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Al
principio no le dio ninguna importancia: algunas noches sonaba el
teléfono y una mujer preguntaba por Tristán:
Lo siento, se equivoca decía con tono amable.
Perdóname, no pensé en lo que hacia, yo... ya sabes...
por favor Tristán la mujer no dejaba de sonarse la nariz.
No llore, aquí no vive ningún Tristán, es
otro número... por favor después colgaba.
¿Quién era? preguntó su mujer.
Se han equivocado.
¿Era la misma mujer? Verónica andaba por casa con
bata y zapatillas. ¿Preguntaba por Tristán?
dijo desde el dormitorio.
Jonás
no contestó; sentándose en el taburete de la cocina
miró por la ventana: las farolas reflejaban la lluvia que
caía como alfileres; la calle estaba en silencio.
Cariño ¿quieres contestarme?
No era una mujer y tampoco preguntaba por Tristán.
De vez en cuando la nevera roncaba; encendió un cigarrillo.
Pensaba que nuestros vecinos están de viaje dijo sin apartar
los ojos del cristal.
¿Qué dices? Cariño, ¿subes a dormir?
Verónica se colocó una redecilla en el pelo; su cara
brillaba a causa del aceite hidratante. Sentada en la cama, se masejeaba
los muslos.
¿Dónde han ido? gritó.
Tenia
la barbilla apoyada sobre la mano.
¡Y yo qué sé! ¿Crees que no tengo nada
que hacer? No puedo perder el tiempo mirando por la ventana.
Verónica apartó la colcha y se introdujo en la cama.
*
* *
Hacía
unos meses, la casa había sido alquilada por una pareja de
recién casados.
Jonás nada más sabía que su vecino, Gabriel,
era un tipo alto, delgado, de ancha sonrisa que deja entrever los
dientes blancos. Trabajaba como representante para una firma de
prendas femeninas. Cada mañana, antes de las ocho, Gabriel
salía de casa; vestía traje oscuro y corbata y llevaba
un maletín. Casilda, su mujer, le besaba en la puerta. Volvía
tarde algunas veces a medianoche y sólo entonces se apagaba
la luz del porche.
* * *
Jonás
llenó la tetera, introdujo una bolsita de Hornimans y la
puso a hervir; la quitó del fogón antes de que el
vapor hiciese sonar el silbato.
Había dejado de llover; el cielo, anudado de grises, prometía
una nueva tormenta.
Sirvió, con el té, una buena dosis de coñac.
Cuando
volvió a mirar, la luz del porche estaba apagada; la casa
permaneció a oscuras hasta que la ventana del primer piso
se iluminó como un cuadro en la noche.
Jonás saca los viejos gemelos y ve como Casilda camina por
la habitación con pasos de majorette; lleva una camisola
que deja entrever su cuerpo de adolescente; levanta los brazos y,
formando un circulo imaginario, los deja caer lentamente.
Mueve
repetidas veces la cabeza el pelo le cubre la cara, como una danza
en espera del nuevo día.
Sus
brazos, perpendiculares al cuerpo giran como aspas. Mientras separa
los pies, dobla las rodillas y arquea las piernas hasta tocar el
suelo con el culo.
*
* *
El
teléfono sobresalta a Jonás. Deja los prismáticos,
junto a la taza, y contesta desde el supletorio de la cocina:
¿Diga?
Tristán... por favor... no cuelgues dice una voz de mujer,
entrecortada.
La noche es blanda, silenciosa, como una prenda colgada en el armario
Perdóname... te quiero... amor mío...
Jonás introduce su mano en el pijama y empieza a masturbarse.
©
Bob
T. Morrison
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