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"
el
loco y el santo son las dos especies humanas
más interesantes
tienen estrecho parentesco
con el genio"
Nietzsche |
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El
3 de enero de 1889, en Turín, se produjo la primera crisis
que callaría a aquel que se llamaba a sí mismo Dionisos
o el Crucificado, o ambos a la vez. Ya en Basilea, a través
del diario de enfermos, a Nietzsche se le había diagnosticado
"parálisis progresiva" por el infame Binswanger.
En Jena, los médicos supusieron una infección sifilítica
que se remontaba hacia 1866. El psiquiatra Wilhelm Lange-Eichbaum
en su obra Nietzsche, Krankheit und Wirkung, en 1947,
distinguía nítidamente una "meningitis con
sífilis temprana", adquirida en 1865, y una "sífilis
cerebral terciaria" en 1873, así como una "sífilis
cerebral y parálisis" a partir de 1880. El psiquiatra
Jaspers en la edición de su libro sobre Nietzsche[1]
se limitaba a declarar que la enfermedad mental del filósofo,
en su última fase, fue "casi con certeza"
una parálisis. Paradójicamente, a fines del mismo
mes de enero, cuando la luz del mundo se hacía menos luminosa,
se publicaba El ocaso de los ídolos, y en la
primavera de ese mismo año, cuando el professore,
como le llamaba Davide Fino, parecía haberse olvidado de
todo lo referente a su obra y de sí mismo, se publicaba Nietzsche
contra Wagner.
Sin absoluta certeza, el diagnóstico de "parálisis
progresiva" es probable, como señala Deleuze [2].
Pero quizá poco importa que se hubiera tratado de una demencia
o de una sífilis más bien que de una psicosis. Siempre
será absurdo y estéril el intento de comprender la
locura de Nietzsche por la de Hölderlin, la locura de Hölderlin
por el suicidio de von Kleist, éste por el de Nerval y ambos
por el silencio de Rimbaud. Aunque haya habido una especie de necesidad
común a estos acontecimientos, aunque haya habido una suerte
de ecuación común entre Nietzsche, Strinberg [3],
Swedenborg [4],
R. Roussel, Von Kleist o Artaud, todas estas vidas parecen consagradas
a hilvanar y tejer un discurso insólito que enmascara, bajo
los códices lingüísticos de la normalidad, las
experiencias prohibidas que escribe la sinrazón.
Esas vidas, se puede decir, obedecen a la noche, desean serlo ellas
mismas, y al mismo tiempo continuar afirmando, por el lenguaje,
su acercamiento al día. Este compromiso carece de valor fuera
del encuentro de las tendencias que lo hacen imposible; es necesario
que la catástrofe esté alerta para que la perfección,
la solidez de la obra, tenga un sentido. Si estas vidas se expresan
en el lenguaje de la clara comunicación, se debe a que están
comprometidas en una oscuridad que amenaza en cada momento con impedirles
la comunicación de todo; y aunque la locura de Nietzsche
naciera en el seno de la razón, como su última exigencia,
el suicidio de von Kleist, Novalis y el de Nerval como consecuencia
de una existencia vivida poéticamente, o el habla de Rimbaud
exija ser divulgada, último eco de lo indecible, bajo el
silencio que la sacrifica, ninguna de estas manifestaciones de la
noche, como tampoco las de Hölderlin, Von Kleist, Virginia
Woolf o Artaud, dejan otro rastro que una luz fugaz, luz que nos
sume en la ilusión de un saber auténtico, muy lejos
de una conciencia realmente clara. Porque frente a la mistificación
ilustrada de una cultura de luces entendida como "naturaleza",
resuena la voz de Sade: "Odio la
naturaleza". Frente al racionalismo que distingue
entre lo real y lo imaginario, cultura y vida, teatro y exigencia
cotidiana, seguimos con inquietud el esfuerzo de Artaud por abolir
estas distinciones, concibiendo el teatro como la mediación
entre una vida que aspira a lo imposible y una cultura cadavérica
que fija límites.
Estos discursos que llevan un mensaje insólito, no racional,
valiéndose de las mismas convenciones lingüísticas
que los lenguajes racionales, plantean un problema: ¿es posible
"comunicar" con la sinrazón? ¿Le
ha sido a ésta restituido un lenguaje para afirmar, declarar,
insultar a las luces ilustradas de la sana razón? La locura,
halo lírico de la enfermedad mental, no cesa de apagarse.
Aunque el psicoanálisis ha dado de nuevo la palabra al loco,
como dice Foucault, esa palabra sufre el filtraje necesario de un
oído proveniente "del otro sector". El psicoanálisis
es, desde este punto de vista, una "astucia" más
de la razón. Ya lo ha señalado Foucault: "lejos
de lo patológico, del lado del lenguaje, ahí donde
se repliega sin decir nada todavía, una experiencia está
naciendo en la que se juega nuestro pensamiento; su inminencia,
visible ya pero vacía absolutamente, no puede ser nombrada
todavía"[5].
Pero el que no pueda ser nombrada no significa que la sospecha no
esté presente, al contrario, es visible ya. A pesar de ello,
¿podemos afirmar que el loco tiene la palabra?
Desde Nietzsche comenzamos a sospechar que nuestra problemática
se ha invertido: no preguntamos ya al saber por la verdad de la
sinrazón, sino que preguntamos a la sinrazón por la
verdad de ese saber que esconde dos milenios de indigencia. Por
ello, Nietzsche pudo decir:
¿Cómo
ha aparecido la razón en el mundo? De una manera irracional,
por azar. Será preciso adivinar este azar como un enigma.
Estas
obras de la sinrazón, estas obras desde lo patológico
plantean un problema urgente que aún no se ha resuelto. Pero
nos permiten por lo menos aventurar una conclusión negativa:
no vivimos, ni hemos vivido la experiencia cartesiana plasmada en
las Meditaciones. No tomamos partido ya, decididamente,
en virtud de la evidencia del cogito, por una razón
que se escinde de esos locos que intentaban poner en jaque al saber.
Éste carece ya de la coartada cartesiana de la "duda
metódica".
Nuestra duda sobre la seguridad y certidumbre de la razón
ya no es metódica, no es una treta, ni una astucia mediante
la cual la razón resurge fortalecida. Y es que las sombras
que ésta conjuraba: locura, onirismo, fantasía, imaginación,
nos intimidaban realmente, no sólo metódicamente.
El sabio Lie Tseu decía que "Los
sabios de la antigüedad se olvidaban de sí mismos durante
la vigilia. Cuando dormían no soñaban. ¿Para
qué habrían de hablar en el vacío?".
Se sabía que todas las fábulas y los mitos enseñaban
a no complacerse con las facultades imaginativas; "de
fábula en fábula escribió
W.H. Auden en su prefacio a los cuentos de los hermanos Grimm,
aprendemos que el deseo es un sucedáneo
de la acción; pero los deseos, por más que estén
dirigidos al mal o al bien, son tremendamente reales y no se les
alimenta impunemente".
Todos estos locos a los que nos hemos referido ya no son sombras
que conjura la meditación y el soliloquio del filósofo
racionalista. Las obras de Hölderlin como las de Nerval, Sade
o Nietzsche siguen hablando a pesar del silencio a que quiso someterlas
la razón. Y cuando al fin callan, su mutismo nos indica que
su discurso deja Iugar a la verdad última. Hölderlin,
Novalis, Roussel o Nietzsche sólo callan para siempre cuando
se rompen las barreras entre la razón y la sinrazón
e invitan a los espectadores a una experiencia en la que los contrarios
han sido superados en una síntesis superior. Hoy, podemos
decir, leemos las Meditaciones Metafísicas
de Descartes "al revés".
Las
sombras y los meandros del engaño y el artificio están
del otro lado, del lado del cogito. No es otro el significado
que Nietzsche dio a aquellas palabras impresas en Aurora:
Si
a pesar de ese formidable yugo de la moralidad de las costumbres,
bajo el cual han vivido todas las sociedades humanas; si durante
miles de años antes de nuestra era, y aun en el curso de
ésta hasta nuestros días (nosotros mismos vivimos
en un pequeño mundo de excepción y, en cierto modo,
en la zona mala), las ideas nuevas y divergentes, las apreciaciones
y los instintos contrarios han surgido siempre renacientes, no
fue porque estuviesen bajo la égida de un salvoconducto
terrible: casi en todas partes la locura es la que allana el camino
de la idea nueva, la que rompe la barrera de una costumbre, de
una superstición venerada. ¿Comprendéis por
qué ha sido precisa la ayuda de la locura? ¿De algo
que fuese tan terrorífico e incalculable, en la voz y en
la actitud, como los caprichos demoníacos de la tempestad
y el mar, y, por consiguiente, de algo que fuese al mismo tiempo
digno de temor y de respeto? ¿De algo que mostrase, como
las convulsiones y los espumarajos del epiléptico, el signo
visible de una manifestación absolutamente involuntaria;
de algo que pareciera imprimir al alienado el sello de alguna
divinidad de la que él fuese máscara y portavoz;
de algo que inspirase aun al promotor de una idea nueva la veneración
y el temor de sí mismo, y no ya los remordimientos, y que
le impulsase a ser el profeta y el mártir de esta idea?[6]
¿Cuál
fue esa nueva idea por la que ese loco llamado Nietzsche se convirtió
en profeta y mártir, esa idea que lo llevó al silencio
que lo acogió y que al mismo tiempo fue un insignificante
accidente con relación al silencio que nosotros podríamos
pensar fue deliberado? La palabra del loco, su discurso y su obra,
constituye la preparación y hasta el supuesto de subversión
de toda palabra y discurso, de toda obra y cultura. Y es que el
silencio recluido, una vez provisto de lenguaje terminaría
por señalar de un modo inequívoco ese "grado
cero" en el que la razón raciocinante, el saber,
el logos, la identidad, la coherencia, dejan ver la inanidad de
su surgimiento, la nihilidad en la que se asienta su esplendor,
porque Nietzsche quebrantó el orden, "subvirtió
como apuntó Foucault, la
relación de lo próximo y lo lejano".
Ante la creencia de que nuestro presente se apoya sobre intenciones
profundas y necesidades estables, Nietzsche revolvió en las
decadencias, afrontó las viejas épocas con la sospecha
de un ronroneo bárbaro e inconfesable; sumergiéndose
para captar las perspectivas, desplegar las dispersiones y las diferencias
para mostrarnos, al mismo tiempo, que la existencia se nos da sin
referencias ni coordenadas originarias, en miríadas de sucesos
perdidos. Ya Ezra Pound había señalado que "nuestra
época exigía una imagen de su acelerada mueca";
quizás ésa fue la tarea que Nietzsche se impuso cuando
se invistió de Zaratustra para hablarnos del Eterno Retorno
de lo Mismo, porque ya la pura interpretación del mito
suscita su aparición en el espacio del lenguaje y, al mostrarse,
entrega su propio sentido como uno de los puntos claves en ese pantheon
nietzscheano.
El Eterno Retorno de lo Mismo, el mito pagano en el que se
halla, como refiere Klossowski, "uno
de los mil nombres que tiene la divinidad para las miradas de una
humanidad desaparecida", junto con Zaratustra,
son sólo dos nombres que, junto con el espacio del que surgieron,
se han quedado sin lugar en el mundo [7];
pero, justamente, a partir de esos signos, puede aparecer una leyenda,
"el pensamiento más grave", y a partir de
esa historia, un mundo que se refleja en ella sobre el inmueble
escenario de la realidad, sobre el silencio de una naturaleza que,
ajena al tiempo, vive siempre en presente.
Devorado por el tiempo el espacio del mito se ha perdido. Las acciones
míticas no son sucesivas, sino simultáneas, forman
una sola imagen en la que está, en presente, la totalidad
de lo real, la totalidad circunscrita por un ámbito sereno
y maligno que sólo corresponde al mito del Eterno Retorno.
Pero en este espacio absoluto, las diferentes acciones crean un
sistema de relaciones. Al meditar sobre esas relaciones, Zaratustra
preserva su unidad absoluta en el campo del mito y al mismo tiempo
las separa de él, llevándolas al tiempo, al campo
de la vida donde toda identidad ha de quedar quebrantada, perdida,
suprimiendo la línea divisoria que imperceptiblemente separa
el mundo raciocinante, el mundo del orden y la serenidad del mundo
de lo subterráneo, pulsional e irritante.
Hay que encontrar un centro de coherencia, un signo único
que como señaló Klossowski "valga
por todos los significados del mundo". Porque
aunque buscar la coherencia en el interior del desorden vivido no
sea más que oscilar, resbalar, tambalearse entre los signos
y lo vivido, según una mayor o menor, una más o menos
débil intensidad de la designación; finalmente, para
Nietzsche, no hay otro camino que el del Eterno Retorno de lo
Mismo. El propio Nietzsche, según nos lo hace saber Heidegger,
"la llama la doctrina 'de la circulación
incondicionada e infinitamente repetida de todas las cosas'"[8].
El
éxtasis de Sils Maria no fue sino la eclosión de un
pensamiento que se desarrolló enmedio de una perversa lucha
entre las fuerzas instintivas que guiaban a Nietzsche y el propósito
de mantenerse dentro de los límites de la razón hasta
que ese pensamiento, "el más
grave de todos", "El
peso más grave"[9],
se ve obligado a aceptar su supremacía sobre el propio ser
que lo piensa y al obedecerlo este ser se anula, perdiéndose
en la oscuridad y el mutismo de la locura, o arribando al ilimitado
e intangible mundo de la luz de los gnósticos:
Y
si un día, o una noche, un demonio se deslizara en tu más
solitaria soledad y te dijera: 'Esta vida, así como ahora
la vives y la has vivido, tendrás que vivirla otra vez
e innumerables veces más; y no habrá nada nuevo,
sino que cada dolor y cada placer y cada pensamiento y suspiro
y todo lo indeciblemente pequeño y grande de tu vida tiene
que volver a ti, y todo en el mimo orden y sucesión, y
también esa araña y esa luna entre los árboles,
y también este instante y yo mismo. El eterno reloj de
arena de la existencia volverá siempre a invertirse, y
tú con él, grano de polvo del polvo'. ¿No
te arrojarías al suelo y harías chirriar los dientes
y maldecirías al demonio que te hablaba de ese modo? ¿o
has vivido alguna vez un prodigioso instante en el que le hubieses
respondido: '¡eres un dios y nunca he oído algo más
divino!'. Si ese pensamiento adquiriera poder sobre ti, te transformaría,
a ti, tal como eres, y quizás te aniquilaría; ¡la
pregunta, respecto de todo y de cada cosa: '¿lo quieres
otra vez, e innumerables veces más?' yacería sobre
tu actuar como el más grave de los pesos! ¿O cómo
tendrías que reconciliarte contigo mismo y con la vida
para no pedir nada más que esta última, eterna rúbrica
y confirmación? [10]
La
doctrina del Eterno Retorno implicaba, por sí misma, la anulación
de todas las identidades e incluso para enunciarlas el pensamiento
tiene que recurrir a la estratagema, a la fabulación, al
enmascaramiento, para que sea Zaratustra, un falso profeta, quien
anuncie la "buena nueva" en términos ya
no de verdad sino de simulacros de verdad, en esa forma aforística
que se corresponde con una visión plural del mundo y del
hombre, concreción lingüística de un estado pulsional.
¿De qué otra forma podríamos entender ese "reconciliarte
contigo mismo y con la vida para no pedir nada más que esta
última, eterna rúbrica y confirmación?".
De qué otra manera comprender el sentido del aniquilamiento
de la visión del eterno retorno, tal y como Nietzsche apunta:
"Si ese pensamiento adquiriera
poder sobre ti, te transformaría, a ti, tal como eres, y
quizás te aniquilaría". Pluralidad
de fuerzas y de sentidos que no configuran un orden pacífico
sino que reproducen, en cada nivel de la realidad, el mismo juego
de tensiones, de dominio y sometimiento, de mutuo reconocimiento,
de aproximación o compensación. "¿lo
quieres otra vez, e innumerables veces más?".
Frente al individuo y al hipotético saber de sí que
cree alcanzar como sujeto, basado en el supuesto de la unidad de
su yo, el Eterno Retorno de lo Mismo lo destruye apoyándose
en los mismos principios. No hay una verdad para sí del sujeto;
en el mejor de los casos, la autoconciencia sólo es un ejercicio
de veracidad tan obstinado como controvertido. Y una veracidad a
ultranza logra hundir en el escarnio hasta el prestigio del "conócete
a ti mismo". El yo es una pluralidad tan irreductible como
el universo. "Ser sujeto
señaló Nietzsche en La voluntad de poder
es la ficción de creer que
muchos estados similares son, en nosotros, el efecto de un mismo
sustrato; pero somos nosotros quienes hemos creado 'la identidad'
de estos estados...". Porque, en definitiva,
el "yo" está compuesto por una pluralidad
de flujos, a su vez comprensibles como diversas intensidades de
"fulguraciones de voluntad de poder". Heidegger
puede entonces referir, con agudeza extrema que "¿Fue
una casualidad vacía y sin preparación alguna que
a Nietzsche e sobreviniera el pensamiento de este grave peso, o
le sobrevino porque los graves pesos existentes hasta entonces habían
arrastrado hacia abajo a los hombres para perderse después?
La experiencia de la necesidad de un nuevo peso que sea el peso
más grave y la experiencia de que todas las cosas pierden
su peso, van juntas"[11].
Desde Nietzsche, podemos decir que la identidad se trama en su agonía.
Nuestra época es la de las identidades vacantes porque la
identidad no es más que una mascarada cuya utilización
paródica y bufa ha creado el disfraz y la coartada de la
continuidad, de la coherencia y el progreso, ideas que tuvieron
su asiento en la aparente firmeza del cogito, ergo sum.
Para nadie es desconocido que la transmutación de todos los
valores operación nietzscheana de una tremenda desmesura,
terminaría con una afirmación del caos original que
condena al silencio al "incendiado de Turín",
como lo llamó Klossowski. Hay pues un acto sacrificial, una
inmolación a que obliga el pensamiento "más
grave", en donde el sacrificio es convertido en triunfo
al encontrar la culminación del pensamiento y la afirmación
de la doctrina que pretendió Nietzsche comunicar en su propia
entrega a las fuerzas que él mismo despertó y que
lo condujeron al sacrificio de su propia identidad. Nietzsche desdibujó
su propio rostro para que en su lugar se afirmara el signo único
que destruye todas las identidades personales y que con el nombre
de Eterno Retorno de lo Mismo afirma la eternidad de la vida
que siempre regresa y siempre se repite. Sils Maria fue el lugar
en el cual Nietzsche percibió ese instante de suprema coincidencia
en que se reiniciaba el círculo de la repetición y
al presentarse en su propio pensamiento lo despojaba de él
y entregaba ese pensamiento a la vida sin más forma que la
de la fuerza de su propia voluntad.
No se trataba entonces de colocar en el mundo una mentira que tuviera
la categoría de verdad, sino de mostrar la existencia vital
de una realidad que no puede comprobarse en términos racionales
pero cuya aceptación transforma la categoría misma
de la realidad. Por ello Nietzsche niega su propia identidad y asume
una de sus máscaras, la de un falso profeta que pondrá
en el mundo una falsa verdad: Zaratustra y el Eterno Retorno.
La doctrina es acéfala. Ningún dios preside el horizonte
que se vuelve hacia sí mismo; ningún dios anuncia
otra verdad que la verdad sin verdad de la vida que se repite inalterablemente,
siempre, en un perverso y maravilloso espectáculo de Eterno
Retomo constituyéndose, a la vez, en una exigencia ética
que cambia el sentido de la vida: "actúa
como si fueras a volver a vivir todo lo que has vivido porque de
todos modos así ocurrirá".
¡Mira
ese portón! ¡Enano!, seguí diciendo: tiene
dos caras. Dos caminos convergen aquí: nadie los ha recorrido
aún hasta su final.
Esa larga calle hacia atrás: dura una eternidad. Y esa
larga calle hacia delante es otra eternidad.
Se contraponen esos caminos; chocan derechamente de cabeza:
y aquí, en este portón, es donde convergen. El nombre
del portón está escrito arriba: 'Instante'.
Pero si alguien recorriese uno de ellos cada vez y cada
vez más lejos: ¿crees tu, enano, que esos caminos
se contradicen eternamente? (
)
¡Mira, (
) este instante! Desde este portón
llamado Instante corre hacia atrás una calle larga, eterna:
a nuestras espaldas yace una eternidad.
Cada una de las cosas que pueden correr, ¿no tendrá
que haber corrido ya alguna vez esa calle? Cada una de las cosas
que pueden ocurrir, ¿no tendrá que haber ocurrido,
haber sido hecha, haber transcurrido ya alguna vez?
Y si todo ha existido ya: ¿qué piensas tú,
enano, de este instante? ¿No tendrá también
ese portón que haber existido ya?
¿Y no están todas las cosas anudadas con fuerza,
de modo que este instante arrastra tras sí todas las cosas
venideras? ¿Por lo tanto incluso a sí mismo?
Pues cada una de las cosas que pueden correr: ¡también
por esa larga calle hacia delante tiene que volver a correr
una vez más!
Y esa araña que se arrastra con lentitud a la luz de la
luna, y esa misma luz de luna, y yo y tú, cuchicheando
ambos junto a este portón, cuchicheando de cosas eternas
¿no tenemos todos nosotros que haber existido ya?
y venir de nuevo y correr por aquella otra calle, hacia
delante, delante de nosotros, por esa larga, horrenda calle
¿no tenemos que retornar eternamente?
[12]
Pero precisamente, en el caso de que esto fuera así, la posibilidad
de existencia de esta nueva doctrina, que no acepta otro dios que
a la vida misma en su perversa eternidad a través de la repetición,
no descansa en la memoria de lo vivido que garantiza un tiempo lineal,
la continuidad, la coherencia, el progreso, sino en el olvido a
través del cual se crea ese Eterno Retorno al que Klossowski
llamó el "círculo vicioso".
Encerrado dentro de ese círculo en el que siempre vuelve
a encontrarse a sí mismo, el pensamiento tiene que renunciar
a las categorías que tradicionalmente lo definen como pensamiento.
No es el pensamiento de alguien, porque no afirma ninguna identidad
particular, porque no aspira a crear un sentido, un horizonte ni
un sistema sino a expresar la ausencia de todo sentido y de todo
horizonte, es decir, un puro sinsentido: no hay ya un orden simbólico,
ni una esfera de signos; no puede haber ni simulacro ni simulación
porque todo ha caído bajo la sombra de un encadenamiento
determinante que no pertenece al orden simbólico (es decir,
al de un sujeto y un discurso, como señala Baudrillard),
sino el puramente arbitrario de una regla del juego. Todo se encadena
fuera del sujeto y por tanto del lado de su desaparición.
La primera víctima sacrificada de ese pensamiento es aquel
que lo enuncia y cuya identidad se pierde en el hecho mismo de enunciarlo.
El maligno poder de la seducción encerrado en las apariencias
se denuncia abiertamente en la incoherencia del mundo que Nietzsche
nos descubrió.
La realidad puede ser incongruente o terrible hasta el grado de
que en el Eterno Retorno de lo Mismo se reproduzca un sueño
sin sentido, la malvada creación de un demiurgo falsamente
seducido por un engañoso poder. Por ello, poner el olvido
de sí en lugar de la memoria de sí como base de una
concepción o intuición de lo que es la realidad, es
aceptar esa realidad acéfala y con ello la pérdida
de sí mismo a través de la locura. Dionisos y el Crucificado
son las figuras o máscaras cuyos nombres Nietzsche adopta
para dirigirse al mundo en el último periodo turinés,
que precede a la definitiva disolución de su identidad en
el silencio opresor de la oscuridad de la locura, porque en esa
figura están los flujos y reflujos, las euforias y depresiones,
las fuerzas subterráneas e instintivas a las que el pensamiento
no puede dejar de obedecer para constituirse en tanto pensamiento
y en las que Nietzsche reconcilia a todos los contrarios, hace resucitar
a todos los dioses idos de la religión politeísta
como al dios muerto de la religión monoteísta para
afirmar la ausencia de centro, por lo cual pudo decir: "Soy
todos los nombres de la historia y este reconocimiento partirá
en dos la historia de la humanidad" y más tarde, en
la última carta que este loco escribiera, sin fecha y sin
destinatario, volvería a afirmar: "Lo que resulta desagradable
y hiere a mi modestia es que, en el fondo, yo soy cada uno de los
nombres de la historia."
De ser así, la coherencia, el sentido, el proyecto y todas
aquellas argucias que por sí mismas entrega la unidad física
de cada ente, constituyéndolo como el ser en el que se da
una determinada identidad, es siempre ilusoria; el sujeto, el yo
o la autoconciencia constituye el fetiche perverso en el cual la
modernidad ha basado sus ilusiones sistemáticas, todo ser
se pierde en el olvido de la muerte si el reconocimiento de ese
carácter ilusorio que es su propia identidad no lo precipita
antes en la destrucción de sí mismo a través
de la locura que no es otra cosa que la agonía de la identidad,
la agonía de Narciso.
Nietzsche ha destruido todo, incluso aquella coherencia que es capaz
de entregar el código de signos que es el lenguaje, y que
el "loco de Turín" muestra como enemigo
de la vida al tiempo que lo sustituye por un signo único
que él ha creado y lo enuncia como la posibilidad del Eterno
Retorno y en el que, a partir de la muerte de Dios, nos muestra
la ausencia del centro del mundo, anulando toda posibilidad de coherencia,
y expresando a la voluntad de poder como el único elemento
capaz de hacer que la vida se afirme a sí misma. Nietzsche
ha destruido todo, incluso a sí mismo. Por ello cuando nos
acercamos a ese rastro vital que son sus obras, renunciando de antemano
a someterlo al imperio de un sistema, de una coherencia, de una
racionalidad extrema, de lo que quiso decir y de lo que no dijo,
siempre nos queda la sensación de haber tocado lo inconmensurable,
que todo lo que decimos no es más que un intento fallido
de falsear algo incomprensible, de enmascarar lo dicho por una interpretación
malévola que nos salve de lo agónico, ¿será
porque no podemos soportar, como el corazón de Poe, el sonido
acusador de los latidos del nuestro?
Kant, el excepcional Kant, que sabía imponer al pensamiento
los límites de lo pensable, y a la experiencia los marcos
de toda "experiencia posible" había dicho
que "no se puede adquirir un conocimiento
instintivo de otro mundo sin sacrificar una parte del entendimiento
que nos es necesario para éste". Años
después, Jaspers, en su libro Genio y locura,
daba continuidad al gesto kantiano cuando señalaba que su
intención era "determinar
en qué punto la inteligencia tropieza con las barreras de
lo incomprensible". Nueva astucia de la razón,
un nuevo otorgamiento de la palabra al loco para que sea escuchada
por el oído perverso y racional de la psiquiatría.
Como quiera que sea, sabemos que cualquier respuesta que ensayemos
no tendrá más fruto que el girar sobre sí misma
y hablará más de un yo agónico, de la fragmentación
de Narciso en una multiplicidad de espejos que del propio Nietzsche
o de su locura; hablará quizás de ese cobarde Narciso
agónico que se resiste a perderse y aún mantiene su
fraudulenta e ilusoria identidad, en el terror a hundir como
decía Nietzsche los ojos en el abismo por riesgo a
que él nos observe y nos contemple.
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NOTAS:
1.
Jaspers, Karl, Nietzsche. Einführung in
das Verständnis seines Philosophierens, 3ª. Ed.
Gruyter & Co., Berlin, 1950. Cfr. Asimismo, la interesante
obra del mismo autor, Genio y locura, Ed., Aguilar,
Madrid, 1968. Passim. Donde Jaspers trata la locura como una
forma de la genialidad. Es decir, Jaspers no enjuicia, en
modo alguno, la calidad de la obra, sea ésta de Nietzsche
como la de Strinberg o la de Swedenborg o la de Hölderlin.
La estructura y el valor estético e incluso filosófico
de la obra de estos pensadores, dramaturgos y poetas no entran
en las consideraciones psiquiátricas de este pensador.
Él parte del hecho de la locura y de la pretensión
de hacernos clara la idea de demencia se jugaba en estos autores
y que, en todo caso, fue un factor decisivo en la obra de
todos ellos. De hecho, dice Jaspers: "Trátase
en él de averiguar hasta qué punto es capaz
la inteligencia de entender la vida y la obra humanas",
pp. 26-27.
2.
Deleuze, Gilles, Nietzsche y la filosofía,
Ed. Anagrama, Barcelona, España, 1971.
3.
Jaspers, Karl, Genio y locura, p. 115.
4.
Ibídem, p. 169.
5.
Foucault, Michel, La Folie, l'Absence d'Oeuvre,
apéndice a Histoire de la Folie, 1972,
Paris, 1972, p. 582..
6.
Nietzsche, F., Aurora, en Savater, Fernando,
Inventario, Ed, Taurus, Madrid, 1973. pp. 44-45.
7.
Cfr., Sagols, Lizbeth, ¿Ética en Nietzsche?,
ed., UNAM, México, 1997. Resulta interesante leer,
en un libro por demás agudo y perspicaz sobre la posibilidad
de una ética en Nietzsche, la relación que se
establece entre el querer del individuo y el eterno retorno
de lo mismo, lo cual consolida aquello que venimos afirmando.
En este punto es claro que para la autora, "Son pocas
en verdad las ocasiones en que Nietzsche reflexiona sobre
este pensamiento abismal en su filosofar negativo y en estas
ocasiones siempre relaciona al 'eterno retorno' con el querer
del individuo", pp. 154-155.
8.
Heidegger, M., Nietzsche, Ed. Destino, Barcelona,
2000, T 1, p. 211.
9.
Nietzsche, F., La gaya ciencia. Citado en Heidegger,
op. cit, T1, p. 222.
10.
Ibídem, p. 223.
11.
Ibídem, p. 226.
12.
Nietzsche F., Así habló Zaratustra,
Ed., Alianza Editorial, Madrid, 2000, pp. 230-231. De la visión
y el enigma..
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©
Alberto
Constante
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