Sumario 26

 

 

Ángel
González

 

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La almadraba
del vecino


Atuneros de Barbate, almadraberos altivos, decidme en el alma,
de quién son esos rostros sin voz
que flotan hoy en el agua

 

Fernando Quiñones, que era de Cádiz, y a quien le gustaba mucho el pescado, escribió una novela en la que uno de los personajes, un pastelero despiadado, compraba a bajo precio cadáveres de ajusticiados para rellenar sus empanadas de carne, sacando con ello unos beneficios que más parecían de empresario postmoderno titulado en administración de empresas que de tahonero gaditano diecisietesco.

A Quiñones, claro, se le veía el Quevedo de la tradición en esta historia de canibalismo aprovechado, con lo que le queda a uno la sospecha de que, burla burlando, nuestros antepasados de manteo, jubón y calzas deben haber cubierto sus estructuras aminoácidas de buenas porciones de carne prójima. No sé si ese canibalismo encubierto que parece haber quitado el hambre a más de uno de nuestros tatarabuelos es o no hereditario, o si ha dejado en nuestro ADN mestizo restos espongiformes de mala leche antropófaga. Lo que sí es cierto es que esos mismos españoles primitivos —lo más primitivo que se despacha en esto de la españolidad nos viene del siglo XVI en adelante— se escandalizaron hasta el regodeo morboso cuando, llegados al Yucatán, dieron con los restos biodegradables de las barbacoas humanas que se montaban en los chiringuitos piramidales mayas y aztecas. De poco vale recordar a los bernales y gomaras de hoy que el mismo Cortés se sirvió de un mandatario azteca sobrado de quilos para adobar con las mantecas del gordo las heridas sufridas en la batalla por sus hombres.

Y vale de poco, porque quinientos años después, los descendientes de los caníbales ibéricos seguimos empeñados en ver la brizna microscópica en la córnea del vecino, siempre antes de rascarnos el orzuelo con vocación de arquitrabe que nos afea el ojo. Así, resulta fácil imaginarse al tío de Pablos, el verdugo que hizo picadillo de los cuerpos de su propio hermano y cuñada, repasando la sobremesa antropófaga con historias de caribes chupa-médulas, llegadas del otro lado del Atlántico con la misma magia con que hoy nos cuentan documentales de alto riesgo, de exploradores heroicos en defensa del chimpancé y ecologistas capaces de disparar a un muerto de hambre por descerrajar de un tiro a un elefante sagrado.

Otro español de entonces, el Lázaro de Tormes de la Segunda Parte, apócrifa continuación del clásico, decide por razones extrañas que no quiere dejar de ser pícaro para acabar en picadillo él también, así que se deja llevar de un capricho ictiófilo y se convierte en atún del Estrecho, despreciando el miedo a las almadrabas que, bajo licencia de los Medina Sidonia, acechaban en Conil, Barbate o Tarifa. Lázaro le echa agallas al asunto, y harto de ser pícaro bonito, correteador de Italias, se vuelve proyecto vivo de mojama.

No había buques factoría japoneses en el Estrecho que controlaba mal que bien la monarquía de los Austrias. La carne roja casi mamífera de los atunes plateados de entonces no acababa en bodegas frigoríficas, camino de convertirse en sushi de lujo de algún figón de Kyoto. Quizá a eso le deba Lázaro haber sobrevivido las corrientes, oleajes y emboscadas de las aguas del plus ultra y del minus ultra también. Otros, atunes y no, han tenido peor suerte.

Por otro lado del Mediterráneo, Ulises se hizo pasar por carnero, precisamente para evitar servir de postre en el festín que el Cíclope tuvo a bien darse con los compañeros de patera del egregio inmigrante ilegal. Con ello no se demuestra que travestirse de comida potencial nos ha de salvar de ser devorados por nuestros congéneres, de igual modo que enseñar la condición de prójimo tampoco nos da un salvoconducto automático para atravesar la cocina del semejante sin peligro de ser trinchado. Si no, que se lo pregunten a los padres del buscón llamado Pablos.

Ayer, frente a la atlántica y caribeña Alameda de Apodaca, en Cádiz, un lugar desde el que Fernando Quiñones seguro seguro que miró muchas veces el mar buscando la aleta dorsal del pícaro atún, aparecieron cuerpos de carne roja en el agua. Muchos cuerpos, y no de atunes, sino de una especie que da la casualidad que es la nuestra misma. No eran pícaros rifeños intentando emular al de Tormes (quien, dicho sea de paso, también era hermano de África), de eso podemos estar seguros incluso antes de repatriar sus cadáveres mojados e indeseables. Pero de lo que no podemos estar tan seguros es de que algún que otro atún despistado, ellos, seres de plata que no tienen complejos caníbales ni de los otros, no haya mordisqueado la carne flotante y desesperada de un africano ahogado, antes de acabar a su vez en la tripa de un pesquero japonés de alto tonelaje, de los que pagan el kilo en canal de buen atún rojo del Estrecho a mejor precio de lo que jamás lo hiciera ningún apoderado de los duques de Cádiz.

Se me dirá que hay cosas inevitables, que tampoco disponemos hoy en día de esas gallardas galeras de Cartagena o de Nápoles para andar persiguiendo a émulos de atún deshauciados. En sus tiempos, y cuando había moros en la costa que querían llegar hasta las vegas andaluzas, el trato era diferente, se les perseguía, se les apresaba, se les ajusticiaba de lo alto de una torre vigía, y a otra cosa. En nuestro siglo (¿nuestro?), las galeras de don Álvaro de Bazán han sido sutituídas por los portaaviones, que no están para sacar moros del agua fría, sino para plantarse en las puertas de otros moros, de los que tienen petróleo, en un decir jesús, que para eso está Rota, como quien dice, a las puertas del tercer mundo.

 

Ángel González

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