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Ofelia
Encontrada
I
Nosotros
somos tres, como tres son nuestros padres. Nuestra madre nos tuvo,
uno a uno, cada vez que moría el hombre recién amado
por ella. Nuestra madre es negra, de los zapatos al alma. El crujir
de sus ropas, delatan que ella, ya viene en camino. Lo único
que tenemos en parecido, es su rostro pálido idéntico
a la luna dice mi tío, aunque sabemos que no
es la luna que se asoma a darnos las buenas noches, sino la muerte,
que nuestras camas, implacable, acecha.
II
Teje. Flores que en sus hilos desvanecen marchitas, pájaros
que con sus agujas pincha. Magnífica en la tortura, ni una
gota de sangre por la tela resbala. En sus noches de insomnio frecuente,
anticipándonos, en nuestros oídos ponemos migas de
pan amasadas esfuerzo inútil. Animal herido que
ronda los cuartos, las galerías y las terrazas, sus gritos
piden a la noche abrirse y tragársela. Algo grande en verdad
es para ella, soportarse. Cargarse ella misma con ese peso muerto
de los cuerpos que no saben que son, ni para que existen y respiran.
III
No comprendemos a nuestra madre. Ella misma se ha perdido en el
concepto que encarna la cuestión de preguntar por uno mismo.
Perfecta Ariadna que tira por un rincón el hilo porque sabe,
que todo buen arquitecto jamás de su laberinto sale. A nuestra
madre no la amamos. Tampoco la odiamos. Como la pesadilla a la que
más temes pero a la que te has acostumbrado, porque,
encima de tu hombro, sus ojos impávidos ha puesto,
en la noche y en el día, su nombre es un conjuro para alejarnos
de lo que ella es. Así, se convierte en algo indispensable,
a la vez, ignorado, en todo lo que conforma esta enorme casa, y
lo que ello significa. Pero esto, lo hemos de callar.
IV
No necesitamos quien nos cuide. De ella aprendemos que estando solos,
lo único en que se puede confiar, es en la soledad, y nuestros
pensamientos, en su copa beben. Los atamos a la cuerda del olvido,
que como una nodriza nos amamanta pensando. Mas la soledad de nuestra
madre, es el veneno en gotas de un vaso con agua. En cualquier mesa
puede estar. Nosotros hemos visto el vaso, pero guardamos silencio,
al igual que la rutina de nuestro corazón, apenas perceptible.
V
Francisca es nuestra vieja, la nana. Su falda de colores es el sol
que nuestros párpados hiere. Poco a poco, después
de un momento de saberla cerca, nos acostumbramos a su relumbrar.
Su mano se aproxima, precavida, primero, a nuestro cabello, mas
este en su palma resbala, parece un pedazo de hielo desgajándose
de la primavera de un árbol, muriendo insensible a la risa
de las nuevas hojas. La vieja nos quiere, inundada del temor que
sólo causa lo demasiado triste o, lo demasiado muerto. Algo
le preocupa. De un lado hacia otro sus faldas enjutas se revuelcan,
pregunta si la masa ya esta lista y se le ve repasar con la mirada
las anónimas mujeres que limpian la sala y los cuartos de
adelante, mujeres siempre diferentes, con rostros asustados siempre
iguales. Levanta su cuerpo pesado hacia nosotros, y decimos por
dentro, que algo tiene nuestra madre, pero hay que escuchar. El
silencio lo dice todo. Desgrana las mazorcas, guarda el maíz
y conserva los olotes en varias cestas. Al quitar el último
grano de la última pieza, desesperada aprieta la mazorca
y la arropa entre sus faldas, como si de un niño a punto
de expirar se tratara. Mejor nos vamos al patio a jugar .Ama demasiado
a nuestra madre. Piensa que las caricias de sus ojos hacia nosotros
es el pan que hará mantenerse vivo al pájaro moribundo
que en nuestra madre hace un hueco, desesperado por salir.
Hay
que ver la lluvia que nos moja, y nuestra pelota manchada de lodo,
en nuestros pantalones para entender que nuestra madre nos cala
los huesos al nosotros acurrucarnos juntos para darnos calor, cuando
nos salimos un rato del transcurso de la vida aquí afuera.
VI
Hemos visto a Ofelia esta tarde, enredada de plantas, oliendo a
flores, con un cielo gris azulado que sus pupilas abiertas traspasan
y no ven. Es nuestra madre. Ofelia siempre ha sido nuestra madre
flotando en el agua. Nunca ha de encontrar vasija con que pasar
el agua de sus ojos, para convertirla en relleno de sí misma.
Relleno que causara alivio, como si de terminar de comer satisfecho
la merienda se tratara.
¿No
pudimos ser nosotros su hallazgo? ¿No pudo revelarse a su
autor, pensando en su personaje, que es y ha sido siempre nuestra
madre?
La nana la encontró, pero su rostro permaneció como
una piedra que respira aliviada. Nada pudo ocultarse a los ojos
de la vieja, sus trenzas negras encanecen en la hora continua en
que nuestra madre nace, una y otra vez, como si de un reloj dentro
de ella fuera nuestra madre desnuda, nuestra madre temblando, gritando
de frío.
Nosotros,
gérmenes de su cuerpo expulsado, como negar a nuestra madre
su destino. En la vigilia de un hombre que piensa nacimos. Nacimos
pensados, pensando vivimos y morimos pensándonos vivir en
ese hombre al que con frenesí, nuestro termino se agarra,
diciéndole, ¡por favor no nos mates, piensa, y si nos
matas, sueña, porque al menos, podremos respirar!
mi piel.
©
Cindy
Bautista
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