15
octubre 2002

 

Héctor
  Arnau

 
 

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La gula
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15
octubre 2002

Héctor
  Arnau

 
 


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La gula

 

Las placas ociosas de la soledad colisionan como un grito despacio; de sus indolentes estallidos surgen las manos que me reclaman, los muslos que me detienen, los labios cosidos con hilo de pez; con ojos de gallo, pequeño, sentado en el centro de mi cuarto, secuestrado por la luz roja, por la moqueta azul, observo a mi alrededor los objetos de deseo: le arranqué a bocados la pierna a una muñeca, con toda la tristeza de un mundo pesado como un plomo engullí a la chica que me cuidaba: pero nada me saciaba. Quise comerme a mis padres pero no estaban en casa. El hambre se me agolpa en las sienes como una campana enloquecida que pide auxilio, auxilio.

No tiene sentido la vida si no me la llevo a la boca, suave el vello entre los dientes, gozosa la sangre a borbotones, feliz el tacto final del tuétano que discurre por la garganta. He intentado roer la moqueta pero debajo sólo hay más baldosas, ¿jamás se cegará mi hambre?

No, el deseo me deja las tejas rotas en mi conquista a mordiscos de entre los cuerpos humanos. ¿Qué tenue sombra y firmeza tendrán los pechos de esa amiga? ¿Habrá duelo en la muerte lenta de un caballo? ¿Cómo hincar los dientes en el ijar del ocaso? Vísperas de una tristeza sin zumo voy escarbando para ver si puedo, como los cocodrilos presumidos, masticar con mil dientes mi pasado. Este amor de mandíbula nerviosa que atemoriza a los ciudadanos, sin esperanza ni consuelo. Corónenme de gemidos y de miembros masticados porque me hincho de mí mismo, de bultos y de árboles el estómago. Qué feo me voy sintiendo sin la caricia de los enamorados sino con toda la prisa del que devora al amado para que no se quede tan solo el silencio…

Sentado en mi habitación de los siete años, veo circular los alimentos en su universo cerrado; besarme boca con boca ¡no!, hasta llegar a las manos, los tiernos cuerpos que tantos cuerpos han amasado, tanto pan y tanto queso. Y voy del hartazgo de carne hasta el llanto y al estridente rigor del hambre que me tiene atenazado en una digestión de eternidades.

Y del veneno frío a la fruta, y del dulce al muslo ansiado, desayuno una pata de la cama y sangro por las encías a charcos pues cuanto más como más deseo volver a saborear lo tragado, una áspera cabellera vieja, los genitales de un niño asustado, tengo hambre grito con los ojos rendidos y con el pecho hastiado de que pasen los minutos sin descanso.

A veces sueño que me devoro a mí mismo con deleite y lametazos, latido a latido, demarcando el inmenso placer en cada sentido, bailo mi propio delirio deshuesado, me abro, con furor frenético, y una alegría infinita de acabar conmigo mismo y con esta soledad de placas que me mira e intenta aplastarme sin éxito.

 

 

Héctor Arnau

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