e o m . tierra . 2 . agosto 2001            
                     
                       
      e o m . tierra . 2 . agosto 2001      
       

Dínamo

Adriana Chávez

       
                       
       

 

A Luis Ferrer

I

Esther siempre miraba por la ventana, no fuera que algún pájaro extraño cruzara el cielo, o alguna nube perdida gritara el rostro de su abuela. Ese día el tiempo había corrido lento como un gran rinoceronte anciano; por su cabeza chorreaban hilos de luz, telarañas al sol. Tratando de encontrar una respuesta, pensaba:

«¿Cuándo aprenderemos? Tantos siglos, cuántos pasos, dónde se esconde la palabra, el <ábrete sésamo> de la verdad. Aquí en la espesura una azotea se recorta al mundo, proclama el cansancio de sus varillas, de ese gran tinaco que le rinde honores de altar escondido, de ese gato Clemente ignorando su nombre hasta las uñas, ¿y qué? Y me llaman Esther y estrella, y Tere mi madre. Mamá, solos tus ojos mis ojos; una hoja se mueve verde y húmeda en mis adentros como semáforo en siga, un árbol al cual le diste un universo para cantar y sólo para eso; el café caliente en la garganta y el beso de mi amado vienen luego, el centro de todo es el canto, un arrullo de frente tranquila y labios de canela. ¿Y entonces por qué matamos? ¿Por qué la ciudad es un rugido de bestia salvaje rugido? ¿Por qué tras aquella puerta una mujer
es golpeada? Si tan sólo pudiera vagar por las calles y pedirle agua a aquella señora del vestido arrugado, o pintar de seda y nuez los caminos del alba para que todo hombre al abrir los ojos sea feliz. Si supieras madre, todo lo que se escapa al cerrar los párpados en las lágrimas, (¿o lo sabes?); tal vez un niño corrió a esconderse para jugar contigo a las risas de mar y arena, de sol suavecito en las mejillas, o tal vez un centauro murió frente a tus narices para regresarte el canto perdido. Cuida, cuida mi sueño: una flor azul, los campos de trigo, aquella lombriz surcando su ruta, este tum-tum de tambor entre la palma y el aire. Miro, miramos, qué hay más excelso. Tocan la puerta y es Fausto con su pantalón deshilachado y esos ojos negros traspasando las paredes y los duraznos. -¿Y si te digo que te quiero? (Sonrisa, página blanca en un libro de vino; aquí, él).»

El hombre de barba rojiza, sentado ante su escritorio sin poder tildar una letra, imagina.

«Debo terminar hoy mismo pero esta mujer se niega a ser cazada; por más que trato, esta jaula de comas no le gusta para casa. Y qué puedo hacer. ¿Decirle mañana al editor: "lo siento, no se dejó"? Me pondría patitas en la calle entre vociferaciones y truenos. No. Mañana me levantaré a las nueve como siempre y lo
demás de la rutina: darle de comer al perro, bañarme a toda carrera maldiciendo el momento en que olvidé (de nuevo) pedir el gas. Hecho lo obvio, salgo de casa con un calcetín negro y uno (¿otro?) azul, con la barba de ayer (no me dio tiempo...), y con mi mejor sonrisa le doy las hojas a ese tirano que me publica; y aquí entra la secretaria María toda de rojo mirándome desde cuevas ancestrales, digo -¿Comes conmigo? Y para no faltar a su costumbre contesta un no a secas, ¡noooo!, ¿por qué? En verdad no entiendo a las mujeres, mucho menos a esta esquiva arrogante. Salgo de la oficina cabizbajo y me encuentro a Julián -qué onda cabrón- . Vamos a un café donde me cuenta sus recientes aventuras amorosas; yo -aquí entre nos- tengo que inventar se sabrá cuántas cosas y claro, Esther no puede faltar: -Me la traigo acá. Hablamos por horas y refino mis dotes de mitómano, mientras pienso viene a la mente cuando estoy frente a la Olivetti>.

«Vuelvo a casa y temo encontrarla, he llegado a creer en su existencia». «¿Y si un día el olvido me arranca los últimos pedazos de razón que aún ejercito? Temo, entrego y temo... el color se me va en un montón de escupitajos y sombras y paredes extrañas que me encierran. Vivo. Subsisto en un grito de luz multiforme, espesa de lodo, humedad y sueño. Fausto me mira extrañado, como si pudiera sentir lo que pienso, escuchar este goteo constante en mi cabeza. Y no entiendo por qué existimos, así encontrándonos tan de repente, tan de poca monta como la copa de vino que sostengo. Y él me hace dudar de cada palabra pronunciada, pues sus respuestas son siempre prontas aún para la idea más insólita; es sólo que esta hecho de parches y retoques, y su ropa es siempre tan estándar y su rostro tan Dorian, y no lo creo aunque me acerque a tocarlo, a husmear sus ranuras con el vientre y el habla. Todo es igual siempre, como si las horas no pasaran y siempre presente este presente infinito de colas astrales. Y es el pasado esta dínamo que se reinventa y pierde sus matices para ser una flecha atravesando el reloj, un pedazo de vidrio azul aquí y uno de pan al rato que es ahora. »

«Esther me mira desde su allá, me acerco a su carne de ene y vibrante simple, la respiro en cada tilde y escucho su ruego de no más tortura. Intento atrapar sus lágrimas, esas mismas que yo le he dado sin ella saberlo, unas gotas de ola pernoctando en su cabeza. Y el editor escuchará mi emoción de saberla inteligente y delgada, morena y paciente, pero no vivirá mis noches en vela esperando frente a una Olivetti que tal vez exista sólo a partir de ella y para ella. Saldré a medianoche cansado de esperarla. Caminaré por unas calles frías de pasos huecos para ir a la terminal de autobuses con su digestión de cabellos desordenados y ojos a medio abrir. Me dedicaré a observar a los pasajeros, en la ridícula pose de buscar en ellos un personaje; pero vendrá una, una mujer cargando una gran maleta con una mirada de no sé dónde conocida y claro, me recordará a Esther de pasos largos, Esther de boca fruncida, estrella cansada y llorosa, esta mujer-soledad; ella pensando en los mosquitos pegándose a su ventana. Ella con su copa de vino en la mano brindado por el arcoiris y el orgasmo, por ese Fausto que aún no termina de creer, por los encajes de sus vestidos harapientos, por el sol de mediodía, por... Y yo ahí desesperado, tomando notas de vez en cuando hasta que un policía se acerca y me mira asombrado, pienso que he de tener los ojos desorbitados; me manda a dormir amigo, yo me enojo, desde el fondo de sus ojos-macana ordena, me toma del brazo y me saca, lanzo un golpe en falso (nunca he sabido pelear) y me apretuja en su patrulla olorosa a tabaco. Y heme allí en la delegación llena de prostitutas de cabello rancio y rojo corrido en el rostro, borrachos de mala muerte en actitud de dioses, raterillos debutantes de tenis rotos, y por supuesto la categoría de golpeadores en que mi nombre brilla como letrero de neón. Y no oficial no estoy drogado, y no oficial trabajo, y no oficial chingue a su madre y aquí está una lana para que me deje en paz. Sudando mi coraje salgo, maldita sea no tengo para el taxi; camino con este frío de refrigerador para mariscos y cansado llego a casa, ese cuadrado estúpido donde Esther no está. »

 

II

«Y pensar que alguna vez tuve una foto... aún no logro recordar el momento de su pérdida; sólo la veo ahí atrapada en mi mente, disfrazada de gran dama para ir a la función de teatro a la que nunca asistió. Fue ese el día que la vi por última vez; dijo necesitar ir al baño y me senté a esperarla en el vestíbulo hasta que la función terminó; tal vez había entrado, tal vez volvería en cualquier momento. Los actores me impresionaron con sus disfraces sombríos como de muerte hambre hombre y sus risas contrastando. Llegué a preguntarme si era un sueño todo aquello, toda aquella Esther. »

«Te percibo de pronto, como si hubieras estado siempre ahí pegado a la pared y yo ciega distraída. Fausto me acaricia y es un viento rasgando quedo mi frente en la distancia. Tú estás en mi pensamiento, algo superior me atrapa obligándome a buscar tu cuerpo. Es como esas miradas mirando desde un fondo que sin embargo no podemos precisar. Así te veo, tú en un pozo pero ahí. Soy tu sombra. Precísame. »

 

III

«Puedo llegar a creerte aún más allá de este espacio confuso con su procesión de muerte y velorio. Ya no sé qué pensar. ¿Existo? Recuerdo a Borges y lloro. Si tan sólo Fausto no fuera un molde. ¿Y yo? Esta yo siempre igual cambiando a cada letra. De nuevo el canto surge incitándome a no deprimirme más, pero es sólo que las hojas se marchitan, o tal vez sólo sea el otoño. Madre, cuna de no-hambre, te perdí para asir el mundo y no sé aún hasta cuál punto fue esto mejor. La ventana sigue ahí pero ahora es de noche, una oscuridad de cebra sin estrellas y con una neblina apabullante. Ahora es negra y no me reconozco. Sé que afuera habitan los perros y las lavanderías, risas y mujeres pariendo, piernas colgando de alguna banca de parque y claustros repletos de niños ansiosos por salirse a jugar. Gente comprando mariposas muertas para cubrir su frío y sosteniendo sus controles remotos cada vez más ligeros, coincidiendo. Y yo aquí tan sólo una raya más en una carretera hacia la nada. ¿De qué sirve? ¿Cuánto basta este pensamiento azotándose, azotándose para darme jaqueca? Siento cómo todo se derrumba cada vez que tomo conciencia de algo. Caen los ladrillos como paja y un bajo balbucea en mis entrañas. Mi cuerpo tiembla. ¿Será el frío? ¿El café? Mi pobre mente apresada en una realidad única sencilla siempre fija y sin embargo, complicada. ¡Señora! Un
vaso con agua por favor. Salir a las calles pidiendo aventón. Pero no... el miedo. Ya no es posible tanta muerte, tanta hambre extendiendo sus manos elásticas de mendigo flaco. No es posible ya la imagen sin idea(caja idiota). Ya no es posible el tiroteo de abejas clavándose en los bebés y en las paredes. Ya no es posible... y sin embrago se mueve, y sin embrago... todo igual o peor. Todo por tu culpa Ernesto Suárez, lo has permitido repitiéndolo. Sí, tú, ese que me inventa. Igual a todos. ¿Y qué si grito mi resistencia a ser un personaje más de tu maravillosa narrativa sin publicar, para darle de comer a tu barriga emponzoñada de excesos? Tú el que vive con microondas y lavavajillas, desviviéndote por un carro y una rubia bien acá, comprando cigarros y mariposas, mirando con desprecio al limosnero igual a ti, latas de cerveza a media sala, botes de aguardiente a media acera, ¿y la diferencia? Eternizado en un montón de papel que no es más que el mundo. Sí claro, el gran mundo con tu ciudad en medio. Tu amada tierra talada. Claro. Ja,
ja. Créanlo todo. Sigamos plaga. Música por favor, mi cabello es ya bermejo y empiezo a sentarme frente a un escritorio con Olivetti y todo. ¡Cuidado! La barba aflora y los pies crecen. ¡Esther! Ese mentiroso no existe, pero siempre miraba por la ventana, no fuera que algún pájaro extraño cruzara el cielo. »

 

 

 

 

     
 

Adriana Chávez,
Villahermosa, Tabasco, 1979.

Actualmente estudia Lengua y Literatura Hispánicas en la U.V. Forma parte del consejo de redacción de Masmédula.

El presente relato fue publicado con anterioridad en la citada publicación.

 
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