14
septiembre 2002

 

Cindy
  Bautista

 
 

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Ofelia Encontrada
 
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14
septiembre 2002

Cindy
  Bautista

 
 


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Ofelia Encontrada

 

I

Nosotros somos tres, como tres son nuestros padres. Nuestra madre nos tuvo, uno a uno, cada vez que moría el hombre recién amado por ella. Nuestra madre es negra, de los zapatos al alma. El crujir de sus ropas, delatan que ella, ya viene en camino. Lo único que tenemos en parecido, es su rostro pálido idéntico a la luna —dice mi tío—, aunque sabemos que no es la luna que se asoma a darnos las buenas noches, sino la muerte, que nuestras camas, implacable, acecha.

 

 

II

Teje. Flores que en sus hilos desvanecen marchitas, pájaros que con sus agujas pincha. Magnífica en la tortura, ni una gota de sangre por la tela resbala. En sus noches de insomnio frecuente, anticipándonos, en nuestros oídos ponemos migas de pan amasadas —esfuerzo inútil—. Animal herido que ronda los cuartos, las galerías y las terrazas, sus gritos piden a la noche abrirse y tragársela. Algo grande en verdad es para ella, soportarse. Cargarse ella misma con ese peso muerto de los cuerpos que no saben que son, ni para que existen y respiran.

 

 

III

No comprendemos a nuestra madre. Ella misma se ha perdido en el concepto que encarna la cuestión de preguntar por uno mismo. Perfecta Ariadna que tira por un rincón el hilo porque sabe, que todo buen arquitecto jamás de su laberinto sale. A nuestra madre no la amamos. Tampoco la odiamos. Como la pesadilla a la que más temes —pero a la que te has acostumbrado, porque, encima de tu hombro, sus ojos impávidos ha puesto—, en la noche y en el día, su nombre es un conjuro para alejarnos de lo que ella es. Así, se convierte en algo indispensable, a la vez, ignorado, en todo lo que conforma esta enorme casa, y lo que ello significa. Pero esto, lo hemos de callar.

 

 

IV

No necesitamos quien nos cuide. De ella aprendemos que estando solos, lo único en que se puede confiar, es en la soledad, y nuestros pensamientos, en su copa beben. Los atamos a la cuerda del olvido, que como una nodriza nos amamanta pensando. Mas la soledad de nuestra madre, es el veneno en gotas de un vaso con agua. En cualquier mesa puede estar. Nosotros hemos visto el vaso, pero guardamos silencio, al igual que la rutina de nuestro corazón, apenas perceptible.

 

 

V

Francisca es nuestra vieja, la nana. Su falda de colores es el sol que nuestros párpados hiere. Poco a poco, después de un momento de saberla cerca, nos acostumbramos a su relumbrar. Su mano se aproxima, precavida, primero, a nuestro cabello, mas este en su palma resbala, parece un pedazo de hielo desgajándose de la primavera de un árbol, muriendo insensible a la risa de las nuevas hojas. La vieja nos quiere, inundada del temor que sólo causa lo demasiado triste o, lo demasiado muerto. Algo le preocupa. De un lado hacia otro sus faldas enjutas se revuelcan, pregunta si la masa ya esta lista y se le ve repasar con la mirada las anónimas mujeres que limpian la sala y los cuartos de adelante, mujeres siempre diferentes, con rostros asustados siempre iguales. Levanta su cuerpo pesado hacia nosotros, y decimos por dentro, que algo tiene nuestra madre, pero hay que escuchar. El silencio lo dice todo. Desgrana las mazorcas, guarda el maíz y conserva los olotes en varias cestas. Al quitar el último grano de la última pieza, desesperada aprieta la mazorca y la arropa entre sus faldas, como si de un niño a punto de expirar se tratara. Mejor nos vamos al patio a jugar .Ama demasiado a nuestra madre. Piensa que las caricias de sus ojos hacia nosotros es el pan que hará mantenerse vivo al pájaro moribundo que en nuestra madre hace un hueco, desesperado por salir.

Hay que ver la lluvia que nos moja, y nuestra pelota manchada de lodo, en nuestros pantalones para entender que nuestra madre nos cala los huesos al nosotros acurrucarnos juntos para darnos calor, cuando nos salimos un rato del transcurso de la vida aquí afuera.

 

 

VI

Hemos visto a Ofelia esta tarde, enredada de plantas, oliendo a flores, con un cielo gris azulado que sus pupilas abiertas traspasan y no ven. Es nuestra madre. Ofelia siempre ha sido nuestra madre flotando en el agua. Nunca ha de encontrar vasija con que pasar el agua de sus ojos, para convertirla en relleno de sí misma. Relleno que causara alivio, como si de terminar de comer satisfecho la merienda se tratara.

¿No pudimos ser nosotros su hallazgo? ¿No pudo revelarse a su autor, pensando en su personaje, que es y ha sido siempre nuestra madre?

La nana la encontró, pero su rostro permaneció como una piedra que respira aliviada. Nada pudo ocultarse a los ojos de la vieja, sus trenzas negras encanecen en la hora continua en que nuestra madre nace, una y otra vez, como si de un reloj dentro de ella fuera nuestra madre desnuda, nuestra madre temblando, gritando de frío.

Nosotros, gérmenes de su cuerpo expulsado, como negar a nuestra madre su destino. En la vigilia de un hombre que piensa nacimos. Nacimos pensados, pensando vivimos y morimos pensándonos vivir en ese hombre al que con frenesí, nuestro termino se agarra, diciéndole, ¡por favor no nos mates, piensa, y si nos matas, sueña, porque al menos, podremos respirar!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

mi piel.

 

 

 

 

 

Cindy Bautista

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