Sumario 21

 

Bob T.
Morrison

 

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Asuntos
pendientes

 

 

 

Estaba inquieto. Sintió roer su estómago y cambió la postura de las piernas, cruzándolas. Cogió un cigarrillo.

Al cabo de un rato, escuchó el motor de un coche y la gravilla crujiendo bajo las ruedas. Se levantó, cruzó la sala de estar y se detuvo ante la puerta, sin abrirla. Giró el pomo cuando oyó acercarse unos pasos.

La mujer (vestida con un traje chaqueta azul oscuro, de amplio escote, y un pañuelo a rayas, alrededor de su cuello) abrió los brazos y esbozó una sonrisa.

—¡Continuas siendo el mismo de siempre! —dijo, y se estrecharon en un fuerte abrazo.

—Tú tampoco has cambiado nada —le contestó él— ¿Encontraste el camino con facilidad?

Entran. Los muebles del comedor son de madera de pino. Al lado de la butaca hay un montón de periódicos y, enfrente, un viejo televisor portátil con la antena ladeada. Hay restos de comida en el mantel.

—Llevo una hora dando vueltas. No había estado en esta parte de la ciudad.

Silvia se sienta en el sofá. Sus piernas son largas y bonitas. Acomoda el bolso a su lado y lo abre.

—¿Quieres tomar algo? —dice Alex, desde la puerta de la cocina.

Ella levanta la vista y se encoge de hombros.

—Lo mismo que tú. No sé...

Alex hace un gesto con la mano y desaparece. Silvia continua revolviendo en el bolso y saca una polvera. Se da unos pequeños toques en las mejillas, se mira detenidamente los ojos y pasa varias veces la lengua por los labios.

Alex trae una bandeja con dos vasos largos, una botella con la etiqueta de un velero y una cubitera. La deja sobre la mesa y sirve.

—¿Hielo? —pregunta.

Ella asiente y coge el vaso.

—Me sorprendió tu llamada —Alex se sienta en la butaca y bebe un sorbo— me gustó que te acordaras.

Silvia hace un mohín.

—Lo guardo para las grandes ocasiones. El médico me lo ha prohibido — añade.

Ella lo mira sin apartar los labios del vaso.

—Un día es un día —dice ella— ¿Tienes un cigarrillo?... no sé lo que he hecho con ellos.

—Por aquí hay —Alex se levanta y mira por los estantes— ¡Joder! Esta mañana he comprado un cartón. Tienen que estar por aquí. ¡Aja! Ya los tengo.

Arruga el celofán y lo tira en el cenicero. Cogen cigarrillos y Alex le ofrece fuego. Mira las piernas de Silvia, enfundadas en unas medias color café.

—¿Cómo te va la vida? —dice ella, y se recuesta un poco en el sofá desprendiéndose de uno de los zapatos— no te importa ¿verdad? Me duelen horrores.

—Como siempre —contesta Alex, expulsando el humo por la nariz—. Lo que ves es lo que hay. —Apura el vaso.

Ella lo imita y se sirven otra ronda.

—Diez años Alex. Parece mentira, Dios mío... diez años. Cómo pasa el tiempo —echa la cabeza hacia atrás y suspira. Da una fuerte calada a la colilla—. Diez años... es increíble. ¿Sabes algo de los demás?

Alex niega con la cabeza.

—No creo que vengan —enciende otro cigarrillo y mira el reloj—. Las cinco y media —dice.

Silvia se estira en el sofá. Apura el whisky y apoya el vaso en el pecho.

—Me encontré con el gilipollas de Ignacio —ladea la cabeza y lo mira y sonríe— acabó químicas.

Con un gesto se aparta el flequillo.

—Trabaja en la Titanlux —continua— ¿puedes imaginártelo? Cinco años de universidad para terminar mezclando pinturas.

Alex le mira las piernas. Se incorpora y le coge la mano.

—¿Te casaste? —le pregunta, a bocajarro.

—Sí —contesta ella con firmeza —cierra los ojos y se frota la rodilla y da una fuerte chupada al cigarrillo—... y tengo un hijo... si no llegan pronto me van a encontrar borracha.

Ríen. Alex vuelve a la cocina por cubitos y sirve, sin medida. Levantan los vasos y los hacen chocar.

—Salud —dicen, al unísono.

Escuchan con atención el acercarse de un coche. El automóvil remonta la pequeña cuesta y continua.

—¿Cómo se llamaba el bedel? Sí, hombre... el tío que siempre mordía el puro... Dios... era más feo que Bela Lugosi —dice ella, sin prender el cigarrillo.

Alex le acerca el mechero.

—Jodido baboso. Me hubiese gustado matarle.

—Deberías haberlo hecho —enciende el cigarrillo y coge la mano de Alex, con fuerza— ¿crees que fue Ignacio quién se chivó?

Se encoge de hombros. Al cabo de diez años, importa poco que te hayan pillado manoseando a una chica, en un ascensor. Alex mueve los dedos bajo la falda, ella suspira y tira de la mano. No lleva bragas.

—Como en el ascensor —murmura él y siente la humedad en sus yemas y le besa la ingle—. Diez años...

Silvia jadea. Levanta el pecho, abre las piernas, se echa el pelo hacia atrás y, con ambas manos, le coge la cabeza, hundiéndosela entre los pechos.

 

Bob T. Morrison

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