17
diciembre 2002

 

Manuel
  Garrido

 
 Palacios

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Tratado de Amores imposibles

de JOSÉ SARRIA

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17
diciembre 2002

Manuel
  Garrido

 
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Tratado de Amores imposibles

de JOSÉ SARRIA

Ediciones Libertarias. Madrid 2002

 

       Un libro de Poesía no es un libro más nunca. Es un libro especial siempre. Digo Poesía con mayúscula para diferenciarla del ripio, del verso subvencionado, del insufrible «¡Oigo, Patria, tu aflicción...!», de las Odas a don Cristóbal el descubridor, de la obra recomendada por el crítico de cabecera, tantas veces autonombrado por la ley de los fenómenos incomprensibles, etc.

       Quien no hace nada de esto, ni siquiera es poeta con minúscula, según se entiende el término en cuanto a publicar libros con semejante enseña, pero sí es un lector de Poesía que pone empeño en entender ese lenguaje que va desde la cima excelsa hasta el envilecimiento de la palabra, sabe, al menos, que el verdadero Poeta no necesita anunciarse, ni pastar a la sombra de instituciones para trapichear limosnas con las que alimentar su curriculo, ni vestir galas exteriores —arma de dos filos— que tantas veces marcan, precisamente, lo que no se es por dentro.

       Viene esto de tirón porque cuando se recibe un libro como el que acaba de sacar José Sarria: Tratado de amores imposibles, se suelen colocar todas esas posturas banales en el baúl de lo inútil para agradecer la presencia de alguien que, aún en los tiempos que corren, hace algo tan complicadamente sencillo como Poesía.

       Dios me libre de calificar algo de bueno o de malo. Se trata de ser o de no ser. Uno no es más que un viajero que se embarca en unas páginas abiertas y que, ya metido en ellas, sólo puede, o seguir a ver si alcanza la isla que el libro propone, o bajarse en marcha y dedicar su tiempo a ver pájaros.

       Ante la obra sincera de Sarria, que se interna en el mar del amor desde el primer respiro, a sabiendas de que «ninguna pasión perdura / el número de cada noche», le apetece al ánimo quedarse en la travesía para asistir a una variedad de formas de amar o desamar que, no por eternamente arcaicas, dejan de sorprender. Página a página, como un paseante por cubierta, ve que «un amante novicio pide a la amada que le muestre su corazón, y ella se abrió una brecha en el pecho con puñal de plata». Luego le ocurrió, a ella o a otra —somos los mismos por los siglos de los siglos—, que «no pudo detener su herida y el alma se le quebró en mil pedazos». Al fin, «se ahogaba con la última tempestad», porque «no hubo terapias, remedios ni pócimas con que calmar su dolencia», aún con las manos aferradas «a unas viejas cartas de navegación». A pesar de la mortal singladura, «nadie dio crédito a su historia», y menos cuando ya fue tan sólo espíritu para «transitar por entre los caballetes de los jóvenes pintores».

       Bien conoce Sarria que todos los amores son el amor; es por lo que su libro, que parece contener muchos amores diferentes, cuando se lee hasta el colofón, deja ver con claridad que sólo un amor lo habita, uno dividido en celdas, o capítulos. Le pasa lo que al árbol del poema XV, en cuyo «tronco se pueden leer inscripciones de amores eternos», a pesar de los otoños, de las podas, de los nidos o del resurgir de su propia muerte cada primavera, porque «el amor, como todo lo imposible, es lo único real».

       Real es esta entrega poética de José Sarria; tan real que ha hecho que un escéptico en activo navegue sobre sus versos —renglones, líneas, olas, ¡qué más da!— hasta conocer esa isla propuesta donde «el hombre había estado tan cerca del amor que su corazón estuvo a punto de acabar carbonizado».

 

Manuel Garrido Palacios

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