| e o m . aire . 3 . septiembre 2001 | ||||||||||||||||||||
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Fragmentos |
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De Poemas en prosa
I La
realidad me comienza en lo que escribo, se me mete en las heridas y
llena mi estómago de libros que suenan a muerte y a loco frenesí
de los pájaros del beso. Y yo sólo quisiera llorar hasta
morir; sin embargo, sería lindo asustar a una monja con una gladiola
en el ombligo, emborracharme con las espumas de un perro rabioso y,
sin tino ni radar del ser, culparme de mi asesinato.
Sólo quisiera un reposo de piedra y besos sobornados, sólo
quisiera a la inmortalidad como una mosca entre mis manos.
Ahora podría poner el corazón bajo los zapatos. me enferma
ser hombre, mojarme sin esperanza los pies con el rocío que escurre
sueños de las hojas que el verdugo dejó sin ángel
ni pupilo; la realidad me da tanto asco como la simple idea de suicidarme
por ver un payaso en las costuras del espejo. Asco, asco de mí
y de andar alrededor, de que en los periódicos la historia sea
una retrasada mental que le da las nalgas al primero que le inquiete
sus virtudes. Limpiados los calabozos, profundos de selva y amargura, de todo vestigio de mí anonimato en el este marino, que mis puños no sostengan, que mi lengua no afirme ya nada.
V
A Verónica Viola Fisher Nos
sedujo la posibilidad de graduarnos de imbéciles; de ir a vacacionar
al país de la muerte que hay dentro de quienes han sido preñadas
por un cheque al portador. Preferimos violar el erotismo de papel apolillado
de una mujer untada provocadoramente a los muros, antes que el flirteo
con una hormiga, en cuyo perfil la hermosura retrató su trayectoria.
No nos hermanamos con el gesto destrozado de aquel caballo de carreras
que se rompió las patas, que nunca ganó un premio y que
terminó haciendo comerciales de pasta dental, para que al verlo
un niño pudiera exclamar: " mira, parece que todos los equinos
se ríen con los dientes del abuelo."
¡Ah, pero como ni por un
segundo dudamos en intimar con quienes le ordeñaron sangre al
paisaje! Nuestra disposición a intimar se volvió en extremo
peligrosa: si por ejemplo, encontrábamos a nuestra novia en la
cama con un joven seductor, y este cínicamente feliz aseguraba
andar buscando entre las sábanas a un monstruo que lo atormentaba
desde niño, ¡bagatelas! por conveniencia terapéutica,
le permitíamos a su monstruo masacrar a besos la flor uterina
de nuestra pareja, antídoto contra cualquier mal del cuerpo y
del alma. Pronto nos dio por intimar con cuanto a nuestro paso se cruzaba: con las dentaduras postizas y con las fábricas de angustia. Con las heridas. Mirar la tierra era abrir un baúl lleno de posibilidades infinitas para intimar con todo. Pero nuestra amistad sólo interesó a piedras y ríos; al recordar a la gente con la que intimábamos, adquiríamos su misma propensión a no existir, a cerrar los sentidos con llave para no dejar entrar la ternura. Pobrecitos... no los odies. la culpa es nuestra por haber olvidado que en esta ciudad sólo los muertos sienten. Por eso, hoy que nos gusta mucho menos intimar, lo mejor sería mandar todo a la mierda y graduarnos de desdichados.
De La casa cerca del mar (Extracto del poema-novela Fragmentos de Hielo al Sol)
LIBRO
PRIMERO I En
el hacha que Oliverio tenía en la mano, las ceibas veían
nuestro rencor ansioso de destripar árboles. Una
caoba gritó adelantándose a las demás: " no
me tumbes, en mis raíces un niño de hielo duerme sobre
un lecho de lavas. Hoy es primavera en alguna de mis hojas , y si con
mi tacto de ciego no acaricio a mis hijos, se les olvidara como resistir
el monzón. ¡ay del que no quiera al niño, ay del
que nos quite la primavera!
"Qué raro es todo esto, Siete Mares, creo que no existimos,
que somos polvo que camina y alguien nos imaginó hace mucho.
si la muerte no nos sueña, jamás podremos existir. - dijo
el patrón- .
Siete Mares se carcajeó pensando que estaban borrachos. Creía
que tal milagro que lo hacía dialogar con los árboles
y con un patrón hebrio, era un signo de que ya era hora de mostrar
al océano quien mandaba. Por eso, ahora frente a una familia
de caobas, brincó muerto de felicidad por no olvidar su venganza:
"te tiraré puta, no me importa si con tu corazón
perece mi alma". Pero la caoba no mostró un mínimo
temblor. dijo: aquí es mi territorio, hace años deseaba
que jugaras bajo mi sombra. Hubiera sido mejor engullirte. ¿en
que parte de mi cuerpo quieres que sepulte al que no reconozca al dios
que en mí vela?. En medio de la aflicción, a Siete Mares le pareció ver llegar a un cura: "en verdad, bueno sería hacer una cruz para honrar el recuerdo de mi madre con estos árboles muertos que tontamente se mantienen en pie". Acaso para convencerse de que deliraba, Oliverio Trujillo dio un gran trago de aguardiente. Se puso a rezar un avemaría y pidió valor a sus manos para volverse asesino; mientras el hacha viajaba en el aire, hambrienta de talar esa vegetación de dioses, dentro del ramaje de la caoba se oyó suspirar una multitud de almas. Después de que Oliverio hiriera al primer árbol, todas las hojas tuvieron el rostro de la niña Ofelia, la luna de marzo anclada en su desnudez.
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