Sumario 20

 

Betuel
Bonilla
Rojas

 

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La despedida

Este relato pertenece al libro
Pasajeros de la memoria

 

 
La vida nos entrena bien temprano
para las despedidas.

Orlando Gallo

 

Algunas de las cosas que ocurrieron esa noche las vi y escuché yo mismo, las demás me las contó mi hermano mucho tiempo después.

Yo estaba acurrucado, metido de cuerpo entero entre el arrume de discos viejos que compartían conmigo el hueco de la radiola. Era pequeño y no ocupaba más espacio que el que necesitaban los cien o doscientos discos rayados de padre. Tenía seis años ya cumplidos, al menos esa fue la cuenta que sacamos con mi hermano la otra noche. Entre las puertas que cerraban la radiola quedaba una abertura suficiente para recorrer todo el local sin ser observado. Desde allí, por la minúscula rendija, yo veía a Maruja: tenía el vestido rojo que le veía puesto todos los días, con ese escote pronunciado y ese busto protuberante al que cada rato miraba con disimulo padre. Maruja siempre me pareció una buena mujer, algo alegrona y bulliciosa, pero muy cariñosa conmigo y con padre, con mi hermano también; pero él la odiaba, al menos eso fue lo que me contó después.

Yo no sabía por qué me gustaba mirar a Maruja. Acaso era esa forma lenta de avanzar con la bandeja repleta de cervezas, haciendo cabriolas por entre las mesas, esquivando las manos que se alargaban a su paso, desapareciendo y reapareciendo junto con Rosario y María, con las bandejas otra vez repletas, hasta acabar de atender la última de las mesas que desde muy temprano se habían empezado a ocupar. Mientras ellas atendían, las demás se apretaban contra los señores, la mayoría de ellos despeinados, sudorosos, gritando a cada instante: "putas", inclusive a Maruja, y al oír esto, padre volteaba la cabeza y la miraba, y ella corría a esconderse detrás de la cortina oscura que aislaba el cuarto de mi hermano. Esto lo veía todos los días, siempre que padre me exigía que lo acompañara al local; yo ni siquiera sabía para qué me llevaba allí, nada más que a cabecear dentro de la radiola y a mirar a Maruja, y a escuchar hasta cien veces en la misma noche el disco preferido de ella: "ya estás tejiendo la red, como en aquella mañana". Maruja la cantaba y no lo hacía mal. Tarareaba cada vez que sonaba la canción y padre apagaba la radiola para que Maruja siguiera sola. Cuando acababa, los señores soltaban a sus acompañantes y aplaudían con entusiasmo a Maruja. Ella sonreía con humildad. —Es una zorra —dijo mi hermano. —Puede ser —le respondí yo—, en todo caso me parecía bonita con ese vestido rojo apretado, con esos aretes en forma de gota que nunca se quitaba, ni siquiera cuando al amanecer salía hacia el baño envuelta en la inmensa toalla que tenía padre, y él corría hasta el hueco de la radiola, separaba los discos para comprobar que yo estuviera allí y yo cerraba los ojos. Yo no sabía para qué iba nada más que a mirarme. En todo caso me acostumbré a cerrar los ojos cada vez que él se asomaba.

Cuando Maruja aparecía en toalla yo sabía que a la mañana siguiente padre diría en casa: —el niño se quedó dormido. Y madre: —¿entonces para qué lo lleva? Y él: —por la buena suerte. Es como un amuleto; siempre que lo llevo los clientes se quedan hasta más tarde y consumen más. Y mucho tiempo después mi hermano diciendo: —pero esa noche usted no sabía cómo estaba madre cuando yo llegué: asomada a la ventana de madera, quitándose el comején de encima, con los ojos morados, brotados y alargados de tanto llorar. Y yo: —no sé. Sólo sé que esa noche Maruja estaba cambiada, no era la Maruja alegrona de todos los días. Estaba molesta, regañaba a los hombres que le tocaban el trasero, a los que se aventaban de cabeza en su escote, a los que lentamente le iban subiendo la mano por la pierna hasta que ya no se veía cubierta con la falda. Ese día Maruja era otra. Hasta se le cayó una bandeja repleta de cervezas y a mí me salpicó el ojo que tenía indiscreto en la rendija. "¿Qué le pasará a Maruja?", pensé yo. Y mi hermano: —¿qué le iba a pasar, si lo que tenía que pasar ya había pasado?. Yo no aguanté y le grité por la rendija: —¿qué le pasó Maruja?. Ella descargó la bandeja que había vuelto a llenar de cervezas y abrió el cajón de la radiola. Yo titiritaba de frío y Maruja me tiró encima la ruana que era sábana, cobertor y almohada a la vez. Luego me regaló una amplia sonrisa con esos labios rojos como su vestido que tanto me gustaban. —No pasó nada —dijo Maruja—, fue sólo la cerveza que se rompió. El cajón de la radiola se fue llenando del olor de Maruja, aquel olor inconfundible que tenía la ropa de padre en ocasiones, la que lavaba y dejaba secando allí mismo, en el local. —Ahora cállate —me dijo Maruja—, cállate porque no tardan en llegar. Me lo dijo con ese hablado raro que tenía. Y mi hermano: —era paisa, hombre. Y yo: —pues paisa o lo que fuera, pero Maruja me miraba y hablaba distinto a como lo hacía madre. Y mi hermano: —claro, como todo el tiempo se la pasaba mirándola, cómo no le iba a parecer distinta. Mirando y viendo cosas y nunca dijo nada.

Yo callaba. Padre me decía que lo que sucedía allí era así nada más, que por eso no había que decir nada de lo que viera. Al rato de que pasó lo de las cervezas, llegaron los tipos de siempre; aparecieron temprano, como era rutina los sábados. Maruja se colocó de espaldas a la radiola y golpeó las puertas varias veces con el tacón de su zapato. Yo me quedé quietecito, como me decía padre, y mi hermano huyó a esconderse en su cuarto, debajo del catre que chirriaba con sólo nombrarlo. Me asomé un poco por la rendija y vi las botas largas y brillantes; varios pares de botas y muchos uniformes verdes. Padre les dijo algo en susurros y luego sonó la caja en la que guardaba la plata. Se quedaron un buen rato sentados, pida y pida cerveza, y llamaron a Maruja. Ella fue y los acompañó un momento y desde mi escondite yo vi que lloraba disimuladamente. —Esa fue su oportunidad —dijo mi hermano—, debió habérselo dicho todo a la policía. Y yo: —de nada hubiera servido; hubiera sido ese o cualquier otro día. Luego los policías se fueron y no volvieron. Desde la ranura vi a padre hablando con Maruja, mirando con preocupación hacia la radiola. Yo oculté los ojos. —Madre había estado llorando hasta la madrugada —dijo mi hermano—, sin dormir un solo minuto. Madre le había dicho: —¿se va a quedar otra vez, a qué horas dijo que llegaba, cuánta plata mandó?. Y mi hermano: —la vi angustiada, con cara de sufrimiento y de dolor. Y madre: —coja esa plata y traiga algo de la tienda, a ver si hacemos algo de comer para sus hermanas y su abuela que están durmiendo. Y mi hermano: —yo no pregunté qué debía traer, sólo salí y fui a la esquina a comprar lo poco que alcanzaba: panela y maíz pira. Luego regresé y vi que mis hermanas dormían, mi abuela no. Entonces madre había dicho: —se fija, otra noche allá, bebiendo y haciendo quién sabe qué más cosas. Y mi abuela saltando como ave rapaz en busca de su presa: —agradezca mija. El pobre debió haberse quedado trabajando, limpiando el local, organizando las cosas para esta noche. Agradezca mija que se la pasa trabajando y sus hijas durmiendo. Y mi hermano les dijo entonces con algo de malestar: —voy a dormir un rato.

El local se fue quedando solo poco a poco. Algunos hombres subieron a los cuartos del segundo piso apoyados en las mujeres y luego salieron. Padre se asomó por la rendija y yo cerré los ojos. Empujó con cuidado las dos puertas que me encerraban y se fue al cuarto. Maruja ya no estaba en el salón. Padre contó el dinero en voz alta, como hacía siempre, pero esa vez lo sacó todo y se lo llevó para el cuarto. —¿ Y usted no le insinuó algo, no le dijo que cuánto iba a llevar para la casa? —dijo mi hermano—. Y yo: —no, porque Maruja me decía que no contara nada. Luego me daba un gran beso con esos labios rojos y me pasaba la mano por el cabello. Y mi hermano: —antes de acostarme las oí que seguían discutiendo. Tenía mucho sueño pero sus voces no me dejaban dormir. —¡Déjelo mujer, déjelo que trabaje tranquilo!. Toda la semana trabajando y trasnochando y usted aquí, haciendo pereza —había dicho mi abuela—. Y madre: —¿Quién cuida a los niños entonces; si me la paso en la calle quién lava, quién hace de comer, así ya me sepa de memoria el plato diario: agua de panela y maíz pira?. Y mi abuela: —agradezca mija. Y madre: —agradecer qué, si cuando me casé comía y vivía bien, sin cuidar tanto muchachito y tanta vieja amargada. ¿Quién me mandó? Y mi abuela: —nadie, nadie porque fue usted la que buscó a mi muchachito y lo persiguió hasta que se dejó embarazar y logró que se casaran. El sólo trabajaba y cuidaba de los negocios de su padre.

Padre entró al cuarto y le dijo algo a Maruja, luego fue y revolcó el baúl donde guardaba la ropa. —Y usted no hizo nada —dijo mi hermano—. Y yo: —qué iba a hacer, si eso era lo que él hacía siempre: dele que dele al baúl hasta que yo me quedaba dormido. Y mi hermano: —después madre tiró la puerta y dejó en el pasillo a mi abuela hablando sola. Fue cuando mi abuela le dijo: —grosera, por eso es que a él no le gusta venir, para no encontrársela peleando a toda hora. Y madre: —pues que no vuelva, que se quede definitivamente, un día si y otro no, ya es hora de que se vaya. Y mi hermano dijo que madre se quedó gritando, pero como queriendo tragarse las palabras, deseando que rebotaran en los ladrillos sin resanar y no salieran afuera del cuarto, que pasaran por las camas en las que dormían mis hermanas y se estrellaran contra la ventana cerrada.

Lo más raro esa noche fue ver salir a Maruja con otro vestido diferente, uno rosado pálido; también le quedaba bien; pero me gustaba más el rojo. Tampoco tenía los labios rojos con los que me besaba tan seguido. Salió del cuarto, miró hacia atrás y caminó hacia la radiola. Padre debía estar en el baño porque se escuchaban ruidos allí. Maruja iba despacio, sin producir otro sonido que el del roce de sus pies descalzos contra las baldosas, porque tampoco llevaba los tacones altos que usaba para atender las mesas. Llegó hasta la rendija y se asomó por ella. —¡Ábreme! —me dijo Maruja—, yo sé que no estás dormido. Yo abrí los ojos y la vi junto a mí, pálida, sin escote; pero de verdad Maruja era muy bonita, aun así, sin ese rojo efervescente, Maruja se veía muy bonita. Me miró de una forma extraña, con los ojos más abiertos que de costumbre, y sentí un viento desde que su brazo se levantó, una ráfaga de aire que vino y se posó en mi rostro, en mi cabello, y que luego palpó suavemente mis labios. —Pobrecito —dijo—. "¿Pobrecito yo?", pensé. —¿Pobrecito por qué Maruja? —le pregunté—. —Por nada —respondió—, no es nada. Pero estaba muy callada. Así estuvo largo rato, acurrucada junto a la radiola, nada más que mirándome y tocándome. —¡Maruja, Maruja! —gritó padre desde adentro—. Maruja se levantó y se alejó mirándome y repitiendo en voz muy baja: —pobrecito... pobrecito. Nunca me había dicho eso y me sentí muy raro. —¿Por eso fue que no dijo nada guevón, no? —dijo mi hermano—, por eso ni se inmutó cuando ellos salieron y padre desocupó el baúl , con todo el ruido que debieron haber hecho. Y madre en casa había dicho: —vayan por el niño, ya son las siete de la mañana y el sinvergüenza ese nada que aparece con el niño. E inmediatamente mi abuela: —déjelo, él aparece en cualquier momento. Y mi hermano: —yo voy, yo lo traigo, porque mis hermanitas no se han querido levantar todavía. Yo, en el local, miraba nostálgico cómo Maruja se perdía tras la cortina espesa del cuarto, bonita, con su muselina rosada y sus cabellos sueltos cayéndole y descansando sobre su espalda. —Guevón —repitió mi hermano—, usted no quiso hacer nada, no gritó, no hizo nada cuando los vio salir cargados de maletas olvidándose de usted. Y madre en casa: —vaya rápido que el niño debe estar dormido y sin comer, coja las otras llaves y vaya rápido. Y padre en el local, en el cuarto: —rápido Maruja, muévase. Y yo quedándome dormido. Y mi hermano: —pendejo, ahí quieto, sin hacer nada. Y yo: —hombre, cuántas veces tengo que decirles lo mismo, cuándo me van a creer que yo no los vi salir, que yo sólo recuerdo hasta que Maruja desapareció tras la cortina y yo me quedé solo, como me quedaba cuando padre decía en un tono almibarado: "venga Marujita, no se demore".

 

Betuel Bonilla Rojas

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