Sumario 20

 

Juan Diego
Incardona

 

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La última
esquina
 

En la última esquina (última puede ser la tierra final y esquina la conjunción entre el sur y el final) frente a la villa y los basurales, donde se enreda el sueño, hermano de la muerte, con los rincones febriles de la siesta argentina, me encontré.

—Bienvenido —alguien me habló—. Has avanzado esforzadamente por un camino difícil y desconocido para ti, pero al fin has logrado llegar hasta aquí como tanto has deseado. A partir de ahora serás como Alicia.—

—Deberé contradecirlo, señor, porque jamás me he movido de aquí; no recuerdo haber marchado por camino alguno.

—El largo viaje que has hecho, hombre de la última esquina, lo has hecho y eso es, precisamente, algo fuera de toda discusión, es un hecho.

—Pero los hechos también pueden discutirse.

—No los que voy a revelarte.

—¿Por eso seré como Alicia? ¿Piensa llevarme hacia algún lugar de ensueño? ¿Será Usted mi Virgilio a través de algún espejo?

—Sí.

—¿Qué debo hacer?

—Debes escucharme y de esa forma serás diferente. Mis palabras serán para ti como a Esón el elixir de Medea: desenvainaré mi espada más brillante y cortaré tu anciano cuerpo, y cuando de tus heridas brote la negra y purulenta sangre yo te curaré con la mezcla que pienso crear. Pero, puedes imaginarlo, que para alcanzar esta pócima deberemos transitar sin descanso, con gran devoción, por las difíciles rutas que nos llevarán hacia cada uno de los ingredientes que, al ser unidos todos ellos en específico proceso, permitan, allá en el fin de los renglones, lograr la tan ansiada sopa. Así que, Aeda, escúchame, la historia nos aguarda y ella misma será nuestra prueba: sólo si logramos atravesar el género humano con la daga de este sueño podremos conquistar la redención anhelada.

—Lo escucho. ¿Qué debo hacer?

—Escribe lo que voy a dictarte:

Y así empieza:

ELLOS DEVORARON LAS PIEDRAS, que eran blandas como el pan fresco, y el primer día que estuvieron comiendo aquellas piedras surgieron de la tierra fangosa, durante el mediodía, un niño y una niña con largas cabelleras, armados con espadas de plata y protegidos con grandes escudos, sus ojos eran negros como la noche y sus aspectos eran aterradores e imponentes, pero sumamente hermosos. La niña les ofreció unos trozos de hielo que ellos aceptaron, pues estaban muertos de sed, y comenzaron a lamer y a chupar de aquella escarcha que rápidamente se volvía líquida en la boca y que era sabrosa y dulce. Ellos eran cincuenta personas, hambreadas como todo su pueblo, y estaban allí, en las orillas silenciadas al sur del Riachuelo, para abandonar sus cuerpos postergados a la muerte, sin embargo, cuando sus alientos parecían extinguirse, sucedió todo esto. El niño le dijo a uno de ellos:

—Juan, toma cinco piedras del piso y arrójalas al río, una por vez.

Así lo hizo: La primera piedra se hundió en el agua lóbrega y mientras formaba círculos concéntricos en el líquido, todas las personas, que observaban atentamente el río, comprobaron azoradas que las aguas, que desde hace tiempo estaban turbias y contaminadas y de las que siempre manaban olores nauseabundos, ahora cambiaban milagrosamente su aspecto y se volvían tan claras y limpias que todos podían ver el fondo. Aquella gente, impulsada ahora por un antiguo deseo, se acercó al agua con la intención de tocarla, pero la niña afablemente les dijo:

—Esperen, aún no deben tocar el agua.

Luego, dirigiéndose a Juan, le ordenó:

—Juan, lanza la segunda piedra.

Así lo hizo: La segunda piedra penetró el agua clara. Todos esperaban algo y algo sucedió: las orillas del río, verdaderos basurales mugrientos e infectados, ahora se llenaban de hierba y flores silvestres de distintas clases. Todo el aire se colmó de fragancias. Juan miró a los niños y éstos le hicieron gestos sonrientes que enseguida comprendió.

Así pues, lanzó la tercera piedra: Una señora que estaba con ellos gritó atemorizada y señalando al cielo se postró de rodillas en la tierra. Todos miraron hacia arriba pero no vieron nada fuera de lo común. Eso fue en un primer momento. Después, otra persona también gritó, luego otra, luego todos, todos gritaron de espanto y sobrecogidos se arrojaron al piso. El sol giraba a toda velocidad dibujando un gran círculo de fuego sobre el celeste del cielo. Parecía que iba a estrellarse contra ellos. Todos estaban llorando y suplicando a Dios que los salvara cuando los niños les dijeron, con voces mansas, que se calmaran, que nada iba a sucederles. De esta forma recobraron la paz, aunque el sol giraba como un loco por encima de sus cabezas.

La niña le dijo a Juan:

—Juan, lanza la cuarta piedra:

Así lo hizo: Después de un momento, emergieron del agua clara y hermosa del Riachuelo, cincuenta caballos preciosos, de diferentes colores y variadas manchas, todos con sus respectivas monturas, y mansamente avanzaron hasta detenerse junto a ellos.

Luego los niños les dijeron:

—Ahora entren todos al agua junto a la quinta piedra.

Obedeciéndolos, caminaron y se internaron en el agua junto a la quinta piedra que estaba en la mano de Juan. Adentro del agua sintieron un gran alivio, como si se hubieran curado de algo. Después hurgaron el río con las manos y encontraron espadas y escudos. Una vez que todos estaban armados, salieron del agua para acercarse a los niños, pero éstos ya no estaban, solamente estaban los caballos. El sol se había calmado, pero el agua del río aún estaba clara y las piedras todavía podían comerse.


Dicho esto mi compañero se aprestó a marcharse de mí y comenzó a caminar por la calle. Yo le dije:

—¡Espere, señor!

—¿Qué necesitas? —Me contestó.

—La historia que me contó, ¿continúa?

—Sí, Juan, continúa y tú debes escribirla.

—¿Yo?

Nadie me contestó, pero mirando hacia arriba, descubrí que el sol daba vueltas. Atemorizado empecé a correr hacia la próxima esquina —la anteúltima— cuando escuché detrás de mí un sonido fuerte que aumentaba hasta llegar por debajo de mis pies y haciendo retumbar el suelo parecía querer lanzarme por las alturas. Entonces giré nuevamente —en mi mano había un lápiz— y descubrí que muchas personas armadas que iban a caballo se acercaban a toda velocidad, seguidos por una multitud descalza.

"¡Ustedes han amontonado riquezas, ahora que es el tiempo final! Sepan que el salario que han retenido a los que trabajaron en sus campos está clamando, y el clamor de los cosechadores ha llegado a los oídos del Señor del universo. Ustedes llevaron en este mundo una vida de lujo y de placer, y se han cebado así mismos para el día de la matanza".
Santiago, 5, 3-5.

Provenían de la última esquina y avanzaban implacables en dirección a la Capital Federal. Alguien me gritó que fuera con ellos —en mi mano había un largo cuchillo y en la siesta un sustantivo parecía un adjetivo: argentina—.

"No mantengas ocultas las palabras proféticas de este Libro porque falta poco tiempo. Que el pecador siga pecando, y el que esté manchado se manche más aún; que el hombre justo siga practicando la justicia, y el santo siga santificándose. Pronto regresaré trayendo mi recompensa, para dar a cada uno según sus obras. Yo soy el Alfa y el Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin. ¡Felices los que lavan sus vestiduras para tener derecho a participar del árbol de la vida y a entrar por las puertas de la Ciudad!"
Apocalipsis, 22, 10-14

 

Juan Diego Incardona

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