Sumario 20

 

Bob T.
Morrison

 

índice de autores Datos
en el índice
de autores


Aficionados

 

 

 

Fóllame, le había dicho la noche anterior.

Sonia —una mata de pelo negro le ocultaba la mejilla— dormía con la manta hecha un ovillo. Respiraba acompasadamente y, de cuando en cuando, dejaba escapar algún ronquido.

El cielo empezaba a clarear. Héctor se levantó y descorrió la cortina: caía una fina lluvia y había luz en las farolas. En el horizonte, recortado por las casas, los retazos de niebla ocultaban la línea azul del mar.

Llenó el lavamanos y hundió la cabeza. Después, se miró en el espejo y pasó la mano por su cara, sin afeitar. Se rascó la entrepierna.

 

* * *

 

La puerta era grande e iluminada. Sobre la marquesina, un rótulo de neón, intermitente, en el que se podía leer: BAR—DISCOTECA.

Con un movimiento de cabeza saludó al hombre alto y corpulento que estaba en el vestíbulo. Empujó una segunda puerta y entró: los camareros (vestidos con camisa blanca, chaleco a rayas y pajarita) iban de un lado a otro, como si tuvieran mucho trabajo, sirviendo las pocas mesas ocupadas.

Sonia estaba sentada en uno de los taburetes, bajo la luz fluorescente, con las piernas ligeramente cruzadas. Vestía una blusa blanca, de transparencias, y una diminuta falda roja. Uno de los zapatos (de tacón alto y con una fina tira en el talón) lo balanceaba con la punta del pie. Bebía de una copa ancha.

Héctor chasqueó los dedos y el camarero acudió, solícito, con una sonrisa de Profidén. Pidió un Ballantines y le indicó que sirviera a la señorita (ambos miraron cómo las piernas se perdían bajo tela roja) una nueva copa.

Ella se lo agradeció con una mirada intensa y se pasó la lengua por los labios.

—No la había visto nunca —comenta el camarero.

Héctor agita los cubitos y bebe un sorbo.

—Será nueva en el oficio —dice.

—Tal vez —contesta, y pasa la bayeta por la barra— Parece una aficionada.

Héctor lo mira a los ojos.

—He visto muchas putas en mi vida, señor. Le digo que ésta es una aficionada.

Apura el vaso y lo deja sobre el cartoncito rectangular. Duda unos instantes.

—Ponme otro.

 

* * *

 

Cuando se lo propuso (era tarde y estaban sentados en el sofá viendo el televisor) Héctor no las tenía todas consigo. El comedor estaba a oscuras y una línea de luz escapaba de la cocina.

Dirá que soy un cerdo, pensó.

Dudó unos instantes. Le puso la mano sobre la rodilla. Su mujer no dijo nada: continuó mirando la tele y como un enorme mono desvestía a la chica.

Subió la mano por el muslo y le acarició las bragas. Sonia sonrió y lo abrazó. Lo besó (abrió mucho la boca) y le desabrochó la cremallera.

—Soy tu puta —le dijo, y lo arrastró al suelo.

 

 

* * *

 

—¿Tienes fuego?

Ella extrae un cigarrillo de la pitillera mientras Héctor busca en los bolsillos. Le acerca la llama.

—Gracias por la copa —continúa, y le lanza una bocanada.

Se sienta a su lado y le mira las tetas, aniñadas. No lleva sostenes.

Le dice su nombre. Lleva el cigarrillo a la boca y enseña sus largas uñas de porcelana.

Héctor paga las consumiciones y deja una buena propina. Llama a un taxi.

 

Bob T. Morrison

Inicio
Volver a Tierra
Subir
Volver a Tierra
Inicio