Sumario 23

 

Betuel
Bonilla
Rojas

 

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Siempre
a la espera

Este relato pertenece al libro
Pasajeros de la memoria

 

 

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  Pasan las horas de hastío
por la estancia familiar
el amplio cuarto sombrío
donde yo empecé a soñar

Antonio Machado

 

Saúl sonrió y el espejo le devolvió su imagen convertida en la de un hombre feliz. Se detuvo allí todo el tiempo necesario para contemplar al sujeto que le sonreía, como si en el pequeño reflejo se observara algo diferente a él mismo. Así estuvo toda la mañana de aquel oscuro día de marzo, envuelto en el incienso olor a sándalo que lo ocultaba con su humareda del resto de los objetos del cuarto, de los libros acomodados a lo largo de las cuatro paredes, del cuadro colgado frente al espejo con un hombre desnudo y un saxofón multiplicándose como él y amparando su permanente soledad. Después de contemplarse varias veces retornó su boca al estado acostumbrado, al hermetismo que lo acompañaba hasta sus treinta y tres años, y el otro, el del espejo, hizo lo mismo. "Ya es hora", pensó. Ordenó algunos libros en los estantes empotrados en las paredes, tomó uno solo de encima del escritorio y le dedicó una última mirada al individuo del espejo antes de cerrar la puerta de la habitación tras de sí. El del espejo también salió.

Ahora se cumplen veinticinco años. Debo decir que conservo un recuerdo muy vago de esos lejanos sucesos infantiles; una extraña sensación me indica que pertenecen a otra persona, no a mí. En cambio, me llega intacto aquel momento decisivo, en el que salí despavorido de mi casa huyendo del griterío de mis hermanos y me refugié en el único sitio del barrio que había llamado mi atención, el puesto de revistas de don Alberto. En repetidas ocasiones, había pasado por el lugar y había sentido un fuerte impulso de entrar, atraído quizás por el aspecto solemne que salía de tanto libro apretado y cubierto de polvo, y luego de entrar por primera vez un impulso aún mayor de no abandonar el sitio. Después de varios días de frecuentes visitas, don Alberto se dedicó a patrocinar mis escapadas eximiéndome del pago del alquiler de sus libros y revistas y dejándome escudriñar acurrucado su abundante inventario de novelas de aventuras. Y para saldar nuestra alianza de cofrades, el viejo me auxiliaba en las jornadas de racionamiento eléctrico con un hermoso ritual en el que yo permanecía en el centro de su caseta, rodeado por espermas y libros como cualquier iniciado en ceremonias religiosas. Luego no volví a dormir tranquilo. En el confuso hacinamiento familiar reducido a dos habitaciones para ocho miembros, empecé a destinar las noches para recrear mis lecturas del día Noche a noche repasaba los maravillosos personajes de las historias y me divertía inventando otros personajes y fabulando con intrincados mundos para incursionar en las fantasías de soñadores seres como yo. O sea que fue por esos años cuando anhelé convertirme en escritor. Hoy estoy a un paso de alcanzar dicha ambición.

Desde que en la familia y en el barrio empezaron a tomar conciencia que en Saúl moraba un ser diferente todo se le facilitó: cesaron las invitaciones a los vehementes partidos de fútbol en los que se definía la masculinidad de los jóvenes; cesaron las invitaciones a cumpleaños, primeras comuniones, bautismos y, más adelante, a agualulos y confabulaciones de muchachos para espiar a las adolescentes que se iban a bañar al río. A todo fue una sola vez, "para probar", pensaba él, y luego no volvió. Prefirió encerrarse entonces en su cuarto, o en aquella singular buhardilla que él mismo había construido en lo más alejado del patio, entre los árboles de mango y que llamaba biblioteca, y donde iba guardando como preciados tesoros los libros que don Alberto le regalaba y los que compraba de segunda mano con el dinero destinado a sus recreos en el colegio. Empezó por trasladarse a la buhardilla en las noches, cuando en la casa se veían las telenovelas en perfecto silencio, y luego se acostumbró a dormir allí, entre el polvo de los anaqueles y las voces de los personajes, entre los contundentes golpes de los mangos sobre el techo —que lo despertaban— y los vaivenes de su cabeza que se negaba a descender hasta no ver la palabra fin en la última página del libro. Sólo en la intimidad de su espacio aprendió a sonreír de vez en cuando, como si sus momentos de felicidad estuvieran reservados para el capitán Acab, para el enigma de la Mota Negra, para los viajes de Gulliver, o para las insolentes estupideces de un par de dicharacheros llamados don Quijote y Sancho, abominables farsantes de las historias del ilustre Amadís y su escudero Gandalín. Cuando fue pasando el tiempo se habituó a salir a lo que sólo consideraba socialmente obligatorio: estudiar, hacer una que otra diligencia familiar o fisiológica y acompañar a su madre al mercado, ya que al renunciar a estudiar simultáneamente, e incluso a trabajar, consiguió que fuera mirado como el inútil de la familia. Poco a poco logró que le permitieran comer en su escritorio, compartiendo esos instantes con los personajes de su ficción. Mientras leía o comía, garabateaba trazos en hojas sueltas que siempre iban a parar al cesto de la basura. Cuando cumplió dieciocho años, y a cambio de regalos tradicionales pidió libros con títulos sugeridos por él mismo, todos en la familia resolvieron en consenso que además de escritor iba para loco, "¿acaso no es lo mismo?", se preguntaron ellos en la intimidad de sus secretas cavilaciones.

Algo tenía que quedar de todas esas lecturas. Al principio, cuando caía preso de una insaciable ansia de escribir, y dedicaba largas horas a fantasear con las hojas en blanco, me sentía angustiado y derrotado. Mis ominosos adelantos literarios distaban mucho de aquellas exquisitas anécdotas contadas con tal maestría que, en conjunto, parecían ser el producto de un solo autor, perfecto eso sí. Y entonces mis hojas repetían día tras día su inexorable destino: llenar la bolsa de la basura que cada tercer día yo mismo tenía que salir a dejar en la esquina de la casa. Después de muchas jornadas de insistencia, desistí de la idea de escribir una novela y resolví guardar celosamente las ideas que se me ocurrieran, asumiendo, para ese entonces, que novelar a los veinte años, sin experiencia, era un acto precoz e irresponsable. Además, con las lecturas realizadas hasta entonces, había notado que las obras maestras de la narrativa eran el resultado de escritores maduros, casi en su totalidad después de los treinta años; seguramente no era otra cosa que la relación directa entre edad y tiempo de lectura. Y sin duda alguna lo mío era narrar, lo tenía claro desde aquellos veinte años; dejarme llevar por párrafos vertiginosos, desgajados a torrentes, intentando acceder al terreno de lo bello mediante la reinvención del mundo, mediante una transmutación de la realidad en la cual vivieran mis personajes. Con la poesía había tenido un contacto ligero, escuchando a los llamados poetas de la nueva generación, contemporáneos míos y caracterizados por un acento dulzarrón o sospechosamente trágico, imitando las hazañas escatológicas de algunos escritores, pero nunca la virtud de sus escritos. Lo tenía muy definido entonces: narrar. Pero antes de hacerlo debería leer a los maestros, debería leer todas las novelas, de todos los tiempos, de todos los lugares, de todos los autores; después escribiría la mía. Sólo entonces permitiría que mi nombre estuviera expuesto en estantes y vitrinas al lado de figuras tutelares de la literatura. Sólo entonces asumiría como mía la tarea de crear con rigor y placer. Y el día en que mi nombre se posara junto al de los genios universales se eternizaría allí. Mi nombre, Saúl Contreras, andaría por todo el mundo en los lomos de los libros para quedarse en la memoria escrita del universo. Mi nombre, Saúl Contreras, sería único en la historia de la literatura, porque Saúl sólo existía uno y ese era yo, el mismo que a partir de sus veinte años se confinaría a su biblioteca y leería día y noche, hasta extinguir las obras que le impedían escribir la suya. Todo eso es parte de un pasado imprescindible, y estos pasos son un merecido descanso después de trece años de fatiga. Una sola tarde de descanso mientras pienso en cómo se va a llamar mi novela.

Algunos consideraron ridículas las pretensiones de Saúl; otros, por el contrario, encontraron cómico visitar al personaje bufonesco que pernoctaba en la buhardilla, junto a las gallinas, y que muy de vez en cuando los dejaba asomarse a su escondite. Su fama se extendió por toda la familia, el barrio, la ciudad, y llegó hasta las reuniones y cenáculos de importantes escritores. La familia se vio asediada de repente por singulares personajes en espera de la magna obra de Saúl. En efecto, veían en el interior del cuarto a una persona leyendo con premura. Y ante tamaño acoso, él decidió no volver a salir hasta no cumplir con su cometido y para proteger sus dispersas ideas de posibles usurpadores. Saúl agotó los libros de caballerías, los de marineros, los que enfatizaban en el amor y que le producían rechazo, los que contaban insólitas aventuras, y los que describían un espacio muy parecido al suyo y plagado de mesura. Entre leer y soñar Saúl cambió de aspecto:pasó a ser un hombre macilento, con andar desprevenido y con apariencia de poeta, así él rechazara airadamente dicho rótulo y discutiera con los que se atrevían a llamarlo como tal, ya que ese problema de los géneros era un asunto privado de críticos y creadores. Cuando sintió que sus lecturas estaban llegando al punto final, se apasionó por recorrer las librerías y bibliotecas particulares y públicas para no cometer una herejía. No encontró en ellas nada nuevo. Los universos del sueño se habían terminado y ningún libro había escapado a su implacable pesquisa. Estaba listo para sumergirse en su más anhelado y aplazado propósito: escribir la novela que le diera relevancia a su nombre.

Caminar. Andar por las calles conocidas de la ciudad en el más completo reposo. Sentir en todo el cuerpo un gran vacío mientras se recorren las librerías visitadas una y otra vez durante casi treinta años. Detenerse y observar la inmutabilidad de la gente, su andar desprevenido, absorto. Pensar que nada avanza, que el mundo es un enorme témpano de hielo y que en él sólo viven la envidia y la esperanza. Creer que todo aquél que nos mira lo hace con admiración, que identifica nuestra voz, que desea leer la mejor novela de todos los tiempos, la que aún no se ha escrito. Contemplar con gestos de arrogancia los libros. Ver en ellos numerosas páginas incorporadas a la imaginación. Albergar las más insólitas ideas y descubrir que son parte de esos libros, que ellos son sabios por sí mismos, pero que ya han cumplido su ciclo en la historia literaria. Fijarse detenidamente, acaso por primera vez, que a nuestro lado pasan seres reales, que sentimos su leve roce, su calor abrasador; que ellos ignoran su protagonismo en un ambicioso proyecto literario, cómplices y personajes, espectadores y coautores. Y saber que Saúl Contreras los va a rescatar del anonimato, que el loco, poeta u ocioso de Saúl, va a ser el encargado de darles inmortalidad al detenerse en ellos; que Saúl Contreras dedicó parte de su vida para contar las vidas de otros, y que ahora, justo en este momento, el gran témpano de hielo se ha empezado a descongelar.

Después de su lenta y apacible caminata Saúl dirigió los pasos hacia su biblioteca. La travesía resultó un simple procedimiento de rutina. Iba a oscurecer y Saúl anduvo despacio, saboreando sorbo a sorbo su triunfo sobre el tiempo y la espera. Se sintió liviano, ingrávido y seguro. "Todo acaba y comienza hoy", pensó. Miró en todas las direcciones y unas pocas luces iluminaban todavía la ciudad.

Algo nuevo se levanta ante mis ojos. Unas luces encendidas y diáfanas me traen el reflejo de unos estantes a lo lejos. Son objetos recién traídos al sector; nunca antes los había visto.

Saúl parpadeó repetidas veces mirando hacia el lugar y permaneció lelo, impávido. Tardó algunos minutos en reaccionar y cuando lo hizo se encaminó hacia los estantes: "Librería La Especial", leyó. Entró y se paseó temeroso frente a los primeros estantes, los sentidos alerta. Nada, ninguna novedad.

Sólo apellidos y títulos trajinados en la buhardilla. Llevo una hora andando aquí adentro y mi desazón ha sido injustificada. Era imposible pensar siquiera en una sorpresa. Durante mucho tiempo revisé personal y minuciosamente cada uno de los catálogos de libros, y por eso cualquier duda es absurda.

Cuando cruzó junto al último de los muebles Saúl se detuvo. Acercó y abrió sus ojos y leyó despacio, deletreando en un susurro los caracteres impresos en el lomo de un libro. Su color era exótico, algo extraño pero atractivo. Lo extrajo de su lugar, miró con cuidado su ilustración, su título: "Historias en una buhardilla". Buscó con afán el nombre de su autor, y por la ansiedad se saltó varias páginas. Sonrió. "Qué coincidencia", pensó. Buscó otra vez, cuidándose en esta ocasión de hacerlo con más detenimiento. Al fin lo encontró.

"Saúl Contreras: Historias en una buhardilla. Novela". ¿Quién me dice que no estoy ante la más terrible de las alucinaciones? ¿Quién puede dudar que acaso todos estos años de entrega desinteresada a la lectura no han afectado mis sentidos hasta procurarme tormentosas fantasías? Abro y cierro los ojos repetidas veces y veo los mismos caracteres, el mismo título, el mismo nombre. Deben ser apócrifos, sin duda alguna.

El tiempo que Saúl permaneció en la librería fue eterno para él. Su cuerpo se rehusó a separarse de los estantes y sus ojos conservaban el estupor que experimentó al leer por primera vez el lomo del libro. No preguntó nada; tampoco habló con nadie. Simplemente se quedó estático, imposibilitado de asimilar la desagradable sorpresa que le tenía preparada el destino. "Vamos a cerrar, señor", le gritaron desde adentro. Ladeó su cabeza como intentando interpretar el mensaje y descargó el libro en el estante, con malestar y pesar. Luego salió.

Treinta y tres años lanzados por la borda de la vida, gracias al rastreo mezquino de un audaz usurpador. Toda una vida ignorando el peligro que se cernía sobre mi obra. Prolongadas horas de lectura aprovechadas por un autor que funge como mi alter ego. La más cruel y atroz realidad o el más patético de los sueños de alguien que se ha quedado dormido en una buhardilla con una novela abierta en sus manos.

Cuando Saúl llegó a su casa, aquel oscuro día de marzo estaba arribando a su final. Abrió con desconfianza la puerta de la sala y descubrió a varias personas en su interior. Todos lo saludaron y lo recibieron con una sonrisa de júbilo. Saúl vio en ellos una expresión de satisfacción que no entendió. "Felicitaciones, Saúl", le dijo alguien. Saúl lo observó con mirada atónita, abriendo los ojos de forma exagerada. El hombre le alargó un periódico local que Saúl tomó y leyó con cierto desdén: "Historias en una buhardilla, novela de Saúl Contreras. La obra más esperada de todos los tiempos se ofrece al público y a la crítica a partir de hoy" Devolvió el periódico con malestar y se dirigió presuroso a la buhardilla mientras desatendía los llamados que le llegaban desde la sala. Entró, se recostó sobre el escritorio y se dispuso a repasar un libro para mitigar un poco los difíciles sucesos de ese día especial. Sin proponérselo, cerró los ojos y se entregó a un profundo sueño. En la sala todos esperaban su regreso con ansiedad.

 

Betuel Bonilla Rojas

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