|
La
gula
Las
placas ociosas de la soledad colisionan como un grito despacio;
de sus indolentes estallidos surgen las manos que me reclaman, los
muslos que me detienen, los labios cosidos con hilo de pez; con
ojos de gallo, pequeño, sentado en el centro de mi cuarto,
secuestrado por la luz roja, por la moqueta azul, observo a mi alrededor
los objetos de deseo: le arranqué a bocados la pierna a una
muñeca, con toda la tristeza de un mundo pesado como un plomo
engullí a la chica que me cuidaba: pero nada me saciaba.
Quise comerme a mis padres pero no estaban en casa. El hambre se
me agolpa en las sienes como una campana enloquecida que pide auxilio,
auxilio.
No tiene sentido la vida si no me la llevo a la boca, suave el vello
entre los dientes, gozosa la sangre a borbotones, feliz el tacto
final del tuétano que discurre por la garganta. He intentado
roer la moqueta pero debajo sólo hay más baldosas,
¿jamás se cegará mi hambre?
No, el deseo me deja las tejas rotas en mi conquista a mordiscos
de entre los cuerpos humanos. ¿Qué tenue sombra y
firmeza tendrán los pechos de esa amiga? ¿Habrá
duelo en la muerte lenta de un caballo? ¿Cómo hincar
los dientes en el ijar del ocaso? Vísperas de una tristeza
sin zumo voy escarbando para ver si puedo, como los cocodrilos presumidos,
masticar con mil dientes mi pasado. Este amor de mandíbula
nerviosa que atemoriza a los ciudadanos, sin esperanza ni consuelo.
Corónenme de gemidos y de miembros masticados porque me hincho
de mí mismo, de bultos y de árboles el estómago.
Qué feo me voy sintiendo sin la caricia de los enamorados
sino con toda la prisa del que devora al amado para que no se quede
tan solo el silencio
Sentado en mi habitación de los siete años, veo circular
los alimentos en su universo cerrado; besarme boca con boca ¡no!,
hasta llegar a las manos, los tiernos cuerpos que tantos cuerpos
han amasado, tanto pan y tanto queso. Y voy del hartazgo de carne
hasta el llanto y al estridente rigor del hambre que me tiene atenazado
en una digestión de eternidades.
Y del veneno frío a la fruta, y del dulce al muslo ansiado,
desayuno una pata de la cama y sangro por las encías a charcos
pues cuanto más como más deseo volver a saborear lo
tragado, una áspera cabellera vieja, los genitales de un
niño asustado, tengo hambre grito con los ojos rendidos y
con el pecho hastiado de que pasen los minutos sin descanso.
A
veces sueño que me devoro a mí mismo con deleite y
lametazos, latido a latido, demarcando el inmenso placer en cada
sentido, bailo mi propio delirio deshuesado, me abro, con furor
frenético, y una alegría infinita de acabar conmigo
mismo y con esta soledad de placas que me mira e intenta aplastarme
sin éxito.
©
Héctor
Arnau
|