e o m . aire . 3 . septiembre 2001            
                     
                       
        e o m . aire . 3 . septiembre 2001          
         

Tres poemas

Héctor Leonel Reyes Mora

       
         

PAYASO CON PASTEL EN LA MANO

DE POR QUÉ EL MUNDO
SE PARECE DEMASIADO A SÍ MISMO

TIEMPOS MUERTOS

       
                       
       

 

 

PAYASO CON PASTEL EN LA MANO

 

Curvatura de íntimo pensamiento, adagio que poco sangra en los asientos, grumo de tarde bajo la lengua, me vino la tristeza óleo de un brochazo. Tendrá corazón de piedra que pobre ríe, tendrá ánima de langosta que el humor inhibe. Es la estatua de lo bueno, así, a secas insolado en la blancura profunda mañana de domingo. Lo miro y pienso ¿por qué se habrá vuelto loco? Si encuentra ternura al cruzar la calle, si lo que no muere está con él y cuando se le cae la corona al mostrar gacha la necesidad, el orbe de una flor desdice La Experiencia y gira el mundo. Gira. Me lo llevo a casa, hago que se sienta a sus anchas en mi cama. No lo imagino desnudo porque creo que no lleva encima nada. Brillan sus dientes, chispea su cara. Mientras me descalzo se fuma las manos y su mente vibra y me desacomoda. El espejo es una cuerda que olvidé saltar, los cajones del suelo son trampas al ignorante y peticiones de escrutinio al azar. Tendrá cientotreinta años pero no es feliz; su errancia como la hizo Dios y que ya no es maravilla, tiene reducto en mí. Abro la ventana y se le escapa el rostro, me enseña el hueso y finge atender que las tardes son gelatina y el bosque de allá una tela arrugada y vieja como él. Quisiera que fuera mi padre para decirle cualquier cosa que tuviera que ver con lo dulce del bien morir. Me desnudo ante su parvedad de ojos y lo veo venir, me toca relámpago sin arrebato, me alienta al pantano del rincón. No lo quiero. No soy su bella nieve del amor. Soy tal vez sometidas ganas de estallar, pero las esquirlas le harían daño otra vez. Lo quiero amar, amar en su gris postura. Roja de en medio me muerde las piernas y contempla de qué están hechas las ligeras luces del atardecer. Me atrapa y soy lengua que sabe a sal...

Me quedé dormida en el camión. Sólo recuerdo que fui a una fiesta y él no llegó, y más tarde rumbo a casa justo cuando aterricé la excitación una curva veloz me trajo la rebanada de pastel.

El payaso allá va luego de triunfar otra vez.

 

 

DE POR QUÉ EL MUNDO
SE PARECE DEMASIADO A SÍ MISMO

 

Comprendes que una vez hallada la orientación, las coordenadas te hablan de tantos sentidos como uno solo será el que te satisfaga y tiene que ver con la repetida manía de equivocarse, conjeturando que el sol conviene a la unidad y es el primer entrometido en la fiesta de los tres elementos de la historia.

Tu mujer, la arena y tú. Cuerpo, sílice en el retorno, polvo en que se desgasta la liviandad de dos cuerpos sensibles, fugitivos, como si aludel entre rocas y ojos reptilíneos, en el instante en que el Big se forma estela sanguínea de las cactáceas, y el Bang la ventura de poseer en las sienes una amplia frase que percute contra sí, fundando su abierta gesticulación: ¿por qué el mundo se parece demasiado a sí mismo?

Buscas bajo los pliegues de la pregunta minúscula: ¿a qué la reunión de arena si estás en un lugar ajeno a toda preocupación por construir?

Silencio que no significa si no la contingencia de un cuerpo sin agua ni luz, sitiado en las tres horas de la tarde, convencidas de no dejar que un azul intenso arrope confirmaciones de nadie, ni de quien esto lee, creyendo que se trata de un común acto desértico y nada más.

La certeza en segundo plano te invita a otra reflexión, aún más carnal, como si fuera lícito creer que la mujer es pasión mortal cual enredadera ominosa, en el punto en que la respiración se va por la mitad del ser y en soliloquio esa letra inadmisible se condensa y no emerge más que como risa de piedra; pequeñas flores levantan la cabeza para recibir su sacro soplo esplendoroso.

Ni quien las mire tan enteras o ¿tan parecidas a sí mismas?

Se va la idea como mayúscula sombra de águila, que no se quiere minar porque el espacio de su vuelo nada tiene que compartir con la humana hechura del principio. Además un vuelo es un vuelo y después de la explosión del pulgar índigo, las leyes del aire son muy semejantes a la duda capital.

Varado al ver árboles sin hojas y parvadas pensadas, llegas hasta ti y parece que todo se ha ido o se ha vaciado en cada elemento natural, guijarro o cosa transfigurada; así un río de color, brazo vegetal, prudencia mínima de saurio incapaz de interrumpir la progenie; una esquirla de viento a la luz informe, naranja y cobalto, espinas, lascas semidesnudas que se deslizan en la cordillera, entre el pecho de la mujer, esguince de las edades y el centro devastado del semen jeroglífico.

Sobre ti mismo la vuelta de una amplia valía que nadie atestigua, el arcano.

Llegar con la resaca, sin rastros extraños como cerrar y abrir los ojos y sentir que nada ha cambiado, ni el tiempo ha transcurrido.

 

 

TIEMPOS MUERTOS

 

En la mesa, en su oriente gris,
cuando el sí del frío aproxima el recuerdo,
cuando la sonrisa se ausculta
sin descubrir infame enfermedad,
y sale a explorar la longitud de la piel
que a solas se sumerge en la historia;
se asoma un libro o el libro que no se ha escrito,
que trae la signatura de la imposible mujer,
que esboza el cadáver lleno de proyectos en la mirada;
tiempos muertos donde se calcina la luz del canto,
donde el suave encuentro pide participación de sombras
y el minuto es hebra que transfigura la humedad de la tarea.

El poema suelta esquirlas,
se pierde la vertical en la pupila cristalina de la ventana,
la dificultad de atrapar la voz,
el ensayo pertinaz de escribir en la hoja,
el filo mistérico que coloca a la deriva
los hombros del que escribe.

En la mesa, en el filo de la silla,
donde la sal se alía a los pliegues de un destino nocivo y desaforado,
donde la mácula del insomnio provoca contracturas
en los labios de La Intuitiva,
donde el juego de piernas no arguye victorias,
donde el acomodo echa raíces invisibles;
salta una idea y se marcha con el viento a ser lumínica faz,
y se estrella contra el pecho citadino del horizonte
y el sonido que despide cae por la barba de la tristeza.

En la mesa, en su boca abierta que nos engulle,
el sitio para el ser indiviso
y su golpe mortal de clarividencia,
salta el poema y se diluye
con el sordo placer de la marginada saciedad.

 

 

 

 

     
 

Héctor Leonel Reyes Mora
Xalapa, Ver. 1967. Estudios de psicología en la Universidad Veracruzana. Ha publicado en diversas revistas y suplementos de Veracruz. Escribe poesía y ha participado y coordinado actividades en talleres de creación literaria. Actualmente es productor y locutor independiente de Radio Cultural Universitaria en la capital del Estado.

 
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