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El
lenguaje digital es el lenguaje visual de nuestra época. Sus
alcances gramaticales, sus posibilidades sintácticas y sus develamientos
semánticos le otorgan una identidad novedosa y en expansión
permanente...
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imaginar... imaginar... con el mouse en la mano... esta es
la operación básica a través de la cual cada creador
artístico aborda la emocionante experiencia de la invención
digital.
Las
posibilidades de la virtualidad icónica son materialmente infinitas
en su inmaterialidad. Precisamente esta paradoja otorga a este
tipo de lenguaje su mayor poder de seducción, su potencialidad
ilimitada como proceso creativo.
Ante
tantas herramientas al alcance de los productores de imágenes,
¿En dónde puede radicar la distinción que separe
a los simples maquiladores cibernéticos -especie de artesanos
de la modernidad tardía- de los artistas significativos dentro
de este campo de producción simbólica en vías de
consolidación?
La
cuestión que fundamenta la pregunta anterior, a pesar de las
singularidades tecnológicas de este medio, es esencialmente la
misma que subyace a todo intento de evaluar procesos artísticos.
Y este hecho permite ubicar -sin mayores discusiones, creo yo- la producción
artística por computadora dentro de la tradición.
Así, reflexiones y cuestionamientos del tipo ¿Qué
hubiera logrado Leonardo da Vinci con una Mac o una PC al alcance?,
no son simples desfases producto del ocio o de algo más interesante,
sino planteamientos que sugieren un reconocimiento de la fortaleza y
la extensión diacrónica del campo del Arte.
Pese
a todas las bondades y potencialidades de esta joven actividad, la práctica
y la divulgación de la misma, especialmente en un contexto como
el de nuestra ciudad, requiere una entrega total; es decir, deviene
verdadero acto de fe.
Desde
esta perspectiva, Ignacio Valdez -mejor conocido como Nacho, por aquellos
que tenemos el gusto de contar con su amistad- es, indiscutiblemente,
el máximo promotor y representante del arte digital producido
en Saltillo.
Está
ampliamente corroborado por la Historia del Arte, que la trascendencia
de un creador puede tener relación tanto con las cualidades de
sus obras artísticas, como con las acciones a través de
las cuales fomenta y hace tópico pertinente, para su tiempo y
lugar, el tipo de trabajo que realiza y representa. En esta doble acción
-creativa y promotorial- es en la cual toda actividad simbólica
adquiere su real significación como proceso sociocultural.
Por
esto, Nacho Valdez es nuestro más importante exponente del arte
digital. Y por si fuera poco su trabajo previo como fundador del proyecto
Eterea Ediciones, o como coordinador de este Primer Encuentro
Internacional de Arte Digital, ahora en su nueva exposición
titulada Mea Culpa, la cual hoy nos convoca, manifiesta notablemente
la evolución que como artista ha logrado a lo largo de los últimos
meses.
El
mismo Nacho -es decir, éste y no otro- nos lo señala desde
el título de la muestra: suya es la culpa, por potenciar las
características técnicas a su alcance a favor de un discurso
cada vez más inteligente y significativo. En esta serie, lo que
más me llama la atención es una constante claridad compositiva
-producto de una depuración basada en la economía de elementos
entendida como maximización de significados- que favorece notablemente
el juego de alusiones eróticas, religiosas, psicológicas,
mediáticas, urbanas: es decir, culturales. La culpa, como sentido;
la culpa como concepto sobre el cual reflexionar, a partir de la reconstrucción
de sentidos en base a la interpretación del que observa...
Frente
a este tipo de obras -y más allá del recurso de la enumeración
como forma socorrida de ocultar la falta de argumentos ante ellas- elaborar
un listado de algunos de los elementos, en apariencia dispares, delirantes,
pero organizados juguetona y maliciosamente -en la mejor acepción
de la palabra; es decir, la que se refiere a remover conciencias- puede
ser válido para reconocer las cualidades discursivas de su autor,
quien sabe perfectamente que, después de la semiótica,
está más que claro cómo la confluencia de dos elementos
disímbolos crea terceros sentidos, los cuales -en su caso- suelen
ser celebratorios, anárquicos, paradójicos y plenos de
sentido del humor inteligente -casi siempre en notoria complicidad con
los títulos de los trabajos-.
Así,
pues, un inventario actualizado de la iconografía valdeziana
-porque nachiana tal vez sonaría o muy gacho o muy Kinski-
sería el siguiente: por principio de cuentas -y espero no ser
acusado por ello de sexista por algún rugidor blanquiazul-, mujeres
bellísimas -vestidas o desnudas-, tenedores, tenedores y más
tenedores (con su inquietante polisemia), coronas de espinas (con su
primordial carga judeocristiana), clavos y más clavos (porque
con ellos Nacho anda bien clavado), angelitos kamikazes, flamígeros
corazones (para que no panda el cúnico), encendedores
bic que no saben fallar (ni siquiera en las candentes zonas del infierno
de la pasión), teléfonos de moneditas descolgados (¡¡¡¿¿¿A
poco en el mundo real existen todavía???!!!), el Santo sin lonjas
y sin voz impostadísima (más irreal que su rostro), un
sorpresivo marqués en mangas de playera, perros para todos los
gustos (uno inquietante y feroz, como el requinto introductorio de Jimmy
Page en Black Dog), unas paletitas tucsi poc (insuperables
para dejar el cigarro, me consta) y niñitos, varios niñitos
que nos miran con los mismos ojos pero desde diferentes años,
y nos dicen juguetonamente:
tranquilos,
tranquilos, que la culpa es mía...
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