14
septiembre 2002

 

Juan
 Diego

Incardona

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  Los arqueólogos

en el estanque de agua inmutable

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volver a Tierra

 

 

 

 

 

 

14
septiembre 2002

Juan
 Diego

Incardona


eom
volver a Tierra

 

Los arqueólogos en el estanque de agua inmutable

 

       Estaba intentando extraer algún objeto de las páginas blancas, pero los papeles de aquella mañana eran ciertamente particulares por lo inhóspitos. Y ya dos vueltas completas en su recorrido, el reloj, diligente y sin vacilaciones, llevaba desde el comienzo de mis excavaciones. De todas formas, yo, perseverante, que cubría con terraplenes desprolijos a cada uno de los infructuosos pozos, seguía cavando pozos nuevos. Pero todo continuaba en vano. Es cierto que descubrí algunas oraciones y hasta algún párrafo herrumboso debajo de la tierra blanca, y un tanto ventosa, de aquella región esparcida sobre mi escritorio, y que sacudí con mis minúsculos pinceles el polvo de algunas letras interesantes, pero cuando intentaba reconstruir una ciudad, una mujer o un hombre, de aquellos objetos, mis intentos eran esfuerzos inútiles, porque la fragmentación de los descubrimientos era tan grande que cualquier proyecto se tornaba imposible. Fue entonces, cuando el corolario de todo el tiempo pasado parecía ser el silencio, que golpearon la puerta de mi casa: era mi amigo, el ensayista y poeta Enrique Schliemann.

       Nunca lo había visto así: sus manos temblaban. Nunca lo había visto así: la respiración le movía medio cuerpo. Nunca lo había visto: sus brazos eran articulados desde los codos en forma desarmoniosa y violenta. Nunca lo había: la cabeza se le agitaba en pequeños estallidos. Nunca lo: toda su cara era una composición de movimientos anárquicos. Nunca: sus ojos estaban henchidos de locura.      : sus pies parecían bailar pero sin ritmo.         :                          .

       De toda aquella imagen arrebatada y sin control que giraba en torno a la existencia de mi amigo se desprendían, cual si fueran piedras rodando en una pendiente, sonidos. Palabras y palabras tan distintas o tan desorganizadas que todo aquel discurso era, para mí y mi lengua —que conforma toda mi historia—, una bruma espesa. Lo único que comprendía era que debía seguirlo a algún lugar. Sin dudas, quería mostrarme algo.

       Descendimos por la escalera despacio; mi amigo se apoyaba como podía en la balaustrada y jadeaba como un animal; yo estaba alarmado de verlo así pero aunque le pregunté varias veces qué le sucedía no hallé respuesta. Para mi percepción, Schliemann era tan inhóspito como aquellas páginas blancas que acababa de abandonar en mi casa. Igualmente pensé que las explicaciones que pretendía podría hallarlas en el lugar adonde nos dirigíamos. Aunque también pensé que eso, el lugar, la cosa o lo que fuera, podría haber sido la causa de los trastornos de mi amigo y que bien podría hacer de mí algo parecido. Pero no tenía alternativa de regreso, Schliemann me arrastraba casi a la fuerza y también, cada vez más, mi curiosidad. Así pues, debería viajar hacia aquel destino. Todo era muy preocupante.

       Nuestro pueblo es pequeño y antiguo, de gente vieja casi siempre oculta, que sale de sus casas solamente muy temprano a la mañana para barrer minuciosamente las hojas caídas y a la noche para sacar cajas de cartón con basura (aquí es costumbre usar cajas para los residuos, no bolsas) que luego son recogidas por gente que he visto pero que no conozco y que no sé de dónde vienen porque no son de este pueblo. Yo vine a vivir a este lugar hace unos dos años. Llegué a él seducido por sus características. Las condiciones aquí creadas son las más apropiadas para mi trabajo: silencio, frío, ventanas que muestran montañas, gente desconocida, y sobre todo, lejanía del "círculo literario". La única excepción fue mi amigo Enrique Schliemann que vino al pueblo tres meses después que yo e invitado por mí. Su casa queda a una cuadra de la mía.

       Caminamos a través del bosque que rodea a nuestro pueblo; en el día, la oscuridad. Mi amigo nunca hablaba, sólo emitía más sonidos. Aunque ahora nuevamente lo pienso: sus sonidos bien podrían haber conformado una lengua. Me corrijo: mi amigo hablaba. Supongo que aquel idioma también podría ser escrito. En ese caso, quizá mi amigo ya había escrito poemas con este otro idioma, asunto que yo ignoraba y que aún ignoro, lo juro. No es mi intención aquí mentir. De todas formas, y continúo con el idioma-sonidos, aquellas supuestas palabras que mi amigo lanzaba mientras el bosque nos absorbía cada vez más, eran para mí como ruidos de la naturaleza. Es decir, los oía y los interpretaba de alguna manera, puesto que cuando escucho el ruido de las hojas de los árboles sé con seguridad que la causa es el viento como también sabía que esos ruidos, sonidos, palabras, que salían de la boca de Schliemann eran causadas por su cuerpo. Lo que no sé, en ninguno de los casos, es de quién es la voluntad que sacude al viento que mueve a las hojas o al cuerpo que mueve a las palabras.

       Más allá de toda esta filosofía, lo cierto es que sus probables palabras eran inútiles porque, aunque todo siempre comunica algo, en este caso no me alcanzaban para comprender qué sucedía y a dónde nos dirigíamos.

       Avanzábamos de la mano, en el bosque, sobre la superficie de la tierra, eso lo sabía, pero me parecía un descenso. Era como si aquel viaje me internara dentro de un cuerpo. Y ahora que me acuerdo de estos sucesos y pensamientos se me ocurre creer que el planeta es una especie de organismo. Me gustaría hablar de este tema con el arqueólogo Verne.

       El bosque se había puesto muy oscuro y muy espeso, ya parecía una selva. De pronto, entre el paisaje cada vez más turbio, vi un zorro. Nos miraba. Yo también lo miraba y lo comenté con mi amigo. Él, en cambio, no lo miraba y me hablaba. Yo no entendía una palabra de lo que me decía. El zorro comenzó a seguirnos a distancia.

       Dentro del bosque las perspectivas son imposibles; los árboles se multiplican, te marean y te bailan alrededor. Uno camina y percibe en su andar la extensión, pero las direcciones y los sentidos se llenan de máculas, de manchas verdes, marrones y amarillas. Uno camina pero sin camino, las dimensiones no son ni rectilíneas ni circulares, la percepción del espacio, por el contrario, se somete allí a un solo criterio: ya saben cuál. A menos que uno conozca el bosque, en ese caso, para tal existencia, el bosque ya no es. Es bosque como un conjunto de árboles, pero no bosque como bosque. El bosque es lo desconocido. Y en estos términos, aquel día, andábamos por allí: yo en el bosque, el zorro en un conjunto de árboles y mi amigo Enrique Schliemann no sé dónde. Tampoco sé si aún podría considerarlo Enrique Schliemann.

       Otra cosa: no había canto de pájaros. Los únicos sonidos eran nuestros pasos, las hojas con el viento, y las palabras de Schliemann.

       Llegamos al lugar.

       Schliemann, eufórico, tomó unas piedras del suelo y las lanzó al estanque. Al principio, yo no comprendía bien de qué se trataba todo aquello. Recuerdo cómo las piedras eran absorbidas en el líquido. Aún ahora las miro y las miro desaparecer.

       Repentinamente, en aquella jornada y ahora, y siempre, contemplo a Schliemann lanzarse al estanque y, también, desaparecer. Allí es donde todo se comprende: el agua no acusa movimientos concéntricos ante los objetos que penetran en ella.

       Durante un rato permanecí inmutable, luego recobré cierta conciencia. Pensé en arrancar la rama de un árbol. Luego, tomaría suma precaución en no salpicarme con aquel agua, hundiría la rama y la desplazaría en forma suave y ascendente con el objetivo de mover un poco de aquel líquido a la orilla.

       Agacharía un poco mi cabeza y lo estudiaría minuciosamente.

       Éstos son algunos de los charcos que he extraído del estanque de agua inmutable:

                 l i b r a r y a n u e s t r a s n a v e s d e l a s l l a m a s y a r r a n c a d e l a m u e r t e l o s r e d u c i d o s b i e n e s d e l o s t e u c r o s , o m a n d a a l o q u e q u e d a t u r a y o d e s t r u c t o r , s i l o m e r e z c o , y h ú n d e n o s a q u í m i s m o c o n t u d i e s t r a
                 h a b i t a r á e l l o b o c o n e l c o r d e r o , y e l l e o p a r d o s e a c o s t a r á c o n e l c a b r i t o , y c o m e r á n j u n t o s e l b e c e r r o y e l l e ó n , y u n n i ñ o p e q u e ñ o l o s p a s t o r e a r á . l a v a c a p a c e r á c o n l a o s a , y l a s c r í a s d e a m b a s e e c h a r á n j u n t a s , y e l l e ó n , c o m o e l b u e y , c o m e r á p a j a
                 ¿ d e s o r d e n ? m i p u l s o , c o m o e l v u e s t r o , l a t e c o n r e g u l a r i n t e r v a l o , y a n u n c i a i g u a l s a l u d e n s u s c o m p a s e s . . . n a d a d e l o q u e h e d i c h o e s l o c u r a . h a c e d l a p r u e b a , y v e r é i s s i o s r e p i t o c u a n t a s i d e a s y p a l a b r a s a c a b o d e p r o f e r i r , y u n l o c o n o p u e d e h a c e r l o
                 s i s e l o d i j e r a a l o s d e m á s d e c o m a l a d i r í a n q u e e s t o y l o c o , c o m o s i e m p r e h a n d i c h o q u e l o e s t o y . n o . l o c o n o , m i g u e l . d e b e s e s t a r m u e r t o . a c u é r d a t e q u e t e d i j e r o n q u e e s e c a b a l l o t e i b a a m a t a r a l g ú n d í a . a c u é r d a t e , m i g u e l p á r a m o . t a l v e z t e p u s i s t e a h a c e r l o c u r a s y e s o y a e s o t r a c o s a
                 í b a m o s s o b r e s o m b r a s q u e a t e r í a l a d e n s a l l u v i a , p o n i e n d o l a s p l a n t a s e n s u s f a n t a s m a s q u e p a r e c e n c u e r p o s . e n e l s u e l o y a c í a n t o d a s e l l a s s a l v o u n a q u e s e a l z ó a s e n t a r s e a l p u n t o q u e p u d o v e r n o s p a s a r p o r d e l a n t e
                 e l c í c u l o d e l c i e l o m i d e m i g l o r i a , l a s b i b l i o t e c a s d e l o r i e n t e s e d i s p u t a n m i s v e r s o s . l o s e m i r e s m e b u s c a n p a r a l l e n a r m e d e o r o l a b o c a . l o s á n g e l e s y a s a b e n d e m e m o r i a m i ú l t i m o z é j e l . m i s i n s t r u m e n t o s s d e t r a b a j o s o n l a h u m i l l a c i ó n y l a a n g u s t i a : o j a l á y o h u b i e r a n a c i d o m u e r t o
                 d a l o m i s m o q u e a d v i e r t a s o n o a l o s i n f i e l e s : n o c r e e n . D i o s h a s e l l a d o s u s c o r a z o n e s y o í d o s ; u n a v e n d a c u b r e s u s o j o s y t e n d r á n u n c a s t i g o t e r r i b l e . h a y e e n t r e l o s h o m b r e s q u i e n e s d i c e n : c r e e m o s e n D i o s y e n e l ú l t i m o D í a , p e r o n o c r e e n
                 p o r l a n o c h e a p e n a s c o n s e g u í a s o p o r t a r l a i n m o v i l i d a d , y l a c o m i d a y a n o l e p r o c u r a b a n i n g ú n p l a c e r . y a s í , p u e s , p a r a e n t r e t e n e r s e , a d o p t ó l a c o s t u m b r e d e t r e p a r p o r l a s p a r e d e s y e l t e c h o e n t o d a s d i r e c c i o n e s . s o b r e t o d o l e g u s t a b a q u e d a r s e a r r i b a , e n e l c i e l o r a s o ; e r a m u y d i s t i n t o q u e e s t a r e c h a d o e n e l s u e l o ; s e r e s p i r a b a c o n m a y o r l i b e r t a d
                 e n l o s c o n j u r o s q u e a q u í c o m i e n z a n , s e n a r r a l a s a l i d a d e l a l m a h a c i a l a p l e n a l u z d e l D í a , s u r e s u r r e c i ó n e n e l e s p í r i t u , s u e n t r a d a y s u s v i a j e s e n l a s r e g i o n e s d e l M á s A l l á
                 a l s i l e n c i o l e g u s t a b a e s c u c h a r l a m ú s i c a ; o í a h a s t a l a ú l t i m a r e s o n a n c i a y d e s p u é s s e q u e d a b a p e n s a n d o e n l o q u e h a b í a e s c u c h a d o
                 e l c l a m o r d e l o s h o m b r e s e s i n t o l e r a b l e , e l s u e ñ o y a n o e s p o s i b l e c o n e s t e c l a m o r . y a s í f u e c o m o l o s d i o s e s d e c i d i e r o n e n s u s c o r a z o n e s d e s e n c a d e n a r e l d i l u v i o

       Mi mente era una esponja ambiciosa que parecía no detenerse pero escuché un grito tremendo que me sobresaltó. Abandoné el estanque y empecé a correr aterrorizado en el bosque en busca del pueblo. A lo lejos y dejándose ver, el zorro corría a la par mía. Se detonaban cada vez más gritos, muchos gritos, de distintas voces, gritos atronadores, infinitos gritos.

       Bosque de explosiones, estanque de agua inmutable, el zorro inquietante, el arqueólogo y el miedo.

       Corría tan fuerte en aquel vértigo de temores y descubrimientos que en un momento pensé que yo era el viento.

       Qué he dicho, qué he escrito, qué he leído.

       En el pozo del bosque, sobre las aguas quietas del Principio, aúlla el viento, sintaxis del grito.

       Iré ahora mismo, nuevamente, al estanque, a hundirme junto a Schliemann y desaparecer.

 

 

 

Juan Diego Incardona

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