e o m . fuego . 4 . octubre 2001            
                     
                       
        e o m . fuego . 4 . octubre 2001          
         

¡Mea culpa!
de Nacho Valdez

Valdemar Ayala Gándara

       
       

 

   
                       
       

 

El lenguaje digital es el lenguaje visual de nuestra época. Sus alcances gramaticales, sus posibilidades sintácticas y sus develamientos semánticos le otorgan una identidad novedosa y en expansión permanente...

... imaginar... imaginar... con el mouse en la mano... esta es la operación básica a través de la cual cada creador artístico aborda la emocionante experiencia de la invención digital.

Las posibilidades de la virtualidad icónica son materialmente infinitas en su inmaterialidad. Precisamente esta paradoja otorga a este tipo de lenguaje su mayor poder de seducción, su potencialidad ilimitada como proceso creativo.

Ante tantas herramientas al alcance de los productores de imágenes, ¿En dónde puede radicar la distinción que separe a los simples maquiladores cibernéticos -especie de artesanos de la modernidad tardía- de los artistas significativos dentro de este campo de producción simbólica en vías de consolidación?

La cuestión que fundamenta la pregunta anterior, a pesar de las singularidades tecnológicas de este medio, es esencialmente la misma que subyace a todo intento de evaluar procesos artísticos. Y este hecho permite ubicar -sin mayores discusiones, creo yo- la producción artística por computadora dentro de la tradición. Así, reflexiones y cuestionamientos del tipo ¿Qué hubiera logrado Leonardo da Vinci con una Mac o una PC al alcance?, no son simples desfases producto del ocio o de algo más interesante, sino planteamientos que sugieren un reconocimiento de la fortaleza y la extensión diacrónica del campo del Arte.

Pese a todas las bondades y potencialidades de esta joven actividad, la práctica y la divulgación de la misma, especialmente en un contexto como el de nuestra ciudad, requiere una entrega total; es decir, deviene verdadero acto de fe.

Desde esta perspectiva, Ignacio Valdez -mejor conocido como Nacho, por aquellos que tenemos el gusto de contar con su amistad- es, indiscutiblemente, el máximo promotor y representante del arte digital producido en Saltillo.

Está ampliamente corroborado por la Historia del Arte, que la trascendencia de un creador puede tener relación tanto con las cualidades de sus obras artísticas, como con las acciones a través de las cuales fomenta y hace tópico pertinente, para su tiempo y lugar, el tipo de trabajo que realiza y representa. En esta doble acción -creativa y promotorial- es en la cual toda actividad simbólica adquiere su real significación como proceso sociocultural.

Por esto, Nacho Valdez es nuestro más importante exponente del arte digital. Y por si fuera poco su trabajo previo como fundador del proyecto Eterea Ediciones, o como coordinador de este Primer Encuentro Internacional de Arte Digital, ahora en su nueva exposición titulada Mea Culpa, la cual hoy nos convoca, manifiesta notablemente la evolución que como artista ha logrado a lo largo de los últimos meses.

El mismo Nacho -es decir, éste y no otro- nos lo señala desde el título de la muestra: suya es la culpa, por potenciar las características técnicas a su alcance a favor de un discurso cada vez más inteligente y significativo. En esta serie, lo que más me llama la atención es una constante claridad compositiva -producto de una depuración basada en la economía de elementos entendida como maximización de significados- que favorece notablemente el juego de alusiones eróticas, religiosas, psicológicas, mediáticas, urbanas: es decir, culturales. La culpa, como sentido; la culpa como concepto sobre el cual reflexionar, a partir de la reconstrucción de sentidos en base a la interpretación del que observa...

Frente a este tipo de obras -y más allá del recurso de la enumeración como forma socorrida de ocultar la falta de argumentos ante ellas- elaborar un listado de algunos de los elementos, en apariencia dispares, delirantes, pero organizados juguetona y maliciosamente -en la mejor acepción de la palabra; es decir, la que se refiere a remover conciencias- puede ser válido para reconocer las cualidades discursivas de su autor, quien sabe perfectamente que, después de la semiótica, está más que claro cómo la confluencia de dos elementos disímbolos crea terceros sentidos, los cuales -en su caso- suelen ser celebratorios, anárquicos, paradójicos y plenos de sentido del humor inteligente -casi siempre en notoria complicidad con los títulos de los trabajos-.

Así, pues, un inventario actualizado de la iconografía valdeziana -porque nachiana tal vez sonaría o muy gacho o muy Kinski- sería el siguiente: por principio de cuentas -y espero no ser acusado por ello de sexista por algún rugidor blanquiazul-, mujeres bellísimas -vestidas o desnudas-, tenedores, tenedores y más tenedores (con su inquietante polisemia), coronas de espinas (con su primordial carga judeocristiana), clavos y más clavos (porque con ellos Nacho anda bien clavado), angelitos kamikazes, flamígeros corazones (para que no panda el cúnico), encendedores bic que no saben fallar (ni siquiera en las candentes zonas del infierno de la pasión), teléfonos de moneditas descolgados (¡¡¡¿¿¿A poco en el mundo real existen todavía???!!!), el Santo sin lonjas y sin voz impostadísima (más irreal que su rostro), un sorpresivo marqués en mangas de playera, perros para todos los gustos (uno inquietante y feroz, como el requinto introductorio de Jimmy Page en Black Dog), unas paletitas tucsi poc (insuperables para dejar el cigarro, me consta) y niñitos, varios niñitos que nos miran con los mismos ojos pero desde diferentes años, y nos dicen juguetonamente:

tranquilos, tranquilos, que la culpa es mía...