16
noviembre 2002

 

Antonio
  Porpetta

  

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. El mendigo  
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16
noviembre 2002

Antonio
  Porpetta


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El mendigo

 

     La mendicidad es una lacra social tan antigua y con tanta vigencia a través de la historia que, lamentablemente, no termina nunca de erradicarse. Hasta en los países más avanzados o más económicamente poderosos, pasear por sus ciudades suele ser un encuentro casi continuo con pordioseros y vagabundos de toda edad y condición, con hombres, mujeres y niños a quienes la vida les ha negado casi todo, y a quienes, por desgracia, no alcanzan los beneficios de las leyes protectoras ni las ayudas de tantas instituciones públicas y privadas dedicadas, teóricamente, a su valimiento.
     La figura del mendigo, tan explotada en la literatura universal, resulta muchas veces patética por las tragedias que creemos averiguar tras sus pasos vacilantes, sus estrafalarios atuendos, sus indecisas manos extendidas, y la súplica de sus miradas, en las que con tanta frecuencia el temor y la incertidumbre se alían con el desamparo.
     Pero hay unos pocos privilegiados —muy pocos, es la verdad— para quienes la mendicidad es una cuestión vocacional. Se dedican a ella de una manera voluntaria, adoptándola como su modus vivendi habitual y ejerciéndola con la rigurosidad horaria y la plena dedicación de cualquier otro oficio o empleo profesional. La mayoría de ellos son gente que un día decidieron romper con sus trabajos habituales, quizás hartos de injusticias, minusvaloraciones y ninguneos, o que abandonaron sus hogares huyendo de Dios sabe qué insoportables humillaciones familiares, para lanzarse a la calle —libres como pájaros y sin perder su dignidad— en busca del pan cotidiano.
     Aurelio era uno de estos privilegiados. Desde que decidió dejar sus anteriores ataduras y lanzarse al camino de la mendicidad, pudo darse cuenta de que en ese oficio la honradez y el sentido de la responsabilidad eran cuestiones fundamentales, además de un profundo conocimiento de sus técnicas y unas especiales dotes artísticas, siempre sometidas a un permanente reciclaje. No se puede uno dormir en los laureles, se decía, ni confiarlo todo a la Divina Providencia; y mucho menos caer de lleno —de lleno, digo, que un poquito nunca viene mal— en el campo de la picaresca, de tan honda tradición hispana desde los viejos tiempos hasta la más inmediata actualidad.
     Tenía razón Aurelio: En esa noble profesión no se puede improvisar: se necesitan años y años para dominarla, para conseguir ejercerla como mandan los cánones y con la eficacia necesaria, es decir, con seriedad, entrega y pulcritud, condiciones imprescindibles para que el mendigo pueda alcanzar sus objetivos. Sin descartar, por supuesto, una buena dosis de imaginación y de creatividad.
     En este tema, tenía sus ideas propias: nunca creyó del todo en el monólogo dramático como único instrumento persuasivo; la gente ya estaba harta de tantas historias trágicas, muchas de ellas burdamente inventadas: hijos enfermos, padres ancianísimos, parientes cercanos cumpliendo largas condenas... y aún tenía menos fe en lo que pudiéramos considerar "medios auxiliares" o "complementos plásticos" de la mendicidad, tales como miembros amputados, pústulas y llagas demasiado evidentes para creerlas auténticas, carteles explicativos con las preceptivas —y realmente conmovedoras— faltas de ortografía, imágenes y estampas de vírgenes y santos, instrumentos musicales irremediablemente desafinados, animales domésticos en sospechosa inmovilidad... Y no digamos de lo que él llamaba, despreciativamente, "sistemas postmodernos": venta de pañuelitos, limpieza de parabrisas y demás actuaciones semafóricas drásticamente calificadas por Aurelio como vergonzosas horteradas...
     La base de su trabajo era, sencilla y fundamentalmente, el gesto: una tristísima expresión de derrota, un viejo y noble cansancio sobre los hombros, una mirada penetrante pero llena de humildad, y una imagen personal de antiguo señorío vencido por el tiempo y los avatares de la vida, enmarcada en un aspecto general de limpia indigencia sobrellevada con resignación, junto a una frase tan escueta como: "Una ayuda, por favor"; o mejor aún: "Cuánto le agradecería una ayuda, señora (o señorita, o señor)", dicha con voz delgada y nebulosa, como un susurro, pero sin dejar que lo suave enturbiara la dicción, obraban milagros, auténticos milagros, en las gentes de buena fe.
     Era difícil resistirse a sus dotes de persuasión. Pero también sabía que su técnica necesitaba un ambiente más sosegado de lo normal, un clima tranquilo y relajado para que se pudiera apreciar de cerca y en toda su hondura la precariedad que deseaba transmitir y la idea de la necesidad extrema que le obligaba a implorar la limosna como única forma de subsistencia. Por ello, desechaba la esquina, la puerta de la iglesia, el bar o las cercanías de espectáculos públicos, prefiriendo los medios de transporte, un campo en el que, con el tiempo, había alcanzado un altísimo nivel de especialización.

* * *

     Cómodamente instalado en su asiento, Aurelio observaba a los demás viajeros con mirada de experto, clasificándolos mentalmente según sus posibilidades económicas y su mayor o menor grado de receptividad ante la desgracia ajena. En un momento dado, con su intuición de avezado profesional, supo que había llegado la ocasión. No antes ni después: en ese mismo instante era cuando debía levantarse y abandonar su plaza para desarrollar toda su sabiduría mendicante, para poner en práctica lo que su ya larga experiencia le había enseñado. Su sexto sentido le decía que aquel iba a ser un día muy provechoso, una jornada de resultados especialmente fructíferos y positivos.
     Con pasos calculadamente lentos, arrastrando los pies con el desmayo natural que la penuria impone, Aurelio fue desplegando todo su amplio repertorio de recursos. La suya no era —no podía serlo— una petición masiva, dirigida a voz en grito al público con ademanes plañideros: cada persona era tratada por él de manera individual, casi con un toque confidencial, adaptando el tono de su voz, la tristeza suplicante de su mirada y hasta la concavidad de su mano extendida, a las características personales de cada posible benefactor. Su larga práctica le había proporcionado las necesarias dotes de psicología aplicada para saber con exactitud como solicitar la limosna sin herir susceptibilidades ni levantar reacciones de temor o de rechazo, con la delicadeza suficiente para ofrecer la posibilidad de ayuda casi como un favor personal.
     Dieran o no resultado sus peticiones, la frase "muy agradecido", musitada con la irremediable modestia del desheredado, provocaba una inmediata reacción de ternura que casi siempre terminaba por convencer a los más reacios o distraídos, incluso a los más duros de corazón.
     Tardó un largo rato en recorrer las filas de asientos repletos. Su estilo de trabajo no admitía prisas. Su profesionalidad —de la que se mostraba francamente orgulloso— le obligaba a hacer las cosas de una manera pausada y concienzuda: pido limosna, solía decir, como a mí me gustaría que me la pidieran. Porque para ser mendigo hay que saber estar. Me revientan los aficionados y las cutrerías de los principiantes. Yo nací para esto, lo tengo muy claro. Y para esto hay que nacer.

* * *

     El final de su demorado recorrido, ya con el bolsillo de su raída chaqueta repleto de monedas y billetes de las más diversas procedencias, coincidió con el aterrizaje de aquel Boeing 747 de American Airlines, vuelo 951 de Los Ángeles a Barcelona.
     Aurelio se despidió cortésmente de las azafatas y del sobrecargo, y tras encargarles un afectuoso saludo para el comandante de la nave, bajó despacio la escalerilla, respiró el aire puro del aeropuerto, y echó una mirada a los aparatos que allí estaban estacionados. Eligió un hermoso Airbus de Lufthansa, que iba a iniciar el vuelo Barcelona-Estocolmo con escala en Frankfurt.

     Tuvo que darse prisa: ya estaba a punto de despegar.

 

Antonio Porpetta

 

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