Sumario 24

 

Leonel
Giacometto

 

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Borrador

 

Franco atraviesa una nube de polvo. Besa a Gustavo en un párpado, tiene los labios secos por el fuerte viento del sueño. Vamos a mi casa ahora mismo, dice, extraño tus golpes.

Giró la llave de la cerradura y Franco dejó caer su suéter negro en un sillón. Gustavo vio en ese acto de inercia una confianza inusual en un desconocido, un más allá que lo alentó a hacer lo que después, lamentándose por la impavidez del otro, hizo.

Los dedos de Gustavo ingresaron mecánicamente en la garganta de Franco. Una lágrima asomó por sus ojos cerrados. Debería pedirle que pare, pensó, pero no puedo dejar de verlo enorme; enorme y mío. Gustavo miró con odio la belleza serena de Franco, vio la imagen futura de su soledad. Deseó no tener el cuerpo del otro tan expuesto, tan entregado, tan rígido. Franco quiso alejarse, huir pero estaba decidido a tener una historia de amor; y un hombre dispuesto a una historia de amor es un hombre que, consciente o inconscientemente, quiere morir.

Fue en aquel momento cuando recordé la noche en que Gabriel me contó cómo, pescando en las barrancas, descubrió un cuerpo horriblemente mutilado. Era una mujer que apenas flotaba en la orilla. El agua marrón y sucia del río entraba y salía por el enorme agujero que tenía por estómago y Gabriel, que por entonces era mi novio, osó apoyar su caña de pescar en las cercanías del hueco y presionó en la carne blanda. La mujer inexplicablemente se partió en dos y él huyó aterrado. Por dos meses y con la imagen de esa pobre mujer, me negué a que me penetrara. Con el tiempo olvidé la historia, pero cuando Franco me dijo que Gustavo lo penetraba con el puño cerrado, me vi huyendo de la caña de pescar de Gabriel y sólo las zapatillas de Franco dejando libres sus pies me devolvieron la calma (o casi).

El olor que emanaba de los pies de Franco era tan irritante como sensual. Pensar en alguien que soberbiamente expone su olor sin reparar en la vergüenza, enamora a cualquiera. Y así fue. Ese olor me demostró que otra vez, me había enamorado de un hombre imposible. Sí. Él me contaba aquello de Gustavo y los golpes, y yo miraba con la nariz sus pies desnudos. Sus ojos lentamente besaron mi cuello, mi mentón, mi boca abierta a un hombre imposible.

Después, el sexo. Inesperado para él, nervioso para mí.

Después, el sexo. ¿Inesperado para él, nervioso para mí?

Me abrazó y cerró los ojos. Yo me dejé abrazar pero estaba seis días adelante, ocho pasos fuera de la cama, treinta y siete lejos de la puerta, y dos —quizás uno— cerca de su olor.

Un desconocido tan alto como yo miraba mi anillo. El anillo se destacaba porque era el único que llevaba. Era vistoso y bastante feo pero me lo había regalado Gabriel para mi cumpleaños. Gabriel no era un buen recuerdo pero, por entonces, su imagen se me aparecía y me gustaba tenerlo cerca, presente en ese anillo; anillo que de a ratos el desconocido miraba.

El anillo. El desconocido y mi anillo. Ese anillo y mis manos. Pálidas manos con dedos muy finos y uñas muy cortas. Seguramente él imaginó mis dedos desnudos y el anillo en uno de los suyos. Miraba el anillo porque le gustaba, me miraba a mí porque lo poseía, simplemente yo tenía algo que a él le gustaba. No sé por qué, entonces, imaginé el olor de su cuello.

Había mucha gente. Había mucho ruido. Se acercó de repente pero se detuvo y permaneció inmóvil, cerca. Un espacio y una luz nos separaba; ya no miraba mi anillo, miraba la gente bailar. Miraba como buscando. Retrocedí tres, cuatro, cinco pasos para verle la espalda. Su cabeza y su corto cabello oscuro tapaban un reflector y la luz formaba un aura a su alrededor; la periferia era una luz y él, de espaldas y levemente inclinado hacia adelante giró la cabeza y me mostró su perfil. Parpadeó despacio a causa del alcohol, quizás. Me acerqué a la barra y pedí, con un gesto que no era mío, una cerveza. Una cerveza y dos vasos. Sostuve la cerveza y apoyé los vasos; después lo miré. El giró y miró los vasos con un gesto que pudo haber sido de sorpresa (o de lástima); después me miró. Luchamos un instante con todas nuestras fuerzas encerradas en las miradas. Yo confiaba todavía en el poder de mi mirada, de mis ojos. Hice un esfuerzo más, casi grotesco, y sentí que él se dejaba imperceptiblemente empujar hacia mí, cayendo cortésmente a mi lado.

—Soy Franco —me dijo—. Yo me presenté y besé su mejilla. Un olor profundo y suave me inundó la cabeza, derramó imágenes, confundió personas y me recordó, inevitablemente, la fragilidad del destino de los hombres imposibles.

Salimos del ruido y la gente. El secretamente se había robado una botella de whisky nacional que estaba por la mitad. La compartimos en la calle buscando dónde sentarnos. Como siempre, el alcohol y la proximidad del aliento de los hombres imposibles conspiraron contra mi sentido de la ubicación y más de una vez me encontré preguntando dónde estaba. Sin habernos sentado en ningún umbral, llegamos a su departamento y me invitó a entrar. En el camino había comenzado su monólogo sobre Gustavo; en la cocina, sentados frente a frente en dos banquetas yo lo escuchaba sintiendo cómo se erizaba mi piel. El deseo pasaba volando y un silencio repentino comenzó a emanar de nuestros cuerpos. El había dicho: "La primera noche me hizo acabar en su boca, después escupió la leche sobre mi cara y me pegó una cachetada". Tratando de no inquietarme ante tanta sorpresa, rompí el silencio: "¿Y vos qué hiciste?"

—Nada. Lo abracé y lo hice acabar.

—No te entiendo.

—Lo que había hecho me había gustado, me excitó mucho. Nunca nadie antes me había pegado después de recibir algo mío.

Expuesto como un náufrago me miraba con los ojos perfectamente mudos. Al rato, con la misma inercia con la que quizás una vez dejó caer un suéter negro en un sillón ajeno, se quitó las zapatillas.

La mañana siguiente, después de sus pies, después de hablarme de los golpes, Franco dormía a mi lado. Sus ojos cerrados, la tranquila respiración de quien duerme acompañado, la soberbia inocencia de su desnudez, los pequeños moretones en sus brazos, mis talones sobre los de un hombre imposible. Abrió los ojos y me vio.

—Hola, soy Franco. Yo no respondí, me limité a sonreír. Después, sintiendo la sutileza de su formación, acaricié su pecho. El puso su mano encima de la mía y volvió a cerrar los ojos. En ese instante advertí que él tenía mi anillo. Fue la última vez que lo vi.

Ninguno de los dos se movió inmediatamente. El hizo un gesto que pudo ser una risa y volvió a hablar de Gustavo.

—A Gustavo lo gustaba que lo meara.

—¿Y vos lo hacías?

—Sí... Después, todo mojado, me metía los dedos en la boca y apretaba fuerte, fuerte hacia abajo.

—¿Y vos qué hacías?

—Cerraba los ojos.

—¿Nada más?

—A veces lloraba; no por el dolor, sino por la sensación de que en cualquier momento iba a dejarme.

—Y te dejó.

—Sí, me dejó.

—¿Por qué?

—No sé. Habrá sido porque nunca le respondí un golpe—susurró—. Cuando me echó de su departamento me encerré cuatro días a tomar. Me rescató mi hermana. Había vidrios por todos lados.

Yo quería decir algo. Quería hablarle con ternura para que se diera cuenta de mi presencia, de que yo estaba allí y sentía su dolor. Quería cubrirlo con mi voz, regalarle palabras como otros sus heridas. Allí y así, seguramente, su dolor habría de parar. Pero yo era incapaz de argumentar cualquier cosa, sobre todo cuando me contó lo del balcón. Su cabeza pendía en la baranda; Gustavo con sus manos presionaba en su cuello y le escupía la cara, le gritaba palabras perdidas, lo alentaba a que lo dejara por alguien más joven.

—¿Quién dejaría a quién? —pregunté.

—Yo. Decía que él era viejo y yo joven—respondió—después me soltó, se arrodilló y se largó a llorar. Yo le acariciaba el pelo cuando me golpeó en el estómago.

—¿Por qué no te fuiste?

—Lo hice, en realidad al rato me echó. Tiró toda mi ropa por el balcón, me besó y dulcemente me pidió que me fuera.

Yo parecía no turbarme ante lo confuso de su relato.

—¿Cuánto estuviste con él?

—Diez meses.

—¿Por qué todavía tenés moretones?

—A veces viene.

—Estás loco.

—Hubiera hecho cualquier cosa por él.

—¿Y ahora?

—Ahora nada. Nada. El me secó el cerebro. No puedo engancharme con nadie.

Me había enamorado rápidamente. Su extraña apariencia de ser indefenso me enternecía, su olor me quebraba pero sus últimas palabras me alejaron de la cama y me vi de pie, sin ropas, exponiendo ridículamente mi soledad.

—¿En qué pensás? —me preguntó al tiempo que cruzaba sus brazos en torno a mi.

—En nada.

—Ya lo dijiste: estoy loco.

Suspiró fuertemente y su aliento recorrió todo mi cuerpo desnudo, expuesto, blando.

—¿Cómo te llamabas vos? —preguntó guiñando un ojo y esbozando un gesto que pudo ser una sonrisa. Lo miré, su pregunta era una invitación a retirarme.

—Me llamo Andrea.

—¿Andrea cuánto?

—¿Para qué querés mi apellido?

—Para saber más de vos. No sé nada de vos.

—Andrea García. Y me encerré en el baño.

Soñé que Franco atravesaba una nube de polvo. El me besaba en un párpado y yo lo conducía por un desierto de sal. El suelo estaba quebrado y era casi imposible caminar (estábamos desnudos). El nunca soltaba mi mano. A veces, yo le hablaba en un idioma extraño, gutural; sabía que él no podía entender lo que yo decía pero proseguía. Olvidada a propósito (quizás) yacía una corona de espinas. Franco la levantó y señaló su cabeza. Tomé la corona y suavemente la deposité sobre su pelo oscuro. El apoyó sus manos sobre las mías y presionó. La sangre brotó lentamente y se confundió con las manos entrelazadas. Estaba agitada pero no asustada; estaba aprendiendo. Cierta desesperación que siempre llevé dentro hizo que me viera acurrucada dentro de sus brazos llenos de moretones. Me desperté y sin saber qué hacer para dejar de verlo dentro mío, me dispuse a escribir el sueño. Escribo, pero no estoy en el sueño.

Franco atraviesa una nube de polvo. Besa a Gustavo en un párpado, tiene los labios secos por el fuerte viento del sueño. Vamos a mi casa ahora mismo, dice, extraño tus golpes.

 

 

Leonel Giacometto

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