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Un
día descubres que brotan en tu piel tres mil gusanos,
pero tu piel callada, mansa, suave, se extiende bajo el sueño
y bebe de la luz como una nube, tu piel. Tres mil gusanos
culebrean vermiformes sobre el lago. La brisa riza el agua
y ya no hay nubes, sólo vermes que alargan y contraen su figura
para avanzar entre los leves declives de tus dedos. Ya no hay luz.
Sientes hilos helados en el agua y te abrazas al aire y eres aire
sin forma y eres tierra sin forma que cruza como arena el orificio
entre dos mudos conos de cristal. Húmeda piel vibra en el sueño,
desnuda piel, abierta herida. Parpadean mariposas que se alejan,
revolotean y descienden sobre un lago extendido en otra piel.
Si
en la noche se abrieran los jardines
descubriendo las horas, si en la noche
se abrieran las verjas y las jaulas,
si en la noche volvieran los mensajes
que fueron las palomas, si en la noche
callaran las lechuzas y los grillos
y en la noche danzaran las estrellas
y cantara en la noche ya la niebla,
ya el olvido, ya la muerte,
para no ser opacas gemas afiladas,
para no poder ser nada ni en sí mismas
ni en la noche, si en la noche
al regresar sin temor a los espejos
de la noche, en la noche, me abrazaras...
Acudirán
los peces a la frágil carnaza de los sueños,
las lombrices oscuras, hacinadas. Con silente paciencia
juega la esperanza con los matojos secos de la orilla.
Libélulas etéreas suspendidas vigilan a las larvas
y velan a esta hora los anfibios en el filo del agua.
La pereza del aire se acrecienta sobre el hilo callado
de las dudas y el verano pone fuego en la frente
brillante del olvido. Acudirán los peces al engaño.
Vibra la soledad en la maleza y hay bruma en el paraje.
En
caja de cartón guardas un cofre,
en el cofre unos anillos y otra caja,
en la caja unas postales y algún sobre,
en uno de los sobres una carta
y en la carta sólo el eco de un sonido.
El sonido se escucha ciertas noches
cuando cierras los ojos y alguien llueve
lejano en el jardín. Viajas entonces,
con los anillos, sobre aquellas ciudades
buscando algún lugar donde esconderte.
Duerme
Antínoo bajo las aguas, permanece
en su lecho de algas y de piedras
dormido para siempre, y siempre
es una llaga abierta sin olvido.
Ahora es mármol herido, bronce oscuro,
leyenda de su imagen inventada
porque, joven, fue bello y fue amado.
Duerme en las aguas cálidas del hombre
que necesita huir de su desierto
para abrazar el origen más antiguo
y yacer en el sueño de la vida.
Quien
sueña en el sonido de los nombres ocultos a la voz.
Quien los escribe en el espacio negro de las noches huecas.
Quien percibe la mirada de pájaros de luna que acechan
la oscuridad del sueño, y vela el parpadeo de las sombras,
el latido alterado de confusos reflejos de ignota luz ajena.
Quien presiente la luz.
Quien adivina.
Quien mide la distancia.
Quien recuerda.
Quien roba las palabras.
Quien las puebla.
Quien bebe de la brisa de una imagen para calmar su afán
y yace en una boca descarnada, acunado en los labios de su boca.
Quien roza con las yemas de los dedos el espesor del aire
y traza sus contornos imposibles en la seda desnuda de su piel.
Quien vuela en la quietud y atraviesa la tempestad del agua.
Quien tiembla por el frío y hace leña del tronco, y la
recoge,
y ordena su memoria en los fragmentos que avivan el hogar.
Quien quisiera saberse y se persigue en un reflejo de cristal
poniendo la mirada en las pupilas abiertas de la noche.
Quien hace del papel bolas de nieve y luego las deshace
cual un juego de infancia que no cesa,
en
un fuego sin humo ni ceniza.
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Francisco
Javier Cubero,
después
de haber trabajado muchos años en grises oficinas, estudia
Filología Hispánica en la Universidad de Barcelona.
Es autor de varios libros
que no han interesado ni a los premios
literarios ni a los editores.
Ahora, diseña estas páginas
con
ilusión y
espera gozar de vuestra simpatía.
Con eom,
sigue buscando la belleza.
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