Sumario 20

 

Héctor
Arnau

 

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Llegan

 

 

Al principio parecía una broma. Decían que unos hombres te persiguen. Que llevan uniformes y a veces armas. Pero cómo va a ser eso cierto. Qué he hecho yo para merecerlo. Que saben tu nombre y todos tus pecados y te quieren castigar. Que pagues errores y deslices. Que unos hombres de uniforme y armados corren hacia ti con intenciones violentas. De golpearte y hacer que caigas y que grites. Una broma triste y absurda.

Si eres simpático, si te diriges a ellos con educación. Igual no tienen nada contra ti. Igual sólo cumplen unas órdenes desmedidas y ellos, como personas, son como tú o como yo. ¿Por qué desearían que yo permaneciera encerrado en una celda? ¿Hay gente que le desea eso a otra? Estar en una oficina tampoco es una delicia, y sí que hay gente que mata para disfrutar de semejante privilegio. Yo no le desearía ese mal a nadie, de corazón. Ni ese ni muchos otros. Pero dicen que hay oscuros poderes sombríos que mueven hilos y voluntades que a su vez estiran y tensan las correas de las personas, tan volubles. Algunos se quedan quietos y es como si nada.

Por qué iban a buscarme a mí, de entre tantas personas que se agolpan en las ciudades. Cómo voy a pensar yo, a creerme tan importante para que unos hombres vayan preguntando por mí. Qué querrán saber de mí, cómo les tendré que explicar. ¿Serán señores? Otros dicen que algunos llevan gabardina y que esos son los peores. Bueno, a mí los uniformes me imponen, todos tan iguales y relucientes. ¿Acaso tendré la paciencia y el sosiego para poderles expresar mi opinión? No es yo la crea relevante, con la de cosas que pasan. Pero si me van a preguntar, algo habré de decir.

No quiero darme aires ni adelantar presagios. Sólo lo que me dicen. Que preguntan, que el buzón, que los vecinos. A algunos vecinos los conozco, no dirían nada malo de mí. Tampoco es que me haya gustado obedecer ante las órdenes y los mandatos, pero tal vez debiera llamar yo por teléfono. Por mostrar una actitud dialogante, de primeras. O quizás eso sea peor, una manera de acusarme yo mismo, inconscientemente. De cuando en cuando, tengo miedo, e intento reírme de mí, relativizar, como se dice ahora.

Qué ridículo sería, qué poco podría yo decirles. Siempre he sido muy ignorante, poco preclaro. Se me ocurren ideas, pero siempre efímeras, nada perdurables, endebles. No entiendo casi nada, de verdad; asiento ante opiniones de otros, mejor informados. Tengo mis motivos, pero a menudo los sé azarosos, vanos. Y tampoco es que actúe de frívolo o trate de conmover con falsa modestia. Es cierto, me cuesta relacionar hechos e ideas. Parezco un testigo ciego, asustado por sus oídos demasiado afinados. Solo, en la oscuridad o ante un chorro brutal de luz.

No creo que les gustara lo que yo pudiera decir. Mejor sería decir otra cosa. Dicen que pegan, que humillan, que gritan. ¿Qué me podrían hacer a mí? No mucho, enseguida me desmayo. Me acobardo tan pronto, que cualquier tentativa de amenaza me hace lividecer. No sé qué habría de decir para convencerles. Debería pensar en eso. Aunque eso ya demuestra mi inquietud. Uno lleva sus culpa y las confunde con las de otros ¿no? Me extraña tanto, sin embargo, que todo esto tenga que ver conmigo.

Pero las noches se estiran cada vez más y no se deshacen de los rumores. No he recibido llamadas telefónicas de madrugada. A veces me emborracho y me lleno de valor al llegar a casa, y me carcajeo de mi estupidez. Pero, en general, lo miro todo con mucho cuidado. Oigo ruidos desagradables. Recorro las habitaciones, por si hubiera alguien. Compruebo que no hay nadie. Sintonizo la radio, pues me incomoda el silencio. El silencio parece siempre antesala del estruendo, del chasquido que espero. De los nudillos en la puerta. De los gritos en las escaleras y las duras pisadas de las botas. Ojalá esté completamente equivocado. Algo tendré que confesar. Llegará el día que sí que vendrán a preguntarme. Pero a preguntar qué. Hay que andarse con mucho oído. Con las luces apagadas, controlo el sonido de mi respiración.

 

Héctor Arnau

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