Sumario 19

 

Juan Diego
Incardona

 

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   Puerta
   de
   Dios
 

I

LOS ARQUEÓLOGOS ME HAN VISITADO por las tardes, pero no pudieron encontrarme. Sólo enumeraron, incansables, los cincuenta y tres templos dedicados a los grandes dioses, las cincuenta y cinco capillas dedicadas a Marduk, las trescientas que rinden culto a las divinidades de la tierra, las seiscientas que dirigen sus ruegos al cielo, los ciento ochenta santuarios consagrados a Ishtar, los ochenta y cinco millones de ladrillos del gran Zigurat. También desenterraron mis casas, reconstruyeron mis murallas y torres, maravillaron su memoria en mis jardines colgantes, y hablaron infinitas lenguas, cerca del cielo, sobre los escalones de mi famosa torre. Ambiciosos, imaginaron los cuerpos de mis habitantes; les dibujaron vestidos y armas; limpiaron sus tumbas y dejaron escapar la fragancia de los perfumes; hallaron vasos, collares y toda clase de adornos de oro, ágata y lapizlázuli. Además, jugaron con los signos de mis matemáticas, aprendieron de mis ciencias, hicieron suposiciones, especularon sobre mi cultura y mis costumbres, y hasta cantaron las canciones de una niña muerta hace cuatro mil años. Se creyeron poderosos. Así pues, los arqueólogos, continuaron: quitaron y pusieron coronas a mis reyes, inventaron años de sequía o fertilidad, relataron sucesos, y pisaron la cabeza de un dios dibujado en una roca. Además, pusieron los ojos sobre las voces cuneiformes de las tablas y las unieron a los huesos sumerios, acadios, asirios, hititas, casitas, elamitas, medas, persas, macedonios, hebreos y a todos los transeúntes de la humanidad. Sin embargo, ninguno de ellos me ha descubierto de la noche y de su sueño inevitable; ningún arqueólogo ha logrado todavía atravesar la puerta; nadie, aún, ha puesto sus pies sobre el umbral de Babilonia.

 

II

UN ARQUEÓLOGO BUSCABA la puerta de Dios.

Excavando durante días, desenterró innumerables objetos en el suelo mesopotámico. Sus manos llegaron a tal profundidad que ya no halló más nada; parecía que la historia de los hombres se había terminado.

En aquel profundo abismo, sumido en el pozo de sus excavaciones y agotado por tanto esfuerzo, cayó dormido y soñando un pesado sueño oyó una voz que le decía:

       "Míralo ahora, mira al hombre fuerte que desea la inmortalidad,
       el sueño cayó sobre él como un huracán.
       Toca al hombre, despiértalo... que vuelva a su patria en paz,
       la puerta del mundo que ha franqueado
       pueda él franquearla otra vez para volver a su patria sano y salvo."

Al despertar, se descubrió postrado en la gran fosa. Arriba se encontraba Babilonia, y a su alrededor, en las entrañas del cuero de la tierra, sus dedos tocaban la humedad sepultada del diluvio universal.

 

III

AYER HE SOÑADO CON UNA PUERTA que he logrado abrir: detrás de ella me encontré con una página blanca, y al acercarme vi un rostro sin lógica, que aunque supongo me pertenece, parecía ser manipulado por otro. En las arrugas de mi cara se hallaban unos símbolos cuneiformes que no comprendí. Luego, desde las profundidades de mi piel, alguien abrió mis arrugas de par en par, y tras él, una multitud de hombres y mujeres brotó de mi rostro de papel. Caminando furiosos, se dirigieron hacia los costados, en donde el marco de la hoja era sólo vacío.

Desperté cuando la horda humana destrozaba el marco y escapaba de la superficie blanca. Lo último que vi de aquella tragedia fue que algunos se lanzaban de la hoja; otros cavaban pozos en ella y también caían.

Ciertamente hubo alguien que no cayó de aquel desierto blanco. Después de contemplar a los suicidas, dibujó una puerta en las arenas y se quedó sentado frente a ella, esperando.

 

Juan Diego Incardona

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