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Descubrí
el procedimiento prácticamente por casualidad. Estaba yo
una tarde cascándomela tranquilamente cuando sufrí
un instantáneo flash que fue el principio de todo. Normalmente,
yo pensaba en la chica desde el exterior, me la imaginaba duchándose,
por ejemplo, jabonosa y fresquita, en su cuarto de baño alicatado
hasta el techo, humeante y limonado. En este caso concreto, la había
puesto a secarse sentada en el borde de la bañera, frotándose
las tetas morosamente, hasta endurecer los granos. Después
se aplicaría a los muslos, y el tacto de la toalla en la
cara interior le provocaría un relampaguillo de aquello,
así que abriría un poco más el ángulo
para situar mejor el paño. Todo transcurría según
el guión más o menos habitual. Estaba pensando ponerla
a echar mano al cepillo cuando ocurrió lo inesperado.
Se supone que ella tenía los ojos cerrados y la cabeza reclinada
hacia detrás, como es propio de estos casos. Pues bien, levantó
la cara y me miró. Pero atención: yo no dirigí
este movimiento, no formaba parte de mi guión. Lo hizo ella
sola. El peso de su mirada tuvo un tinte de realidad inapelable,
un inconfundible sello de presencia. Inmediatamente, o muy poco
después, me vacié. Las sensaciones se mezclaron y
su imagen se difuminó, alejándose conforme las ondas
del orgasmo se retraían. De cualquier forma, no pude concentrarme
el resto del día, y me limité a leer a Rimbaud.
Al día siguiente, en la tienda yo soy jefe de sección
y ella una de las dependientas, al saludarla, advertí que
enrojecía, avergonzada. Me esquivó durante toda la
jornada, y no vino, con el resto de mis subordinados, a tomar el
vermú con que solíamos despedirnos finalizada la jornada
laboral.
Quise repetir la experiencia. Me ambienté convenientemente
para la ocasión, afeitado y perfumado. Me tumbé sobre
la cama y empecé la sesión. Me la imaginaba otra vez
en la ducha (era una hora muy razonable para ducharse, poco antes
de cenar); repetimos los pasos de la vez anterior, pero esta vez
procuré estar bien atento y no perder el control de mis músculos
lanzadores. La senté mentalmente en el borde de la bañera
y comencé a secarla amorosamente.
Esta vez me noté dentro de la habitación antes de
que ella levantara la cabeza. La sensación de mi presencia
entre los azulejos húmedos de vapor fue inconfundiblemente
factual: de pie, a su vera, notaba el olor del agua caliente y el
gel de baño. De hecho, cuando levantó la mirada no
lo hizo con sorpresa, sino despacio, como quien sabe lo que va a
encontrar. Me pareció un tanto cohibida, a la espera de mis
instrucciones.
Dirigí mi mirada hacia el cepillo. Comprendió. Lo
tomó por la parte de las púas, con el mango hacia
el interior. Abrió el abanico de sus muslos y situó
el mango en la entrada, presionando con delicadeza. Entonces noté
la sacudida, y desperté en la cama. Había una mancha
de esperma en un cuadro que está más de un metro y
medio por encima de la cabecera. Estaba sudando.
No vino a trabajar el día siguiente. Yo estaba extrañamente
contento, y me mostré particularmente hábil en mi
trato con los clientes. Me fijé en otra de las dependientas,
una morenita con gafas, con unas tetas bien dignas de un viaje astral.
Pero llevaba mucho tiempo enamorado de la primera, y quise saber
qué le pasaba. Una vez en casa, al poco de empezar a acariciarme,
vi que estaba en el salón, tan ricamente, viendo la tele.
Se había escaqueado por las buenas, seguramente de pura vergüenza.
Le ordené que se desnudara y se tendiera sobre la cama; le
anuncié que iba a entrar en su pensamiento. Siempre he sentido
curiosidad por saber de verdad cómo se lo pasan las chicas.
Ante esto, su mirada fue de genuino horror. La tranquilicé
como pude, poniendo mi mano en su frente.
Fue difícil, pero finalmente pude ver la habitación
desde su punto de vista. Me llevó algo más hacerme
con el control muscular, pero en cuanto pude mover una mano todo
fue coser y cantar. Diez minutos después estaba de pie, frente
al espejo, mirándome. Ahora ya no tenía que convencerla
para que hiciera nada, puesto que controlaba directamente sus movimientos,
desde dentro. ¡Dios, era estupendo! El peso de las tetas se
me hacía tan extraño que reí a carcajada limpia.
Me asustó algo, al principio, la carencia de testículos
y todo lo demás, pero pronto se impuso a este infantil recelo
la curiosidad por la exploración. Separé con cuidado
los labios de la boca vertical, y metí la punta de unos de
mis dedos con hermosas uñas rojas. No fue tan placentero
como esperaba. Entonces pasé a acariciar el exterior del
órgano, y fue mejor. Casi lloro de emoción al advertir
la presencia del lubricante. Caí sobre las sábanas
desordenadas y me provoqué un orgasmo largo y lento, feliz
como un primer beso.
Probablemente, una victoria tan total sobre mi enamorada debió
enfriar mi entusiasmo, pues al poco dejó de interesarme.
Me fastidiaba, además, su continuo mohín de recelo
en el trabajo. ¿Es que acaso no disfrutaba? Decidí
prestar más atención a la morena de grandes tetas
que tan bien se portaba conmigo todos los días, y una tarde
quise probar con ella.
Merendé bien, a base de pan con mantequilla; además,
antes de emprender el viaje me lo hice por las buenas con unas revistas,
para así poder aguantar más después. Finalmente,
cerré los ojos y salí en su busca. Vivía con
sus padres, y cuando llegué estaba en el salón, viendo
un culebrón con la familia. Se alegró de verme; yo
ya suponía que a ésta sí le gustaba. Fuimos
a su cuarto, y cerramos la puerta con pestillo. Tenía todavía
puesto el uniforme de trabajo, menos las medias. De pie ante mí,
agarró los bordes de la falda y empezó a subirla poquito
a poco, hasta dejar a la vista un mínimo triángulo
blanco, una punta de flecha que se clavó en mi corazón,
encendiéndome entero. Tenía los muslos gorditos, como
toda ella. Entonces, sin dejar de mirarme, empezó a desabotonar
su blusa, y de uno de sus lados extrajo un meloncillo envuelto en
blanco, que me ofreció. Me acerqué y besé su
extremo, sintiendo la dureza del vértice. Me atrapó
con sus brazos y empujó sobre ella; caímos en la cama.
Apresuradamente la desvestí e hicimos aquello intentando
evitar botar demasiado para que los muelles no alarmaran a su familia;
coincidimos en la descarga. Cuando yo me disolvía, dejándola
en el suelo, ella estiró los brazos hacia mí, lanzándome
un beso.
Ven cuando quieras dijo. Oí al vecino de abajo
golpeando el piso, de vuelta en casa. Al día siguiente, en
el trabajo, la chica estaba bien contenta; se había pintado
los labios de forma explosiva. Siempre que me miraba esbozaba una
sonrisa y se ruborizaba un poco.
Comí una ensalada con mucha cebolla y tomate, dos huevos
fritos, un chuletón de Avila, con patatas, todo ello con
botella y media de vino, tarta al whisky de postre, café
y copa, y subí las escaleras de casa casi corriendo. Me tumbé
y la busqué; estaba terminando de comer. Se levantó
de la mesa:
Ahora no puedo dijo. Tengo que ir a la peluquería
a las cinco. A las siete y media no habrá nadie. ¿Vendrás?
Le dije que naturalmente, y terminé aquella faena a la salud
de una antigua novia, que sorprendí además en la cama
engañando a su marido con el dueño del vídeo
club. Entre los dos la pusimos bien.
Luego me di un baño a sesenta y cinco grados de temperatura;
tras unos treinta minutos de baño maría me puse el
chandal, y bajé a correr. Por lo menos hice doce kilómetros,
inundando mis pulmones del impagable perfume de las hojas muertas
recién llovidas. De vuelta, me duché otra vez y merendé
café solo con yogur y jamón cocido. Eran las siete
menos cuarto.
A la hora convenida, fui a ver a Maribel (esta chica de la que estoy
hablando), pero estaba todavía sentada en la peluquería.
Al principio me cabreé un poco por su falta de puntualidad,
pero observando el panorama se me ocurrió una idea mejor.
Esperé a que el salón quedara vacío, y yo mismo
eché el cierre. Maribel seguía sentada con la toga
hecha: la peluquera y yo nos acercamos por detrás; yo guiaba
la mano que introduje por el escote, removiendo la bata. Tenía
los dedos finos, y largas uñas rojas muy cuidadas, con las
que arañamos sus globos. Besé a la peluquera desordenando
su cuidada cabellera, y sentí el dulce sabor de su carmín
profesional. Tenté las piernas bajo la bata, y más
arriba la segunda piel del sexo, lencería. No voy a contar
todo lo que hicimos, con la cantidad de artilugios y cremas de que
disponíamos; sólo diré que la peluquera tenía
el centro de gravedad tan liso como la piel de un bebé. Ella
misma me confesó que hacía sesiones de fotos y algunas
películas en sus horas libres, y me invitó a asistir
a algún rodaje. Tuve que dejarlas cuando Maribel recorría
mi pecho con el chorro de aire caliente del secador y la otra me
daba besitos en las rodillas.
Precisamente empezaba a fastidiarme esto de tener que irme cuando
me corría, y aparecer en mi cama, solo y pringado. Lo único
que podía hacer era intentar retrasar al máximo, con
diversos trucos, el momento de la erupción, pero todo indicaba
que había topado con una de las limitaciones de mi extraño
poder: debía regresar cuando me desbordaba. Así que
me hice todo un experto en el arte de prolongar la tensión;
cuidé al máximo mi alimentación, hice deporte,
yoga, dejé de fumar, leí a los clásicos una
preparación, en suma, minuciosa hasta el extremo, que rindió
frutos cuando empecé a sobrepasar, sin dificultad aparente,
la barrera de los noventa minutos. Hay que decir que no siempre
empleaba el viaje en festejos puramente sexuales, pues a veces iba
de visita simplemente para salir a dar una vuelta, o acompañar
a la chica de compras. Era increíblemente agradable caminar
junto a ella, invisible mientras me contaba sus impresiones de los
escaparates e inventábamos motes y barbaridades para los
transeúntes que nos cruzábamos. También utilizaba
estas excursiones más inocentes para planificar las otras:
por ejemplo, me las arreglaba para que una que me gustaba fuera
a tal cafetería, a tal hora, y se encontrara con otra, y
se hicieran amigas, y algunos días después nos lo
montábamos los tres.
Mi actividad favorita era colarme en los pensamientos, filtrarme
en el cerebro de las chicas y sentir sus sensaciones desde dentro,
tener su voluntad. Esto era realmente curioso, y aunque exigía
un desgaste especial compensaba los esfuerzos con lo apasionante
del asunto: imaginaos: siendo uno mismo, levantar el brazo para
tocar los propios labios y encontrar unos carnosos labios de chica,
o ir a rascarse las partes y ¡dios, no hay partes!, sino sólo
una rajita que se empapa poco a poco cuando la acariciamos. Era
flipante. Aún ahora, cuando he decidido no volver a mis juegos
astrales, echo de menos los instantes vividos en el interior del
cuerpo de alguna de mis amadas: no tener que decirle "desabróchate
la blusa, etc.", sino maniobrar con unos dedos finísimos
y hacerlo uno mismo (eso sí, me costaba dios y ayuda desabrochar
los sostenes, cuyos mecanismos son tan variados como los copos de
nieve).
Llegué, en suma, a adquirir tal dominio sobre estas capacidades
que podía controlar hasta el comportamiento de una a la que
veía por primera vez, en el metro, por ejemplo. Si me gustaba
y me empalmaba, era perfectamente capaz de conectar con ella y mantener
un diálogo, o simplemente hacer que me mirara con buenos
ojos. Entonces le guiñaba uno de los míos. Incluso
utilicé mis poderes para llevar a cabo pequeñas venganzas
personales. Un día tuve una pelotera en el trabajo con una
señora que no estaba satisfecha con su compra y se empeñaba
en que le devolviéramos el dinero peregrina pretensión
donde las haya. Me tuvo por lo menos veinte minutos discutiendo
entre los mostradores, delante de todo el mundo, y además
sin parar de hablar, la muy cotorra. Yo la escuchaba paciente pero
negro de rabia, pensando "ya verás, ya". Efectivamente,
cuando llegué a casa me preparé para hacerle una visita
sorpresa. Me costó concentrarme en semejante loro y conseguir
una erección evocando su figura, pero mi cabreo era tan importante
que al final lo logré. La pillé fregando la cocina.
Se dio un buen susto al verme. Bueno, pues la llevé a su
cuarto y allí mismo, delante de su marido, la hice meterse
por el culo el botecito de perfume que había comprado.
Y,
naturalmente, utilicé mis habilidades para medrar en la vida.
A base de aventuras con unas y otras conseguí averiguar los
suficientes secretos de mi empresa como para hacerme cada vez más
imprescindible. Se sucedieron los ascensos. Todo iba viento en popa.
Hasta que topé con Cristina Molina.
Se creía muy lista, con sus trajes caros y sus perfumes exclusivos,
y parecía que nada iba con ella. Tenía los rasgos
finos y gélidos de una estalactita. La verdad es que no me
hubiera importado hacerle una de mis visitas, y hubiéramos
podido disfrutar juntos, si no hubiera sido por la circunstancia
capital que marcó nuestra relación: era mi jefa. En
mi fulgurante ascenso, topé con Cristina Molina cuando estaba
a punto de recibir el espaldarazo final para el ingreso en el círculo
de los altos ejecutivos: la suscripción al Camarada Squash
Club, retribución en especie que implicaba la pertenencia
al olimpo de los mandamases. Ella se interpuso. Nos odiamos nada
más vernos, sin ninguna razón especial, de la misma
forma que a veces dos perros se lanzan uno contra otro en el parque
y la emprenden a dentelladas, o de la misma forma que al juntar
el agua y la sosa se producen chispas. Yo odié sus modales
irónicos y distantes, su jodida suficiencia, y supongo que
ella odió mi ambición y la expresión de placer
con la que algunas mañanas llegaba al trabajo. Cristina Molina
era la persona que debía informar a las altas esferas sobre
mi rendimiento laboral: ignoraba sistemáticamente todos mis
logros, campañas de trabajo en las que invertía lo
mejor de mi ingenio y esfuerzo, y me llamaba la atención
sobre minúsculos aspectos que ni un asno se dignaría
considerar, como si fueran lo más importante. Mis amigas
ahora solía visitar a la chica de las fotocopias, una moderna
con pelo corto que hacía virguerías me notaron deprimido,
oscuro, cabreado.
La gota que colmó el vaso fue una reprimenda delante de mis
subordinadas por una etiqueta, una miserable etiqueta, que contenía
un precio cien pesetas más bajo de lo que decía la
circular del mes. Soporté sus ironías para encubrir
a la dependienta responsable del etiquetado, con la que había
pasado muy buenos ratos, pero decidí que Cristina Molina
había firmado su sentencia de muerte.
Para conocer sus costumbres hice algunos viajes meramente informativos.
Descubrí que se lo hacía con números de Fortune
cuando su marido salía: casi le cojo cariño, viéndola
tumbada sobre la alfombra, rodeada de fotos del Sultán de
Brunei, Bill Gates y los banqueros Mocasín, masturbándose.
No debía temer ser sorprendida en sus juegos, a juzgar por
el despliegue de fotos que montaba. Acariciaba los rostros de aquellos
carcamales podridos de dinero y luego escogía a uno, al que
miraba fijamente mientras se trepanaba la vergüenza con su
pluma Cartier Plus.
En estas visitas de espionaje, claro, yo no me mostraba, permaneciendo
incorpóreo. Todo lo más, por divertirme, movía
algún objeto de la habitación una taza de adorno,
o una lámpara, o salía al pasillo e imitaba los pasos
de su marido, para asustarla.
También la seguí algunos días, siempre en mi
forma inmaterial, al salir del trabajo. La espié mientras
callejeaba distraídamente hacia la boca de metro (a pesar
de tantos aires no tenía plaza de garaje) parándose
en los escaparates y permitiéndose algún capricho;
luego se tomaba un té con pastas en una lujosa cafetería,
con cuyo jefe de barra coqueteaba, pues se parecía a Jeff
Bezos. Al final, se embarcaba en el metro. Decidí actuar
en este escenario.
Antes de la tarde elegida, guardé una semana de absoluta
abstinencia algunas de mis amigas me llamaron por teléfono,
preguntándome si me pasaba algo. Perfeccioné mi forma
física con intensas sesiones de yoga y una dieta adecuada
mucho jamón serrano, caviar, y cerveza en abundancia. El
día en cuestión lo tomé libre pretextando un
funeral.
Nunca había estado tan motivado. Prácticamente nada
más poner la mano encima de mi antena astral salí
de mí mismo. Cristina Molina recogía sus pertenencias
en su despacho, acabada su jornada laboral. La acompañé
discretamente mientras bajaba, y la soporté mientras compraba
un pañuelo más hortera que una coca cola con gambas;
estuve también a su lado cuando tomaba su té, y hube
de vencer la tentación de hacer que se desabrochara el escote
hasta el ombligo delante de toda la cafetería, pues me hubiera
descubierto.
Según bajábamos las escaleras del metro mi excitación
crecía más allá de lo descriptible. El andén
estaba casi vacío. Cristina Molina se paseó distraídamente,
leyendo algunos grafitis. Cuando vio que sólo quedaba un
asiento para esperadores, y que una señora con aspecto desastroso
se dirigía ávidamente hacia él, aprovechó
su ventaja para ocuparlo y dejar a la anciana con un palmo de narices.
Poco a poco, el andén se poblaba.
¡Dios,
cuando sentí el rumor del tren me pareció notar la
trepidación de las patas de mi cama contra el suelo! Al ver
la luz de la máquina en el extremo del túnel, y a
Cristina levantarse del asiento, tuve la sensación de que
no podría aguantar hasta el final, de que eyacularía
precozmente, y fracasaría. Pero pude dominarme.
El tren se acercaba, ya dentro de la estación, y decidí
actuar. Todo ocurrió en un relámpago. Me introduje
en ella; me reconoció y forcejeó, pero entonces mi
entrenamiento dio sus frutos y conseguí hacerme con el control
de sus músculos. La hice saltar a las vías. Cuando
ya era materialmente imposible que esquivara la locomotora, forcé
mi movimiento a ritmo de frenética zambomba para correrme
y poder salir de su cuerpo a tiempo.
¡Joder,
pero noté que me retenía! ¡O practicaba mis
mismos juegos o simplemente su odio consiguió retrasar mi
derrame! El caso es que llegaron mezcladas las sensaciones de placer
y dolor: coincidieron la convulsión del éxtasis y
la destructora frialdad de las ruedas metálicas. Grité
de terror y de gusto, y durante algunos segundos perdí la
noción de mí mismo.
Al recuperar la consciencia, flotaba sobre el andén, débil
y cansado, pero al parecer todavía vivo. Un remolino de morbosos
se había formado junto al andén; desde lo alto pude
ver un cacho de brazo de mi enemiga y, un poco más lejos,
su bolso abierto, del que sobresalía un ejemplar de Fortune.
Emprendí el regreso.
Iba volando tan contento, mariposeando sobre los parques, soplándole
en las orejas a las adolescentes, levantando como si fuera el viento
las faldas de las colegialas, feliz. No sabía lo que me esperaba.
Llegué a mi cuarto y vi mi viejo y querido cuerpo tumbado
sobre la cama, con una expresión mezclada de gozo y terror.
Fui a retomar posesión de mí mismo, pero topé
con una muralla invisible. Achaqué a la intensidad de mis
emociones este primer fracaso, pero si se me permite la expresión
palidecí de miedo, adivinando de lo que se podía tratar.
Mis repetidos y cada vez más desesperados intentos por colarme
en mis miembros resultaron vanos. No tuve que exprimirme mucho el
cerebro para averiguar lo que pasaba: la muy hija de puta de Cristina
Molina había conseguido retenerme el tiempo suficiente para
dejarme en el limbo, o quién sabe dónde. ¿Y
ahora?
Probé a pedir ayuda a alguna de mis amigas. Fui a casa de
la morenita de las fotocopias, que estaba follando con uno que no
conocía, y por más que la tiré del pelo y arañé
las plantas de sus pies no pareció darse cuenta de mi presencia.
Fui a la primera de todas, por quien de repente sentí un
súbito cariño, como cuando estaba enamorado. Nada.
Grité y grité en sus oídos, y terminé
llorando a sus pies, desconsolado.
Vagué por las calles nocturnas, indefinido e inasible, incapaz
de hacerme sentir. El triste destino de espíritu sin conexión
con el mundo se abría ante mi desolada conciencia. Volví
a mi habitación. Me acurruqué en una esquina y velé
mi cuerpo muerto.
Llevaba tres horas llorando sin lágrimas cuando alguien llamó
a la puerta. Eran el portero y mi vecina. ¿Qué podían
querer? Oí muy débilmente, pues perdía también
poco a poco la percepción que la vecina decía haber
sentido un ruido como de vagón de tren en mi cuarto, y a
mí gritando, y después nada, y que se había
asustado. ¡Bendita vecina! Aunque no pudiera realmente, la
besé por su civismo. El portero dudó, pero por fin
extrajo su llave maestra y abrió la casa. ¡Qué
vergüenza, cuando me descubrieron desnudo sobre la cama, rodeado
de revistas porno, todo manchado! Avisaron a la policía,
y ésta al juez, que mandó levantar mi cadáver.
Yo me abracé al cuerpo en el que ya no podía entrar,
y del que quizás nunca debiera haber salido. Le acompañé
al depósito, y permanecí junto a él cuando
todos le dejaron solo, cubierto con una sábana blanca, a
oscuras entre los muebles metálicos. La cabeza me daba vueltas:
mi espíritu desconectado se desvanecía poco a poco.
Preferí esto a vagar indefinidamente por los espacios inconcretos,
de todas formas.
Una luz se encendió en la sala mortuoria. Una mujer con pinta
de empleada a punto de alcanzar la prejubilación empezó
a verificar las etiquetas de los fiambres, haciendo anotaciones
en un cuaderno. También levantaba levemente la sábana
para contemplar por un segundo nuestras expresiones quietas. Cuando
llegó a mi camilla, no se por qué, tiró de
la sábana y dejó al descubierto mi pecho. Entonces,
ella posó su mano tibia en el lugar de mi corazón,
y casi al instante sentí un latigazo en mi espíritu
decaído, y me pareció que mis sensaciones recuperaban
vigor. La mujer acarició con sus uñas toscas mi vientre
desinflado, garabateándome extrañas figuras en la
piel. Descendió un poco más, y en el instante en que
tocó mi inánime polla noté que la médula
espiritual se me iluminaba, y vi un cable de calor que fluía
del ombligo de mi cadáver y se elevaba como una serpiente
encantada, buscándome. Me agarré a él con todas
mis fuerzas: ¡empezó a absorber mi fantasma y a reintegrarlo
poco a poco a su lugar de origen! Cuando la mujer me arañó
el escroto con sus dedos finos terminé de volver a mí
mismo, y sentí mi corazón de carne moverse. ¡Dios,
estaba dentro, dentro de nuevo! ¡Las cuencas de mis ojos se
humedecieron y la tibieza más dulce caldeó mis mejillas!
Noté que mi verga empezaba a responder a la llamada de la
vida; se movió iniciando la erección, y entonces oí
¡oí, con mis oídos de carne! un grito desgarrador,
y abrí los ojos, y vi a la señora aterrada. Chilló
como un rayo que se rompe y salió pitando, tirando todos
los papeles. Sus gritos se perdieron por los pasillos del tanatorio
(¡música más deliciosa jamás antes!)
y yo probé a mover una mano. Torpemente la llevé hacia
el centro, y acaricié mi antena, cada vez con más
soltura, pensado únicamente en mí mismo.
©
Alberto
Goytre
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