Sumario 21

 

Bob T.
Morrison

 

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Luz

 

 

 

Al principio no le dio ninguna importancia: algunas noches sonaba el teléfono y una mujer preguntaba por Tristán:

—Lo siento, se equivoca —decía con tono amable.

—Perdóname, no pensé en lo que hacia, yo... ya sabes... por favor Tristán —la mujer no dejaba de sonarse la nariz.

—No llore, aquí no vive ningún Tristán, es otro número... por favor —después colgaba.

—¿Quién era? —preguntó su mujer.

—Se han equivocado.

—¿Era la misma mujer? —Verónica andaba por casa con bata y zapatillas—. ¿Preguntaba por Tristán? —dijo desde el dormitorio.

Jonás no contestó; sentándose en el taburete de la cocina miró por la ventana: las farolas reflejaban la lluvia que caía como alfileres; la calle estaba en silencio.

—Cariño ¿quieres contestarme?

—No era una mujer y tampoco preguntaba por Tristán.

De vez en cuando la nevera roncaba; encendió un cigarrillo.

—Pensaba que nuestros vecinos están de viaje —dijo sin apartar los ojos del cristal.

—¿Qué dices? Cariño, ¿subes a dormir?

Verónica se colocó una redecilla en el pelo; su cara brillaba a causa del aceite hidratante. Sentada en la cama, se masejeaba los muslos.

—¿Dónde han ido? —gritó.

Tenia la barbilla apoyada sobre la mano.

—¡Y yo qué sé! ¿Crees que no tengo nada que hacer? No puedo perder el tiempo mirando por la ventana.

Verónica apartó la colcha y se introdujo en la cama.

 

* * *

 

Hacía unos meses, la casa había sido alquilada por una pareja de recién casados.

Jonás nada más sabía que su vecino, Gabriel, era un tipo alto, delgado, de ancha sonrisa que deja entrever los dientes blancos. Trabajaba como representante para una firma de prendas femeninas. Cada mañana, antes de las ocho, Gabriel salía de casa; vestía traje oscuro y corbata y llevaba un maletín. Casilda, su mujer, le besaba en la puerta. Volvía tarde —algunas veces a medianoche— y sólo entonces se apagaba la luz del porche.

 

* * *

 

Jonás llenó la tetera, introdujo una bolsita de Hornimans y la puso a hervir; la quitó del fogón antes de que el vapor hiciese sonar el silbato.

Había dejado de llover; el cielo, anudado de grises, prometía una nueva tormenta.

Sirvió, con el té, una buena dosis de coñac.

Cuando volvió a mirar, la luz del porche estaba apagada; la casa permaneció a oscuras hasta que la ventana del primer piso se iluminó como un cuadro en la noche.

Jonás saca los viejos gemelos y ve como Casilda camina por la habitación con pasos de majorette; lleva una camisola que deja entrever su cuerpo de adolescente; levanta los brazos y, formando un circulo imaginario, los deja caer lentamente.

Mueve repetidas veces la cabeza —el pelo le cubre la cara—, como una danza en espera del nuevo día.

Sus brazos, perpendiculares al cuerpo giran como aspas. Mientras separa los pies, dobla las rodillas y arquea las piernas hasta tocar el suelo con el culo.

 

* * *

 

El teléfono sobresalta a Jonás. Deja los prismáticos, junto a la taza, y contesta desde el supletorio de la cocina:

—¿Diga?

—Tristán... por favor... no cuelgues —dice una voz de mujer, entrecortada.

La noche es blanda, silenciosa, como una prenda colgada en el armario —Perdóname... te quiero... amor mío...

Jonás introduce su mano en el pijama y empieza a masturbarse.

 

Bob T. Morrison

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