e o m . tierra . 2 . agosto 2001            
                     
                       
      e o m . tierra . 2 . agosto 2001      
       

Al otro lado

Alberto Arrieta

       
                       
       

 

 

El ejército de perros avanzó cautelosamente hacia la banqueta, venían de varios tamaños y eran de razas diferentes, pero todos parecían de la calle, por encima se les notaba quién era su madre, la misma perra que los parió, seguramente; de los que destacaban a uno le faltaba la oreja izquierda -se la habían arrancado, tal vez, en una de esas epopeyas de barrio que parecen interminables- y se trepó de inmediato sin ningún rasgo de miedo, uno más, haciendo alarde de su astucia, cojeando sin reparo, lo hizo después de éste y otros dos, que marchaban al final, se acercaron lerdos, atacados por la sarna, con exagerada paciencia, sin ganas, como sombras.

Antes del combate, dos en buena forma, una blanca y otro negro, relajaban sus músculos sobre la pared de la carnicería "Nunca en vigilia"; abajo, cuatro esperaban turno, desesperados -sus ojos penetrantes olían el sexo de la perra-; en la antesala al enfrentamiento, un trozo de carne provocó una discusión mientras un solitario de color indefinido llegó intempestivo por detrás -fuerte, bien parecido, grande, de hermosos colmillos- y sin entrar al mismo asunto comenzó a olerlos hasta que se montó sobre uno de ellos; una vez que lo hizo con dos, les arrebató el enorme pedazo de la discusión para huir a toda prisa por entre los carros estacionados en las esquinas baratas de la colonia, en donde aparecía un olor influyente. Unas señoras que platicaban a la espera del autobús, apenadas por mi presencia en la escena los espantaban con piedras y morrales; una de ellas, joven, embarazada, de un rostro atractivo, me observaba; en una ocasión me sonrió por el acto, enrojecida.

Mi perro entraba a las pulquerías, a mi prima le servía de pretexto seguirlo para encontrarse con mi tío: "Sírvanle un refresco a mi chamaca", su voz se oía hasta la calle. Creo que el recuerdo se debe al letrero del autobús, ese era el nombre de donde salía la Sonora Santanera a toda la cuadra: "El centro, por el rumbo de Aztcapotzalco." Mi animal se metió con todas las perras del barrio, la cara que puso la dueña de una cachorra fina cuando la montó; recuerdo sus gritos, era una señora gorda, le decíamos "la Tambora", casi nos cagamos de la risa con mi prima. Aquí, en una piquera de la colonia, dos teporochos juegan el juego de la mierda, se agreden, se esquivan, porque quien pierde debe pedir fiado para la "cura"; los jarros esperan y el pulque pierde la paciencia.

Cuando llegué a esta colonia, fui directo a la casa, toqué la puerta -era de dos pisos, con un enrejado oxidado, un jardín pequeño, escaso de flores, quizá menos de las que había en las macetas del segundo piso--, el timbre no servía, una jovencita con rasgos orientales, que asomaba la cabeza por la ventana de la casa de enfrente, dijo algo, pero no entendí sus señas, sólo movía sus manos y su boca emitía unos ruidos sin coordinar, raros, beligerantes. En el sueño de ayer, una mujer parecida a ésta, sobresalía entre la multitud; había más mujeres, todas vestidas de negro, rezando con una vela entre sus manos. Tuve miedo de contárselo a mi madre, porque sabe convertir las premoniciones; sólo le dije que había soñado con su hermano, que decía sentirse bien aún cuando se veía muy enfermo, sudaba, y un primo a quien no vemos desde hace años lo cubría con una cobija. ¿Será por eso?, porque él me enseño a pelear, a dar antes que recibir, a improvisar; me dijo que me fiara de los perros, que era bueno aprender de ellos. Me enseñó muchas cosas, entre otras, que a una mujer se le conquista con maneras, me dijo, "aprende a usar las manos, sé directo, fíjate en los perros; nunca les des dinero, ni siquiera se los muestres, usa la cabeza; busca en el fondo, escarba hasta dar con lo que más les gusta, que cuando lo hagas, estarán perdidas". Ya en el carro, voy pensando en lo que le dijo a mi madre por teléfono: "he llegado bien a Carolina del Norte, no te preocupes, caminé sólo tres días por el desierto" -lo sabía de antemano, que había padecido, que en realidad habían sido dos semanas, por lo menos, lo conozco lo suficiente para no creer lo que le dijo a mi madre-; ¿será por eso que el sueño fue así?. Un amigo me contó que por el Diario se enteró de una tragedia en el desierto, el frío de la noche ahí es insoportable. Dos tipos gordos, con bigote, me distrajeron, hablaban de marranos: "cuesta caro engordarlos, pero si no lo hacemos, no los podremos vender; ni para chicharrones sirven, el tablajero nos los compra barato, es una pérdida". La música en el interior era la preferida del abuelo, era Daniel Santos el de la cantina, aún sin la misma voz ni la misma canción; era otra música, con el mismo aspecto y el mismo volumen.

Todavía era temprano, cuando abordé el autobús en el centro de la ciudad; antes de venir a esta colonia entré en busca de un baño a una terminal de autobuses, lo encontré, era sucio, pero no había otra opción; seguramente el más cercano demoraría el viaje y no creo que estuviera en mejores condiciones; así que entré, no sé cuanto tiempo estuve sentado, porque me entretuvo un dibujo en la puerta, que casi daba en mi nariz, de una pareja en el acto; ella decía: "más, más, así, así" cerrando los ojos y él por detrás, penetraba, sujetándola de sus enormes caderas. A un lado del dibujo escribieron "Silvia Cruz coge bonito" y otro que parecía contestar rezaba "la tuya también y más barato". Me acordé del viaje y salí corriendo.

De regreso, cuando ya la tarde caía, me detuve en el tianguis de la colonia vecina; ahí las pailas olían bien y los plátanos y las naranjas me trajeron el recuerdo del día de muertos, cuando la guayaba escandalizaba en las tardes de neblina anunciando los tamales en el altar, hasta donde llegarían los abuelos a probar lo que tanto les gustaba. Caminé un rato entre los puestos, era difícil entre tanta gente, así que subí a una banqueta y en la primera ventana que encontré, me recargué para observar un rato, al poco tiempo una mujer se asomó con el busto casi desnudo, me saludó y me invitó a pasar, hablamos poco: " mi esposo no está", dijo, " hace mucho que no viene a verme y para mí es muy difícil vivir así", se quito la falda y me invitó a que la ayudara, por un momento dudé, pero después ya estaba con ella en la cama; se abrió la puerta de la recámara, alguien entró, sentí su cuchillo penetrando mis costillas, es todo lo que recuerdo, un frío intenso me invadió de repente. "¿A quién llevan a enterrar?", preguntó una voz en el interior del autobús, que se detuvo unos instantes para dejar pasar el cortejo; jícamas de luto llorando atrás de los chiquillos, que hacían maldades al hombre que encabezaba a la multitud con una cruz pequeña de madera. Era alto, moreno, no tan joven y sin dientes, con los zapatos rotos, fumando, con el cigarrillo entre los seis dedos de su mano derecha; presumiendo volteó a mirarme, sonrío y me enseñó su mano. Cuando el autobús se detuvo por detrás, hacia delante y a un lado salió disparado un policía en motocicleta, creo que se lastimó severamente, pero nadie se acercó a auxiliarlo, los del autobús se carcajearon y los del sepelio se divirtieron; creo que fue el miedo contra la policía, la alegría por el miedo, la felicidad por quién nos lo causa, el ratón riéndose del gato que ha caído en la trampa que era para él. Riéndonos del dolor ajeno.

A un lado de la cama mi madre platicaba con alguien: "dicen que a don Anselmo lo encontraron anoche ahogado en la poza de su vómito": El abuelo era alcohólico, la última vez que deliró yo estaba con él junto a su cama. Volteó a ver a mi madre y como entendiendo mi interrogación con los ojos, me contesta: "son los perros que nunca dejan de pelear". La batalla duró varios minutos. "¿Te acuerdas madre del cerro que devoraban las casas en la Alvaro Obregón, te acuerdas de sus calles angostas llenas de polvo?. ¿Cuánto hace que no estamos ahí?". "Hace mucho", contesta; "es que hace un rato estaba de doce años jugando fútbol". "Tu tío se ha ido al norte", dice mi madre, "y ha dejado llorando a su esposa y a sus hijos; lo vamos a extrañar". Iré a caminar unos días para olvidarme un poco de su ausencia; siento su ausencia, porque fue el único varón de los abuelos. Otra vez es la Alvaro Obregón con sus árboles de cemento y el agua triste que está dejando de ser agua.

Aún no entiendo la razón por la que vine aquí, el olor a húmedo jamás me delató nada; será, tal vez, que el viejo aquel, vendedor de cacahuates, auguraba el triunfo de un candidato contrario al que realizaba la verbena, o será tal vez, el recuerdo de la planta más querida, seca apenas hace unas semanas, será que por eso el cielo se tornaba gris, mientras mis manos acariciaban las nalgas de una muchacha, a quién nunca había visto y sin embargo me sonreía, me miraba de reojo cada vez que un cohete estallaba en el cielo de la plaza, el día anterior.

Nunca supe que los perros se lamieran el culo antes de comer. Apenas me enteré cuando perseguido por no sé que olor húmedo nostálgico, abordé un autobús, de esos que se estacionan en le centro de la ciudad. "A veces, uno se olvida de que tiene que viajar, que tarde o temprano llega el tiempo de hacerlo", decía el abuelo, "y qué mejor si el viaje es amenizado por un par de piernas esbeltas en falda transparente".

Ahora hasta mi tío se ha ido al otro lado. A través de la ventana, desde el carro, el ejército de perros ha vuelto a reunirse; parece que van a pelear, son dos ejércitos, se detienen frente a frente simulando el límite a la mitad de la calle, nadie se atreve a cruzarlo. De repente uno, que ha llegado tarde, corriendo desde atrás de un pelotón cruza la línea y un perro más grande y más fuerte que él lo muerde en la oreja izquierda, se la desgarra, pero ensangrentado y chillando sigue peleando. Todos los perros han cruzado al otro lado, ha vuelto a estallar la guerra, esta vez más sangrienta, esta vez parece una guerra interminable. "No te preocupes, aquí estoy a tu lado, no tengas miedo; son los perros que nunca dejan de pelear", ha dicho mi madre.

 

 

 

 

     
 

Alberto Arrieta

Nació en Xico, Ver, en la década del 70. Formó parte del consejo de redacción de los suplementos Signo y Sentido, ambos del periódico Gráfico de Xalapa. Ha escrito poesía, y crónica. Actualmente prepara una novela y forma parte del consejo de redacción de Masmédula.

El presente relato fue publicado con anterioridad en la citada publicación.

 
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