La
mendicidad es una lacra social tan antigua y con tanta vigencia
a través de la historia que, lamentablemente, no termina
nunca de erradicarse. Hasta en los países más avanzados
o más económicamente poderosos, pasear por sus ciudades
suele ser un encuentro casi continuo con pordioseros y vagabundos
de toda edad y condición, con hombres, mujeres y niños
a quienes la vida les ha negado casi todo, y a quienes, por desgracia,
no alcanzan los beneficios de las leyes protectoras ni las ayudas
de tantas instituciones públicas y privadas dedicadas,
teóricamente, a su valimiento.
La figura del mendigo, tan explotada
en la literatura universal, resulta muchas veces patética
por las tragedias que creemos averiguar tras sus pasos vacilantes,
sus estrafalarios atuendos, sus indecisas manos extendidas, y
la súplica de sus miradas, en las que con tanta frecuencia
el temor y la incertidumbre se alían con el desamparo.
Pero hay unos pocos privilegiados
muy pocos, es la verdad para quienes la mendicidad es una
cuestión vocacional. Se dedican a ella de una manera voluntaria,
adoptándola como su modus vivendi habitual y ejerciéndola
con la rigurosidad horaria y la plena dedicación de cualquier
otro oficio o empleo profesional. La mayoría de ellos son
gente que un día decidieron romper con sus trabajos habituales,
quizás hartos de injusticias, minusvaloraciones y ninguneos,
o que abandonaron sus hogares huyendo de Dios sabe qué
insoportables humillaciones familiares, para lanzarse a la calle
libres como pájaros y sin perder su dignidad en busca
del pan cotidiano.
Aurelio era uno de estos privilegiados.
Desde que decidió dejar sus anteriores ataduras y lanzarse
al camino de la mendicidad, pudo darse cuenta de que en ese oficio
la honradez y el sentido de la responsabilidad eran cuestiones
fundamentales, además de un profundo conocimiento de sus
técnicas y unas especiales dotes artísticas, siempre
sometidas a un permanente reciclaje. No se puede uno dormir en
los laureles, se decía, ni confiarlo todo a la Divina Providencia;
y mucho menos caer de lleno de lleno, digo, que un poquito nunca
viene mal en el campo de la picaresca, de tan honda tradición
hispana desde los viejos tiempos hasta la más inmediata
actualidad.
Tenía razón Aurelio:
En esa noble profesión no se puede improvisar: se necesitan
años y años para dominarla, para conseguir ejercerla
como mandan los cánones y con la eficacia necesaria, es
decir, con seriedad, entrega y pulcritud, condiciones imprescindibles
para que el mendigo pueda alcanzar sus objetivos. Sin descartar,
por supuesto, una buena dosis de imaginación y de creatividad.
En este tema, tenía sus ideas
propias: nunca creyó del todo en el monólogo dramático
como único instrumento persuasivo; la gente ya estaba harta
de tantas historias trágicas, muchas de ellas burdamente
inventadas: hijos enfermos, padres ancianísimos, parientes
cercanos cumpliendo largas condenas... y aún tenía
menos fe en lo que pudiéramos considerar "medios auxiliares"
o "complementos plásticos" de la mendicidad,
tales como miembros amputados, pústulas y llagas demasiado
evidentes para creerlas auténticas, carteles explicativos
con las preceptivas y realmente conmovedoras faltas
de ortografía, imágenes y estampas de vírgenes
y santos, instrumentos musicales irremediablemente desafinados,
animales domésticos en sospechosa inmovilidad... Y no digamos
de lo que él llamaba, despreciativamente, "sistemas
postmodernos": venta de pañuelitos, limpieza de parabrisas
y demás actuaciones semafóricas drásticamente
calificadas por Aurelio como vergonzosas horteradas...
La base de su trabajo era, sencilla
y fundamentalmente, el gesto: una tristísima expresión
de derrota, un viejo y noble cansancio sobre los hombros, una
mirada penetrante pero llena de humildad, y una imagen personal
de antiguo señorío vencido por el tiempo y los avatares
de la vida, enmarcada en un aspecto general de limpia indigencia
sobrellevada con resignación, junto a una frase tan escueta
como: "Una ayuda, por favor"; o mejor aún: "Cuánto
le agradecería una ayuda, señora (o señorita,
o señor)", dicha con voz delgada y nebulosa, como
un susurro, pero sin dejar que lo suave enturbiara la dicción,
obraban milagros, auténticos milagros, en las gentes de
buena fe.
Era difícil resistirse a
sus dotes de persuasión. Pero también sabía
que su técnica necesitaba un ambiente más sosegado
de lo normal, un clima tranquilo y relajado para que se pudiera
apreciar de cerca y en toda su hondura la precariedad que deseaba
transmitir y la idea de la necesidad extrema que le obligaba a
implorar la limosna como única forma de subsistencia. Por
ello, desechaba la esquina, la puerta de la iglesia, el bar o
las cercanías de espectáculos públicos, prefiriendo
los medios de transporte, un campo en el que, con el tiempo, había
alcanzado un altísimo nivel de especialización.
*
* *
Cómodamente
instalado en su asiento, Aurelio observaba a los demás
viajeros con mirada de experto, clasificándolos mentalmente
según sus posibilidades económicas y su mayor o
menor grado de receptividad ante la desgracia ajena. En un momento
dado, con su intuición de avezado profesional, supo que
había llegado la ocasión. No antes ni después:
en ese mismo instante era cuando debía levantarse y abandonar
su plaza para desarrollar toda su sabiduría mendicante,
para poner en práctica lo que su ya larga experiencia le
había enseñado. Su sexto sentido le decía
que aquel iba a ser un día muy provechoso, una jornada
de resultados especialmente fructíferos y positivos.
Con
pasos calculadamente lentos, arrastrando los pies con el desmayo
natural que la penuria impone, Aurelio fue desplegando todo su
amplio repertorio de recursos. La suya no era no podía
serlo una petición masiva, dirigida a voz en grito al
público con ademanes plañideros: cada persona era
tratada por él de manera individual, casi con un toque
confidencial, adaptando el tono de su voz, la tristeza suplicante
de su mirada y hasta la concavidad de su mano extendida, a las
características personales de cada posible benefactor.
Su larga práctica le había proporcionado las necesarias
dotes de psicología aplicada para saber con exactitud como
solicitar la limosna sin herir susceptibilidades ni levantar reacciones
de temor o de rechazo, con la delicadeza suficiente para ofrecer
la posibilidad de ayuda casi como un favor personal.
Dieran
o no resultado sus peticiones, la frase "muy agradecido",
musitada con la irremediable modestia del desheredado, provocaba
una inmediata reacción de ternura que casi siempre terminaba
por convencer a los más reacios o distraídos, incluso
a los más duros de corazón.
Tardó
un largo rato en recorrer las filas de asientos repletos. Su estilo
de trabajo no admitía prisas. Su profesionalidad de
la que se mostraba francamente orgulloso le obligaba a hacer
las cosas de una manera pausada y concienzuda: pido limosna, solía
decir, como a mí me gustaría que me la pidieran.
Porque para ser mendigo hay que saber estar. Me revientan los
aficionados y las cutrerías de los principiantes. Yo nací
para esto, lo tengo muy claro. Y para esto hay que nacer.
*
* *
El
final de su demorado recorrido, ya con el bolsillo de su raída
chaqueta repleto de monedas y billetes de las más diversas
procedencias, coincidió con el aterrizaje de aquel Boeing
747 de American Airlines, vuelo 951 de Los Ángeles a Barcelona.
Aurelio
se despidió cortésmente de las azafatas y del sobrecargo,
y tras encargarles un afectuoso saludo para el comandante de la
nave, bajó despacio la escalerilla, respiró el aire
puro del aeropuerto, y echó una mirada a los aparatos que
allí estaban estacionados. Eligió un hermoso Airbus
de Lufthansa, que iba a iniciar el vuelo Barcelona-Estocolmo con
escala en Frankfurt.
Tuvo
que darse prisa: ya estaba a punto de despegar.
©
Antonio
Porpetta