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Fóllame,
le había dicho la noche anterior.
Sonia una mata de pelo negro le ocultaba la mejilla
dormía con la manta hecha un ovillo. Respiraba acompasadamente
y, de cuando en cuando, dejaba escapar algún ronquido.
El cielo empezaba a clarear. Héctor se levantó y descorrió
la cortina: caía una fina lluvia y había luz en las
farolas. En el horizonte, recortado por las casas, los retazos de
niebla ocultaban la línea azul del mar.
Llenó el lavamanos y hundió la cabeza. Después,
se miró en el espejo y pasó la mano por su cara, sin
afeitar. Se rascó la entrepierna.
* * *
La puerta era grande e iluminada. Sobre la marquesina, un rótulo
de neón, intermitente, en el que se podía leer: BARDISCOTECA.
Con un movimiento de cabeza saludó al hombre alto y corpulento
que estaba en el vestíbulo. Empujó una segunda puerta
y entró: los camareros (vestidos con camisa blanca, chaleco
a rayas y pajarita) iban de un lado a otro, como si tuvieran mucho
trabajo, sirviendo las pocas mesas ocupadas.
Sonia estaba sentada en uno de los taburetes, bajo la luz fluorescente,
con las piernas ligeramente cruzadas. Vestía una blusa blanca,
de transparencias, y una diminuta falda roja. Uno de los zapatos
(de tacón alto y con una fina tira en el talón) lo
balanceaba con la punta del pie. Bebía de una copa ancha.
Héctor
chasqueó los dedos y el camarero acudió, solícito,
con una sonrisa de Profidén. Pidió un Ballantines
y le indicó que sirviera a la señorita (ambos miraron
cómo las piernas se perdían bajo tela roja) una nueva
copa.
Ella se lo agradeció con una mirada intensa y se pasó
la lengua por los labios.
No la había visto nunca comenta el camarero.
Héctor agita los cubitos y bebe un sorbo.
Será
nueva en el oficio dice.
Tal vez contesta, y pasa la bayeta por la barra
Parece una aficionada.
Héctor lo mira a los ojos.
He visto muchas putas en mi vida, señor. Le digo que
ésta es una aficionada.
Apura el vaso y lo deja sobre el cartoncito rectangular. Duda unos
instantes.
Ponme otro.
* * *
Cuando
se lo propuso (era tarde y estaban sentados en el sofá viendo
el televisor) Héctor no las tenía todas consigo. El
comedor estaba a oscuras y una línea de luz escapaba de la
cocina.
Dirá que soy un cerdo, pensó.
Dudó
unos instantes. Le puso la mano sobre la rodilla. Su mujer no dijo
nada: continuó mirando la tele y como un enorme mono desvestía
a la chica.
Subió la mano por el muslo y le acarició las bragas.
Sonia sonrió y lo abrazó. Lo besó (abrió
mucho la boca) y le desabrochó la cremallera.
Soy tu puta le dijo, y lo arrastró al suelo.
* * *
¿Tienes fuego?
Ella extrae un cigarrillo de la pitillera mientras Héctor
busca en los bolsillos. Le acerca la llama.
Gracias
por la copa continúa, y le lanza una bocanada.
Se sienta a su lado y le mira las tetas, aniñadas. No lleva
sostenes.
Le dice su nombre. Lleva el cigarrillo a la boca y enseña
sus largas uñas de porcelana.
Héctor paga las consumiciones y deja una buena propina. Llama
a un taxi.
©
Bob
T. Morrison
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