e o m . tierra . 5 . noviembre 2001            
                     
       
        e o m . tierra . 5 . noviembre 2001          
       

Prólogo para un libro
que nunca se escribió

Rigoberto Rodríguez

       
       

 

             
                       
                       
                       
                       
       

 

 

Hacía las mejores rosquillas con papelón del pueblo. Era lo que podría llamarse "un artesano de la harina". Pero lo que marcó su "buena suerte" -además de causarle un trágico final- fue la afición que, desde pequeño, tuvo a su dulcería nuestro actual mandatario. Se puede decir que Joao Jaircinho de la Sagrada Virgen de Fátima ejerció una marcada influencia en el que luego sería el más controversial de nuestros presidentes.

Porque fue cierto día, siendo todavía un niño, que viéndolo entrar a la panadería con un volumen de las obras completas de Dostoyevski bajo el brazo -ya podrán imaginarse el tamaño del libraco- cuando nuestro actual mandatario se formó la imagen del refinado y culto panadero, símbolo sublime de la sabiduría popular. No llegó a enterarse -por el hecho de desviar su atención continuamente hacia las rosquillas- de que Joao Jaircinho de la Sagrada Virgen de Fátima sólo quería el gigantesco volumen para colocarlo sobre la pila de papel de envolver y evitar así que ésta se volara con el viento.

Con el paso de los años, la admiración del presidente por aquel personaje seguiría creciendo, hasta alcanzar un máximo cuando el hombre de acento extranjero le invitó a comer un dulce de crema que acababa de inventar utilizando los restos duros y descompuestos del pan de piquito.

Fue en principio esa la razón por la que, al llegar al poder, el jefe de estado quiso tener entre sus asesores al insigne portugués. Por ello envió a una comisión presidencial con instrucciones precisas de que lo trajeran hasta su presencia. Pero lo esperaba la desagradable sorpresa de que "el mencionado ciudadano" se había marchado, furtiva y apresuradamente, del país.

Y es que Joao Jaircinho de la Sagrada Virgen de Fátima, intuyendo la desgracia que nos esperaba a todos con el actual hombre fuerte a la cabeza, decidió juntar sus corotos y marcharse a su tierra natal a disfrutar de la inmensa fortuna que a fuerza de rosquillas y pan de piquito -y altos precios- había logrado juntar. Grande sería su asombro al recibir, una tarde de otoño, a la sombra de un olivo, una misiva firmada por el director del Instituto para la Conservación del Patrimonio y las Buenas Costumbres, en la que se le informaba que el mismísimo presidente deseaba encargarle una tarea de inmenso valor para la que se requería de una persona con amplios conocimientos literarios.

El magno trabajo consistía en la elaboración de un tratado que recogiera toda la ancestral cultura de nuestros pueblos indígenas. El mismo pasaría a formar parte de los textos de enseñanza de colegios, liceos y universidades, y debería convertirse en parada obligatoria para todos los investigadores y tesistas de universidades extranjeras.

El tema indígena había sido una bandera en la campaña electoral por la Presidencia de la República, y nuestro actual mandatario deseaba dejar clara constancia de su amor por el legado de nuestros aborígenes, además de estar empeñado en que éstos tuvieran un papel de primer orden en la actual estructura globalizada del planeta.

Debería ser éste un trabajo que destacara materias como: la astucia del yanomami, el imaginario del piaroa y la alta cocina de los caribes. Un documento que inspirara a los poetas e intelectuales de todo el mundo. Además, el Poder Ejecutivo esperaba que, en vuelta de unos años, aquella persona en el continente que no dominara, por lo menos, un dialecto indígena fuera considerada un analfabeto. Y quizás, en un futuro, remoto pero lleno de esperanzas -y de promesas, sobretodo de promesas-, una de estas lenguas desplazara al inglés como idioma universal.

A Joao Jaircinho de la Sagrada Virgen de Fátima todo aquello le pareció una locura. Pero luego de pensárselo mejor -e impelido por su agudo instinto de "hombre de negocios"- decidió que bien podía sacarle provecho a aquella situación. Por lo que pidió a su hija -él nunca había escrito una línea- que contestara aquella carta informando que aceptaba la tarea, con la condición de que el gobierno le enviara el pago por adelantado en moneda fuerte, y que además se le permitiera ejecutar el trabajo desde su residencia en Madeira.

El presidente aceptó de inmediato, pero insistió en que Joao Jarcinho de la Sagrada Virgen de Fátima se apersonara, en algún momento, no sólo para dispensarle una visita y hacerle algunos de los dulces que tanto le gustaban, sino también con la intención de que conviviera, aunque fuera por un corto periodo de tiempo, con una población indígena, para que de esta forma su trabajo se nutriera de la experiencia directa.

Todo esto obró una extraordinaria transformación en Joao Jaircinho de la Sagrada Virgen de Fátima, ya que convertirse en hombre de estado y colaborador del presidente de un gobierno extranjero le dio rango de diplomático.

Se compró, entonces, un monóculo y una pipa que de allí en adelante nunca abandonaría y que le daban un aura, por demás, intelectual. Y aunque jamás había tenido en sus manos otra cosa que no fueran productos derivados de las harinas, se compró una plumafuente de gran calidad y comenzó a pasarse horas enteras con ella entre los dedos, sentado con sus piernas retorcidas torpemente, frente a una hoja de papel en blanco y con la mente puesta en los aborígenes de tierras remotas.

Se tornó en un individuo distraído e irritable, lo cual comenzó a preocupar a su familia. En ciertas ocasiones, cuando por un descuido la estilográfica se escapaba de sus dedos y caía al piso, en lugar de recogerla en el momento, se dedicaba varios minutos a maldecir.

Pasó a ser un individuo enigmático para la mayoría de sus contemporáneos, lacónico en sociedad. Sus vecinos comenzaron a verlo como un personaje de gran importancia y valor. Un fanático de su propia -e inexistente- literatura, preocupado por la posteridad y amparado por la larga sombra de un poder ultramarino.

Pero no pudiendo parir ni una sola línea del trabajo que se le había encomendado, decidió aceptar la invitación de irse a vivir en el seno de una comunidad aborigen con la esperanza de embriagar su cerebro con ella y lograr de alguna forma arrancar con la tarea.

Y así, partió -de nuevo- para América.

Nunca se esperó -y esto fue una sorpresa para todos- que los indios redujeran su cabeza al día siguiente de su llegada y la ensartaran en el extremo de una vara para adornar el área de fiestas de la tribu. No se sabe el motivo de tan extraña ocurrencia. Fue quizás algo que dijo.

Sirva este prólogo sin libro para ensalzar lo que pudo haber sido la pieza más insigne de la Literatura Nacional. Un trabajo memorable que -con toda seguridad- iba a mantener ocupados por los próximos quinientos años a críticos y estudiosos de todos los rincones de la tierra. Obra cúspide del realismo mágico, que encerraría en su seno toda la cultura e información de nuestros antepasados, como una molécula de ADN hecha de símbolos gramaticales.

De su puño y letra sólo nos quedan unas cuantas facturas de su antiguo negocio -la panadería "Flor de Madeira"- que son exhibidas con orgullo junto a su tumba en el Panteón Nacional de la República, lugar en el que reposan, para siempre -por suerte, en algunos casos-, las más "grandes figuras" de la historia patria.

 

Nota del autor: Cualquier parecido con la ficción es pura coincidencia.

 

 

 

   
             
             
             
             
       

 

     
 

Rigoberto Rodríguez ,

ingeniero venezolano, además de escritor es un excelente fotógrafo. En este número publicamos una muestra de su trabajo fotográfico que se suma a las fotografías publicadas en el que fue nuestro primer ejemplar.

 
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