15
octubre 2002

 

Manuel
  Garrido

 
 Palacios

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Eco de Eco

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15
octubre 2002

Manuel
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Eco de Eco

 

Umberto Eco recoge en "Deben los intelectuales meterse en política", unos comentarios que improvisó en un encuentro organizado por un sindicato italiano sobre problemas de nuestro tiempo. La reunión-charla tenía su origen en lo que suele suceder a menudo: que los políticos piden a los intelectuales ideas renovadoras sobre el modo de llevar el país. Después de confesar que no hay nada que más le irrite que se utilice al intelectual como un oráculo, señala que no hay que entender por intelectual a todo el que trabaje con la cabeza y no con las manos: quien hace reservas en un hotel trabaja con la cabeza y el escultor lo hace con las manos. Intelectual es el que hace un trabajo creativo, sea en el ámbito de las ciencias, en el de las artes o en el de los inventos. No es intelectual quien escribe un manual sobre cualquier materia, sino quien lo escribe con criterios pedagógicos inéditos.

Se retrotrae Umberto Eco a la Grecia clásica para definir tres modelos de intelectual: 1) Ulises, que en la Iliada adopta ese papel cuando Agamenón le pregunta cómo conquistar Troya y él se inventa lo del caballo. 2) Platón, que suma a la tarea oracular la idea de que los filósofos pueden enseñar a gobernar. Al ver cómo le sale la experiencia junto al tirano de Siracusa, advierte Eco que hay que poner en cuarentena a los filósofos que proponen modelos de gobierno. Y 3) Aristóteles, preceptor de Alejandro, al que no dio consejos puntuales para desarrollar su gobierno, sino conceptos básicos sobre la política y la ética, o sea, punto y coma de lo que Alejandro hubiera podido aprender en los propios libros de Aristóteles. No le dio el pez; le enseñó cómo se pescaba.

Partiendo de ahí, dice Eco que el político tiene un buen modo de aprovechar la sabiduría del intelectual: basta con que le lea las ideas interesantes que haya parido. Y si no fuera suficiente, pedirle más profundización, más madera para armar el argumento, caso de que el intelectual esté dispuesto a poner su formación al servicio de la colectividad. Para Eco: "eso es todo".

Un periodista le reprochó en la reunión que no citara a Sócrates. Le dio la razón, porque existe un cuarto modelo: Sócrates critica a la ciudad en la que vive y acepta ser condenado a muerte para enseñar a respetar las leyes. El intelectual en el que piensa Eco está cercano a Sócrates: "no ha de hablar contra los enemigos de su grupo, sino contra su grupo; ha de ser la conciencia crítica de su grupo", a sabiendas de que en ciertos grupos llegados al poder, la cabeza del intelectual incómodo sea la primera en caer. Como en cualquiera de sus obras, Eco pone el dedo en heridas que no quieren cicatrizar.

También podría decirse que un modelo que no salió en la charla improvisada fue el de él mismo, capaz de tomar distancia, de retirarse suficientemente para que ningún árbol le tape la visión del bosque, ese amplio horizonte que tantas veces se ignora, entre otras muchas razones, por no leerlo a él a tiempo.

 

 

Manuel Garrido Palacios

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