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En
la última esquina (última puede ser la tierra final
y esquina la conjunción entre el sur y el final) frente a
la villa y los basurales, donde se enreda el sueño, hermano
de la muerte, con los rincones febriles de la siesta argentina,
me encontré.
Bienvenido
alguien me habló. Has avanzado esforzadamente
por un camino difícil y desconocido para ti, pero al fin
has logrado llegar hasta aquí como tanto has deseado. A partir
de ahora serás como Alicia.
Deberé
contradecirlo, señor, porque jamás me he movido de
aquí; no recuerdo haber marchado por camino alguno.
El
largo viaje que has hecho, hombre de la última esquina, lo
has hecho y eso es, precisamente, algo fuera de toda discusión,
es un hecho.
Pero los hechos también pueden discutirse.
No los que voy a revelarte.
¿Por eso seré como Alicia? ¿Piensa llevarme
hacia algún lugar de ensueño? ¿Será
Usted mi Virgilio a través de algún espejo?
Sí.
¿Qué debo hacer?
Debes escucharme y de esa forma serás diferente. Mis
palabras serán para ti como a Esón el elixir de Medea:
desenvainaré mi espada más brillante y cortaré
tu anciano cuerpo, y cuando de tus heridas brote la negra y purulenta
sangre yo te curaré con la mezcla que pienso crear. Pero,
puedes imaginarlo, que para alcanzar esta pócima deberemos
transitar sin descanso, con gran devoción, por las difíciles
rutas que nos llevarán hacia cada uno de los ingredientes
que, al ser unidos todos ellos en específico proceso, permitan,
allá en el fin de los renglones, lograr la tan ansiada sopa.
Así que, Aeda, escúchame, la historia nos aguarda
y ella misma será nuestra prueba: sólo si logramos
atravesar el género humano con la daga de este sueño
podremos conquistar la redención anhelada.
Lo escucho. ¿Qué debo hacer?
Escribe lo que voy a dictarte:
Y
así empieza:
ELLOS
DEVORARON LAS PIEDRAS, que eran blandas como el pan fresco, y el
primer día que estuvieron comiendo aquellas piedras surgieron
de la tierra fangosa, durante el mediodía, un niño
y una niña con largas cabelleras, armados con espadas de
plata y protegidos con grandes escudos, sus ojos eran negros como
la noche y sus aspectos eran aterradores e imponentes, pero sumamente
hermosos. La niña les ofreció unos trozos de hielo
que ellos aceptaron, pues estaban muertos de sed, y comenzaron a
lamer y a chupar de aquella escarcha que rápidamente se volvía
líquida en la boca y que era sabrosa y dulce. Ellos eran
cincuenta personas, hambreadas como todo su pueblo, y estaban allí,
en las orillas silenciadas al sur del Riachuelo, para abandonar
sus cuerpos postergados a la muerte, sin embargo, cuando sus alientos
parecían extinguirse, sucedió todo esto. El niño
le dijo a uno de ellos:
Juan, toma cinco piedras del piso y arrójalas al río,
una por vez.
Así lo hizo: La primera piedra se hundió en el agua
lóbrega y mientras formaba círculos concéntricos
en el líquido, todas las personas, que observaban atentamente
el río, comprobaron azoradas que las aguas, que desde hace
tiempo estaban turbias y contaminadas y de las que siempre manaban
olores nauseabundos, ahora cambiaban milagrosamente su aspecto y
se volvían tan claras y limpias que todos podían ver
el fondo. Aquella gente, impulsada ahora por un antiguo deseo, se
acercó al agua con la intención de tocarla, pero la
niña afablemente les dijo:
Esperen, aún no deben tocar el agua.
Luego, dirigiéndose a Juan, le ordenó:
Juan, lanza la segunda piedra.
Así lo hizo: La segunda piedra penetró el agua clara.
Todos esperaban algo y algo sucedió: las orillas del río,
verdaderos basurales mugrientos e infectados, ahora se llenaban
de hierba y flores silvestres de distintas clases. Todo el aire
se colmó de fragancias. Juan miró a los niños
y éstos le hicieron gestos sonrientes que enseguida comprendió.
Así
pues, lanzó la tercera piedra: Una señora que estaba
con ellos gritó atemorizada y señalando al cielo se
postró de rodillas en la tierra. Todos miraron hacia arriba
pero no vieron nada fuera de lo común. Eso fue en un primer
momento. Después, otra persona también gritó,
luego otra, luego todos, todos gritaron de espanto y sobrecogidos
se arrojaron al piso. El sol giraba a toda velocidad dibujando un
gran círculo de fuego sobre el celeste del cielo. Parecía
que iba a estrellarse contra ellos. Todos estaban llorando y suplicando
a Dios que los salvara cuando los niños les dijeron, con
voces mansas, que se calmaran, que nada iba a sucederles. De esta
forma recobraron la paz, aunque el sol giraba como un loco por encima
de sus cabezas.
La niña le dijo a Juan:
Juan, lanza la cuarta piedra:
Así lo hizo: Después de un momento, emergieron del
agua clara y hermosa del Riachuelo, cincuenta caballos preciosos,
de diferentes colores y variadas manchas, todos con sus respectivas
monturas, y mansamente avanzaron hasta detenerse junto a ellos.
Luego
los niños les dijeron:
Ahora entren todos al agua junto a la quinta piedra.
Obedeciéndolos, caminaron y se internaron en el agua junto
a la quinta piedra que estaba en la mano de Juan. Adentro del agua
sintieron un gran alivio, como si se hubieran curado de algo. Después
hurgaron el río con las manos y encontraron espadas y escudos.
Una vez que todos estaban armados, salieron del agua para acercarse
a los niños, pero éstos ya no estaban, solamente estaban
los caballos. El sol se había calmado, pero el agua del río
aún estaba clara y las piedras todavía podían
comerse.
Dicho esto mi compañero se aprestó a marcharse de
mí y comenzó a caminar por la calle. Yo le dije:
¡Espere, señor!
¿Qué necesitas? Me contestó.
La historia que me contó, ¿continúa?
Sí, Juan, continúa y tú debes escribirla.
¿Yo?
Nadie me contestó, pero mirando hacia arriba, descubrí
que el sol daba vueltas. Atemorizado empecé a correr hacia
la próxima esquina la anteúltima cuando
escuché detrás de mí un sonido fuerte que aumentaba
hasta llegar por debajo de mis pies y haciendo retumbar el suelo
parecía querer lanzarme por las alturas. Entonces giré
nuevamente en mi mano había un lápiz y
descubrí que muchas personas armadas que iban a caballo se
acercaban a toda velocidad, seguidos por una multitud descalza.
"¡Ustedes
han amontonado riquezas, ahora que es el tiempo final! Sepan que
el salario que han retenido a los que trabajaron en sus campos está
clamando, y el clamor de los cosechadores ha llegado a los oídos
del Señor del universo. Ustedes llevaron en este mundo una
vida de lujo y de placer, y se han cebado así mismos para
el día de la matanza".
Santiago, 5, 3-5.
Provenían
de la última esquina y avanzaban implacables en dirección
a la Capital Federal. Alguien me gritó que fuera con ellos
en mi mano había un largo cuchillo y en la siesta un sustantivo
parecía un adjetivo: argentina.
"No
mantengas ocultas las palabras proféticas de este Libro porque
falta poco tiempo. Que el pecador siga pecando, y el que esté
manchado se manche más aún; que el hombre justo siga
practicando la justicia, y el santo siga santificándose.
Pronto regresaré trayendo mi recompensa, para dar a cada
uno según sus obras. Yo soy el Alfa y el Omega, el Primero
y el Último, el Principio y el Fin. ¡Felices los que
lavan sus vestiduras para tener derecho a participar del árbol
de la vida y a entrar por las puertas de la Ciudad!"
Apocalipsis,
22, 10-14
©
Juan
Diego Incardona
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