15
octubre 2002

 

Manuel
  Garrido

 
 Palacios

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Paisajes de la memoria

Juan Delgado:
Paisajes de la memoria

Asociación Literaria Huebra
Aracena 2002

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15
octubre 2002

Manuel
  Garrido

 
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Juan Delgado:
Paisajes de la memoria

Asociación Literaria Huebra
Aracena 2002

 

Acaba de nacer en la Sierra de Huelva el número 13 de la Colección Literaria Biblioteca de la Huebra, que llevan mano a mano —heroicamente, diría— Manuel Moya y Rafael Vargas. Se trata de una nueva apuesta por nombres y obras que permanecían en el estante de las esperas —injustas, tristes, a veces, miserables esperas—, y que probablemente seguirían ahí si ellos dos —uno a la cosa literaria, otro a lo de la plata— no vivificaran ese formidable proyecto de entregar a la imprenta tanta palabra escrita en libertad.

En PAISAJES DE LA MEMORIA, Juan Delgado (Campofrío 1933) nos regala, con un estilo impecable, el latido que guarda de un tiempo perdido, algo que le anidó en el alma en su pueblo-cuna: "donde las cales / subliman claridad y se hacen vida / donde el amor es una herida / cardinal que da luces cardinales".

El libro se compone de una treintena de relatos divididos en tres Paisajes: del Agua, del Aire y de Carne. También podríamos decir que se trata de un relato único —cada alma no tiene más que un tono—, que se abre en fragmentos y que, a la vez que pueden leerse como independientes, se complementan si se dan en conjunto, como es el caso.

Su lectura me ha recordado a Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, no por ningún mimetismo, sino por la maestría con la que Juan Delgado hace poesía de "renglones largos", como dijo alguien. La poesía es un concepto mal traído. No todo lo que se hace en verso —"renglones cortos", dijo el mismo alguien—, merece ese rango. Está la llamada "poesía ilegible e inaudible" por el tormento que supone leerla o escucharla: digamos ripios patronales, versos de pregón, odas a los héroes, aflicciones patrióticas y otras lindezas. Y luego está la Poesía con mayúscula, no sujeta ni a la longitud de los renglones, ni a la rima, ni a cualquier otra regla que la encorsete. Es la Poesía que lo mismo puede estar en un poema, que en un relato, que en una paleta de colores, que en una forma escultórica, que en un edificio, que en un discurso, que en una mirada. Todo depende de que sea una verdad que nos mueva, porque, como Arte que es la Poesía, o es sensación que se transmite, o es un helado de cucurucho, aunque quienes la hagan o se autociten como críticos de ella sigan llamándola poesía (con minúscula, por favor, si no le importa).

En Juan Delgado se da la circunstancia de que cuanto escribe sabe a Poesía, sea en renglones cortos o largos, como los Celtas. Podría traer un antológico poema suyo donde dice: "Te pregunté por mi nombre / y entonces supe que me llamaba Silencio", pero no lo haré. Me limito a abrir el libro recién horneado para bucear brevemente en la Poesía que contiene: "...te pierdo en lejanías de palabras / en la niebla profusa de la umbría soledad / el hombre que ahora soy / se baña en el aliento de tu sonora calma / y, desnudo de todo, vuelve a nacer al beso milagroso del tiempo recobrado".

Esto pertenece al capítulo "La Fuentecilla", al que siguen, pugnando en belleza, otros como "El socavón", "El cabezo" "Charcas del Odiel" "El pilar de Agua Dulce", que lo inicia con una copla: "En el Pinar de Agua Dulce / que hay al pie de la montaña / cayó una lágrima mía / y el agua se puso amarga / (Con qué pena lloraría!". Otros capítulos hablan de las "Albercas del Chorrero", de "Valdelombre", de la "Huerta de Adela", del "Pozo señalado", y así hasta completar una geografía espiritual en su "segundo regreso a Campofrío", como el poeta subtitula su obra.

Sería bueno que la leve muestra citada sirviera de estímulo para que la obra entera fuera compartida. Con su lectura, no sólo se apoyaría esa impagable labor que hacen Manuel Moya y Rafael Vargas al levantar magníficos textos, no sólo se le daría sitio a un escritor tallado en esta provincia "donde tanto se llora a destiempo", sino que se tendría la oportunidad de penetrar en el ámbito mágico de la Literatura —tan envilecida últimamente—, a través de un libro hecho como la galería minera en la montaña, a golpe de vida. En ambos oficios es doctor Juan Delgado.

 

 

Manuel Garrido Palacios

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