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Por la línea
de tu cuello
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I
A
las dos de la tarde el joven entró en el bar del barrio bajo
y se sentó en una mesa pegada a la ventana. Pidió
un café y esperó a que el mozo se retirara para encender
un cigarrillo. Mientras fuma mira hacia fuera y de vez en cuando
mueve despacio la mano para corregir la posición de un rulo
rebelde sobre su frente. El vidrio está sucio, pero el mira
igual hacia la nada que se esparce en la ciudad. Poco importa lo
que suceda a su alrededor, él está concentrado en
un punto fijo en la vereda de en frente y los parpadeos son apenas
perceptibles porque intenta captar absolutamente todo lo que ocurre
en ese punto fijo, de fuga, de evasión del bar.
A
las dos y veinte la joven entró finalmente en el bar y se
sentó en una mesa pegada a la ventana. Pidió un té
y esperó a que el mozo se retirara para sacar de su cartera
un cuaderno de tapas blancas. Metió su mano en el bolsillo
derecho y revolvió hasta encontrar la lapicera. Al abrir
el cuaderno levantó la vista hacia adelante y vió
la sombra de un hombre que se alejaba de la mesa vacía. Observó
la silla con detenimiento y la mesa vieja y sucia. Un pocillo de
café olvidado y un libro. Esperó a que el hombre volviera,
pero no lo hizo; luego de unos minutos se levantó y rápidamente
agarró el libro. Volvió a su mesa y apenas sentada
abrió el ejemplar que tenía entre sus manos. El mozo
se acercó despacio, casi imperceptible y le dejó el
té en la mesa. Al alejarse le dijo muy despacio:
No se preocupe, siempre hace lo mismo. Si la chica le gusta,
le deja el libro.
¿Nada más?
Nada. Son dos con cincuenta.
Al
ver finalmente el título del libro se desilusionó:
ya lo había leído. Ante la posibilidad de un nuevo
libro, de un nuevo tesoro, no soportaba la pena de ya haber recorrido
sus páginas, aunque no esas, pero otras casi iguales, falsamente
iguales. Lo dejó a un costado y volvió al propio:
el libro de tapas blancas. Apoyó su mano durante unos segundos,
bien abierta, la palma estirada sobre la tapa, los dedos desesperados
tratando de alcanzar los bordes, la uña finalmente surcando
el lomo. Después de la pequeña ceremonia lo abrió
y levantó la lapicera, tinta negra. La bolilla a punto de
apoyarse en la página en blanco y un tirón del cuello
la dobla hacia un costado: la cara plana, abierta a la ventana que
le muestra una calle, una vereda, gente que pasa, un bar y una ventana,
y una cara tan plana como la suya, que la mira. El dolor del cuello
la recorre internamente hasta hacerle temblar la mano que sostiene
la lapicera. La levanta, casi autómata, y comienza a sacudirla
en el aire que la separa del vidrio. La lapicera parece adherida
a su mano y se rehusa a caer. El otro levanta a su vez la mano y
la sacude: no se sabe si saluda o hace burla. Con el cuello contracturado,
da lo mismo.
II
Otro día, a las dos de la tarde el mismo joven entra en el
mismo café y pide una cerveza, sin ingredientes, le caen
mal. Después de acomodarse en su (porque ya es su) mesa,
mira hacia el bar de enfrente y espera.
Espera.
Espera.
Paga,
se levanta y se va.
III
Otro día, a las dos de la tarde el mismo joven (pero menos
joven) entra en el mismo café y el mozo le trae una cerveza
sin que se la pida. Comienza a tomarla despacio, de a tragos pequeños.
Baja el porrón lentamente, lo apoya sobre la mesa, lo vuelve
a levantar, limpia la mesa mojada con una servilleta de papel, agarra
otra seca, la ubica en la mesa y apoya el porrón. Toda una
ceremonia de pequeños actos que le permiten estirar el momento
de torcer la cabeza y finalmente mirar hacia el bar de enfrente.
Ella está.
Escribiendo. En un cuaderno. De tapas blancas. Es más hermosa
de lo que recordaba. De lejos, es perfecta. Es una posibilidad de
mujer, pero nunca la mujer concreta. De lejos, lo es todo, una potencialidad
salida de la misma mano de Dios.
Está,
escribiendo. Pero el cuaderno es ahora de tapas grises, aunque eso
de lejos no se ve, como muchas otras cosas. Está escribiendo
sobre él. Pero eso tampoco se ve porque está escondido
debajo de un personaje, debajo de unas líneas negras.
A
pesar de lo que él cree, de su inocencia, ella lo vió
primero. Como siempre, las mujeres primero. Lo vió y lo atrapó
entre sus líneas, y allí lo retiene. El cree que acude
a la cita nunca fijada por propia voluntad, por gusto, por curiosidad,
pero en realidad lo hace por un mandato externo, un llamado que
viene desde el bar de enfrente y tiene la amabilidad de dejarlo
pensar que es libre. Porque esa es la habilidad del creador: nos
hace creer que somos libres, pero no lo somos; estamos atados y
nuestros movimientos no son más que reflejos de una memoria
hundida ya a seis metros bajo tierra.
IV
Ese mismo otro día, la joven entra en el bar de enfrente
y se sienta en la mesa que ya parece de su propiedad. El mozo amigo
le alcanza un vaso grande de jugo bien frío. Las gotas de
humedad se deslizan por el vaso y caen sobre la mesa. Ella levanta
el vaso, la seca con una servilleta, coloca otra y apoya el vaso.
Después seca el vaso para evitar mojarse las manos. En la
creación no se debe descuidar ningún detalle. ¿Acaso
Dios no se lavó las manos antes de dar forma a Adán?.
Miró
hacia el bar de enfrente en busca de su personaje. Suspiró
aliviada, allí estaba. Metió la mano en el bolsillo,
sacó la lapicera negra y finalmente la tinta hizo contacto
con la página en blanco.
V
Por la línea de tu cuello
¿Qué
es esta impertinencia de arrancar a los hombres de la realidad y
hundirlos en texto?. ¿Cuánto hay de imposibilidad,
de simulacro en esta historia?. Hay violencia y cientos de palabras
que no alcanzan a definirlos porque son mentiras, aunque ellos tampoco
podrían definirse. Y por eso creo que de alguna manera en
este rapto literario también les hago un favor. Si me dedico
a dibujarlos con esta tinta es porque no puedo hacer otra cosa,
porque no se hacer otra cosa.
Pueden
sentirse ofendidos o agradecidos, poco importa, ya están
adentro, y el texto es como un útero cálido, donde
han estado, donde quieren volver a estar, porque el regreso es ese
espacio que nadie pronuncia, peor que todos desean, porque los que
proclaman la muerte como lugar deseado y preciado, en realidad quieren
decir otra cosa, quieren volver a entrar. Mama, please, let me back
inside.
U de útero, u de vida.
Si
estás ahí, es porque yo quiero. Si resistís,
es porque mis palabras te dan vida. Una vida caótica, un
remolino, lo sé, pero una vida al fin. Como una cadena infinita
de creaciones, no hacemos los unos a los otros en cada paso, en
cada acto, con cada palabra dicha y con cada silencio roto.
Hay
un momento, uno solo, en el que escapás, en el que te deslizás
fuera de la página y no logro retenerte. Puedo ver la tinta
chorreando hacia el margen, la tinta negra cayendo sobre la mesa,
desparramada, perdida. Es, sin embargo, un momento de gloria, debo
admitirlo. Un ligero movimiento, y de repente se dibuja la línea
de tu cuello. No lo entiendo, no lo puedo manejar; la mano se desliza
sobre la página, poseída, y dibuja sin segundos trazos,
con una extraña seguridad en el pulso, la línea de
tu cuello. Este debe ser el momento exacto en que Dios se sintió
libre de nosotros. Va más allá del poder, hay magia;
hay, quizás, amor.
Posiblemente
sea sólo otra reacción en cadena, de nuestra memoria,
de mis dedos que recuerdan haber recorrido ya esa línea.
Un intento nada más de reconstruir un pasado hermoso, un
calor ajeno, pero tan mío. Quizás en cada acto Dios
trata de recuperarnos.
De
eso, de eso se trata, de recuperar el tiempo perdido, pasado, de
recolectar, acumular, esconder, sepultar. Todo junto, debajo de
estas líneas.
O
quizás no se trate más que de devolverte el calor
que te robé la última noche...
VI
A
las cinco de la tarde de ese otro día, el joven observó
cómo la joven se levantaba de la silla y se dirigía
al baño. De un salto se deslizó hacia la puerta y
cruzó la calle corriendo. Parecía un ágil ladrón.
Eso es lo que sería. Entró al bar despacio, el mozo
y el de la caja no lo notaron. Se acercó a la mesa de la
joven y en un solo gesto de prestidigitador tomó el cuaderno
de tapas grises y lo metió dentro de su campera.
Salió
como entró.
©
Carolina
Berduque
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