17
diciembre 2002

 

Alberto
 
  Goytre
  

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Entonces, ella

 
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volver a Tierra

 

 

 

 

 

 

17
diciembre 2002

Alberto
 
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Entonces, ella

 

Descubrí el procedimiento prácticamente por casualidad. Estaba yo una tarde cascándomela tranquilamente cuando sufrí un instantáneo flash que fue el principio de todo. Normalmente, yo pensaba en la chica desde el exterior, me la imaginaba duchándose, por ejemplo, jabonosa y fresquita, en su cuarto de baño alicatado hasta el techo, humeante y limonado. En este caso concreto, la había puesto a secarse sentada en el borde de la bañera, frotándose las tetas morosamente, hasta endurecer los granos. Después se aplicaría a los muslos, y el tacto de la toalla en la cara interior le provocaría un relampaguillo de aquello, así que abriría un poco más el ángulo para situar mejor el paño. Todo transcurría según el guión más o menos habitual. Estaba pensando ponerla a echar mano al cepillo cuando ocurrió lo inesperado.

Se supone que ella tenía los ojos cerrados y la cabeza reclinada hacia detrás, como es propio de estos casos. Pues bien, levantó la cara y me miró. Pero atención: yo no dirigí este movimiento, no formaba parte de mi guión. Lo hizo ella sola. El peso de su mirada tuvo un tinte de realidad inapelable, un inconfundible sello de presencia. Inmediatamente, o muy poco después, me vacié. Las sensaciones se mezclaron y su imagen se difuminó, alejándose conforme las ondas del orgasmo se retraían. De cualquier forma, no pude concentrarme el resto del día, y me limité a leer a Rimbaud.

Al día siguiente, en la tienda —yo soy jefe de sección y ella una de las dependientas—, al saludarla, advertí que enrojecía, avergonzada. Me esquivó durante toda la jornada, y no vino, con el resto de mis subordinados, a tomar el vermú con que solíamos despedirnos finalizada la jornada laboral.

Quise repetir la experiencia. Me ambienté convenientemente para la ocasión, afeitado y perfumado. Me tumbé sobre la cama y empecé la sesión. Me la imaginaba otra vez en la ducha (era una hora muy razonable para ducharse, poco antes de cenar); repetimos los pasos de la vez anterior, pero esta vez procuré estar bien atento y no perder el control de mis músculos lanzadores. La senté mentalmente en el borde de la bañera y comencé a secarla amorosamente.

Esta vez me noté dentro de la habitación antes de que ella levantara la cabeza. La sensación de mi presencia entre los azulejos húmedos de vapor fue inconfundiblemente factual: de pie, a su vera, notaba el olor del agua caliente y el gel de baño. De hecho, cuando levantó la mirada no lo hizo con sorpresa, sino despacio, como quien sabe lo que va a encontrar. Me pareció un tanto cohibida, a la espera de mis instrucciones.

Dirigí mi mirada hacia el cepillo. Comprendió. Lo tomó por la parte de las púas, con el mango hacia el interior. Abrió el abanico de sus muslos y situó el mango en la entrada, presionando con delicadeza. Entonces noté la sacudida, y desperté en la cama. Había una mancha de esperma en un cuadro que está más de un metro y medio por encima de la cabecera. Estaba sudando.

No vino a trabajar el día siguiente. Yo estaba extrañamente contento, y me mostré particularmente hábil en mi trato con los clientes. Me fijé en otra de las dependientas, una morenita con gafas, con unas tetas bien dignas de un viaje astral.

Pero llevaba mucho tiempo enamorado de la primera, y quise saber qué le pasaba. Una vez en casa, al poco de empezar a acariciarme, vi que estaba en el salón, tan ricamente, viendo la tele. Se había escaqueado por las buenas, seguramente de pura vergüenza. Le ordené que se desnudara y se tendiera sobre la cama; le anuncié que iba a entrar en su pensamiento. Siempre he sentido curiosidad por saber de verdad cómo se lo pasan las chicas. Ante esto, su mirada fue de genuino horror. La tranquilicé como pude, poniendo mi mano en su frente.

Fue difícil, pero finalmente pude ver la habitación desde su punto de vista. Me llevó algo más hacerme con el control muscular, pero en cuanto pude mover una mano todo fue coser y cantar. Diez minutos después estaba de pie, frente al espejo, mirándome. Ahora ya no tenía que convencerla para que hiciera nada, puesto que controlaba directamente sus movimientos, desde dentro. ¡Dios, era estupendo! El peso de las tetas se me hacía tan extraño que reí a carcajada limpia. Me asustó algo, al principio, la carencia de testículos y todo lo demás, pero pronto se impuso a este infantil recelo la curiosidad por la exploración. Separé con cuidado los labios de la boca vertical, y metí la punta de unos de mis dedos con hermosas uñas rojas. No fue tan placentero como esperaba. Entonces pasé a acariciar el exterior del órgano, y fue mejor. Casi lloro de emoción al advertir la presencia del lubricante. Caí sobre las sábanas desordenadas y me provoqué un orgasmo largo y lento, feliz como un primer beso.

Probablemente, una victoria tan total sobre mi enamorada debió enfriar mi entusiasmo, pues al poco dejó de interesarme. Me fastidiaba, además, su continuo mohín de recelo en el trabajo. ¿Es que acaso no disfrutaba? Decidí prestar más atención a la morena de grandes tetas que tan bien se portaba conmigo todos los días, y una tarde quise probar con ella.

Merendé bien, a base de pan con mantequilla; además, antes de emprender el viaje me lo hice por las buenas con unas revistas, para así poder aguantar más después. Finalmente, cerré los ojos y salí en su busca. Vivía con sus padres, y cuando llegué estaba en el salón, viendo un culebrón con la familia. Se alegró de verme; yo ya suponía que a ésta sí le gustaba. Fuimos a su cuarto, y cerramos la puerta con pestillo. Tenía todavía puesto el uniforme de trabajo, menos las medias. De pie ante mí, agarró los bordes de la falda y empezó a subirla poquito a poco, hasta dejar a la vista un mínimo triángulo blanco, una punta de flecha que se clavó en mi corazón, encendiéndome entero. Tenía los muslos gorditos, como toda ella. Entonces, sin dejar de mirarme, empezó a desabotonar su blusa, y de uno de sus lados extrajo un meloncillo envuelto en blanco, que me ofreció. Me acerqué y besé su extremo, sintiendo la dureza del vértice. Me atrapó con sus brazos y empujó sobre ella; caímos en la cama. Apresuradamente la desvestí e hicimos aquello intentando evitar botar demasiado para que los muelles no alarmaran a su familia; coincidimos en la descarga. Cuando yo me disolvía, dejándola en el suelo, ella estiró los brazos hacia mí, lanzándome un beso.

—Ven cuando quieras —dijo. Oí al vecino de abajo golpeando el piso, de vuelta en casa. Al día siguiente, en el trabajo, la chica estaba bien contenta; se había pintado los labios de forma explosiva. Siempre que me miraba esbozaba una sonrisa y se ruborizaba un poco.

Comí una ensalada con mucha cebolla y tomate, dos huevos fritos, un chuletón de Avila, con patatas, todo ello con botella y media de vino, tarta al whisky de postre, café y copa, y subí las escaleras de casa casi corriendo. Me tumbé y la busqué; estaba terminando de comer. Se levantó de la mesa:

—Ahora no puedo —dijo—. Tengo que ir a la peluquería a las cinco. A las siete y media no habrá nadie. ¿Vendrás?

Le dije que naturalmente, y terminé aquella faena a la salud de una antigua novia, que sorprendí además en la cama engañando a su marido con el dueño del vídeo club. Entre los dos la pusimos bien.

Luego me di un baño a sesenta y cinco grados de temperatura; tras unos treinta minutos de baño maría me puse el chandal, y bajé a correr. Por lo menos hice doce kilómetros, inundando mis pulmones del impagable perfume de las hojas muertas recién llovidas. De vuelta, me duché otra vez y merendé café solo con yogur y jamón cocido. Eran las siete menos cuarto.

A la hora convenida, fui a ver a Maribel (esta chica de la que estoy hablando), pero estaba todavía sentada en la peluquería. Al principio me cabreé un poco por su falta de puntualidad, pero observando el panorama se me ocurrió una idea mejor. Esperé a que el salón quedara vacío, y yo mismo eché el cierre. Maribel seguía sentada con la toga hecha: la peluquera y yo nos acercamos por detrás; yo guiaba la mano que introduje por el escote, removiendo la bata. Tenía los dedos finos, y largas uñas rojas muy cuidadas, con las que arañamos sus globos. Besé a la peluquera desordenando su cuidada cabellera, y sentí el dulce sabor de su carmín profesional. Tenté las piernas bajo la bata, y más arriba la segunda piel del sexo, lencería. No voy a contar todo lo que hicimos, con la cantidad de artilugios y cremas de que disponíamos; sólo diré que la peluquera tenía el centro de gravedad tan liso como la piel de un bebé. Ella misma me confesó que hacía sesiones de fotos y algunas películas en sus horas libres, y me invitó a asistir a algún rodaje. Tuve que dejarlas cuando Maribel recorría mi pecho con el chorro de aire caliente del secador y la otra me daba besitos en las rodillas.

Precisamente empezaba a fastidiarme esto de tener que irme cuando me corría, y aparecer en mi cama, solo y pringado. Lo único que podía hacer era intentar retrasar al máximo, con diversos trucos, el momento de la erupción, pero todo indicaba que había topado con una de las limitaciones de mi extraño poder: debía regresar cuando me desbordaba. Así que me hice todo un experto en el arte de prolongar la tensión; cuidé al máximo mi alimentación, hice deporte, yoga, dejé de fumar, leí a los clásicos —una preparación, en suma, minuciosa hasta el extremo, que rindió frutos cuando empecé a sobrepasar, sin dificultad aparente, la barrera de los noventa minutos. Hay que decir que no siempre empleaba el viaje en festejos puramente sexuales, pues a veces iba de visita simplemente para salir a dar una vuelta, o acompañar a la chica de compras. Era increíblemente agradable caminar junto a ella, invisible mientras me contaba sus impresiones de los escaparates e inventábamos motes y barbaridades para los transeúntes que nos cruzábamos. También utilizaba estas excursiones más inocentes para planificar las otras: por ejemplo, me las arreglaba para que una que me gustaba fuera a tal cafetería, a tal hora, y se encontrara con otra, y se hicieran amigas, y algunos días después nos lo montábamos los tres.

Mi actividad favorita era colarme en los pensamientos, filtrarme en el cerebro de las chicas y sentir sus sensaciones desde dentro, tener su voluntad. Esto era realmente curioso, y aunque exigía un desgaste especial compensaba los esfuerzos con lo apasionante del asunto: imaginaos: siendo uno mismo, levantar el brazo para tocar los propios labios y encontrar unos carnosos labios de chica, o ir a rascarse las partes y ¡dios, no hay partes!, sino sólo una rajita que se empapa poco a poco cuando la acariciamos. Era flipante. Aún ahora, cuando he decidido no volver a mis juegos astrales, echo de menos los instantes vividos en el interior del cuerpo de alguna de mis amadas: no tener que decirle "desabróchate la blusa, etc.", sino maniobrar con unos dedos finísimos y hacerlo uno mismo (eso sí, me costaba dios y ayuda desabrochar los sostenes, cuyos mecanismos son tan variados como los copos de nieve).

Llegué, en suma, a adquirir tal dominio sobre estas capacidades que podía controlar hasta el comportamiento de una a la que veía por primera vez, en el metro, por ejemplo. Si me gustaba y me empalmaba, era perfectamente capaz de conectar con ella y mantener un diálogo, o simplemente hacer que me mirara con buenos ojos. Entonces le guiñaba uno de los míos. Incluso utilicé mis poderes para llevar a cabo pequeñas venganzas personales. Un día tuve una pelotera en el trabajo con una señora que no estaba satisfecha con su compra y se empeñaba en que le devolviéramos el dinero —peregrina pretensión donde las haya. Me tuvo por lo menos veinte minutos discutiendo entre los mostradores, delante de todo el mundo, y además sin parar de hablar, la muy cotorra. Yo la escuchaba paciente pero negro de rabia, pensando "ya verás, ya". Efectivamente, cuando llegué a casa me preparé para hacerle una visita sorpresa. Me costó concentrarme en semejante loro y conseguir una erección evocando su figura, pero mi cabreo era tan importante que al final lo logré. La pillé fregando la cocina. Se dio un buen susto al verme. Bueno, pues la llevé a su cuarto y allí mismo, delante de su marido, la hice meterse por el culo el botecito de perfume que había comprado.

Y, naturalmente, utilicé mis habilidades para medrar en la vida. A base de aventuras con unas y otras conseguí averiguar los suficientes secretos de mi empresa como para hacerme cada vez más imprescindible. Se sucedieron los ascensos. Todo iba viento en popa. Hasta que topé con Cristina Molina.

Se creía muy lista, con sus trajes caros y sus perfumes exclusivos, y parecía que nada iba con ella. Tenía los rasgos finos y gélidos de una estalactita. La verdad es que no me hubiera importado hacerle una de mis visitas, y hubiéramos podido disfrutar juntos, si no hubiera sido por la circunstancia capital que marcó nuestra relación: era mi jefa. En mi fulgurante ascenso, topé con Cristina Molina cuando estaba a punto de recibir el espaldarazo final para el ingreso en el círculo de los altos ejecutivos: la suscripción al Camarada Squash Club, retribución en especie que implicaba la pertenencia al olimpo de los mandamases. Ella se interpuso. Nos odiamos nada más vernos, sin ninguna razón especial, de la misma forma que a veces dos perros se lanzan uno contra otro en el parque y la emprenden a dentelladas, o de la misma forma que al juntar el agua y la sosa se producen chispas. Yo odié sus modales irónicos y distantes, su jodida suficiencia, y supongo que ella odió mi ambición y la expresión de placer con la que algunas mañanas llegaba al trabajo. Cristina Molina era la persona que debía informar a las altas esferas sobre mi rendimiento laboral: ignoraba sistemáticamente todos mis logros, campañas de trabajo en las que invertía lo mejor de mi ingenio y esfuerzo, y me llamaba la atención sobre minúsculos aspectos que ni un asno se dignaría considerar, como si fueran lo más importante. Mis amigas —ahora solía visitar a la chica de las fotocopias, una moderna con pelo corto que hacía virguerías— me notaron deprimido, oscuro, cabreado.

La gota que colmó el vaso fue una reprimenda delante de mis subordinadas por una etiqueta, una miserable etiqueta, que contenía un precio cien pesetas más bajo de lo que decía la circular del mes. Soporté sus ironías para encubrir a la dependienta responsable del etiquetado, con la que había pasado muy buenos ratos, pero decidí que Cristina Molina había firmado su sentencia de muerte.

Para conocer sus costumbres hice algunos viajes meramente informativos. Descubrí que se lo hacía con números de Fortune cuando su marido salía: casi le cojo cariño, viéndola tumbada sobre la alfombra, rodeada de fotos del Sultán de Brunei, Bill Gates y los banqueros Mocasín, masturbándose. No debía temer ser sorprendida en sus juegos, a juzgar por el despliegue de fotos que montaba. Acariciaba los rostros de aquellos carcamales podridos de dinero y luego escogía a uno, al que miraba fijamente mientras se trepanaba la vergüenza con su pluma Cartier Plus.

En estas visitas de espionaje, claro, yo no me mostraba, permaneciendo incorpóreo. Todo lo más, por divertirme, movía algún objeto de la habitación —una taza de adorno, o una lámpara—, o salía al pasillo e imitaba los pasos de su marido, para asustarla.

También la seguí algunos días, siempre en mi forma inmaterial, al salir del trabajo. La espié mientras callejeaba distraídamente hacia la boca de metro (a pesar de tantos aires no tenía plaza de garaje) parándose en los escaparates y permitiéndose algún capricho; luego se tomaba un té con pastas en una lujosa cafetería, con cuyo jefe de barra coqueteaba, pues se parecía a Jeff Bezos. Al final, se embarcaba en el metro. Decidí actuar en este escenario.

Antes de la tarde elegida, guardé una semana de absoluta abstinencia —algunas de mis amigas me llamaron por teléfono, preguntándome si me pasaba algo. Perfeccioné mi forma física con intensas sesiones de yoga y una dieta adecuada —mucho jamón serrano, caviar, y cerveza en abundancia. El día en cuestión lo tomé libre pretextando un funeral.

Nunca había estado tan motivado. Prácticamente nada más poner la mano encima de mi antena astral salí de mí mismo. Cristina Molina recogía sus pertenencias en su despacho, acabada su jornada laboral. La acompañé discretamente mientras bajaba, y la soporté mientras compraba un pañuelo más hortera que una coca cola con gambas; estuve también a su lado cuando tomaba su té, y hube de vencer la tentación de hacer que se desabrochara el escote hasta el ombligo delante de toda la cafetería, pues me hubiera descubierto.

Según bajábamos las escaleras del metro mi excitación crecía más allá de lo descriptible. El andén estaba casi vacío. Cristina Molina se paseó distraídamente, leyendo algunos grafitis. Cuando vio que sólo quedaba un asiento para esperadores, y que una señora con aspecto desastroso se dirigía ávidamente hacia él, aprovechó su ventaja para ocuparlo y dejar a la anciana con un palmo de narices. Poco a poco, el andén se poblaba.

¡Dios, cuando sentí el rumor del tren me pareció notar la trepidación de las patas de mi cama contra el suelo! Al ver la luz de la máquina en el extremo del túnel, y a Cristina levantarse del asiento, tuve la sensación de que no podría aguantar hasta el final, de que eyacularía precozmente, y fracasaría. Pero pude dominarme.

El tren se acercaba, ya dentro de la estación, y decidí actuar. Todo ocurrió en un relámpago. Me introduje en ella; me reconoció y forcejeó, pero entonces mi entrenamiento dio sus frutos y conseguí hacerme con el control de sus músculos. La hice saltar a las vías. Cuando ya era materialmente imposible que esquivara la locomotora, forcé mi movimiento a ritmo de frenética zambomba para correrme y poder salir de su cuerpo a tiempo.

¡Joder, pero noté que me retenía! ¡O practicaba mis mismos juegos o simplemente su odio consiguió retrasar mi derrame! El caso es que llegaron mezcladas las sensaciones de placer y dolor: coincidieron la convulsión del éxtasis y la destructora frialdad de las ruedas metálicas. Grité de terror y de gusto, y durante algunos segundos perdí la noción de mí mismo.

Al recuperar la consciencia, flotaba sobre el andén, débil y cansado, pero al parecer todavía vivo. Un remolino de morbosos se había formado junto al andén; desde lo alto pude ver un cacho de brazo de mi enemiga y, un poco más lejos, su bolso abierto, del que sobresalía un ejemplar de Fortune. Emprendí el regreso.

Iba volando tan contento, mariposeando sobre los parques, soplándole en las orejas a las adolescentes, levantando como si fuera el viento las faldas de las colegialas, feliz. No sabía lo que me esperaba.

Llegué a mi cuarto y vi mi viejo y querido cuerpo tumbado sobre la cama, con una expresión mezclada de gozo y terror. Fui a retomar posesión de mí mismo, pero topé con una muralla invisible. Achaqué a la intensidad de mis emociones este primer fracaso, pero —si se me permite la expresión— palidecí de miedo, adivinando de lo que se podía tratar. Mis repetidos y cada vez más desesperados intentos por colarme en mis miembros resultaron vanos. No tuve que exprimirme mucho el cerebro para averiguar lo que pasaba: la muy hija de puta de Cristina Molina había conseguido retenerme el tiempo suficiente para dejarme en el limbo, o quién sabe dónde. ¿Y ahora?

Probé a pedir ayuda a alguna de mis amigas. Fui a casa de la morenita de las fotocopias, que estaba follando con uno que no conocía, y por más que la tiré del pelo y arañé las plantas de sus pies no pareció darse cuenta de mi presencia. Fui a la primera de todas, por quien de repente sentí un súbito cariño, como cuando estaba enamorado. Nada. Grité y grité en sus oídos, y terminé llorando a sus pies, desconsolado.

Vagué por las calles nocturnas, indefinido e inasible, incapaz de hacerme sentir. El triste destino de espíritu sin conexión con el mundo se abría ante mi desolada conciencia. Volví a mi habitación. Me acurruqué en una esquina y velé mi cuerpo muerto.

Llevaba tres horas llorando sin lágrimas cuando alguien llamó a la puerta. Eran el portero y mi vecina. ¿Qué podían querer? Oí —muy débilmente, pues perdía también poco a poco la percepción— que la vecina decía haber sentido un ruido como de vagón de tren en mi cuarto, y a mí gritando, y después nada, y que se había asustado. ¡Bendita vecina! Aunque no pudiera realmente, la besé por su civismo. El portero dudó, pero por fin extrajo su llave maestra y abrió la casa. ¡Qué vergüenza, cuando me descubrieron desnudo sobre la cama, rodeado de revistas porno, todo manchado! Avisaron a la policía, y ésta al juez, que mandó levantar mi cadáver. Yo me abracé al cuerpo en el que ya no podía entrar, y del que quizás nunca debiera haber salido. Le acompañé al depósito, y permanecí junto a él cuando todos le dejaron solo, cubierto con una sábana blanca, a oscuras entre los muebles metálicos. La cabeza me daba vueltas: mi espíritu desconectado se desvanecía poco a poco. Preferí esto a vagar indefinidamente por los espacios inconcretos, de todas formas.

Una luz se encendió en la sala mortuoria. Una mujer con pinta de empleada a punto de alcanzar la prejubilación empezó a verificar las etiquetas de los fiambres, haciendo anotaciones en un cuaderno. También levantaba levemente la sábana para contemplar por un segundo nuestras expresiones quietas. Cuando llegó a mi camilla, no se por qué, tiró de la sábana y dejó al descubierto mi pecho. Entonces, ella posó su mano tibia en el lugar de mi corazón, y casi al instante sentí un latigazo en mi espíritu decaído, y me pareció que mis sensaciones recuperaban vigor. La mujer acarició con sus uñas toscas mi vientre desinflado, garabateándome extrañas figuras en la piel. Descendió un poco más, y en el instante en que tocó mi inánime polla noté que la médula espiritual se me iluminaba, y vi un cable de calor que fluía del ombligo de mi cadáver y se elevaba como una serpiente encantada, buscándome. Me agarré a él con todas mis fuerzas: ¡empezó a absorber mi fantasma y a reintegrarlo poco a poco a su lugar de origen! Cuando la mujer me arañó el escroto con sus dedos finos terminé de volver a mí mismo, y sentí mi corazón de carne moverse. ¡Dios, estaba dentro, dentro de nuevo! ¡Las cuencas de mis ojos se humedecieron y la tibieza más dulce caldeó mis mejillas! Noté que mi verga empezaba a responder a la llamada de la vida; se movió iniciando la erección, y entonces oí —¡oí, con mis oídos de carne!— un grito desgarrador, y abrí los ojos, y vi a la señora aterrada. Chilló como un rayo que se rompe y salió pitando, tirando todos los papeles. Sus gritos se perdieron por los pasillos del tanatorio (¡música más deliciosa jamás antes!) y yo probé a mover una mano. Torpemente la llevé hacia el centro, y acaricié mi antena, cada vez con más soltura, pensado únicamente en mí mismo.

 

Alberto Goytre

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