Sumario 21

 

Manuel
Garrido
Palacios

 

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Reseña del libro

La otra mujer

de Eva Vaz

Celya Edit. Salamanca 2003

 
 

 

Todas las historias son la Historia, por chicas o grandes que nos parezcan, o alejadas, o insólitas, o tan normales que no imaginemos de ellas que pudieran influir una pizca en la evolución de la especie, algunos de cuyos miembros no quieren compartir la palabra como única arma posible. En el campo abierto del vivir para vivir, todo lo que no sea palabra es fracaso. «Tristes guerras si no son las palabras...» decía aquel Miguel tallador de palabras, muerto de frío en un calabozo: Nanas de la cebolla: «no sepas lo que pasa, ni lo que ocurre».

Cada cual embarcado en su guerra pacífica para aportar algo a la tarea de mejorar «esto» a lo que hemos llegado tras milenios de andar a oscuras, llega a mis manos el libro La otra mujer, de Eva Vaz, en el que a través de su voz, tan rica de matices, surgen las historias y las guerras de «otras mujeres... la mujer en rebajas, la del pituco, la señorita del compañía, la que comía sueños, la amante, la del sexo grande, la del perrito, la enferma, la internauta, la de las cicatrices...». Y emociona ver cómo las guerras de carne adentro, con sus historias a cuestas, las traza la autora de frente, sin tapujos pijoteros, para que a la vez sean tan íntimas como universales. En poco fraseo: algo así como elevar la anécdota a categoría. Y sólo con palabras.

En todas las guerras está presente el color rojo de la sangre, ese que en las páginas del libro «manchaba el jardín y la alformbra». El jardín, por esa amenaza constante de vuelo desde un balcón del séptimo piso. La alformbra, por el intento de una niña rara de abrirse las venas. Emociona especialmente escuchar, o ver, o leer -es lo mismo, dada la precisión del verbo- , la última historia, en la que «ella» ya no abre sus venas para vaciarse violentamente, sino su alma para decir de aquélla, «su lejana guerra», que ahora, de mujer, es capaz de escribirla en paz -de verla con la distancia debida-, y dejar el impulso del corazón para las grandes ocasiones: «Para mi niña».

Y es porque el alma es el campo de batalla donde se dirime la verdadera vida y la verdadera muerte; ahí se fraguan esas «cicatrices atroces» que deja la indiferencia, donde con el desgarro se mitiga el infinito dolor emocional cuando alguien ha olvidado mirar las heridas. De tanto hurgar en lo más oculto del alma, Eva advierte: «Mírate y recuerda lo que eres / porque cuando vuelvas a hacerlo / ya no serás lo que ves / pero serás más fuerte / y podrás soportarlo».

Es verdad que el ser humano está solo. Aún más: es solo. Eva lo sabe y lo grita en sus versos con el calibre «times new roman»: «debería haberte dicho que estoy sola / que vivo sola / espantablemente sola / que nunca intenté suicidarme / porque no habría nadie / para salvarme». En suma, Eva repasa uno a uno los jirones que el paso por la guerra de la vida ha ido haciendo en la piel interna de «cualquiera de nosotras»; recuento que en uno de los poemas resume así ante los ojos que la leen: «Dime qué más quieres de mis sobras». De nuestras sobras.

Todas las historias son la Historia, por chicas o grandes que nos parezcan, o alejadas, o insólitas, o tan normales que no imaginemos de ellas que pudieran influir una pizca en la evolución de la especie, que no es más que sumar lo bueno de un día a lo del siguiente; especie en la que algunos miembros no saben o no quieren ver la palabra como única arma posible. Lo más hermoso aquí es que Eva Vaz, en La otra mujer, obra cuajada de guerras y de historias, tan íntimas como universales, sólo emplea palabras en cada batalla, palabras de amor, palabras que buscan una luz al final de túnel; palabras: lo más elemental y noble que llevamos puesto. Palabras, en su caso, que extienden su onda expansiva hasta conseguir que las compartamos como propias, como hace hoy quien en silencio traza esta columna.

 

Manuel Garrido Palacios

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