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I
LOS
ARQUEÓLOGOS ME HAN VISITADO por las tardes, pero no pudieron
encontrarme. Sólo enumeraron, incansables, los cincuenta
y tres templos dedicados a los grandes dioses, las cincuenta y cinco
capillas dedicadas a Marduk, las trescientas que rinden culto a
las divinidades de la tierra, las seiscientas que dirigen sus ruegos
al cielo, los ciento ochenta santuarios consagrados a Ishtar, los
ochenta y cinco millones de ladrillos del gran Zigurat. También
desenterraron mis casas, reconstruyeron mis murallas y torres, maravillaron
su memoria en mis jardines colgantes, y hablaron infinitas lenguas,
cerca del cielo, sobre los escalones de mi famosa torre. Ambiciosos,
imaginaron los cuerpos de mis habitantes; les dibujaron vestidos
y armas; limpiaron sus tumbas y dejaron escapar la fragancia de
los perfumes; hallaron vasos, collares y toda clase de adornos de
oro, ágata y lapizlázuli. Además, jugaron con
los signos de mis matemáticas, aprendieron de mis ciencias,
hicieron suposiciones, especularon sobre mi cultura y mis costumbres,
y hasta cantaron las canciones de una niña muerta hace cuatro
mil años. Se creyeron poderosos. Así pues, los arqueólogos,
continuaron: quitaron y pusieron coronas a mis reyes, inventaron
años de sequía o fertilidad, relataron sucesos, y
pisaron la cabeza de un dios dibujado en una roca. Además,
pusieron los ojos sobre las voces cuneiformes de las tablas y las
unieron a los huesos sumerios, acadios, asirios, hititas, casitas,
elamitas, medas, persas, macedonios, hebreos y a todos los transeúntes
de la humanidad. Sin embargo, ninguno de ellos me ha descubierto
de la noche y de su sueño inevitable; ningún arqueólogo
ha logrado todavía atravesar la puerta; nadie, aún,
ha puesto sus pies sobre el umbral de Babilonia.
II
UN
ARQUEÓLOGO BUSCABA la puerta de Dios.
Excavando durante días, desenterró
innumerables objetos en el suelo mesopotámico. Sus manos
llegaron a tal profundidad que ya no halló más nada;
parecía que la historia de los hombres se había terminado.
En aquel profundo abismo, sumido en el pozo
de sus excavaciones y agotado por tanto esfuerzo, cayó dormido
y soñando un pesado sueño oyó una voz que le
decía:
"Míralo
ahora, mira al hombre fuerte que desea la inmortalidad,
el sueño cayó
sobre él como un huracán.
Toca al hombre, despiértalo...
que vuelva a su patria en paz,
la puerta del mundo que
ha franqueado
pueda él franquearla
otra vez para volver a su patria sano y salvo."
Al despertar, se descubrió postrado
en la gran fosa. Arriba se encontraba Babilonia, y a su alrededor,
en las entrañas del cuero de la tierra, sus dedos tocaban
la humedad sepultada del diluvio universal.
III
AYER
HE SOÑADO CON UNA PUERTA que he logrado abrir: detrás
de ella me encontré con una página blanca, y al acercarme
vi un rostro sin lógica, que aunque supongo me pertenece,
parecía ser manipulado por otro. En las arrugas de mi cara
se hallaban unos símbolos cuneiformes que no comprendí.
Luego, desde las profundidades de mi piel, alguien abrió
mis arrugas de par en par, y tras él, una multitud de hombres
y mujeres brotó de mi rostro de papel. Caminando furiosos,
se dirigieron hacia los costados, en donde el marco de la hoja era
sólo vacío.
Desperté cuando la horda humana destrozaba
el marco y escapaba de la superficie blanca. Lo último que
vi de aquella tragedia fue que algunos se lanzaban de la hoja; otros
cavaban pozos en ella y también caían.
Ciertamente hubo alguien que no cayó
de aquel desierto blanco. Después de contemplar a los suicidas,
dibujó una puerta en las arenas y se quedó sentado
frente a ella, esperando.
©
Juan
Diego Incardona
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