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DESOÍ
LOS RUEGOS DE MI MADRE
EN SU LECHO DE MUERTE
¡VIVA!
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"le quité el pan a la jefa,
me hice ruin y sableador"
(tango, letra adaptada)
"pobre
mi madre querida,
cuántos disgustos le he dado"
(otro tango)
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Le
faltaron unos meses para centenaria, pobre, su sueño fue
no dejar este mundo sin ser precedida por su hijo, a quien adoraba,
pero fui un egoísta, lo reconozco, no me dejé. Es
curioso, la muerte de los seres más cercanos, con quienes
nos unen lazos de sangre y se ha convivido por años, despierta
encontrados sentimientos. Voy a dar un ejemplo, tomado de la literatura
contemporánea. El Ama, personaje del teatro lorquiano, de
la obra Doña Rosita la soltera, evoca así los
hechos dolorosos de su vida:
"Cuando
enterré a mi marido, lo sentí mucho pero tenía
en el fondo una gran alegría, alegría no... golpetazos
de ver que no era yo. Cuando enterré a mi niña, fue
como si me pisotearan las entrañas."
Esto
viene a cuento de mi madre, ahora verán; y asociado a un
hecho que se remota a la infancia. Todavía me cuesta referirme
al triste asunto: mi abue y mi jefa no me dejaban comer queso sin
pan y tampoco jamón sin pan. Estoy consciente de que las
interpretaciones psicoanalíticas están a la orden
del día, y fácil me sería echarles la culpa
de cuanto me ha salido mal en la vida, y que no es poco. No se trata
de eso, al punto que, déjenme decirles, en cuanto pude, me
harté de jamón sin pan y de queso sin pan... ¡y
no supieron a nada en especial! Faltaba aquello que yo agregaba:
el sabor de lo prohibido, mucho mejor imaginarlo que gustarlo...
cuando deja de ser prohibido.
Debo
decir también que mi padre no estaba conforme con el veto;
toda vez que podía robaba jamón y queso para comérselos
sin pan, aprisa, que no lo vieran, metida la cabeza dentro del refri
y luego sacándola cubierta de escarcha, y a los estornudos.
Yo admiraba a mi padre por su osadía, nunca me atreví
a tanto. De todos modos, marido e hijo compartíamos la prohibición
caídos en igual rasero de niños traviesos, y esto
mereció un castigo anticipado: mi madre nos juró que,
si le tocaba en suerte asistir a nuestros entierros, lejos de sentir
que "le pisoteaban las entrañas", más bien
optaría por "una gran alegría, alegría
no... golpetazos de ver que no era yo".
Bueno,
la historia del jamón y queso corresponde a Marcos niño,
en tanto que a Marcos adolescente todavía le fue peor, lo
voy a contar también. Mi progenitora, advirtiendo raros movimientos
en la ruta que conducía al cuarto de la sirvienta, le dio
por montar guardia, cortándome el paso. Sí, un día
que yo subía las escaleras sigilosamente, de pronto una sombra
se echó sobre mí, escoba en mano y chillando:
¡Vade
retro! ¡Cochino pecador! ¡Vade retro!
Lo
de cochino estaba claro, lo de pecador no tanto, seguramente el
¡vade retro! era el arma letal del discurso. Y bien, ya vaderretriaba
yo, pegando media vuelta hacia mi cuarto, dispuesto a hacerme una
furiosa chaqueta mientras maldecía a la autora de mis días.
A la mañana siguiente a primera hora, la sirvienta era corrida
bajo el cargo de pervertidora de menores, sin que valieran sus protestas
de inocencia. Años después, recordando el incidente,
mi progenitora me pidió disculpas, sólo obedecía
órdenes de mi abuela, dijo; sin darse cuenta que, para aquel
episodio antisirvienta, mi abue había muerto.
Salvo
aquellas dos inflexibles prohibiciones -queso y jamón sin
pan, y nada de visitas sexuales-, mi progenitora era un ser en la
media normal de locura, una madre ecléctica, si se quiere.
Un día armada de comprensión, al siguiente represiva,
un tercero cariñosa, un cuarto distante; la mayor parte de
las veces en este último estado. Y bueno, debo reconocer
que yo era un niño caprichudo, travieso y desobediente, salvo
en el affaire jamón-queso, que en mi niñez
nunca me atreví a comer sin pan.
Y
bien, pasaron los años, me establecí en otro país,
lo más lejos posible de aquel hogar cuya locura no era compatible
con la mía. Le faltaron unos meses para centenaria, un día
mi madre cayó en coma, sólo interrumpido por raros
momentos de lucidez, cuando invariablemente exclamaba:
¿Y
dónde está mi hijo? ¿Es que va a dejarme morir
sin siquiera venir a verme por última vez?
En
varias ocasiones hice las reservas de vuelo, y en otras tantas las
cancelé. Me decidieron los amigos, escandalizados de que
yo dudara. Ya deberías estar allá, me decían
a coro. Y seguidamente pasaban a relatar sus propios casos, cuando,
anoticiados de la enfermedad grave o de la muerte de sus madres,
partían hechos la mocha, mientras que a mí me valía
madres. No lo podían creer. Y cuanto más me presionaban,
más yo me emperraba:
Pues no voy.
Pero ¿Por qué?
Porque no me da la gana.
Pero (a los gritos) ¡¡eres su hijo!!
Y eso ¿qué? Ya me tienen hasta la madre con mi madre,
se meten en lo que no les importa, no tienen idea de cómo
ha sido nuestra relación, del jamón con pan que me
comí, del queso con pan que me comí...
No
me escuchaban, no me dejaban terminar, y era chistoso: me mandaban
a verla, ya no como buen hijo, sino con un objetivo incalificable:
¡Vete
a chingar a tu madre!
Una
vez, uno de mis amigos, que todo el tiempo había conservado
la calma, me llamó aparte, diciéndome:
Oye,
no te ofusques, lo hacemos por tu bien, tú, en el fondo,
adoras a tu mamacita y después te vas a arrepentir... te
entrarán remordimientos, ya sabes: madre hay una sola.
¡Menos
mal...! -no pude evitar interrumpirlo.
El cuate se puso todo rojo y acabó como los otros:
¡Vete
a chingar a tu madre!
Huelga
decirlo, perdí a casi todos mis amigos y mucha gente dejó
de saludarme. Pero valió la pena. Fue la gran desobediencia:
a mi propia jefa, la familia, los amigos, los vecinos que siguieron
el caso "desde cerca", la "opinión pública"
pues, a cada persona que se lo contaban, se agarraba la cabeza escandalizada.
Finalmente, tras tres meses de coma, murió mi progenitora.
Ese día, a mis setenta años de edad, quedé
huérfano. ¿Y cuales fueron mis sentimientos? Otra
vez el referente es la lorquiana Ama: "una gran alegría,
alegría no... golpetazos de ver que no era yo." ¿Qué
quieren? De tal palo, tal astilla.
Y
ahora, al escribir estas líneas haciéndolo partícipe
al lector, es cuando siento que por fin concluye la ceremonia del
duelo y alcanzo mayoría de edad.
¿O
sigo siendo el mismo niño desobediente de siempre, encantado
de sus travesuras, cuanto más crueles tanto mejor?
No
tengo madre, como dicen los mexicanos.
Para ampliar el conocimiento:
Camus,
El extranjero
Roth, El lamento de Portnoy
Dalí, Parfois je crache par plaisir sur le portrait de
ma mère (a veces escupo por placer sobre el retrato de
mi madre)
Lennon, Madre
Ibargüengoitia, No manden flores
Lorca, op. cit.
Proust, Por el camino de Swann
Pink Floyd, The wall
Eurípides, Medea
©
Marcos
Winocur
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