Sumario 24

 

Oscar
Bribián

 

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Ejércitos
negros;


ejércitos
rojos

 

Siendo el último día de colegio era lógico aceptar que los alumnos estuvieran nerviosos, más indomables incluso que durante el curso. Mientras la profesora recitaba de memoria un sermón de despedida intentando concienciarlos en vano para que repasaran en vacaciones, los alumnos esperaban ansiosos en los pupitres lanzándose miradas cómplices entre unos y otros. Esperar el pitido que anunciaba el fin del año lectivo resultaba para algunos una auténtica angustia, en especial para los más revoltosos, que ya pensaban en todos los días libres que les quedaban por delante para acostarse tarde viendo la televisión, jugar a fútbol y a ladrones y policías por las tardes, coger cangrejos por las mañanas en el río o ir a dar una vuelta en bici con los amigos por las afueras del pueblo. Las chicas esperaban observando sus relojes digitales o de manecillas, engalanadas con sus mejores vestidos para llegar las primeras a la fiesta que se había organizado en el pabellón deportivo del colegio. Allí se celebrarían bailes y juegos entre los alumnos y se repartían finalmente premios antes de la despedida definitiva.

A Luis le traían sin cuidado las disertaciones de su tutora. Miraba a través de la ventana absorto en el vuelo de una mariposa de alas amarillas con puntos negros. Su abuelo le había contado que, cuando él era joven, había tantas que se podían capturar con las manos decenas de ellas en unos pocos minutos. Pero ya apenas se veían mariposas en el pueblo, y además Luis prefería atrapar otro tipo de insectos, tales como arañas, hormigas y tijeretas. Recordaba que al principio los encerraba en tarros de cristal y morían pronto, hasta que se dio cuenta de que debía agujerear un poco la tapa de los recipientes para que los bichos respiraran. Su pasión por los insectos desde muy pequeño lo había llevado a ser apodado por sus compañeros como el Señor de los insectos, y muchos se mofaban de la introversión que demostraba hacia la gente. Algunos decían que era tan raro que era capaz de hablar con las hormigas, y algunos incluso afirmaban que guardaba auténticos ejércitos de ellas en tarros de cristal en su casa. No les faltaba mucha razón a estos rumores, pues Luis tenía centenares de hormigas de diversas razas y tamaños encerradas en tarros de cristal y listas para ser infiltradas en hormigueros enemigos, una fiambrera llena de tijeretas comunes, una docena de arañas domésticas y una araña peluda con un abdomen del mismo tamaño que una oliva, a la cual llamaba "Lanuda" y tenía que encerrarla en un tarro aparte, ella sola, para que no devorase a los demás bichos que guardaba. Luis tenía verdaderas tropas para jugar a la guerra, aunque desde luego distaba mucho de poder comunicarse con los insectos.

La profesora estaba cerrando el discurso prevacacional cuando el director, un hombre alto de bigote y camisa a cuadros, abrió la puerta del aula y anunció que el fotógrafo esperaba a toda la clase en el patio del comedor para hacerles una foto colectiva. En ese preciso instante sonaba la sirena que marcaba el final del curso, y los alumnos salieron aullando lanzando las carteras al aire mientras seguían al director hacia el patio. Se agolparon todos colocándose en las escaleras de madera que se habían ubicado para la ocasión. Hubo pellizcos, tirones de pelo, insultos y patadas, pero al final, todos los niños y niñas de quinto de EGB quedaron retratados. En una esquinita de la foto apareció Luis, con sus gafotas de buen estudiante, distante de todo aquello, de la fiesta que iba a tener lugar para todo el alumnado y de las sonrisas de sus compañeros de clase. No estaba contento con el fin de las clases como los demás niños. Al fin y al cabo, el patio permanecería cerrado durante el verano, y era allí donde había encontrado los mejores hormigueros y nidos de araña de todo el pueblo. Desde el día anterior había decidido escabullirse de la fiesta para pasar sus últimas horas de curso junto a los bichos, de manera que aquella mañana había salido de su casa con un frasco lleno de hormigas rojas soldado, dotadas de un abdomen duro y fuertes mandíbulas, un ejército de hormigas negras comunes, una cajita con hormigas corredoras (éstas con las patas más largas que las comunes, con las que podían correr hasta tres veces más rápido; eran como las hormigas normales pero como si corriesen a cámara rápida, pensaba Luis) y, por último, había traído a Lanuda consigo.

Una vez todas las clases se habían retratado, la totalidad de los alumnos fueron hacia el pabellón deportivo, el cual se había acondicionado con un escenario para representar una obra de teatro, celebrar varios concursos de baile, pruebas físicas y de cultura general, y un enorme stan de refrescos y helados gratis; vino y Casera para los profesores.

Luis no tuvo problemas para escabullirse entre la multitud. Dobló una esquina y salió al patio central hasta ubicarse justo entre los campos de fútbol sala y baloncesto, en un espacio de tierra sin cementar donde proliferaban todos los hormigueros. Había algunos enormes, con multitud de entradas y salidas y auténticas hordas de hormigas obreras transportando comida a través de metros y metros de finos hilos de caravanas negras, custodiadas por los soldados, del mismo color pero más robustas y con las mandíbulas mucho más temibles. Luis decidió soltar a unas cuantas hormigas rojas en medio del embotellamiento que provocaba la entrada masiva de cáscaras de pipas y migas de pan en uno de los orificios del hormiguero elegido. Mientras algunas obreras empujaban y estudiaban como ingenieros la mejor manera de colocar una miga demasiado grande para introducirla en la ciudad, Luis aprovechó el momento para abrir uno de los tarros que llevaba en su mochila y soltar al grupo de hormigas rojas soldado en la zona. Rápidamente las soldado atacaron ferozmente a las obreras de color negro, las cuales terminaban huyendo hacia la llanura (la cancha de baloncesto), terminaban descabezadas, o tenían la suerte de introducirse a tiempo en el hormiguero. Pocos segundos después el hormiguero respondía con un ataque de las hormigas negras soldado, saliendo a tropel y triplicando en número a sus enemigas, que terminaron sometiéndose después de una dura batalla. Al acabar había una cuarentena de víctimas esparcidas alrededor de la entrada al hormiguero. Luis estaba emocionado al ver que su primer intento del día en recrear una auténtica lucha entre hormigas había sido un completo éxito. Poco a poco fueron saliendo nuevamente las obreras para despejar el camino y la caravana recuperó el ritmo. Fue tiempo de liberar algunas hormigas corredoras para perturbar de nuevo la ruta de la caravana. Las hormigas negras soldado intentaban evitar que las corredoras se acercasen a los alimentos, pero les era imposible porque aquéllas eran mucho más lentas. Por desgracia las corredoras no eran tan violentas como sus semejantes las hormigas rojas, de manera que pronto se alejaron de la influencia del hormiguero a todo correr y no hubo ninguna víctima. Luis decidió acosar a otro hormiguero, se movió unos metros al frente y divisó uno con una notable población en torno a la entrada. En ese momento se le acercaron dos pequeños que también se habían escabullido de la vigilancia de sus profesoras.

—¡Hala! ¡Cuántas hormigas muertas! ¿A qué juegas?— le preguntó uno de ellos, que parecía el más despierto. Muchas veces los alevines del colegio se le habían acercado durante los recreos para ver las batallas entre ejércitos.

—No juego. Experimento— resolvió Luis. Se tenía por un auténtico estudioso de las hormigas.

—¿Y qué experimento es ese?

—Estoy haciendo batallas entre distintas clases de hormigas, para comprobar el potencial de cada raza. Si os fijáis, veréis que las hormigas negras son con mucho las más numerosas y trabajadoras, mientras que las hormigas rojas son más fuertes y agresivas. Sin embargo, las negras lo compensan con el número. Los hormigueros negros son más numerosos.

—¡Jo!, ¿y cuánto vive una hormiga? ¿Son más grandes las hormigas rojas porque son más viejas?

—No lo sé— esa pregunta se la había hecho él mucho tiempo antes, como buen estudioso del tema.

Expuso su teoría a los más pequeños, que lo escucharon como a un auténtico maestro mientras observaban el devenir del hormiguero que tenían frente a ellos:

—La unidad de vida en cualquier criatura viviente equivale a cada latido de su corazón. Todo lo que vive tiene un periodo de tiempo definido, todas las cosas vivientes. Por ejemplo, la vida de un planeta es de muchos millones de latidos. Esa misma cantidad corresponde a la hormiga, a los gusanos, las arañas, los perros, al hombre, y a todos los animales. El tiempo de vida de cada mundo y de cada criatura es proporcionalmente el mismo. Está claro que el latido de un mundo se realiza cada muchos miles de años, mientras que los corazones de los insectos laten mas rápido. Un insecto que solo vive una tarde de verano, como los mosquitos, ha tenido en su corazón la misma cantidad de latidos de un planeta, sólo que esos latidos han sido mas rápidos.

A los dos pequeños les confundió un poco la explicación, e instaron a que Luis les obsequiara con una nueva batalla, un nuevo experimento. Era eso lo que querían en realidad, y el estudioso decidió atacar más duramente a este segundo hormiguero. Primero echó sobre el agujero varias tijeretas, que cortaban los cuerpos de las hormigas obreras con sus pinzas traseras igual que si fueran guillotinas. Pronto acudieron los soldados, y en medio de la encarnizada batalla, sacó el tarro de las hormigas rojas de nuevo, lo abrió y lo puso boca abajo para que la totalidad de los enemigos rojos atacaran al hormiguero, puesto que no tenían posibilidad de escapar debido a los cristales del recipiente que funcionaban como una pared infranqueable. Los tres muchachos observaron cómo salía un auténtico ejército de hormigas negras. Varios cientos de hormigas se enredaron en el pequeño espacio que les proporcionaba la circunferencia del recipiente, mientras que las tijeretas sobrevivientes pasaron a un segundo plano pereciendo rápidamente ante ejércitos tan numerosos, atacadas por ambos bandos. Las hormigas rojas, más grandes y fuertes (y esta vez más numerosas, pues Luis había echado todo el bote), terminaron sometiendo la primera defensa del hormiguero y se internaron en él. Al poco tiempo se veía a las primeras obreras huyendo hacia el exterior. Debía haber auténtico pánico entre los ciudadanos de la micro ciudad. Luis quitó el tarro de cristal cuando casi todas las hormigas rojas se habían colado en la entrada. Las hormigas rojas eran temibles en un número considerable. Siempre le habían fascinado. Eran como sus hermanas las hormigas negras, pero más fuertes y violentas: una auténtica raza superior. Igual de trabajadoras pero mucho más eficaces en la pelea. Las mandíbulas de una hormiga negra soldado apenas se notaban cuando picaban a un hombre en un dedo, pero una hormiga roja gorda sí que causaba cierta molestia con su mordisco. No hacían daño, pero su mordisco se notaba bastante. Eso, para un animal que presentaba un tamaño un millón de veces inferior al de Luis, era digno de admiración. El chaval siempre se había preguntado cuánta devastación provocaría una hormiga roja del tamaño de un perro.

Por supuesto, el ataque no podía ser un éxito porque un hormiguero contaba con innumerables ejércitos, y poco a poco fueron saliendo las pocas y feroces hormigas rojas supervivientes. Los dos pequeños que acompañaban a Luis durante el experimento irrumpieron en aplausos.

—¡Ha ganado el hormiguero!— gritaba uno, que había contemplado la batalla con la boca completamente abierta.

Los dos pequeños volvieron al pabellón donde la fiesta, y Luis se vio nuevamente solo. Aprovechó para coger hormigas y dejarlas sobre las telarañas que había en los múltiples agujeros de la pared del patio, para ver cómo los arácnidos acudían agradecidos a la comida que les proporcionaban. Veía cómo envolvían a sus víctimas con los tejidos que fabricaban para más tarde llevárselas al rincón más recóndito de su guarida. Le fascinaba observar el rápido movimiento de las arañas, siempre alertas como el mejor de los cazadores. Si uno no estaba atento podían coger a la víctima y llevársela al fondo del agujero sin darse uno cuenta, en una fracción de segundo. Pero ninguna de ellas era tan grande como Lanuda, a la cual había atrapado el verano anterior durante una excursión con su familia al campo.

Llegó la hora de la batalla final. Era el momento más importante de todo el año. El momento en que la araña se batiría con el ejército del único hormiguero de hormigas rojas que Luis conocía en los alrededores. Se acercó a la entrada de la urbe más violenta del patio, ceremoniosamente abrió el tarro donde guardaba a Lanuda y lo volcó para dejarla caer sobre la entrada. Al principio las hormigas obreras del umbral corrieron espantadas al ver las patas que se erigían como pilares peludos sobre ellas, luego la araña intentó esquivar el hormiguero, pero Luis la obligó empujando su grueso abdomen con un palo y la araña permaneció allí, a la entrada, hasta que salieron las temidas defensas rojas. Fue espectacular. Un centenar de hormigas rodearon al gigante arácnido para atacar primero sus patas y más tarde subirse a lomos para doblegarla y hacerla caer en tierra. Luis no contó el número de víctimas que hicieron falta para rendir a la araña, pero finalmente cayó, como suele suceder con la ley de la superioridad numérica. En un último intento por huir, la araña se alejó del agujero principal del hormiguero y Luis la observó de cerca con la lupa. No se veían heridas teñidas de sangre como en las personas, pero el insecto estaba agotado y dos de sus patas habían sido arrancadas. Pensó qué hacer con ella. En un principio se le ocurrió la idea de un entierro, pero luego recapacitó y decidió entregársela a las hormigas como alimento y tributo, como recompensa al hormiguero que había martirizado. Así que cogió a la exánime guerrera de ocho (ahora seis) patas, y se la entregó a las hormigas depositándola boca abajo frente al agujero, con las extremidades encogidas igual que una garra. Poco a poco fue viendo cómo las hormigas iban despedazando las patas del arácnido y se las iban llevando una a una, hasta quedar finalmente junto al agujero principal la cabeza y el abdomen, inerte como un hueso de aceituna. Allí quedaron los restos de la araña, imposibles de caber por el agujero del hormiguero, y las hormigas se conformaron con las gruesas patas, grandes y gruesas para ellas como un tronco de roble lo es para un hombre. Allí se quedó el pequeño Luis, observando que el abdomen ya no emitía movimiento alguno, y se convenció de que el corazón del arácnido había dejado de latir, igual que su pasión por matar insectos.

 

Oscar Bribián

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