Sumario 26

 

 

Ángel
González

 

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Puertas

 

El cemento debía ser gris. Tenía el destino, la obligación y la función de ser gris. Para ser gris, áspero, frío y duro había sido extendido cuidadosamente por una paleta, manejada con destreza por un albañil sin nombre ni rostro.

De las seis caras de cemento originariamente gris, la que formaba el suelo de la celda se había cubierto de las huellas, excrementos y desechos de un hombre que dormía cada noche y velaba cada día interminable desde hacía más de siete años en una jornada inmensa sin luz, ciclos ni esperanzas, marcada sólo por el abrir y cerrar huidizos de la puerta por la que pasaban, a intervalos, la escasa comida y el también avaro producto de sus funciones de animal enjaulado.

Alfonso Ngué empezaba a olvidar su nombre para cuando la puerta de su celda de paredes grises se abrió. Ésta hacía la vez número 5672 desde que posara manos y rodillas en el cemento (entonces sí) gris por vez primera. Sin embargo, recordaba aún perfectamente el porqué de aquel encierro inhumano de siete años y seis meses: por no estar de acuerdo, razón sencilla y brutal, bien distinta de los folios impresos, estampados, sellados y firmados en los que la lista de sus delitos se engolfaba, arropada por la complutense jerga jurídica, aprendida por jueces corruptos en sus años mozos de facultad de derecho peninsular, cuando todos, incluido Alfonso Ngué, soñaban un día con una patria libre.

Culpable de alta traición a la patria, rezaba monótono el párrafo culminante de aquella sentencia interminable, entre cientos de palabras tan hieráticas como asesinas, tan pagadas de su rotundidad como emponzoñadas de mentiras, y rezaban y retumbaban las palabras en la mente de Alfonso Ngué cuando, tras la claridad cegadora de la puerta de fauces abiertas se dibujó la silueta de alguien que le indicaba con gestos imposibles de olvidar que se alzara y cruzara esa puerta, esa misma puerta...

Las de los furgones de metro se abren a voluntad. Varias estaciones antes de la suya se sitúa en posición, haciendo guardia junto a la puerta, aun a riesgo de incurrir en la iras de quienes intentan entrar o salir, e imprecan que se aparte de en medio, empeñado en ser él quien acciones, en cada estación, la manivela pequeñita que siempre, indefectiblemente, obedece a su voluntad, abriendo puertas por puro placer de hacerlo. O quizá por la absoluta necesidad.

Operaba, a decir de los seguratas de Sol (que hablan hoy de él al calor de un desayuno subterráneo de camaradas de porra y uniforme) sobre todo en las líneas 1, 4 y 7. En ocasiones se le pudo ver en un mismo tren, de pie frente a la puerta del furgón de cola, hasta que el conductor cansado anunciaba el último viaje de la jornada. Nunca le vieron pedir, ni parecía peligroso. Se limitaba a abrir la puerta en cada estación, hubiera o no viajeros esperando en ella, sin decir una palabra, recorriendo a veces los túneles a su aire, indiferente a todos.

De madrugada, cuando se suspendía el servicio, subía a la oscuridad de la superficie, por lo general "escoltado" por el compañero de guardia en la Casa de Campo, Plaza de Castilla, Antón Martín o alguna otra. Un tipo gordo y con bigote, que remojaba la magdalena apretándola contra las paredes de vaso, contó que en las ocasiones en que echó el cierre tras él, en la Casa de Campo, le vio volverse e la bocanada gris que subía escaleras arriba y decir para sí, como quien cuenta "2347, faltan 3325", en un español extrañamente perfecto para un negro, "subsahariano" corrige otro segurata con la porra al cinto y otra en la mano, que bucea en un vaso de café con leche.

En la Casa de Campo hace frío ya a estas alturas. Pero lo malo no es la temperatura de por las noches, sino la luz cruel que le quema los ojos cuando lo descubre durmiendo aún y le hace saltar las escaleras hasta la taquilla. Compra un billete univiaje porque no sabe cuándo podría acabar su cuenta, y no quisiera desperdiciar viajes, si la cuenta llega al final a mitad de un bono de diez. Detrás de la barras giratorias está a salvo del sol.

A veces va solo. Otras le rodea una masa de sudores y tejidos que recubren cuerpos que tienden a ignorarlo, porque parece que perciben que le son invisibles, que lo único que ven sus ojos es la manecilla curvada hacia abajo, que aprieta con ansia mientras las ventanas sólo enseñan paredes grises de túneles oscuros y sucios, y que por fin se abre con cada estación.

Cuando salió de la celda le hirió la luz y se agachó para cubrirse los ojos con las manos. Luego anduvo escoltado por pasillos, subió y bajó de furgones metálicos, oyó palabras casi tan incomprensibles como las largas parrafadas pasilleras de su sentencia, en el mismo idioma perito. Le vistieron de limpio y lo subieron a un avión sin billete. Horas después caminó por un pasillo cegador de fluorescentes, al final del cual esperaban algunos periodistas blancos como la luz, unos representantes de asociaciones pro-democratización, un exiliado ilustre (único rostro que vagamente pudo reconocer tras una mirada incrédula) y dos funcionarios del algún ministerio, que le hablaron de plazos de regularización y de asilos políticos, palabras todas que le hicieron recordar una nebulosa madrileña de facultades y cafés.

Estuvo en un hostal del centro, encerrado en el cuarto con las luces apagadas y las persianas echadas, hasta que vinieron a recogerlo unas caras de las del día anterior, que tras ayudarle a vestirse lo metieron en un taxi con dirección a la carrera de San Jerónimo. Por la ventanilla, silencioso, reconocióa pesar de la luz insoportable algunas esquinas y fachadas grabadas en recuerdos lejanos de clases de Romano y mesas de cafetería. Entró, metido hombro con hombro y casi a empujones, en el edificio de las Cortes, por pasillos de mármol y madera. Eran más de quince, y él miraba al suelo. Hubo micrófonos, que escupieron discursos de los que oyó palabras sueltas mientras entrecerraba los párpados para que la blancura de las paredes no hiriera sus oídos. Alguien, muchas personas puestas en fila de formación le estrecharon una mano de trapo mojado y salió otra vez al empujón del taxi y la casi oscuridad del cuarto de hostal. Durmió en el suelo el resto del día, y al llegar la noche, que espió por entre las rendijas de la persiana, salió sin hablar palabra, la mirada baja evitando a las de las prostitutas de Montera, hasta que se lo tragó el metro, en Sol.

El del bigote se rebañó en la manga los restos de la magdalena húmeda de café que aún quedaban en él, y pidió el periódico, que circulaba por enésima vez entre sus compañeros de desayuno subterráneo. Tenía que irse, y aún no había conseguido leer la crónica del partido que el domingo jugara su equipo en el campo del contrario, ocupados como habían estado todos comentando la noticia que encabezaba la sección local del rotativo, con la foto del cadáver de un hombre que había saltado desde el andén gris, al paso de un tren de la línea 1, a su paso por la estación de Antón Martín, justo después de abrir la puerta de un furgón de cola que lo había dejado allí mismo. La puerta que hacía la vez número 5672.

 

Ángel González

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