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Un
hombre recién casado debe ser cumplidor. Cumplirle con el gasto
a la mujer y nunca dejarla sola. No es por la desconfianza, es por la
ilusión del cariño con que se casa y porque en los primeros
años se le van haciendo las costumbres. El otro asunto es con
la mantenencia, el hombre que no mantiene su casa mejor que ni busque
mujer, así decía Juan Parado y así lo cumplía.
Cuando
Juan Parado se casó con la Fulgencia, fue asunto de admiración,
hasta doña Adelita, una señora de Nandaime, de buena familia,
casado con un dirialeño, de los hijos del Cabo Ríos, pobres
pero muy honrados y decentes, era su vecina, y una vez, cuando ya se
fue familiarizando con el barrio, al verla pasar, exclamó:
- ¡Qué suerte la de ese hombre! Esa mujer nunca ha pecado
ni con el pensamiento. Hermosa y hacendosa.
En El Diriá, para esos tiempos, Juan Parado, seguía trabajando
como tendalero, oficio que conocía desde muchacho. Un tendalero
trabaja en todo, desde batir el barro con los pies, hasta darles el
fino en los moldes de tejas y ladrillos cuarterones para colocarlos
al sol en el enorme patio vacío, que relucía limpio y
los hombres en constante movimiento tendían tejas y ladrillos.
Buenos ladrillos y buenas tejas. Él trabajó en el mismo
tendal donde aprendió Teódulo Ríos que en su día
gozó de fama por producir los mejores ladrillos y las mejores
tejas que se ocuparon en la reconstrucción de Managua después
del aluvión. Suerte para los managuas que acababan de inaugurar
el ferrocarril de Los Pueblos que pasaba por Catarina. El
asunto de los tendales es que únicamente se puede trabajar en
verano. Cuando caen los rayos del más ardiente sol para que en
una sola mañana, seque el barro que después entrará
a los hornos para ser quemado. Algunos de los tendaleros tenían
huertas, pero los que no las tenían salían a trabajar
por otro lado.
Un año, a la entrada del invierno, se fueron a Rivas a trabajar
a los campamentos de siembra de caña que puso ese año
Don Rafael Ocampo, en el camino de Veracruz. Allí, esa vez, había
trabajo todo el año, desde la siembra y limpia, hasta el cuidado
de las ratas para que no molestaran la caña de azúcar
cuado iba sazonando. Los trabajadores de El Diriá siempre han
sido muy bien acogidos en el trabajo porque son hombres de ñeque
y le avientan mejenga a los tacotales y luego al destronque para dejar
limpio el terreno. Son hombres que, en tiempos de zafra, antes de que
caliente el sol ya tienen cortada una carretada de caña cada
uno. Y si es limpia, para esa hora ya tienen por lo menos dos o tres
tareas cada uno. Con esa fama arrimó Juan al campamento de Ocampo
y se quedó trabajando. Llegó desde El Diriá en
su cholenquito, un caballo colorado, brioso en sus tiempos, pero que
muy poco le quedaba de los antiguos bríos.
Todos los días, a la caída del sol, colocaba la albarda
sobre el maltrecho lomo de El Tayacán, así se llamaba
el caballo, y salía para El Diriá: dormía con su
Fulgencia y regresaba antes del amanecer, listo para entrar al pegue
antes que los demás trabajadores. Como era puntero, debía
ser el primero en estar sobre los surcos en la deshierba, en el desmonte
o en el corte de la caña.
Al pobre caballo, de tanto viajar, se le peló el lomo, se le
puso una enorme chonela que casi alcanzaba el tamaño de la albarda.
No aguantó la viajadera. Juan Parado no lo había visto
porque le agarraba de noche y lo soltaba al amanecer. Compadecido, para
darle chance que se restableciera. Juan, autorizado por Ocampo, lo soltó
en un potrero cerca de donde cruzaba el río. El caballo anduvo
comiendo como desesperado en unos rastrojos de arroz, aunque un poco
alejadito de los animales de Ocampo, como que le daba pena juntarse
con los animales de raza. Después de comer se revolcó
contra el suelo para rascarse la chonela, se levantó más
chollado, caminó lento, como que la pensaba para dar el paso,
a Juan le dio pesar verlo como cabeceaba. Pensó que la comida
de quince tareas de rastrojo de arroz lo habían agotado, porque
de ser tan flaco, el caballo desesperado sintió como que nunca
más volvería a tener tanta comida enfrente, tragó
tanto zacate del arrozal que se le inflamó la panza y no pudo
seguir en pie. Se echó sosegado, muy lentamente, al lado del
río. Juan, después de mirarle un rato la paciencia y el
acomodo, allí lo dejó.
Pero la ilusión de una mujer no contiene a nadie. Juan no se
contuvo en su viajadera, con caballo o sin caballo, él tenía
su obligación de promesa. Todas las tardes, después que
se enfermó el caballo, salía al camino, se ponía
sus caites de burrucha, esperaba la oscuridad y llegaba saltando al
Diriá. A la pasada de los ríos, sobre todo el Ochomogo,
tenía que saltar un poco más fuerte para no caer en los
pantanos del otro lado. Una vez llegado al Diriá, se quitaba
los caites y tranquilo se dirigía a su casa, donde la Fulgencia
lo esperaba con la cena y con ropa limpia para que se alistara al siguiente
día. Mientras los otros se quedaban en las barracas de la casa
hacienda jugando naipes, bebiendo guarapo fermentado y cantaban al son
de guitarras de talalate, hasta que se le acababa el aceite a los candiles.
Un día de tantos, poco después del medio día, cuando
ya había despegado del trabajo, los demás amigos, entre
risitas soslayadas, indirectas, rectas por allá, se quisieron
burlar de él. Juan Parado que tenía mal carácter,
en el primer momento se enfureció y amenazó con pegarle
un tiro con su rifle guatusero al primero que se volviera a reír.
No
es al primer pendejo que voy a joder. Dijo con el mayor énfasis
para dejar claro que hablaba en serio.
Como le conocían la decisión, todos callaron, sólo
José Luis Selva, también trabajador y originario del Diriá,
se decidió a romper el silencio, peligroso entre hombre duros
y acostumbrados a jugarse la vida por cualquier motivo. Habló:
- Hombré Juan. Yo te creo. Y quiero que me hagás un favor.
Ahora que te vayás en la noche al pueblo, si llegás temprano,
haceme el favor de ir donde la Chilo, mi mujer y decile me mande unos
puros que dejé amarrados a las teleras de la cama. No le digás
ni por favor, así nomás. Que me los mande con todo y pañuelo.
Vos sabés que aquí los puros están muy caros.
- Ve José Luis, yo te traigo los puros, pero quiero saber a cuántos
tengo derecho, esos favores no se hacen de balde.
- Pues te doy la mitad de los puros.
- Trato hecho -confirmó Juan.
Al momento salieron otros que también pidieron favores, para
que les trajera o llevara encomiendas, pero Juan los paró:
- Un momento que no soy carreta de carga. Esos puros se los voy a traer
a José Luis, porque yo no me hallo a fumar otro tabaco que no
sea cosechado en El Diriá.
El día que llevó los puros, todos pensaron que Juan, llegaría
cansado o que entraría tarde al trabajo, pero ese día
se especializó en despertarlos temprano. Entró a los camarotes
mucho antes de la salida del sol
y dando voces, decía:
- Esos haraganes, levántese que ya está a punto de salir
el sol.
Todavía sin la claridad completa de la mañana, lo vieron
parado junto al camarote de José Luis, en ese momento le entregaba
los puros envueltos en el mismo pañuelo rojo que la Chilo recogió
en donde José Luis los había dejado.
- Que nadie me haga bulla -dijo con firmeza, sabedor del carácter
jocoso de los dirialeños- nada más le hice el favor a
mi amigo.
Mientras terminaba de hablar exigía su parte de puros después
de cerciorarse que venían completos. A partir de ese momento
nadie volvió a dudar de Juan Parado. El grupo de peones siguió
trabajando en el mismo campamento durante el resto del año. Para
Octubre, todavía con los últimos aguaceros, comenzó
la zafra. Limpiaron los trapiches, asearon las calderas, reforzaron
los hornos, alistaron bueyes y malacates, buscaron mecates nuevos, reforzaron
carretas con estacas grandes apropiadas para el acarreo de la caña.
La zafra es alegría y se trabaja día y noche, por turnos.
A mediados de diciembre, después de la Purísima, cortaron
la primera caña. Juan trabajaba dando el punto de cocimiento
en las calderas y de vez en cuando se ponía a hacer alfeñiques
para llevarle algo a la Fulgencia, entonces los viajes tenían
que ser más rápidos, entre la vaciada de una caldera,
la puesta de la miel en los moldes del dulce y dejar que la miel se
solidificara. Mientras se llenaba de guarapo la canoa para rellenar
de nuevo la caldera, él hacía su viaje. Llegaba a su casa,
dejaba su tarro de miel gorda, su alfeñique, hacia lo que llegaba
a hacer y se regresaba. Eso sí, a veces no le daba tiempo ni
de cambiarse de mudada. Pero durante la zafra así es, hay gente
que se pone una ropa cuando comienza y se la quita hasta que termina.
Sudada, llena de miel y guarapo y con olor a mujer, de esas que llegaban
a los cañales para aprovechar que los hombres están solos
y andan con reales porque la mujer se queda en la casa. Aparta son los
que llevan hasta el perro y se quedan todos los cuatro meses. Muchas
llegan con un hombre y se regresan con otro para otro lado. Ha habido
mujeres que anochecen y no amanecen y el hombre se queda con la duda
de con quién se fue. Porque para eso se pinta la gente, nunca
habla, nunca dice cual camino tomó una mujer que se fue al descuido
del hombre. Lo que se termina diciendo es que se la llevaron los duendes
y que desapareció por encanto. Lo pero es que todos los hombres
siguen trabajando, como si nada hubiera pasado y ya se sabe que uno
de ellos, cometió el hecho.
Así pasaron los meses y la zafra terminó, todos estaban
listos para regresar a El Diriá. Juan entre ellos. Puesto en
camino, se acordó de su caballo y lo salió a buscar, pensó
que estaría repuesto y curado de las chonelas. Lo buscó
donde había estado el rastrojo de arroz que estaba de nuevo cultivado,
y no lo encontró, entonces se fue a los potreros, llegó
al río y lo recorrió de alambrada a alambrada y nada,
ni los huesos. Sabía que podía estar vivo, porque en toda
la temporada en ningún momento se vieron zopilotes volando en
ruedas en la zona.
Varias veces había pasado por un ayotal, con unos ayotes hermosísimos,
pero pasaba de viaje. Detenido por un momento decidió chiflarle
al caballo cerca del lugar donde lo había visto echarse la última
vez. Le silbó.
- Fiiu, fiiu. Fiiu, fiiu.
El caballo relinchó sin aliento, metido entre el ayotal, desde
allí venían los relinchos, muy débiles, pero eran
los relinchos del Tayacán, su caballo. Se le acercó con
el cuidado de no enredarse entre los bejucos del ayote y llegó
hasta tocarle el hocico. En la mera chonela, al revolcarse, se le había
pegado una semilla de ayote y que, por el cansancio acumulado, la gran
comida y la falta de fuerzas, no se pudo levantar. La semilla germinó,
echó sus raíces y cuando el caballo quiso despertar, ya
era tarde, el bejucal lo tenía enredado. Tuvo que quedarse en
el mismo lugar.
Juan Parado se fue a llamar a Ocampo para decirle que allí estaban
esos ayotes, que los quitara para llevarse su caballo. Al llegar Rafael
Ocampo y ver el cuadro, le dice:
- Amigo, esos ayotes son suyos, la raíz está en la chonela
de su caballo. Lo que puedo hacer es prestarle unas carretas para que
los lleve a vender. Recuerde que viene la Semana Santa y le pueden dar
buena plata.
Salieron cuatro carretadas de ayote que fueron vendidas en Granada,
Masaya y Rivas. Muchos reales le quedaron de esa venta, de allí
fue que compró su caballo tordillo, compuso su casa y sembró
su primer tabacal. El caballito cholenco murió antes de que terminaran
de cargar las carretas con los ayotes. No pudo aguantar, ya se le había
cerrado el estómago.
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