Sumario 23

 

Pablo
Nicotera

 

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Hacia atrás
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Frenética, iracunda, ciega se mueve la turba sobre las cuadrículas, a veces brillantes, a veces cubiertas de papeles y basura, que definen el comienzo de los andenes; esas cuevas donde nos encerramos, donde cabemos a presión como cigarros en sus cajas, aguardando la llegada del subterráneo.

Luego de unos minutos de espera, el subterráneo se detiene frente a nosotros, abre sus puertas y nos invita a subir; no hay restricciones para su abordaje, cualquier persona que desee entrar puede hacerlo (previo pago en ventanilla), llevando lo que guste: objetos personales, hijos, inclusive familias enteras. Una vez dentro del vehículo podemos observar que el suelo está cubierto de una pequeña alfombra de goma, para impedir que resbalemos, aunque en la mayor parte de los casos cumple la función contraria. Para sostenerse encontramos unas barras de hierro cromado que nacen desde el suelo y se elevan hasta una distancia prudencial del techo, se extiende paralelamente a éste a través de la distancia que existe entre puerta y puerta y luego se quiebra y cae abruptamente. Todo el interior esta salpicado por publicidades de productos superfluos, distribuidas en la formica que recubre las paredes, ocultando el hierro oxidado del cual está formada la estructura del vehículo.

Pero lo más llamativo y absurdo es la distribución de los asientos. Éstos se encuentran a los lados; desde las paredes hacia el centro nacen unas tablas en sentido horizontal divididas por otra, a modo de respaldo compartido, en sentido vertical, dando forma a dos asientos: uno mirando hacia delante y otro hacia atrás. Estos asientos están intercalados por uno que se orienta hacia la pared del lado contrario. Pero no son estos los asientos a los que quiero referirme, sino a los que están hacia delante y hacia atrás. Es notable la diferencia que existe entre la visión que se aprecia desde uno y otro asiento, es irónico que a pesar de compartir la misma gran ventana, ésta muestre realidades tan distintas según la ubicación del usuario: si una persona se sienta en el asiento que mira hacia delante tiene la posibilidad de prepararse para ver llegar los cables que están desplegados por los túneles, las luces y la oscuridad que precede a cada una de las estaciones, donde también puede apreciarse a las personas que subirán al subte, las paredes repletas de dibujos -en algunas ocasiones--, la forma semicircular de los andenes; en definitiva, las persona que se sientan mirando hacia delante tienen la posibilidad de aprestarse a recibir las imágenes y situaciones sin que ninguna de estas las tome por sorpresa y así, poder disfrutar mejor de ellas. Muy por el contrario, las personas que se sientan mirando hacia atrás no tienen la posibilidad de prepararse para recibir las imágenes del exterior y solo las perciben cuando ya es demasiado tarde para retenerlas, lo único que pueden hacer es ver como se escapa su oportunidad de disfrutar de una maravillosa imagen externa, encapsulados bajo la tierra; no tienen la posibilidad de alistarse para las situaciones que presenta ante sus ojos el correr del subte, desencadenando un sinfín de problemas, empezando por el hecho de que puede perderse la noción, si la persona en cuestión no está habituada a la trayectoria subterránea, de la estación en la que se debe bajar, llevando a ciertos individuos a permanecer sobre el subte más de lo debido.

También hay gente que no tiene siquiera un lugar donde sentarse, la verdad es que la cantidad de asientos no está acorde con la cantidad de personas que viajan habitualmente en el subte; la suerte de poder sentarse es privilegio de algunos pocos, y más aun de sentarse mirando hacia delante. Pero siguiendo con estas pobres personas que quedan paradas, que son la mayor parte, ellas sufren las peores condiciones de viaje. Tienen que soportar los apretujones, el calor corporal ajeno acompañado por su respectivo aroma, y lo que es peor, hacer frente con hidalguía a las miradas despreciativas de las personas que se encuentran sentadas. Obviamente la visión del exterior de estas personas es por demás limitada: solo pueden ver brazos, caras y cabellos del resto de las personas paradas, y si logran ver algo del panorama exterior es solo en imágenes fugaces que se pierden antes de poder distinguir lo que perciben sus ojos, y lo que logran ver solo les sirve para saber que hay otras personas que disfrutan de ese privilegio mientras ellas tienen que soportar tanto maltrato y manoseo.

No hay que dejar fuera al conductor del subte; este es el hombre del cual dependen todas las personas que viajan diariamente por este medio; un error en los procedimientos de este individuo, y puede ser fatal para estas personas. --Aunque ya lo es, teniendo en cuenta a las personas que miran hacia atrás, y a las que viajan paradas, pero esto no depende de él. Éste es el individuo que tiene mejor panorama. Desde su cubículo de trabajo puede tener una amplia visión de los acontecimientos y puede prepararse para recibir mejor las imágenes, disfrutándolas ampliamente y tratando (al menos eso es lo que nos hacen creer) de llevar el subte por el mejor camino, para el beneficio de todos (ja), al tiempo que en el resto del subterráneo muchas de las personas tienen que padecer el violento ir y venir del vehículo. Seguramente no se sorprenderán si agrego que la persona encargada de conducir este desigual medio de transporte no es el responsable directo del destino de éste ni del de los pasajeros que en él viajan diariamente. Eso depende de otras personas, ajenas al subte, que trazan las vías por donde deben conducirse los subterráneos, deciden la cantidad y posición de los asientos e imparten órdenes a todos y cada uno de los distintos conductores, para asegurar el bienestar y el beneficio de... ellos mismos.

Cuando notamos las desigualdades que se producen en este medio de transporte nos indignamos, y acaso creemos que las personas encargadas de su administración tendrían que ocuparse de este asunto, pero si pensamos en la historia de los subtes, llegaremos a la conclusión de que en el futuro los subtes tendrán menos asientos, y estos pocos estarán distribuidos solamente mirando hacia atrás.

 

Pablo Nicotera

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