|
¡Hola!
Con
el pomo en la mano oyó cómo, detrás de él,
en la televisión, una ráfaga terca de metralleta debía
de haber acabado con todos los malos previstos de la película.
Irresoluto,
ceñudo y asombrado, podía parecer que llevaba horas
o días así, mientras la aguardante soledad le espiaba
el crecimiento de la barba o la creciente cara insana, esperando
sin motivo que entrara alguien por la ofrecida puerta abierta, cualquiera,
un fantasma, un espanto, una rata o ella mismo.
Vengo a verte y a darte un abrazo dijo, sonriendo, nerviosa,
como si de un momento a otro tuviera que florecer y le diera vergüenza.
Hola.
Entra dijo él, confuso, pobre y casi asustado, como
si ella llevara un ramo de tristeza para ofrecérselo o un
plumero para, pasándolo por su cuerpo, poder volver a verlo.
No
sé qué pensarás de mí...pero he querido
venir para... ¡¡Mierda!!, aulló un actor, rabioso,
con la cara sucia, sin casco y calvo. Lo vio de reojo, durante unas
décimas de segundo. Tras el tipo creyó distinguir
lo que debía ser un incendio pavoroso.
Siéntate,
por favor. No te esperaba... y ofreció con la mano
el sofá, el suelo o la maceta con tierra y un palito seco,
antaño tallo con hojas excesivas. Ella la miró, la
vio enseguida, ("penoso, inútil semillero de sus esputos",
pensaría más tarde) tan inútil y muerta.
Perdona
que no pueda ofrecerte nada de beber. Bueno, y sonrió
( "como si no tuviera ganas o no supiera o...")
algo de agua buena queda...la del grifo...ya sabes........
Precisamente
tengo sed, son seis pisos y ... ("y el suicida en potencia
no se decide, aún no emprende el vuelo")...la vejez...
Desde
la cocina ("...hay que joderse") oyó una explosión
tremenda. "A la misma mierda la Base Camuflada, el polvorín
secreto, el mismísimo culo de Hitler", pensó,
limpiando uno de los tres vasos que tenía.
¡Si
no te importa, me la traes fresquita! le dijo la mujer desde
la sala, mirando el ("el mismo piso, una decoración
distinta pero desganada y paralela, una foto del consabido Onetti,
un su maestro, lástima de los dos, la mesa, la silla donde
se sentará a intentar poetar, a...")
Vertió
el agua embotellada y aunque sabía que no tenía hielo,
buscó en el frigorífico. Contempló fascinado
las tres croquetas congeladas y sueltas. "El frío, cuándo
lo olvidaré, es un elemento dramático como otro cualquiera".
Con un cuchillo logró despegar del hielo una.
¡¡Maldita
sea, Pantera Rosa, Pantera Rosa, respondaaa!! "Los huevos va
a responder", pensó, con la croqueta pinzada por dos
dedos y a un palmo arriba del centro aproximado del vaso de agua.
"Más balas, bandadas de tiros, vuelos rasantes, ¿de
Fokers?, bombas, el tipo encabronado con la Pink Panter, el silbo
de un pepino explotante, ¿mortero?", pensó, aún
con la croqueta sobre el vaso, con su paz temblorosa también
dinamitada. No volvió a oír la voz del tipo. "El
impacto del pepino en toda la cabeza hueca del radiotelegrafista".
"Mortero y blanco craneal". Choff. "Seis pisos".
Fulgencio,
¿te ocurre algo?
Enseguida
voy, Encarnación.
Dejó
la croqueta ahogándose en el agua y llenó otro vaso.
En la pantalla se combatía cuerpo a cuerpo. Un alemán
y "¿un inglés, un norteamericano?", se ensartaban
sin urbanidad sus respectivas bayonetas. Primer plano de la cara
del alemán. Ojos desorbitados, mueca espléndida. "Puede
o debería incluso haberse cagado, aunque no se sabrá
nunca", pensó, posando delicadamente el vaso de agua
sobre la mesa y devolviéndole la sonrisa a la mujer apenas
sentada.
Siento,
ciertamente, lo que pasó. No quise herirte, pero...("¿habrá
demorado tanto en la cocina porque me ha puesto veneno? ¿Incoloro...insípido...de
efecto retardado o fulminante...el muy...) y agarró el vaso
como para hacer tiempo, mirándolo (...hijo de puta?")
con recelo, curiosidad o fingida seriedad.
¡¡¡Noooo!!!,
gritó el paracaidista, "¿inglés o norteamericano?",
enganchado en el saliente de una cornisa, al alemán de turno
que desde abajo le apuntaba calmoso y cabroncete.
A
palmarla, carajo.
¿Cómo?
Nada,
hablaba de la película...
En
el Cuartel General Provisional, a 800 kilómetros del sangrante
frente los altos mandos se limaban las uñas, jugaban con
soldaditos sobre un mapa enorme. De vez en cuando se acercaban a
la ventana, por turnos, y mirando por esta, decían, con las
manos atrás y la mirada perdida, cualquier disparate.
Las
líneas enemigas avanzan. Necesitamos aunar efectivos para
organizar un plan envolvente y de choque.
Fulgencio
miró al imbécil que había hablado. Estaba,
efectivamente, mirando por una ventana. Como no había hecho
el servicio militar no supo distinguir la graduación, los
galones, estrellas, planetas o chapas de botellas. "¿Capitán?¿Comandante
Universal de las Fuerzas Cabreadas?". En fin.
¿No
querías agua?
Eh...sí...y
bebió, bueno, apenas mojó los labios ("turgentes,
otra de las palabras mágicas que nunca me dijo...¿o
sí?") Lo miró, lo vio mirar la tele ("no
lo creo capaz de asesinarme...aunque...yo no pedí nada de
beber...")
Si
no quieres más échala en la maceta, por favor, se
está secando... ¿"o se está muriendo el
insecto palo?".
Vació
toda ("está seca, no podré comprobar nunca lo
del veneno"), estremeciéndose ligeramente.
Ruido
de cadenas, chirridos. Miró nerviosa la televisión.
("Tanques")
¿Tienes
frío?
Eh...no...el frío...el frío es un elemento dramático
como otro cualquiera.
Lo solías decir mucho ¿no?.
El
frío. Ahora que lo pensaba, en la película no había
salido la nieve. Debía ser el frente sur o el oeste o el
sudoeste o...
¿Está
bien el film? preguntó increíblemente ella.
Es
de guerra le contestó. "El sujeto y el predicado",
pensó sin querer.
Fulgencio,
ya oíste bien lo que te dije. Te debo una explicación...te
quiero suficientemente pero como un amigo...
Iba
a decir de esos que ya no quedan, de verdad, estoy seguro, pero
lo impidió el fragor repentino de las bombas. Volumen 7.
Lo miró, esta vez de reojo, con rabia, haciendo montoncitos
mentales con absolutamente todos los malos recuerdos a su lado,
reales, posibles o inventados.
Abrió
el bolso, encendió un cigarro.
¿Te
importa darme uno? preguntó, sintiendo acomodarse el
fastidio, el dolor, la estulticia y el aburrimiento. "Suficientemente
o mucho o bastante o considerablemente", pensó.
Le
dio el pitillo, encorvado pero nuevo, y por primera vez ,
fugazmente, se clavaron los ojos ("tristones, saltones, mi
olvido cebándose con su cara, con esa manera especial de
mirar...él...")
Las
explosiones seguían destruyéndolo todo, con ahínco,
como si lo hicieran de una puta vez. Oyeron las alarmas antiaéreas
de la ciudad bombardeada. "¿Londres?".
Gracias.
Tuvo
el tiempo justo de darlas antes de que el timbre del interfono sonara
impetuoso y desagradable. Fulgencio se levantó ("me
han dado ganas de acercarle el bastón que no tiene o le impongo,
pero que debería tener aunque sea para mí, aunque
sea simbólicamente")
Si
tenías o tienes alguna visita y molesto, me voy y nos vemos
otro día ("de cualquier año"), dijo ella,
inquieta, imaginándose el estilo de la mujer ("porque
debe ser una mujer o debería serlo, allí, seis pisos
más abajo, dos horas después de salir de la reconfortante
ducha y ponerse la ropa interior más sexy o más bonita
o...")
No
te preocupes, no espero a nadie.
Agarró
el auricular.
¿Sí...quién
es...? No, aquí no es...no...bueno, espera ¿Tú
has pedido una pizza mediana con extra de mozzarella?
Encarnación
se rió enseñando todos los dientes, sin ganas, tosió,
negó por fin con cabeza.
Lo
siento, no es aquí. Vale.
Colgó.
"Definitivamente no, no es aquí", pensó.
En
la tele avanzaban los buenos, "¿ingleses o norteamericanos?"
La cosa se iba enderezando.
¿Tienes
hambre?
Oh,
pizza, non grachia dijo estúpidamente la pobre.
Otro
día será, no hay que afligirse dijo imbécilmente
el desgraciado.
¿La
visita?
No,
la pizza.
Sonrió,
intentando ser, qué tontería, afable, buena gente,
maleable en suma, como una mierda tierna.
Los
malos caían como moscas envenenadas, se rendían. Al
poco rato las tropas aliadas vencían, desfilaban bajo el
Arco del Triunfo, volvían a casa, victoriosos, lisiados,
locos o simplemente cornudos.
Creo
que me voy a ir, Fulgencio, tengo una cita ("¿o era
unos planes o una proposición emocionantemente indecente
o...?")
Claro.
Se
levantaron de los asientos y fueron hacia el hall. Ella se retocó
ligeramente el pelo en el espejo ("donde la soledad lo verá
llegar con la cara moribunda")
No
hemos hablado gran cosa, entre la película y... dijo
ella, sorprendiéndose exageradamente idiota, al fin.
Sí,
la película... y de repente se acordó de Glenn
abofeteando aliviosa y célebremente a Rita.
Se
dieron unos besos rápidos en las mejillas, donde cayeran.
Adiós. Hasta otra. Tal vez. Quién sabe. Eso. Sí.
Chau.
Cerró
la puerta y se tiró una ventosidad, cabizbaja como todas
las suyas. Suspiró, agotado. Se hurgó en el bolsillo
de la camisa y sacó medio puro. Lo encendió. En la
tele ascendían los títulos de crédito. Sonrió.
Sí, ahora podía empezar...su película...su
plan....bélico.
Corrió
hacia la cocina. "Seis pisos, sin ascensor porque está
averiado.
Tic
tac, tic-tac- tic-tac..." Sacó del congelador las dos
croquetas. "Dos bombas, qué joder", pensó,
casi ilusionado. Se acercó al balcón que daba a la
calle. En el portal del bloque 5 ya estaba ella, increíble.
Debió bajar corriendo, rodando, rebotando, huyendo despavorida.
Alargó un brazo y dejo caer al vacío una croqueta.
Se tiró en el sofá tapándose los oídos:
Seis...cinco...cuatro...tres...dos...uno...cero...¡cero!...
Se
levantó a mirar. Ella no estaba. La croqueta sí, estampada
en la acera, ¿o era un cagajón de perro inmundo? Miró
la que tenía en la mano. Acme. Marca Acme. Se imaginó
su cara, convertida en la del Coyote del Correcabróncaminos,
con las orejas caídas y una desoladora y resignada expresión.
No le debía de dar tiempo a saludar ni decir adiós.
La croqueta le tenía que explotar antes.
©
Domingo
López
|