Sumario 24

 

Juan Diego
Incardona

 

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Apocalipsis


"Mañana y mañana y mañana, se arrastra a pasos insignificantes
día a día hasta la última sílaba del tiempo registrable.
Y todos nuestros ayeres han iluminado para imbéciles el camino
hasta la polvorienta muerte. ¡Apágate, apágate breve candela!
La vida no es más que una sombra ambulante, un pobre actor
que sobre el escenario se pavonea y sacude en su hora signada,
y después no se oye más. Es un cuento contado por un idiota,
lleno de sonido y furia, que no significa nada".
[1]
Macbeth, Acto V, Escena V.

"Miré el rostro del mundo y había un gran silencio, todo estaba calmo, la humanidad entera se había convertido en barro".
Cantar de Gilgamesh.

"Se oscurecerá el sol en su amanecer".
Isaías, 13, 10.

 

 

Desperté una mañana para contemplar la vela agonizante y escribir frente a Dios y el Diablo, lectores habituales de mi obra, esta elegía para la humanidad en un tono épico como acostumbro, narrada sobre el borrado artificial de viejas poesías, como cantaban los aedas de antaño, los hombres de mi raza, especie que morirá conmigo dentro de pocas oraciones, cuando este palimpsesto manchado, continuamente flagelado, alcance finalmente el blanco total que hemos especulado tantas veces. Ahora ese pálido rostro de la muerte se cierne sobre mí tan real como el rojo de la sangre. Allí, en mi tumba compuesta de infinitos colores, reunidos todos ellos en la nada de mis últimas páginas, reflejos, espejismos,
todos morimos
                        Morimos

en la oscuridad brillante del último alba y conmigo y mi lengua toda la memoria que absurdamente hemos llenado de símbolos.
                    Allí están

mis dos únicos lectores, tremendos gigantes esperando pacientes los últimos movimientos de la pluma, aguardando el último suspiro de la moral humana.

Y todo será como antes.


Letra "D", capital.ESPERTÉ UNA MAÑANA y escuché anonadado solamente silencio. Me puse de pie y parado frente a la ventana el espectáculo macabro y patético me alcanzó, lanzando sus proyectiles de imágenes hasta la grada donde estaba yo, el ingenuo.

Pero ya no quedaba tiempo para inocencias; ahora debía ser un niño, un interpretador.

Por lo tanto, aquella casa rodeada de alerces ahora era una torre cercada de cipreses.

Salí de mi casa y me dirigí allí y caminé, dolorosamente, junto a los enfermos deambulantes, entre los pedazos sangrantes de la humanidad que aún caminaba, muda pero perseverante, aferrada a su mundo. Pero ya no más. El tiempo se acababa y volvía el cero, nuevamente. Y allí no hay lugar para nosotros.

Un hombre, vestido completamente de azul, un azul oscuro como el negro, se acercó hasta mí. Luego de escudriñarme atentamente la cara durante un rato, repentinamente gritó, sacrílego y demente, escupiéndome su saliva turbia. Después, en un tono más bajo pero siempre amenazante, profirió varios sonidos que supuse palabras pero que no entendí, pues aquella lengua me resultaba desconocida e incomprensible. Su discurso llevó uno o dos minutos y luego volvió el silencio. Entonces continué mi recorrido hasta la torre y los cipreses, abriéndome paso entre los actores moribundos.

De pronto, mientras caminaba, oí un clamor que llegaba desde el infinito y aumentaba insoportablemente, tomaba nuestro silencio entre sus dientes de furia y lo masticaba en un rechinar de explosiones. Eran los terribles ángeles que arribaban a nuestras calles desde todos los rincones del aire, batiendo sus alas bestiales y levantando polvaredas de nuestras ruinas. Volaban a gran velocidad y nos ametrallaban y lanzaban bombas químicas. Unas personas quisieron hablar, pero las balas del enemigo, multiplicándose, alcanzaron sus voces y las despedazaron, resultando de esto un tendal ilegible de microscópicos fragmentos de letras. Continuamente, las explosiones revolvían los objetos esparcidos y los cuerpos yacientes y los combinaban de nuevas y diferentes maneras, como en un juego. Correr era inútil, el destino estaba hablando. Gases color azufre, fuegos multicolores, humos como rostros, animales llorando como hombres, hombres retorciéndose en el suelo como animales, todos juntos, entonando la misma canción, la misma dolorosa y muda melodía frente a la gran orquesta del Apocalipsis.

Quiero llorar, todavía quiero llorar: Entre la gente estaba mi querida, transfigurada en una cara horrible, arrugada y repleta de erisipelas, sangrante de pus, tan distinta a la hermosa que conocí en mi juventud
                                                                        Juventud

esa vida independiente de los primeros años que mi recuerdo ha transformado en paraíso. Pero mi cielo también era capturado por el fuego, uno que no quema pero que elimina.

Durante un rato nos atacaron, pero luego, nuevamente, todo fue silencio.

Caminaba.

El hombre azul oscuro como el negro, que aún sobrevivía, con dificultad volvía a perseguirme e insistiendo con su jerga irreproducible intentaba llamar mi atención. Quizá, en otro tiempo, hubiera hecho aquí el esfuerzo de inventar onomatopeyas que se aproximen a esa lengua, pero qué va, ahora no tiene sentido.

Y si escribo es simplemente porque soy muy orgulloso. Y eso lo sabe bien mi querida, mi hermosa perfecta amada purulenta arrugada y sangrante mujer.

Adiós, niña de aquellos ojos.

Adelante como la muerte, la torre rodeada de cipreses me esperaba, inmune a los bombardeos y erguida sin pudores frente al caserío hecho polvo. Era cilíndrica y estaba toda pintada de blanco, aunque sucia por momentos, y pendía de su cima una cuerda gruesa que no sujetaba nada, abandonada al viento, que la traía y la llevaba como si fuera un látigo. También tenía dos ventanas cuadradas, una abajo, cerca del suelo, y la otra bien alto; ambas carecían de cristales o cortinas, sólo eran aperturas rústicas que dejaban entrever la oscuridad interior. De la ventana inferior parecía salir vapor. Miré atentamente e intenté confirmarlo, pero el aire viciado por la humareda del Apocalipsis me impedía esta precisión. De todas maneras, puedo adelantar que aquella sospecha era cierta, era vapor, pues finalmente logré ingresar en la torre y lo comprobé, pero eso lo escribiré unos renglones más adelante, si me lo permiten.

Tengo una extraña sensación que puedo describir como paradoja: quiero morir. Y la causa, a esta altura de los acontecimientos, no es otra que la curiosidad por saber cuál será la última palabra que escriba en mi vida.

Pero antes de que eso suceda deberé continuar con mi viaje, sorteando la mayor cantidad de mojones que me sea posible. Probablemente sea un esfuerzo inútil, pero qué otra cosa puedo hacer en estos momentos. Escribiré, aunque las páginas sean arrancadas, arrojadas al fuego y jamás, jamás, jamás, leídas nuevamente.

Aunque, tal vez...

—¡Ustedes!, respondan si es posible: ¿Leerá alguien estas páginas?

—No —Me contesta Dios.

—¿Existe alguna manera de detener esta locura?

—No —Me contesta el Diablo.

Avanzaba hacia la torre. Huestes demoníacas surgían del río que ahora era de fuego y entraban en comandos a los restos de la ciudad, revisando a cada uno de los moribundos y disparándoles tiros de gracia. Todos eran asesinados, salvo yo y el hombre azul oscuro como el negro que continuábamos nuestra marcha sin interrupciones, como si fuéramos invisibles o como si los demonios no pudieran contra nosotros.

Una imagen sin colores, sin marco, sin trazos, sin textura, sin formas, sin nada, una imagen esencial, sin existencia, una suposición y nada más. Eso es el Apocalipsis. Pero uno está allí

en esa mente creadora y destructora, mente lejana y madre donde hemos vivido fugazmente y donde ahora morimos como un pensamiento sin importancia que ni siquiera es arrojado al olvido, lugar que es como un cesto de papeles, sino a otro lugar más terrible, donde seremos irrescatables.

Somos arrojados al incinerador de pensamientos.

Y allí se quema nuestra historia, nuestras pretensiones, nuestros descubrimientos, nuestros héroes, nuestras batallas, nuestras matanzas, nuestro hambre, nuestra injusticia, nuestros ricos y pobres, nuestras propiedades, nuestras carencias, nuestras ideologías, nuestras teorías, nuestros dioses, nuestros viajes al espacio, nuestros sueños, nuestra moral, nuestros inventos, nuestras bibliotecas, nuestros etcéteras, todo.

Pero continuaré de todas formas, porque también se quemará nuestro orgullo y nuestra escritura y nuestros lectores. Siempre me interesaron las causas perdidas, están llenas de grandeza. Aunque también se quemará nuestra grandeza. Pero qué va.

Llegamos a la torre rodeada de cipreses e ingresamos en ella. El hombre azul oscuro como el negro ahora estaba callado. En el interior había una escalera caracol que subía y se perdía dentro de un agujero hecho en un techo, que, aunque situado muy alto, probablemente era el piso de una habitación o espacio anterior al final de la torre, de cuya terraza había visto surgir la soga que antes mencioné. Que ese techo era un subtecho lo sabía indudablemente, pues, mientras caminaba hasta aquí, había comprobado claramente que la torre tenía dos ventanas. Ahora, en cambio, sólo descubría una. En consecuencia, la otra ventana debería estar en esa probable habitación.

Por otra parte, en el suelo de la planta baja donde estábamos parados, había unas compuertas entreabiertas de donde surgía un vapor fétido que ascendía hasta perderse por la primera ventana.

Tuve que decidir si abajo o arriba. Mi acompañante dijo aquí unas palabras que nuevamente no comprendí. Preferí subir, pues el olor, una mezcla de azufre y aromas putrefactos, que emanaba de aquel vapor hediondo, inclinó mi decisión hacia arriba. Mi compañero parecía estar de acuerdo.

Empezamos nuestra espiral ascendente, y lo que en principio no parecía un largo trayecto, en la marcha se convertía en una agotadora subida que no acababa nunca. Pero terminó: Por fin, ingresamos en el agujero del subtecho.

Sorpresivamente nos encontramos en la terraza donde efectivamente estaba la soga que antes había visto. Estaba atada a un mástil y se prolongaba hasta la cornisa y caía algunos metros. ¿Pero dónde estaba la segunda ventana?

Me asomé nuevamente por el agujero de la escalera y comprobé, una vez más, que sólo había una ventana. Entonces me arrimé al borde de la terraza que daba hacia el camino que yo había tomado para llegar hasta allí y miré hacia abajo. Azorado, descubrí, como antes, que había dos ventanas. Estaba tan impresionado que me había olvidado del Apocalipsis. Repetí, curioso e incrédulo, el camino entre el agujero de la escalera y el borde de la terraza. Pero siempre confirmaba lo mismo: Adentro, una ventana; afuera, dos.

Me tomé un momento y pensé.

El plan es previsible: Aferrado a la soga bajaría hasta la misteriosa ventana por la parte exterior de la torre.

Lo comenté con mi compañero, pero se mostraba reticente. Me dijo algo irreproducible y le contesté que yo iba a bajar. Entonces se sentó en el piso.

Me aseguré que la soga estuviera firmemente atada al mástil y me dispuse a descender. Repentinamente, un ángel pasó cerca de nosotros disparando una ráfaga de ametralladora, pero afortunadamente resulté ileso. Mi compañero, en cambio, no corrió esa suerte: yacía retorcido e intentando detener con las manos las vísceras que salían de su vientre. Me acerqué hasta él, y tomándole la cabeza, traté de reconfortarlo. Sorpresivamente me habló en nuestro idioma. Me dijo:

—Este final es imaginado, pero me duele.

Y murió.

El azul de su ropa parecía más claro. Permanecí junto a su cuerpo durante un rato, estremecido y agitado, con los ojos lacrimosos, observando su rostro que ahora me resultaba más íntimo, más familiar, aunque aún no puedo afirmar si lo conocí en otro tiempo. Después de un instante tuve que abandonarlo.

Adiós, hombre azul.

Así pues, dejando atrás al anteúltimo hombre, me interné fuera de la terraza, descendiendo cuidadosamente con ayuda de la soga y apoyando el pie en los ladrillos salientes.

Finalmente llegué a la ventana, la que sólo era posible desde afuera, y entré en ella. Me estaban esperando. Dios y el Diablo.

—Adelante —Me dijeron.

Rápidamente comprendí la situación y fui al punto:

—¿Por qué nos hacen esto?

No me contestaron. A cambio, me dieron papeles, pluma y tintero como en las viejas épocas, y me invitaron a escribir. Lo pensé un momento y sin llegar todavía a ninguna hipótesis en cuanto a posibles significados, acepté.

Y acá estoy, he llegado.

—Escribe esto que vamos a dictarte —Me dicen.

Los observo, parecen nerviosos.

Me pongo de pie, pues me siento valiente:

—No —les contesto—, escribiré lo que yo quiera.

Repentinamente alguien abre la puerta de la habitación. Es el hombre azul oscuro que murió en la terraza y que ahora es claro y brillante. Me dice:

—Acepta la propuesta que te hacen, te conviene.

—No —le repito también a él.

Entonces el hombre azul se desvanece y aparece mi mujer, más hermosa aún que en nuestra juventud.

—Acepta, por favor —me dice, afablemente.

Dudo un momento.

—¡No! Les grito. ¡Basta de espejismos!

Sin que puedan verme, escribiré el final de esta historia.

—¿Qué haces? —Me dicen.

—Escribiré algo.

—Debes mostrarlo.

—No.

Nerviosos caminan una y otra vez por la habitación. Ya sé lo que debo hacer: Tomaré el papel, la tinta y la pluma, correré hasta la ventana y me arrojaré.

Puedo imaginar sus últimas palabras:

¡No! ¡No!

 

 

 

 

 

 

 

Aquí estoy, he regresado.

 

 

 

NOTA:

1 1. Traducción de Rolando Costa Picazo.

 

Juan Diego Incardona

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