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Es
un edificio de ladrillo rojo.
Las ventanas aún conservan los marcos de madera.
Nunca dispusieron de cristales que los críos pudiéramos
romper.
Es un edificio de ladrillo rojo, deshabitado. Mejor dicho:
nunca terminaron de construirlo, nunca estuvo habitado.
En su azotea, sin embargo, anidan las gaviotas comunes,
en el portal paren las gatas callejeras,
también, por temporadas, en una habitación del tercer
piso,
dormía el poeta.
Dormía allí siempre que se escapaba de la casa de
su padre.
Dormía en el suelo,
encima de una manta,
tapado con otra,
de almohada su ropa.
Van
a derruirlo. El edificio. Y no tardando mucho.
Los obreros han terminado ya de colocar los andamios.
Van a demolerlo. Y está bien que así sea.
Disfrutaré de mejores vistas. Construirán otro más
pequeño.
Vendrán familias a okuparlo. Habrá
madres,
luces,
en las ventanas,
hasta es posible, solo posible,
que en la habitación del tercer piso en que yo dormía,
duerma pronto
otro niño.
©
David
González
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