Sumario 22

 

Juan Diego
Incardona

 

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Canción
para
demonios
 

 

Yo no era nada, pero ahora lo soy todo.

A mis enemigos sólo les diré una cosa: Cuanto más altas son las aspiraciones, mayor es la desgracia. En cuanto a ustedes (vengan a mí), les advierto: Los recuerdos que transcribiré a continuación parecerán un cóctel incierto y ambiguo, producto tal vez de la confusión y el trauma del criminal, y mis relatos representarán con sus signos demenciales una suerte de anarquía, donde la ley y el orden se disfrazarán de ausentes, pero estimados lectores, ¡abran bien los ojos y los corazones, despejen de una vez los entumecidos sentidos!, pues sino esa farsa total que hay dentro de sus mentes les darán de mí un resultado equívoco. Sin embargo y de todas formas, a pesar de ustedes y del control que se ejerce sobre sus conciencias, las líneas que sigan igualmente serán y mi macabro y artístico plan se cumplirá. Debo decirles, desde ahora, que todas mis acciones fueron para que esta experiencia pudiera ser la única vivencia posible, sin subjetividades ni interpretaciones, sólo una cruda e irreductible verdad:

Dolor, maravilloso dolor, insoluble, inmutable y eterno.

En adelante, seré para ustedes también, en estas planicies de blanco y vapor, ¡de trampa!, el angosto precipicio donde mis más queridos han quebrantado y han caído, rodando en el abismo hasta las entrañas profundas del vacío, de mí.

Y caerán y sufrirán y no se levantarán.

"Contra lo lúgubre reflejado en lo fúnebre
no hay defensa posible."

Víctor Hugo

La masacre la ejecuté durante tres días y tres noches en una zona apartada, al final de una calle fangosa de la periferia. Al salir de mi casa, el primer día de esta serie, todo esto ya estaba en mi cabeza, nada fue azar, yo no puedo ser así, todo lo preparé de antemano, obsesivamente, estudiando cada detalle, organizando mi nueva actividad a través de bosquejos y prolijos apuntes, compuestos de narraciones pero también de cálculos numéricos, de recortes y citas, de dibujos y de fotos, en fin, he sido criminal dos veces, la primera vez no se derramo gota de sangre.

Un hombre cruel como yo oculta su perfidia de manera descarada, pero lo descarado no quita lo genial sino que lo agrega, aunque seguramente existen muchos que se horrorizarán tanto que ya no podrán ser capaces de apreciar la obra, de apreciar el arte sobre la moral. La verdad es que no importan el bien y el mal para mí, y si me he decidido por el mal no fue por ideologías, o por rencores, o por oscuras satisfacciones de alguna deformación de mi mente. No. La razón es que el mal se adapta mucho mejor a mi capacidad de creación, puesto que el bien es demasiado coercitivo a mi parecer, el mal, en cambio, tiene una libertad de acción amplia y rica en posibilidades de combinación. Además el bien es aburrido y el arte debe ser una fiesta, aunque promueva la melancolía y el llanto, el arte debe ser fiesta, ritual, y si lo reflexionan, llegarán fácilmente a la conclusión de que el bien está compuesto de leyes, así que, estimados, quítense las máscaras y véanlo: no puede haber excesos allí. ¿Qué clase de arte puede hacerse sin excesos? El mal, en cambio, es campo abierto. Y en esa pampa he decidido cabalgar con mis oficios, y no lo hago vulgarmente ni me someto a humillaciones como otros que así obran, desbocados por un poco de placer. No, no. Pensar eso de mí es insultarme, yo soy un genio creador, en "mi horrendo crimen", como algunos denominan, puede contemplarse el movimiento sutil, repleto de fantasía y belleza, de un caballero con todas las letras y todos los atavíos posibles. Y agrego algo más: todo lo que hice, todas mis contumaces labores, están dedicadas a Dios, y no quiero que nadie cometa el error de leer allí una burla o ironía de mi parte, puesto que me expreso seriamente. Mi obra está dedicada a Dios porque a Dios amo profundamente. Ya lo entenderán más adelante, aunque jamás puedan entenderme realmente ni completar la lectura.

Los barrios de la periferia, de fábricas abandonadas, de galpones repletos de ratas y cucarachas, de arroyos de agua turbia e inmundo hedor, de gente viviendo en condiciones miserables, de perros famélicos, de basurales pestilentes, de ojos grandes por el hambre y brillosa mirada por la tristeza, de sonrisas quietas, representadas sin expresión, de muertos, sin matices, sin labios, estaban ante mí, los barrios de la desidia me abrazaban una vez más. Ese lugar donde viven los pobres me había visto muchas veces suyo; allí me encantaba sentarme en la tierra de alguna calle para contemplar todo esto y poder llorar.

Y aquella mañana nublada, la primera, gris-oscura, fría, con aires cayendo al abismo, empecé mi obra: Romeo y Julieta, Edipo rey, La eneida, El cantar de los nibelungos, La illíada, La divina comedia, Macbeth, Las argonáuticas, Los crímenes de la Rue Morgue, Martín Fierro, El decamerón, Juan Muraña, Las metamorfosis, Pedro Páramo, El cantar de Gilgamesh, El matadero, Don Quijote, Los cuentos de Canterbury, La naranja mecánica, Los siete locos, El guardián entre el centeno, El proceso, La guerra de los mundos, Casa tomada, Crimen y castigo, Moby Dick, David Copperffield, Facundo, Libro de los Reyes, etc, etc, etc... Una y otra vez salía con mi cuchillo y me internaba en el barrio; una y otra vez regresaba arrastrando los cuerpos de los niños, de las mujeres, de los hombres. Durante tres días y tres noches, dentro de mi obra como Jonás dentro del pez.

La tercera noche llamé a la policía, a la televisión, a la gente, a los espectadores, ¡a mis lectores!, y los esperé, tranquilo, con el libro abierto y dispuesto.

La ciudad pagana de la sangre, de ayer, de hoy, bajo una llovizna de suave muerte, repleta de seres precoces que han sido asesinados y combinados, todos ellos frutas cultivadas durante siglos, arrojadas ahora del árbol al suelo blanco donde se cuentan las historias, arrancadas violentamente por mi mano liberadora.

       "Por la vida ya no debes preocuparte
       Cuando los gusanos te tienen como alimento."
       The Ten Ages of Man, 8 - 9.

Y aquí, en la tercera noche, cenicientas luces fraccionan aún más los descuartizados cuerpos de mi arte mientras yo, custodiado, continúo escribiendo incesantemente, y entre mares que se quejan y se golpean a sí mismos, cielos que quieren arrojarse, la tierra que pretende abrirse y el aire que se retuerce rabioso en todas direcciones, permanezco triunfante y contemplando con ojos de fuego la genial composición, junto a la multitud estupefacta, agolpada frente a mi obra.

¿Cien cadáveres, doscientos cadáveres? No importa la cantidad, no es el número lo que determina mi triunfo, mi gloria, mi consagración, es la figura, ¡es esa figura! ¡Vean! ¡Vean qué magnífica figura ha sido emplazada en esta instalación!

¿Lo comprenden? Es inaudito, es único, es imposible, es inabordable. Si esto, diría Shakespeare, se representara en un teatro, sería censurado como ficción inverosímil, y sin embargo ahí está: real y bañado de sangre.

Que jamás podrá representarse este acontecimiento, que jamás podrá copiarse ni plagiarse de ninguna manera, es cierto y es justamente mi triunfo: Este libro prácticamente no puede leerse. Y justamente por eso es que todos querrán hacerlo. ¡Cuánto se escribirá acerca de este evento! Serán palabras sin sentido. ¡Cuántas pinturas intentarán retratarlo! Serán solamente colores ambiguos. ¡Cuántas películas y documentales serán filmados! No lograrán mostrar más que la cáscara. ¡Obras de teatro! Será en vano. ¡Sinfonías! Parecerán bullicio. ¡Cuántas veces seré nombrado, exclamado, pronunciado! No seré yo.

       "Hagan un proyecto: ¡fracasará!
       Digan una palabra: ¡no se realizará!"
       Isaías, 8, 10.

Yo soy aquel que no podrá ser apropiado. No cabe dudas: he comprado la eternidad. Si soy, será por mí, solamente por mí, y ellos, todos ellos, también serán por mí. Me he convertido en una especie de dios. Y como no podía ser de otra forma, soy un dios artista y criminal.

       "¡Ahora no temo a nadie, a nadie! ¡Fuera de mi lado!
       ¡Quiero estar solo, solo, solo!"
       Dostoievski.

Oigo, entre la multitud, que alguien dice:

—¡Qué horrendo crimen!

Yo canto mi propio salmo:

No son las sombras,
no es el silencio,
no es la noche,
no es el viento,
es la pluma brillante en mi mano
que escribe, que escribe,
y te corta la cara y te corta el cuello,
y muere, muere, tu cuerpo,
y vive, vive, mi arte, mi sueño.
No son las sombras,
no es el silencio,
no es la noche,
no es el viento,
es el cuchillo en mi mano
y en mi libro, tu cuerpo.

 

 

Juan Diego Incardona

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