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Hacía
las mejores rosquillas con papelón del pueblo. Era lo que podría
llamarse "un artesano de la harina". Pero lo que marcó
su "buena suerte" -además de causarle un trágico
final- fue la afición que, desde pequeño, tuvo a su dulcería
nuestro actual mandatario. Se puede decir que Joao Jaircinho de la Sagrada
Virgen de Fátima ejerció una marcada influencia en el
que luego sería el más controversial de nuestros presidentes.
Porque fue cierto día, siendo todavía un niño,
que viéndolo entrar a la panadería con un volumen de las
obras completas de Dostoyevski bajo el brazo -ya podrán imaginarse
el tamaño del libraco- cuando nuestro actual mandatario se formó
la imagen del refinado y culto panadero, símbolo sublime de la
sabiduría popular. No llegó a enterarse -por el hecho
de desviar su atención continuamente hacia las rosquillas- de
que Joao Jaircinho de la Sagrada Virgen de Fátima sólo
quería el gigantesco volumen para colocarlo sobre la pila de
papel de envolver y evitar así que ésta se volara con
el viento.
Con el paso de los años, la admiración del presidente
por aquel personaje seguiría creciendo, hasta alcanzar un máximo
cuando el hombre de acento extranjero le invitó a comer un dulce
de crema que acababa de inventar utilizando los restos duros y descompuestos
del pan de piquito.
Fue en principio esa la razón por la que, al llegar al poder,
el jefe de estado quiso tener entre sus asesores al insigne portugués.
Por ello envió a una comisión presidencial con instrucciones
precisas de que lo trajeran hasta su presencia. Pero lo esperaba la
desagradable sorpresa de que "el mencionado ciudadano" se
había marchado, furtiva y apresuradamente, del país.
Y es que Joao Jaircinho de la Sagrada Virgen de Fátima, intuyendo
la desgracia que nos esperaba a todos con el actual hombre fuerte a
la cabeza, decidió juntar sus corotos y marcharse a su tierra
natal a disfrutar de la inmensa fortuna que a fuerza de rosquillas y
pan de piquito -y altos precios- había logrado juntar. Grande
sería su asombro al recibir, una tarde de otoño, a la
sombra de un olivo, una misiva firmada por el director del Instituto
para la Conservación del Patrimonio y las Buenas Costumbres,
en la que se le informaba que el mismísimo presidente deseaba
encargarle una tarea de inmenso valor para la que se requería
de una persona con amplios conocimientos literarios.
El magno trabajo consistía en la elaboración de un tratado
que recogiera toda la ancestral cultura de nuestros pueblos indígenas.
El mismo pasaría a formar parte de los textos de enseñanza
de colegios, liceos y universidades, y debería convertirse en
parada obligatoria para todos los investigadores y tesistas de universidades
extranjeras.
El tema indígena había sido una bandera en la campaña
electoral por la Presidencia de la República, y nuestro actual
mandatario deseaba dejar clara constancia de su amor por el legado de
nuestros aborígenes, además de estar empeñado en
que éstos tuvieran un papel de primer orden en la actual estructura
globalizada del planeta.
Debería ser éste un trabajo que destacara materias como:
la astucia del yanomami, el imaginario del piaroa y la alta cocina de
los caribes. Un documento que inspirara a los poetas e intelectuales
de todo el mundo. Además, el Poder Ejecutivo esperaba que, en
vuelta de unos años, aquella persona en el continente que no
dominara, por lo menos, un dialecto indígena fuera considerada
un analfabeto. Y quizás, en un futuro, remoto pero lleno de esperanzas
-y de promesas, sobretodo de promesas-, una de estas lenguas desplazara
al inglés como idioma universal.
A Joao Jaircinho de la Sagrada Virgen de Fátima todo aquello
le pareció una locura. Pero luego de pensárselo mejor
-e impelido por su agudo instinto de "hombre de negocios"-
decidió que bien podía sacarle provecho a aquella situación.
Por lo que pidió a su hija -él nunca había escrito
una línea- que contestara aquella carta informando que aceptaba
la tarea, con la condición de que el gobierno le enviara el pago
por adelantado en moneda fuerte, y que además se le permitiera
ejecutar el trabajo desde su residencia en Madeira.
El presidente aceptó de inmediato, pero insistió en que
Joao Jarcinho de la Sagrada Virgen de Fátima se apersonara, en
algún momento, no sólo para dispensarle una visita y hacerle
algunos de los dulces que tanto le gustaban, sino también con
la intención de que conviviera, aunque fuera por un corto periodo
de tiempo, con una población indígena, para que de esta
forma su trabajo se nutriera de la experiencia directa.
Todo esto obró una extraordinaria transformación en Joao
Jaircinho de la Sagrada Virgen de Fátima, ya que convertirse
en hombre de estado y colaborador del presidente de un gobierno extranjero
le dio rango de diplomático.
Se
compró, entonces, un monóculo y una pipa que de allí
en adelante nunca abandonaría y que le daban un aura, por demás,
intelectual. Y aunque jamás había tenido en sus manos
otra cosa que no fueran productos derivados de las harinas, se compró
una plumafuente de gran calidad y comenzó a pasarse horas enteras
con ella entre los dedos, sentado con sus piernas retorcidas torpemente,
frente a una hoja de papel en blanco y con la mente puesta en los aborígenes
de tierras remotas.
Se tornó en un individuo distraído e irritable, lo cual
comenzó a preocupar a su familia. En ciertas ocasiones, cuando
por un descuido la estilográfica se escapaba de sus dedos y caía
al piso, en lugar de recogerla en el momento, se dedicaba varios minutos
a maldecir.
Pasó a ser un individuo enigmático para la mayoría
de sus contemporáneos, lacónico en sociedad. Sus vecinos
comenzaron a verlo como un personaje de gran importancia y valor. Un
fanático de su propia -e inexistente- literatura, preocupado
por la posteridad y amparado por la larga sombra de un poder ultramarino.
Pero no pudiendo parir ni una sola línea del trabajo que se le
había encomendado, decidió aceptar la invitación
de irse a vivir en el seno de una comunidad aborigen con la esperanza
de embriagar su cerebro con ella y lograr de alguna forma arrancar con
la tarea.
Y
así, partió -de nuevo- para América.
Nunca se esperó -y esto fue una sorpresa para todos- que los
indios redujeran su cabeza al día siguiente de su llegada y la
ensartaran en el extremo de una vara para adornar el área de
fiestas de la tribu. No se sabe el motivo de tan extraña ocurrencia.
Fue quizás algo que dijo.
Sirva este prólogo sin libro para ensalzar lo que pudo haber
sido la pieza más insigne de la Literatura Nacional. Un trabajo
memorable que -con toda seguridad- iba a mantener ocupados por los próximos
quinientos años a críticos y estudiosos de todos los rincones
de la tierra. Obra cúspide del realismo mágico, que encerraría
en su seno toda la cultura e información de nuestros antepasados,
como una molécula de ADN hecha de símbolos gramaticales.
De su puño y letra sólo nos quedan unas cuantas facturas
de su antiguo negocio -la panadería "Flor de Madeira"-
que son exhibidas con orgullo junto a su tumba en el Panteón
Nacional de la República, lugar en el que reposan, para siempre
-por suerte, en algunos casos-, las más "grandes figuras"
de la historia patria.
Nota
del autor: Cualquier parecido con
la ficción es pura coincidencia.
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