus pinzas traseras igual
que si fueran guillotinas. Pronto acudieron los soldados, y en medio
de la encarnizada batalla, sacó el tarro de las hormigas
rojas de nuevo, lo abrió y lo puso boca abajo para que la
totalidad de los enemigos rojos atacaran al hormiguero, puesto que
no tenían posibilidad de escapar debido a los cristales del
recipiente que funcionaban como una pared infranqueable. Los tres
muchachos observaron cómo salía un auténtico
ejército de hormigas negras. Varios cientos de hormigas se
enredaron en el pequeño espacio que les proporcionaba la
circunferencia del recipiente, mientras que las tijeretas sobrevivientes
pasaron a un segundo plano pereciendo rápidamente ante ejércitos
tan numerosos, atacadas por ambos bandos. Las hormigas rojas, más
grandes y fuertes (y esta vez más numerosas, pues Luis había
echado todo el bote), terminaron sometiendo la primera defensa del
hormiguero y se internaron en él. Al poco tiempo se veía
a las primeras obreras huyendo hacia el exterior. Debía haber
auténtico pánico entre los ciudadanos de la micro
ciudad. Luis quitó el tarro de cristal cuando casi todas
las hormigas rojas se habían colado en la entrada. Las hormigas
rojas eran temibles en un número considerable. Siempre le
habían fascinado. Eran como sus hermanas las hormigas negras,
pero más fuertes y violentas: una auténtica raza superior.
Igual de trabajadoras pero mucho más eficaces en la pelea.
Las mandíbulas de una hormiga negra soldado apenas se notaban
cuando picaban a un hombre en un dedo, pero una hormiga roja gorda
sí que causaba cierta molestia con su mordisco. No hacían
daño, pero su mordisco se notaba bastante. Eso, para un animal
que presentaba un tamaño un millón de veces inferior
al de Luis, era digno de admiración. El chaval siempre se
había preguntado cuánta devastación provocaría
una hormiga roja del tamaño de un perro.
Por
supuesto, el ataque no podía ser un éxito porque un
hormiguero contaba con innumerables ejércitos, y poco a poco
fueron saliendo las pocas y feroces hormigas rojas supervivientes.
Los dos pequeños que acompañaban a Luis durante el
experimento irrumpieron en aplausos.
¡Ha
ganado el hormiguero! gritaba uno, que había contemplado
la batalla con la boca completamente abierta.
Los dos pequeños volvieron al pabellón donde la fiesta,
y Luis se vio nuevamente solo. Aprovechó para coger hormigas
y dejarlas sobre las telarañas que había en los múltiples
agujeros de la pared del patio, para ver cómo los arácnidos
acudían agradecidos a la comida que les proporcionaban. Veía
cómo envolvían a sus víctimas con los tejidos
que fabricaban para más tarde llevárselas al rincón
más recóndito de su guarida. Le fascinaba observar
el rápido movimiento de las arañas, siempre alertas
como el mejor de los cazadores. Si uno no estaba atento podían
coger a la víctima y llevársela al fondo del agujero
sin darse uno cuenta, en una fracción de segundo. Pero ninguna
de ellas era tan grande como Lanuda, a la cual había
atrapado el verano anterior durante una excursión con su
familia al campo.
Llegó
la hora de la batalla final. Era el momento más importante
de todo el año. El momento en que la araña se batiría
con el ejército del único hormiguero de hormigas rojas
que Luis conocía en los alrededores. Se acercó a la
entrada de la urbe más violenta del patio, ceremoniosamente
abrió el tarro donde guardaba a Lanuda y lo volcó
para dejarla caer sobre la entrada. Al principio las hormigas obreras
del umbral corrieron espantadas al ver las patas que se erigían
como pilares peludos sobre ellas, luego la araña intentó
esquivar el hormiguero, pero Luis la obligó empujando su
grueso abdomen con un palo y la araña permaneció allí,
a la entrada, hasta que salieron las temidas defensas rojas. Fue
espectacular. Un centenar de hormigas rodearon al gigante arácnido
para atacar primero sus patas y más tarde subirse a lomos
para doblegarla y hacerla caer en tierra. Luis no contó el
número de víctimas que hicieron falta para rendir
a la araña, pero finalmente cayó, como suele suceder
con la ley de la superioridad numérica. En un último
intento por huir, la araña se alejó del agujero principal
del hormiguero y Luis la observó de cerca con la lupa. No
se veían heridas teñidas de sangre como en las personas,
pero el insecto estaba agotado y dos de sus patas habían
sido arrancadas. Pensó qué hacer con ella. En un principio
se le ocurrió la idea de un entierro, pero luego recapacitó
y decidió entregársela a las hormigas como alimento
y tributo, como recompensa al hormiguero que había martirizado.
Así que cogió a la exánime guerrera de ocho
(ahora seis) patas, y se la entregó a las hormigas depositándola
boca abajo frente al agujero, con las extremidades encogidas igual
que una garra. Poco a poco fue viendo cómo las hormigas iban
despedazando las patas del arácnido y se las iban llevando
una a una, hasta quedar finalmente junto al agujero principal la
cabeza y el abdomen, inerte como un hueso de aceituna. Allí
quedaron los restos de la araña, imposibles de caber por
el agujero del hormiguero, y las hormigas se conformaron con las
gruesas patas, grandes y gruesas para ellas como un tronco de roble
lo es para un hombre. Allí se quedó el pequeño
Luis, observando que el abdomen ya no emitía movimiento alguno,
y se convenció de que el corazón del arácnido
había dejado de latir, igual que su pasión por matar
insectos.
©
Oscar
Bribián
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