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El
color de los nidos
1
Cuando
Hermis y yo levantamos la cabeza vimos que todavía Elder
la mantenía dentro. Pasó un minuto ye medio y no la
sacaba "¿Le habría dado un infarto debajo del
agua?" Pero entonces la sacó buscando con ansiedad el
aire. Ese fue el primer susto. Nos había ganado la competencia.
El primo Elder era el mejor del grupo. Hermis y yo aguantábamos
dos minutos cuando más. Por eso nos habíamos asustado.
Porque las otras veces se quedaba en tres minutos. De ahí
no pasaba.
2
"¿Adónde
vas ahora?"
"Al río mami"
"Como te aparezcas
por aquí mojado verás lo que es bueno"
Así era mamá.
Para todo una amenaza y otra y otra vez de nuevo. Un método
que nunca me fallaba era atravesar el puente en dirección
a lo de Evelia, la mamá de Hermis. Sin mirar al agua, a los
murmullos del agua que nos llamaba con sus cosquillas, con su campanilleo
menor. Y cuando mi vieja entraba en la casa, cuando estaba seguro
de que no asomaría la cabeza para comprobar si continuaba
en al misma dirección, entonces rápidamente cortaba
por un sendero a la izquierda y llegaba presuroso a la posa de Tuto.
Allí la profundidad era mayor que en el puente. Si te tiras
de cabeza no te la partes ni te detiene una rama. Esas ramas limosas
que hay el fondo y que tienen el mismo color de los nidos. A la
posa de Tuto va más gente. Vienen hasta del entronque de
Ocujal a darse un chapuzón aquí. Además, hasta
en las crecidas el agua es más clara. Porque Tuto la limpia
cada rato. Por eso. Tuto es hermano de abuelo y es un viejo gruñón
y por nada dice que traerá la policía y todo. Le saca
toda la basura que traen las corrientes crecidas. Hará unos
meses que puso una laja, para nosotros era como una especie de trampolín."Eso
sí, el día que a uno se le descalabre la cabeza yo
no me responsabilizo" El dice que puso esa laja para que los
que vienen a sacar agua no resbalen. Dice que no la puso para nosotros.
Y nosotros ni le hacemos caso y nos lanzamos de cabeza desde la
laja. Eso sí , si alguno intenta cruzar la cerca que hay
unos diez metros más arriba se gana cuando menos un pescozón
de Tuto. En cada orilla de la poza hay una ceiba. Ese tipo de árbol
lo usan los santeros para sus brujerías. Se nos ocurrió
poner de lado a lado un cable. Pero a Toni el mejicano se le atravesó
la idea de poner sebo al cable para que fuera más emocionante
la cosa. Y convinimos que el que lograra cruzar todo el cable sin
caerse sería el jefe de la pandilla y podría decidir
quien debía contentarse con mirar y quien divertirse con
los empujones.
También en los
empujones, en los resbalones en el fango de la laja trampolín,
Elder era un fiera. Sólo Toni el mejicano se acercaba a su
fuerza, y eso porque era un poquito más grande.
Elder nos enseñó
a lanzar la júa, a lanzarnos desde las ramas más altas
de la ceiba, y eso sí que era para pegar el grito en el cielo
porque la distancia superaba los once metros.
3
El domingo pasado engañé
a mamá haciéndole creer que iría a casa de
Evelia a echarle una mano a Hermis con unos cocos para hacer turrones.
Mamá no me dijo nada, más bien me miró, al
tiempo que levantaba el fuete, indicándome que si llegaba
después de la dos de la tarde la paliza no me la quitaba
nadie. Dijo que qué me creía yo que si yo pensaba
que ella era un muñeco que cualquiera podía zarandear
a su antojo.
No es que ella pegara
fuerte. La cosa era que mi hermana se burlaba de mi cuando veía
que mamá me dejaba las nalgas coloradas de los fuetazos.
Hice lo mismo que otras
veces, el sendero, luego esperar a que ella ocultara la cabeza (ese
día traía rolos) cortar por la izquierda y acercarme,
como otras tantas veces, a la ceiba de la posa que así le
llamábamos nosotros. El río había crecido con
fuerza los últimos tres o cuatros días. El agua se
había puesto turbia, eso no había sucedido nunca.
Pero allí estaba el cable, desafiando, llamando como un cebo.
Al rato llegó Toni el mejicano y casi pisándole los
talones Elder. Nos saludamos. Toni el mejicano se encargó
de ensebar bien el cable, comprobó si estaba tenso. Sentimos
a Teodomira al otro lado de la cerca llamando a los puercos para
ponerles el sancocho. Nos resultó extraño porque Tuto
era el que siempre lo hacía. Pero Tuto llevaba una semana
en Mayarí en casa de uno de sus ahijados. Y eso si que no
lo sabíamos. Ni nadie podía imaginarse que por eso
la posa estaba sucia. Tampoco intentamos comprobarlo. Todos estábamos
alegres, payaseando con volteretas alrededor de la laja-trampolín
y escupiéndonos para ver quien tenía más puntería
y se la colaba a otro por un ojo. Por fin decidimos lanzarnos. Toni
el mejicano para festejar ese domingo, propuso subir a una de las
ramas más altas de la ceiba (el que más güevos
demostrara) y desde allí hacer la doble en el aire, y caer
derecho, con los brazos extendidos, las manos juntas, y cuanto más
derecho mejor que mejor. De premio, un paquete de bolas. A Elder
le fascinaban las bolas así que no dudó ni un segundo
en brindarse. Se arrimó al tronco, dio un salto, trepó
a un gajo y comenzó a subir trabajosamente de pedazo en pedazo.
Cuando calculamos que ya había sobrepasado más de
los once metros comenzamos a gritar, a llamar la atención
de algunos vecinos de la zona que venían de la tienda, o
iban por la carretera paralela al río "¡Allá
voy! Gritó Elder. Le vimos maniobrar, hacer la doble, la
triple, caer y levantar un poco de agua formando círculos,
ondas esféricas en la caída. Un minuto, dos, tres,
cuatro... Le gritamos de que no se hiciera el payaso, que se dejara
de monerías, seis minutos y Elder no emergía. Toni
el mejicano dijo que a lo mejor para darnos un susto salía
quince metros más allá, y se escondería en
unas matas que había en la orilla, en la parte menos baja
de la poza. Pero no. Cinco minutos. Hermis se lanzó con cuidado
desde la laja-trampolín, lo vimos tantear con una vara de
cañambú, hundirse, reaparecer con el rostro asustado.
Toni el mejicano repitió la operación y yo me quedé
mirando hacía lo alto de la ceiba, y miré también
a la caja de bolas que esperaba en una esquina de la laja, al cable,
a Teodomira que se asomaba por la cerca con un trapo de cocina en
las manos.
4
"¿Adónde
vas ahora?"
"A quitar el cable
de la ceiba mami"
No me dijo nada mamá.
Cuando llegué me los encontré sentados, con los ojos
puestos en el pequeño remolino de agua que formaban las piedrecitas
que tiraban, sin ganas de nada. O al menos de jugar porque Toni
el mejicano se había quedado sin contrincante y Hermis no
quería seguir mintiéndole a su mamá ni yo a
la mía.
©
Ubaldo
R. Olivero
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