Sumario 21

 

Margarita
Ramírez
Montesinos

 

índice de autores Datos
en el índice
de autores

Reseña del libro

Sepancuantos
de
Manuel Garrido Palacios

Biblioteca de la Huebra. Aracena 2003
Ilustraciones de José María Franco

 
 

 

Manuel Garrido Palacios en el libro Sepancuantos ha desempeñado fielmente, como peregrino por la Sierra de Huelva, su oficio de bardo, de cosedor de cantos portadores de sentencias, romances, danzas, coplas de muerte, embrujos, hechizos, pócimas para la salud del alma y del cuerpo recogidas de la vegetación de la zona; refranes y fábulas bien documentadas en nuestra tradición picaresca del Lazarillo, de la Celestina, de Quevedo y que incluso se remontan en lontananza a Hesiodo en «Los trabajos y los días», poema de experiencia humana en cuanto experiencia individual y colectiva, poema didáctico sobre las labores del campo, la distinción de los días fastos y nefastos para emprender una determinada acción o para suplicar a los dioses, poema que al igual que en este libro, intercala fábulas, como es la del gavilán y el ruiseñor, y sentencias; asimismo se remonta a los conjuros y ensalmos para atraer el corazón del amado desdeñoso o el castigo, de la comedia, y poesía helenística, y a las «Geórgicas» de Virgilio, poema inspirado también en el cultivo de la tierra y en la vida de sus campesinos.

Por tanto, su libro-ensayo arranca de las raíces de nuestra literatura occidental griega y judeo cristiana. Es el «yo» del poeta sumido en una tradición que desarrolla un trabajo etnográfico y antropológico con la descripción e interpretación de los usos, las costumbres, la ideología y la psicología de un pueblo conformado por su entorno natural, su historia y sus condiciones sociales, de un microcosmo incardinado en la serranía de Huelva.

El abanico temático es muy amplio: cuentos y canciones que parten del mito, ese inconsciente colectivo sin espacio ni tiempo, ese «Érase una vez». Empezaré por canciones y cuentos didácticos que animan al trabajo y que recuerdan los consejos que daba Hesiodo a su hermano Perses, hombre de ágora y poco trabajador, exhortándolo a la virtud y al trabajo: «Mas tú, recordando siempre nuestra admonición, ¡Trabaja! Perses, divino retoño, para que el hambre te odie, y te quiera en cambio la bien coronada Deméter augusta, e hinche de alimento tu cabaña». Así en el cuento de la viña (Santa Eulalia), el padre exhorta a sus hijos: «Jamás en la vida convirtáis la viña en era. Pero los hijos holgazanes vendieron la viña y en nada de tiempo se les acabó el dinero. Y cuando con los años volvieron al pueblo y pasaron por la viña dice uno: ¡Huy, qué limpia está la viña de nuestro padre! Dice el otro: ¡Ay, hermano! esta viña era nuestra. Por eso nos dijo padre que no la convirtiéramos en era».

O cuentos de humor negro que reflejan las condiciones sociales, como es el del «Velatorio», cuento de muerte que al final se truca en vida de penurias: «Había en un velatorio un hombre que solo hacía gritar: ¡Ay, que lo van a llevar allí donde no hay luz, ni se come, ni se bebe, ni na de na!». Pero no se trata del descenso a los infiernos de Ulises, repletos de sombras en el vacío: «¡Hijo mío! ¿Cómo has bajado en vida a esta oscuridad a esta oscuridad tenebrosa?», le dice su madre Anticlea, sino que la descripción lóbrega y sombría, que parece referirse al más allá, queda brusca y sarcásticamente truncada por la vuelta a la lóbrega realidad del más acá, «del muerto al hoyo y el vivo al bollo», por el chiste que recoge la sabiduría pragmática y resignada de todo un pueblo: «Este hijo de su madre lo quiere llevar a mi casa», piensa con terror un asistente del velatorio.

Seguiré por los años del hambre en el Castañuelo: «Hablamos un poquito / de lo que son las castañas, / a ver si los tiempos malos / desaparecen de España. / Eran los años del hambre / y no los puedo olvidar, / comíamos nada más que tentullos, / solos, solitos, sin pan». Y además de la angustia del hambre, la angustia del lobo: «Los fantasmas de la Sierra», como dice Segundo Canterla: «En el camino Hinojales / en la Sierra Valle-Cano / allí salían los lobos / por la mañana temprano». O de la relación «Amos-criados» que con humor y resignación apunta a la ley del mas fuerte: «En los campos de las Huelvas / de chiquillo me crié, / los patrones eran buenos, / algunos malos también. / Porque en los otros trabajos / no quiero ni recordar / las penitas que pasamos / para poderlos cobrar». Resuenan los ecos de la fábula del gavilán y del ruiseñor de «Los trabajos y los días»: «Ved cómo hablaba un gavilán a un ruiseñor de moteado cuello, al que llevaba bien alto apresándolo en sus garras: Infeliz, ¿por que chillas? Te tiene alguien mucho más fuerte que tú».

«¿El trato con los dueños?», pregunta el bardo al campesino: «No eran agradecidos. Bien se dice que quien no agradece, al diablo se parece. / Y lo más bonito era / que te cobraban por algo / en un terreno tan malo / que no entraban ni los galgos. Hasta que vino el jaleo de la República, que se pensaba que iba a mejorarlo todo, pero fue más pataleo, porque no se dejaban gobernar, hasta que reventó la cosa con el dictador y nos aplastó unos pocos de años: En el castillo Monjui, / en el último rincón, / tenía que estar metido / el que estas muertes firmó. / Por tener ideas republicanas / Que es la más sana de la Nación».

Son asimismo cantos de carnaval que se conforman en las vísperas del despertar de las fuerzas incontroladas de la primavera y, por tanto, de la libertad de palabra y de acción. En un «Sal fuera de ti» como nos predica Dionisios. «Por el carnaval todo pasa, / que no nos coja de espanto, / y si alguno se agravia, / que baje agua del Barranco». O coplas de juegos infantiles ya perdidos como el de la comba: «Soy la reina de los mares, / señores, me van a ver, / tiro mi pañuelo al suelo / y lo vuelvo a recoger». O cantos de matanza o de la molienda, o el del «recado para objetos y animales», o de bodas, o de amoríos felices o infelices.

Y toda esta variopinta tradición, pensamiento y sabiduría popular toma carne y hueso en la figura del pintor Marcial, en el «Encuentro impersonal», en Linares de la Sierra: «Quien venga buscando un genio, no lo va a encontrar, pero quien venga buscando un tonto, tampoco. Soy casado -señalando la fotografía de boda, agrega-: aquí empecé la vida. Muy feliz. Pero se tuercen las cosas. Yo no he querido tocar más a ninguna mujer. Soy la mitad religioso; la otra mitad invisible. Voy a misa cuando puedo. El cura viene por aquí; es amigo; me dice: Vaya usted a misa todos los días. ¿Todos los días, con las cosas que tengo que hacer? No soy aficionado a hincarme de rodillas, ni a cosas extrañas; yo no sé si el sacerdote tiene algo que decirme; si lo tiene, que me lo diga; por ejemplo: Usted menea demasiado las orejas. Lo escucho y adiós».

Manuel Garrido Palacios, guiado por el hilo de su inspiración poética, como Teseo por el hilo de Ariadna, se ha internado en el laberinto de la Sierra y en la médula consciente o inconsciente del bosque de la mente para desentrañar su misterio y, de esta manera, documentar con rigor científico y calidad literaria el saber y sentir ancestral de sus gentes a través de un entramado de canciones, fábulas, refranes, cuentos, que como bien señala: «van a la búsqueda de unas señas de identidad que los una como grupo; la incógnita ante cualquier más allá, aparte del amor, del miedo, de la muerte».

 

Margarita Ramírez Montesinos

Inicio
Volver a Fuego
Subir
Volver a Fuego
Inicio