e o m . tierra . 1 . julio 2001            
                     
                       
      e o m . tierra . 1 . julio 2001      
       


Fátima

Gabriel Rodríguez

       
                       
       

 

La mañana se detuvo un minuto a mirar los ojos de Fátima que despertaba. El sol rechinaba rodando por el cielo azul vacío sobre la bahía. Fátima se estiró bajo la sábana dejando que la mañana tensara su piel de cobre... hermosa morena de largos cabellos ondulados negros que abría los ojos aceituna para ver el techo blanco pecoso del hotel del puerto. Un brazo grueso y colorado le servía de almohada. No era ningún marinero. Un muchachito holandés, demasiado joven para tener una talla tan grande pero inocente en su forma de fruncir los labios al dormir. Fátima lo miró atenta mientras el vacío calcinado aguantaba un suspiro para no asustar los delfines que navegaban su mirada. Las manos de ella hacían mareas con su melena rubia, el sol que se filtraba por las cortinas navegaba entre las manos de Fátima y el mar de la cabeza del holandés... el agua en la bahía se dormía bajo el calor del sol. La cama se hundía en la luz de la mañana y los amantes parecían flotar en el aire caliente.

Fátima había llegado al puerto esa mañana. El muchacho llevaba varios días en la ciudad dejándose llenar por el aroma de las calles inclinadas, por la luz destilada entre los techos rojos que se veían desde la ventana más alta del hotel. Allí vio pasar a la mujer de senos firmes y piernas largas que rodaba con la cadencia de la música de los tambores que siempre parecían oírse muy lejos. Se restregó los ojos con la mano para poder ver mejor pero la mujer ya había desaparecido de la calle. Pensó en un oricha y se sentó a comer una rodaja fresca de piña. Después del baño, con la cabeza llena de aire del mar y deseos de andar la ciudad como un perdido, tropezó con la diosa en las escaleras del hotel... el muchacho de las maletas se quedó quieto sudando la mañana mientras los huéspedes se devoraban con los ojos. Fátima. Al holandés se le llenó la boca con un sabor a arena tibia cuando se atrevió a decir Fátima una y otra vez, hechizado con la mirada marina. Podría ser su madre, podría pero no lo era. La tarde fue un recorrido de ojos y manos por las calles de la ciudad: piernas de bahía y ojos de selva. Jamas había sentido nada, nunca había sentido nada. Pero Fátima era toda la ciudad y la bahía y el sol. Cuando terminaron en la cama desquitando el sudor y el olor de la ciudad y llenándose de ambos, sintieron el canto de las casas viejas y el llanto de las camas solitarias. Gemir de dos lenguas distintas que hablaban la misma carne y entregaban mordidas de mundos diferentes: él, de la selva del concreto y el frío, ella, de la selva verde y el mar multicolor del norte.

Pero ahora, en la mañana, Fátima se quitaba la pereza del calor y el aire tibio con los cabellos rubios del holandés que dormía a su lado... pensó en su hijo, ese hijo que dejó hace mucho en la selva con un hombre que dijo ser su padre, un hombre que quizá fuera su padre. Miraba los párpados y atrás de ellos se pintaba las imágenes difusas de otra tierra tan al norte, tan fría... y volvía a pensar en su hijo. ¿qué edad tendría ahora? ¿tal vez veinte? Repasaba con sus manos las líneas imaginarias del rostro del rubio. ¿y este niño cuántos años tendría? ¿diecisiete, tal vez dieciocho? Repasaba sus ojos y pensaba en su hijo, en la selva verde y en su corazón vacío.

Al otro lado del puerto, en la roca que adorna la mitad de la bahía, revoloteaban pájaros de colores y gritaba la arara con su pico de fuego. Fátima se deslizó con calma hasta la ducha del baño. El holandés no llegó jamás hasta ella, no la inundo en un adiós que recordara siempre. Al fin, sólo el agua.

Fátima se vistió y se fue. La última mirada la dejó regada en la habitación con las ventanas abiertas, esperando quizá que el sol y el viento no se llevaran el beso del niño cuando despertara. Bajó las escaleras haciendo repicar los tacones lentamente. Salió a la calle y no miró atrás. Fátima se dejó perder en la rúa empedrada que bajaba hasta la iglesia, después subiría un poco y se enfrentaría de lleno con el día... después, quizá, vendría la suerte.

 

 

 

     
 

Gabriel Rodríguez,
además de su labor docente y de investigación
en el ámbito universitario,
dirige la revista de arte y cultura

Zona de Tolerancia.

 
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