14
septiembre 2002

 

Antonio
  Redondo

 
 Andújar

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Monólogos

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14
septiembre 2002

Antonio
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Monólogo de la ruptura

 

Ella me dijo: "Hasta aquí hemos llegado" y sólo dije: "Bien". Nada más, sólo: "Bien". Lo cierto es que podía haberle dicho "bueno" y, muy probablemente, nada habría cambiado. Pero le dije "bien" y me quedé aquí, quieto, sin saber qué añadir ni qué hacer hasta ahora. Podía haberle dicho "hasta luego", "hasta pronto" o alguna otra expresión que dejara en el aire una vaga promesa de reencuentro, por muy vaga que fuese, nada definitivo como un asentimiento, puesto que "bien" parece asentimiento, conformidad con esa decisión que ella había tomado. Y no es que yo estuviera ciertamente conforme, sólo que dije "bien" por decir algo pronto, para que ella supiese que la estaba escuchando, si no con atención, al menos que lo hacía. Porque ella me decía: "¿Me escuchas, vida mía?" y yo no contestaba, jamás creí que aquellas dos palabras las pronunciase para definirme, sé que es imperdonable, dadas las circunstancias parece imperdonable que no le respondiera con un apelativo cariñoso unido a un "sí" tajante o a un "por supuesto, amada" convincente. El caso es que me dijo: "Hasta aquí hemos llegado" y yo respondí: "Bien", me miró consternada -o eso me pareció- y se alejó de mí con sus preciosos ojos arrasados de lágrimas. Eso me pareció y yo me puse triste, tan triste como ella pero no se lo dije, qué podía hacer yo si ella quería irse salvo responder "bien" y quedarme en silencio, inmóvil, esperando que recapacitase, que intuyese que yo la quiero como siempre aunque no se lo diga y le diga tan sólo esa simple palabra que nada significa, que no es asentimiento aunque lo sea, que yo no pretendía decirla y que la dije, no sé, por decir algo. El caso es que la dije y que ella se marchó. Yo me quedé pensando que podía haber dicho "hasta luego", "hasta pronto" o alguna otra frase que dejase una puerta, como se dice, abierta, una vaga promesa de reencuentro, por muy vaga que fuese. Ella tal vez me dijo "hasta aquí hemos llegado" sin ninguna intención, sin ánimo de ser tan concluyente, tan sólo por decir alguna frase que pusiese un final digno al momento, liberase tensiones o, en su caso, se quedase en el aire como leve amenaza o sospecha inconsciente. Pero esto no lo sé y, muy probablemente, no lo he de saber nunca, sólo sé lo que dije y lo que dije es "bien" sin ninguna intención, le dije esa palabra sin contenido alguno y no me cansaré de repetirlo.

 

Antonio Redondo Andújar

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Monólogo del descortés

 

Que me considerase descortés por no cederle el paso, es lo de menos. Lo grave es que afirmase que esa pequeña anécdota era el botón de muestra de mi comportamiento cotidiano. Admito que jamás he cedido mi asiento en los transportes públicos a ninguna señora, entre otras razones porque, probablemente, estoy yo más cansado que todas ellas juntas. He de reconocer que tiro la basura a cualquier hora y que cruzo semáforos en rojo, tanto de viandante como motorizado. Mas ello no permite, con legitimidad, que se me llame así, ni tampoco que digan, señalándome, "aquél es poco ético". Porque, permítanme disertar un momento, las normas no se hicieron sólo para cumplirlas, también para saltárselas, por ello sobrevive la civilización que a todos nos acoge en su seno cruel y dulce al mismo tiempo, según como se mire. Explíquenme, si no, por qué tanto pillaje, conquista, asesinato, etc. y etc. se quedan sin castigo. ¿No será que la ley ampara en todo caso los, por así decirlo, crímenes estatales? Mas sea como fuere yo no soy descortés, ejercito tan sólo uno de mis derechos, sin duda, inalienables, es decir, el pasar primero por la puerta si me encuentro delante. Si me encuentro detrás de una persona lenta -como es el caso, pues, que nos ocupa- puedo también, sin duda, adelantarle. Si aquél no tiene prisa, ¿qué culpa tengo yo? Yo la tenía, pues, y por ello aquel hombre me llamó descortés. Yo le llamé otra cosa que no voy a anotar por respeto al lector, no porque me avergüence repetirla. Que no recicle, pues, hoy que está tan de moda, todos los desperdicios que genero y que los tire juntos en una única bolsa, no es, en ningún caso, porque el naturalismo me repugne, sino porque no suelo trabajar sin cobrar para el Estado y todos sus parásitos. No me quito el sombrero porque nunca lo llevo, saludo solamente si me veo forzado, escucho sólo aquello que, si no me interesa, en un futuro, al menos, podría interesarme. Mas no soy descortés, beso a las niñas y les doy a los niños pescozones si no me ven sus padres. Si desenvuelvo algo en medio de la calle arrojo la envoltura en una papelera, a no ser que no haya ninguna en mi camino. En fin, como cualquiera. Como cualquiera, en fin, no acepto que me llamen, sin ningún fundamento, descortés.

 

Antonio Redondo Andújar

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Monólogo del ebrio

 

Al ir a abandonar aquella tasca, les dije a mis amigos: "Dejad que pague yo. Es un capricho". Que ellos consintieran; que, incluso, no opusieran, como suele decirse, ninguna resistencia no es extraño, entre otras razones porque habían pagado las rondas anteriores. El caso es que le dije al camarero: "¿Qué valen, comúnmente, cuatro cañas?". Me dijo: "Dos, ochenta". Me quedé estupefacto en un primer momento y luego, sin aplomo, sumamente irritado, le espeté amenazante: "Si dos valen ochenta, cuatro ciento sesenta". Mis amigos, entonces, se echaron a reír con tanta furia que supe que algo raro sucedía. La cuestión es que aquél, el camarero, sin inmutarse apenas, musitó lentamente: "Son doscientas ochenta". Pese a no comprender el verdadero alcance del suceso, me decidí a abonar dicha modesta suma un poco avergonzado, más por las carcajadas mencionadas que por lo improcedente de mi razonamiento deductivo. He de reconocer que tenía en mi contra una notable dosis de alcohol en la sangre, mas no la suficiente para no oír fielmente la referida frase. Si no hubiera guardado una pequeña pausa entre ambas cifras -suficiente, no obstante, para no comprender que un nexo inconcebible las unía-, tal vez podría haberle comprendido. Eso sin mencionar que nada garantiza la validez de un uso incorrecto del habla, y aún menos que tal uso haya de ser, en suma, comprendido por todos los hablantes que comparten la misma lengua madre u otras lenguas parientes. Esta última frase, he de reconocer que algo grandilocuente, se la dije, asimismo, a los tres que reían, o sea, a mis amigos, pero al ver que dos de ellos se encanaban y que el tercero, necio -habiendo ya perdido la sana facultad de mantenerse en pie-, yacía sobre el suelo, presa de innumerables y malignos espasmos, me decidí a guardar un soberbio silencio hasta hoy, que lo rompo, no ya por desahogarme, sino por "deleytar aprovechando", como decía Tirso de Molina.

 

Antonio Redondo Andújar

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Monólogo del sorprendido

 

Yo estaba allí y lo vi. Podéis creerlo. ¿Qué es lo que vi? Despacio, no tengáis tanta prisa. Vi a una mujer desnuda por la calle. Como lo oís. Desnuda. "En verano, seguro" -os diréis-. Desde luego, era verano o casi. Es lo de menos. Lo de menos de acuerdo con lo que he de deciros. La cuestión es que aquélla paseaba desnuda por una calle amplia y, además, transitada. Que fuese guapa, en fin; que resultase, en suma, deseable, es algo que no debe preocuparos. Vayamos, pues, al grano. Como digo, paseaba desnuda y ahora añadiré que nadie la miraba. Diréis: "seguramente no era hermosa". Yo no habré de afirmarlo ni negarlo. Lo extraño era que nadie la mirase. Yo, en cambio, la miré. Primero a ella y después a la suma de viandantes que apenas la miraban; es decir, la miraban como suelen mirar, como si nada, en fin, les extrañase; como si, en suma, fuese lo normal que una mujer vagara desnuda por la calle. A buen seguro, están embrutecidos -concluí, al contemplarlos, en un primer momento-. Me pregunté, después: ¿no seré el bruto yo, por encontrar, aún hoy, en algo así un motivo de sorpresa?

 

Antonio Redondo Andújar

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