17
diciembre 2002

 

Domingo
  López

 
 

Datos en el
índice de autores

 

Cero

eom
volver a Tierra

 

 

 

 

 

 

17
diciembre 2002

Domingo
  López

 
 


eom
volver a Tierra


Cero

 

—¡Hola!

Con el pomo en la mano oyó cómo, detrás de él, en la televisión, una ráfaga terca de metralleta debía de haber acabado con todos los malos previstos de la película.

Irresoluto, ceñudo y asombrado, podía parecer que llevaba horas o días así, mientras la aguardante soledad le espiaba el crecimiento de la barba o la creciente cara insana, esperando sin motivo que entrara alguien por la ofrecida puerta abierta, cualquiera, un fantasma, un espanto, una rata o ella mismo.

— Vengo a verte y a darte un abrazo —dijo, sonriendo, nerviosa, como si de un momento a otro tuviera que florecer y le diera vergüenza.

—Hola. Entra —dijo él, confuso, pobre y casi asustado, como si ella llevara un ramo de tristeza para ofrecérselo o un plumero para, pasándolo por su cuerpo, poder volver a verlo.

—No sé qué pensarás de mí...pero he querido venir para... ¡¡Mierda!!, aulló un actor, rabioso, con la cara sucia, sin casco y calvo. Lo vio de reojo, durante unas décimas de segundo. Tras el tipo creyó distinguir lo que debía ser un incendio pavoroso.

—Siéntate, por favor. No te esperaba... —y ofreció con la mano el sofá, el suelo o la maceta con tierra y un palito seco, antaño tallo con hojas excesivas. Ella la miró, la vio enseguida, ("penoso, inútil semillero de sus esputos", pensaría más tarde) tan inútil y muerta.

—Perdona que no pueda ofrecerte nada de beber. Bueno, —y sonrió ( "como si no tuviera ganas o no supiera o...")— algo de agua buena queda...la del grifo...ya sabes........

—Precisamente tengo sed, son seis pisos y ... ("y el suicida en potencia no se decide, aún no emprende el vuelo")...la vejez...

Desde la cocina ("...hay que joderse") oyó una explosión tremenda. "A la misma mierda la Base Camuflada, el polvorín secreto, el mismísimo culo de Hitler", pensó, limpiando uno de los tres vasos que tenía.

—¡Si no te importa, me la traes fresquita! —le dijo la mujer desde la sala, mirando el ("el mismo piso, una decoración distinta pero desganada y paralela, una foto del consabido Onetti, un su maestro, lástima de los dos, la mesa, la silla donde se sentará a intentar poetar, a...")

Vertió el agua embotellada y aunque sabía que no tenía hielo, buscó en el frigorífico. Contempló fascinado las tres croquetas congeladas y sueltas. "El frío, cuándo lo olvidaré, es un elemento dramático como otro cualquiera". Con un cuchillo logró despegar del hielo una.

¡¡Maldita sea, Pantera Rosa, Pantera Rosa, respondaaa!! "Los huevos va a responder", pensó, con la croqueta pinzada por dos dedos y a un palmo arriba del centro aproximado del vaso de agua. "Más balas, bandadas de tiros, vuelos rasantes, ¿de Fokers?, bombas, el tipo encabronado con la Pink Panter, el silbo de un pepino explotante, ¿mortero?", pensó, aún con la croqueta sobre el vaso, con su paz temblorosa también dinamitada. No volvió a oír la voz del tipo. "El impacto del pepino en toda la cabeza hueca del radiotelegrafista". "Mortero y blanco craneal". Choff. "Seis pisos".

—Fulgencio, ¿te ocurre algo?

—Enseguida voy, Encarnación.

Dejó la croqueta ahogándose en el agua y llenó otro vaso.
En la pantalla se combatía cuerpo a cuerpo. Un alemán y "¿un inglés, un norteamericano?", se ensartaban sin urbanidad sus respectivas bayonetas. Primer plano de la cara del alemán. Ojos desorbitados, mueca espléndida. "Puede o debería incluso haberse cagado, aunque no se sabrá nunca", pensó, posando delicadamente el vaso de agua sobre la mesa y devolviéndole la sonrisa a la mujer apenas sentada.

—Siento, ciertamente, lo que pasó. No quise herirte, pero...("¿habrá demorado tanto en la cocina porque me ha puesto veneno? ¿Incoloro...insípido...de efecto retardado o fulminante...el muy...) y agarró el vaso como para hacer tiempo, mirándolo (...hijo de puta?") con recelo, curiosidad o fingida seriedad.

¡¡¡Noooo!!!, gritó el paracaidista, "¿inglés o norteamericano?", enganchado en el saliente de una cornisa, al alemán de turno que desde abajo le apuntaba calmoso y cabroncete.

—A palmarla, carajo.

—¿Cómo?

—Nada, hablaba de la película...

En el Cuartel General Provisional, a 800 kilómetros del sangrante frente los altos mandos se limaban las uñas, jugaban con soldaditos sobre un mapa enorme. De vez en cuando se acercaban a la ventana, por turnos, y mirando por esta, decían, con las manos atrás y la mirada perdida, cualquier disparate.

—Las líneas enemigas avanzan. Necesitamos aunar efectivos para organizar un plan envolvente y de choque.

Fulgencio miró al imbécil que había hablado. Estaba, efectivamente, mirando por una ventana. Como no había hecho el servicio militar no supo distinguir la graduación, los galones, estrellas, planetas o chapas de botellas. "¿Capitán?¿Comandante Universal de las Fuerzas Cabreadas?". En fin.

—¿No querías agua?

—Eh...sí...—y bebió, bueno, apenas mojó los labios ("turgentes, otra de las palabras mágicas que nunca me dijo...¿o sí?") Lo miró, lo vio mirar la tele ("no lo creo capaz de asesinarme...aunque...yo no pedí nada de beber...")

—Si no quieres más échala en la maceta, por favor, se está secando... ¿"o se está muriendo el insecto palo?".

Vació toda ("está seca, no podré comprobar nunca lo del veneno"), estremeciéndose ligeramente.

Ruido de cadenas, chirridos. Miró nerviosa la televisión. ("Tanques")

—¿Tienes frío?

— Eh...no...el frío...el frío es un elemento dramático como otro cualquiera. Lo solías decir mucho ¿no?.

El frío. Ahora que lo pensaba, en la película no había salido la nieve. Debía ser el frente sur o el oeste o el sudoeste o...

—¿Está bien el film? —preguntó increíblemente ella.

—Es de guerra —le contestó. "El sujeto y el predicado", pensó sin querer.

—Fulgencio, ya oíste bien lo que te dije. Te debo una explicación...te quiero suficientemente pero como un amigo...

Iba a decir de esos que ya no quedan, de verdad, estoy seguro, pero lo impidió el fragor repentino de las bombas. Volumen 7. Lo miró, esta vez de reojo, con rabia, haciendo montoncitos mentales con absolutamente todos los malos recuerdos a su lado, reales, posibles o inventados.

Abrió el bolso, encendió un cigarro.

—¿Te importa darme uno? —preguntó, sintiendo acomodarse el fastidio, el dolor, la estulticia y el aburrimiento. "Suficientemente o mucho o bastante o considerablemente", pensó.

Le dio el pitillo, encorvado pero nuevo, y por primera vez ,
fugazmente, se clavaron los ojos ("tristones, saltones, mi olvido cebándose con su cara, con esa manera especial de mirar...él...")

Las explosiones seguían destruyéndolo todo, con ahínco, como si lo hicieran de una puta vez. Oyeron las alarmas antiaéreas de la ciudad bombardeada. "¿Londres?".

—Gracias.

Tuvo el tiempo justo de darlas antes de que el timbre del interfono sonara impetuoso y desagradable. Fulgencio se levantó ("me han dado ganas de acercarle el bastón que no tiene o le impongo, pero que debería tener aunque sea para mí, aunque sea simbólicamente")

—Si tenías o tienes alguna visita y molesto, me voy y nos vemos otro día ("de cualquier año"), dijo ella, inquieta, imaginándose el estilo de la mujer ("porque debe ser una mujer o debería serlo, allí, seis pisos más abajo, dos horas después de salir de la reconfortante ducha y ponerse la ropa interior más sexy o más bonita o...")

—No te preocupes, no espero a nadie.

Agarró el auricular.

—¿Sí...quién es...? No, aquí no es...no...bueno, espera ¿Tú has pedido una pizza mediana con extra de mozzarella?

Encarnación se rió enseñando todos los dientes, sin ganas, tosió, negó por fin con cabeza.

—Lo siento, no es aquí. Vale.

Colgó. "Definitivamente no, no es aquí", pensó.

En la tele avanzaban los buenos, "¿ingleses o norteamericanos?" La cosa se iba enderezando.

—¿Tienes hambre?

—Oh, pizza, non grachia —dijo estúpidamente la pobre.

—Otro día será, no hay que afligirse —dijo imbécilmente el desgraciado.

—¿La visita?

—No, la pizza.

Sonrió, intentando ser, qué tontería, afable, buena gente, maleable en suma, como una mierda tierna.

Los malos caían como moscas envenenadas, se rendían. Al poco rato las tropas aliadas vencían, desfilaban bajo el Arco del Triunfo, volvían a casa, victoriosos, lisiados, locos o simplemente cornudos.

—Creo que me voy a ir, Fulgencio, tengo una cita ("¿o era unos planes o una proposición emocionantemente indecente o...?")

—Claro.

Se levantaron de los asientos y fueron hacia el hall. Ella se retocó ligeramente el pelo en el espejo ("donde la soledad lo verá llegar con la cara moribunda")

—No hemos hablado gran cosa, entre la película y... —dijo ella, sorprendiéndose exageradamente idiota, al fin.

—Sí, la película... —y de repente se acordó de Glenn abofeteando aliviosa y célebremente a Rita.

Se dieron unos besos rápidos en las mejillas, donde cayeran. Adiós. Hasta otra. Tal vez. Quién sabe. Eso. Sí. Chau.

Cerró la puerta y se tiró una ventosidad, cabizbaja como todas las suyas. Suspiró, agotado. Se hurgó en el bolsillo de la camisa y sacó medio puro. Lo encendió. En la tele ascendían los títulos de crédito. Sonrió. Sí, ahora podía empezar...su película...su plan....bélico.

Corrió hacia la cocina. "Seis pisos, sin ascensor porque está averiado.

Tic
tac, tic-tac- tic-tac..." Sacó del congelador las dos croquetas. "Dos bombas, qué joder", pensó, casi ilusionado. Se acercó al balcón que daba a la calle. En el portal del bloque 5 ya estaba ella, increíble. Debió bajar corriendo, rodando, rebotando, huyendo despavorida.

Alargó un brazo y dejo caer al vacío una croqueta. Se tiró en el sofá tapándose los oídos:

— Seis...cinco...cuatro...tres...dos...uno...cero...¡cero!...

Se levantó a mirar. Ella no estaba. La croqueta sí, estampada en la acera, ¿o era un cagajón de perro inmundo? Miró la que tenía en la mano. Acme. Marca Acme. Se imaginó su cara, convertida en la del Coyote del Correcabróncaminos, con las orejas caídas y una desoladora y resignada expresión. No le debía de dar tiempo a saludar ni decir adiós. La croqueta le tenía que explotar antes.

 

Domingo López

inicio

volver a Tierra