Sumario 22

 

Betuel
Bonilla
Rojas

 

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Ecos
de un recuerdo

Este relato pertenece al libro
Pasajeros de la memoria

 

 

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UNO

En aquel lugar siempre era terrible escuchar el taconeo de botas que se aproximaban decididas a nuestro encuentro. Y digo nuestro porque éramos muchos los hombres reunidos allí, la mayoría conducidos mediante un sospechoso artificio del azar, una lotería en la que sólo unos pocos compramos boletos.

Claro, en un comienzo, enceguecidos todavía por la ignorancia de lo castrense, todas las botas producen el mismo ruido acompasado, y se me dirá, seguramente, que percibir la diferencia en tal momento era el síntoma más evidente de subversión o de prácticas ocultas. Yo también creía lo mismo; compartía dicha idea y pensaba que los fascistas, empeñados en uniformar el mundo, marchaban igual unos que otros. Fijarse en los atuendos y los pasos de los verdugos era considerado por los del grupo como un asunto de poca importancia.

Y es que por viciada que esté mi concepción acerca de lo que ellos llaman servicio militar, las palabras resultarán simples eufemismos para describir la realidad; ésta supera las posibilidades significativas del idioma y lo que se llama servidor no es otra cosa que un prisionero, alguien a quien el interior del claustro sumerge en largos períodos de autismo. ¿Quién iba a creer que yo, idólatra de Marx, Engels y Mao, terminaría sirviéndole café y embolándole las botas a aquellos contra quienes acumulé tantos años de rencor? Desde luego, leer a los no ortodoxos era elegir el camino, optar por la fría balota que aseguraba un puesto entre los nuevos. Fue en ese instante que entendí que lo de la quema de las llantas era algo perfectamente serio para los militares, que cada consigna cacofónica taladraba sus oídos, que no era cierto su aparente desdén por las manifestaciones de muchachos, que los milicos también se preocupaban.

La mañana aquella, de esto hace ya trece meses, empecé a especular con algunos rasgos diferenciadores entre quienes portaban las botas : intuí, por ejemplo, que los que gritaban y lanzaban mayor número de injurias y obscenidades eran suboficiales; unos individuos con aspecto de amargados y frustrados. La edad era sin duda alguna sinónimo de respeto. Con los otros, los oficiales, era diferente:andaban más erguidos, sus facciones eran más finas y agradables y despertaban un creciente murmullo a su llegada; cuando aparecían, todos asumían un silencio reverente, los suboficiales se cuadraban rígidos y sus rostros no alcanzaban a disimular completamente su odio. Existía un choque de fuerzas. Tener estrellas o jinetas abría un surco muy profundo en su relación. Si algo había en sus miradas eras desprecio, un sentimiento volcado hacia los soldados, una lógica militar que no obedece a la razón sino a su propia organización, y en ella los soldados son el último eslabón de la cadena, "carne de cañón", decían a una voz los del grupo.

Pero con un fondo de incertidumbre y con la complicidad de un tiempo que se apacigua en la espera, nos dedicábamos a fabricar hipótesis sobre el futuro inmediato. Sonreíamos de forma extraña, fingida, con un marcado desconcierto ante lo desconocido. Muchos no sabían que ese día el Estado los había convertido en juguetes de la democracia y se limitaban a divertirse manipulando su ignorancia: "aquel cabrón tiene cara de cabo", decían algunos, "el de más allá, el grandulón, debe ser oficial. Tiene la piel más blanca y es más alto", decía otro dentro del numeroso grupo. El murmullo se fue haciendo colectivo e incomprensible. Al llegar la noche sólo quedaba un silencio aterrador. Cada uno repasaba su vida inclinado en alguna esquina del pequeño cuartel y todos cerrábamos los ojos aparentando dormir. Cuando el bus partió de la guarnición únicamente quedó sobre el asfalto el rastro confuso de varias miradas, el sendero sin regreso de los marcados por la fatalidad, apenas un leve camino imperceptible y fugaz.

 

DOS

Decir que todo fue desdicha afectaría mi inclinación por la verdad. No. Esa noche, o a la madrugada quizás, el lamento de un acordeón se mezcló con nuestro dolor. Por la rendija de la puerta del dormitorio todos nos agolpamos para ver a dos individuos contorsionarse de manera febril, uno tocando y el otro cantando, el uno moreno y barbi lampiño, el otro rubio, elegante, con un aire de galán de televisión y que era quien lideraba el pequeño conjunto musical. "Bienvenidos —dijo el rubio—. Yo soy el teniente Martínez. Aquí es permanente la rumba y si no que diga lo contrario mi cabo". El otro inclinó un poco la cabeza y se descolgó el acordeón. Ambos estaban sin su disfraz de militares pero nunca cruzaron una mirada o una sonrisa que los hiciera parecer iguales.

No supimos a qué hora fue la serenata. Tampoco supimos si había sido realidad o si tan sólo fue una alucinación propia del lugar. La fiesta anticipó lo que sería la estadía en adelante: "levantarse, correr, bañarse de tres en tres, volver en cinco minutos, acostarse, levantarse otra vez". Voces inmensas, hombres, semidioses, gendarmes gritando y dirigiendo algo más de cien desadaptados presurosos y desnudos, temerosos y extraviados, ansiosos y exaltados. Las voces provenían de todos lados y no sabíamos a cuál obedecer. Sólo atinábamos a meternos a las duchas y sentir el chorro de agua helada descender en nuestra espalda y mojar lentamente nuestra desnudez; descubrir múltiples miradas posadas en los miembros endurecidos por el roce con el agua; sentir nuestro trasero expuesto al escrutinio de más de cien sujetos, ver una masa informe recorriendo la distancia y regresando impulsada por las voces y luego ver esa misma masa transformada en un dócil rebaño de reclutas.

Alguien dijo que eran las tres de la mañana y la noticia se extendió. Por primera vez me había bañado como sonámbulo, agarrado al tubo de la ducha mientras mis objetos de aseo iban desapareciendo uno tras otro; y verme luego regresando descalzo, titiritando de frío y sintiéndome inmensamente solo.

Nos decían que en el ser humano lo importante eran los valores, que desde allí se combatía la delincuencia, que el honor superaba cualquier otro postulado social; y cuando ese primer día nos despojaron de todo, respondieron encogiéndose de hombros. A los tres meses la ley del hurto es nuestra. Todo cambia de dueño en una especie de socialismo sin conocimiento de causa, y lo que hoy es mío mañana ya no lo es. Las sábanas vuelan como alfombras mágicas y transportan los testimonios de prolongadas noches de abstinencia.

 

TRES

Es increíble sentir cómo la soledad promueve incipientes síntomas de locura. Estar rodeados de tantos hombres, delincuentes menores prestos a aprovecharse de nuestro sueño, obliga a cualquiera a sentirse solo. Después de las veintiuna horas todos nos dispersábamos: algunos se refugiaban en lo alto de las paredes y sus ojos emprendían largos viajes al pasado acompañados de sucesivos espasmos; otros se deslizaban como sombras y se unían con la noche para reaparecer al día siguiente; otros, por el contrario, buscaban amparo en el camarote y se sumergían en él evadiendo la pesadilla; yo, en esos seis primeros meses, solía acostarme boca arriba en la Plaza de Armas absorbiéndome el mundo, tragándome bocanadas de estrellas que poblaban mi vacía imaginación. Me sentía minúsculo, desprotegido, aplastado por una lluvia de luces cayendo perpendicularmente sobre mi cara y poniéndome frente a frente con el universo.

Soledades dispares, seres convulsos y recuerdos disímiles: experiencias eclécticas reviviendo una época. Coincidíamos en un futuro incierto, como si estar rodeado de armas suscitara una ineluctable inclinación a pensar en la muerte. Una posible pretensión de impulso heroico, un anhelo de renombre, un Narciso oculto negándose a los límites de la existencia.

Pese a la soledad no dialogábamos. Se diría que monologábamos en presencia de los demás, entregados cada uno al hilo conductor de sus propios soliloquios. A mí no me resultaba difícil ignorarlos; ignorar a las sombras que se deslizaban por la Plaza de Armas a rumiar su pesar, a regocijarse con sus añoranzas. Los verdugos también iban, escondidos, apretándose contra las paredes para no ser vistos, porque los militares no deben llorar, ni soñar, ni extrañar. Los militares sólo aman a la Patria y a ella le gustan los héroes que no gimen: "Colombia, patria mía, te llevo con amor en mi corazón".

 

CUATRO

Tener nueve meses en el ejército es algo importante. Si durante la vida hemos mostrado cierta inclinación por la vanidad y el culto al ego la importancia es aún mayor. En esos meses se nos permitía de forma lícita o ilícita liberar nuestra energía en un lugar distinto al fortín: bailar, beber, visitar casas de lenocinio, vagar, transitar, devorar calles nada más que agotando el tiempo y después regresar; itinerario diario, siempre regresar. La idea de un día en el que el regreso no sucediera a la partida nos animaba. Por eso imitábamos a Lot y marchábamos en línea recta a la guardia, sin mirar atrás, temerosos de petrificarnos. Pero todavía no era posible. Había que regresar, porque llevábamos apenas nueve meses y no era aconsejable una ligereza o un olvido que nos trasladara al calabozo. Casos se habían visto en los que un lanza debía presenciar la marcha de sus compañeros asomado tras los barrotes del encierro. El poder de los milicos no flaquea, es omnímodo y no acepta Prometeos transgresores. Violar las órdenes equivale a robar el Fuego Sagrado.

A los nueve meses adquirimos el prestigioso título de antiguos y esto nos permitía robar con más tranquilidad y frecuencia. Cuando alguien nos denunciaba renacía el temor del primer día y el ruido de las botas recuperaba su impacto aturdidor, sólo que cada compás era particular y nos hacía prever la dimensión del castigo. La rigidez de las botas anunciaba el regreso de la ingenuidad de la primera noche.

Con el paso del tiempo algunas costumbres tienden a alterarse. Lo que se entiende por radicalidad no es más que una muestra de idiotez. Yo había dejado atrás mi nostalgia de principiante y contemplaba menos tiempo las estrellas mientras pasaba más horas en la guarnición. Lo mismo nos sucedía a todos. Nuestros acentos sonaban más optimistas y habíamos empezado a encariñarnos con la prisión. Aun conceptos como libertad y prisión, aparentemente universales, van evolucionando conforme a las situaciones, y lo que hoy nos parece manifestación de la libertad puede a la postre representar el más detestable de los encierros. La conciencia no se perpetúa ni se hipoteca a una sola verdad. Los parámetros y conceptos se desvanecen ante las circunstancias, y el sueño puede llegar a convertirse en grilletes o la ergástula pasar a convertirse en objeto de emancipación. Todo obedece a la adecuación de nuestros constructos mentales. Los cambios son sólo variaciones semánticas, elucubraciones de individuos sometidos al movimiento pendular de las ideas, pasos del dolor al hastío y viceversa, hechos concretos de la abstracción de algunos filósofos.

 

CINCO

Constantemente me pregunto qué me lleva a recordar todo esto, y aún más, a escribirlo. Yo propagué durante mucho tiempo la tesis aquella de que todo tiempo pasado fue peor; después la asumí como forma de vida y prometí no volver a tocar el pasado; en este lugar resulta peligroso. A nosotros aquí nos enseñan que la única preocupación debe ser el futuro, la construcción de un país ideal, utópico, y que el ayer sólo se justifica si fortalece el presente. Pero algunos recuerdos resultan ineludibles y no podemos paliarlos fácilmente. Con un mes de haber emergido de lo que creí el infierno he optado por lo que consideré lo más impoluto y perfecto; pero aquí también habitan fantasmas. Perseguidos en la inmensidad de la selva vuelvo una y otra vez al pasado, lo recupero paso a paso, porque sigo escuchando voces que claman y fusiles que truenan despertando la montaña; sigo observando personas que llegan disfrazadas de militares, y sigo escuchando el maldito e interminable taconeo de botas, botas de día y de noche, pasos de los camaradas que alertan mi memoria.

 

Betuel Bonilla Rojas

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