12
junio 2002

 

Juan
 Diego

Incardona

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  Tributo

del
arqueólogo

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12
junio 2002

Juan
 Diego

Incardona


eom
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Tributo del arqueólogo

 

       —Hola.

       —Hola.

       —He visto los pétalos exánimes de flores antiguas y he dibujado sobre la roca a los hidalgos que libraron de mis letras los perfumes del pretérito más perfecto. He transitado las partículas de polvo, contemplando los huesos destrozados de las doncellas, muchachas ceñidas de susurros mortecinos. He supurado temores en el palacio de las "dobles hachas y del toro", y he respirado la humedad, síncope de mis vientos, de sus mil trescientas habitaciones. Creta, ¿me escuchas?

       —Te escucho.

       —Lo admito, Creta, cuna de Europa, tumba de seres bestiales, jardín de dioses y héroes, lo admito y perdóname: He divulgado a la luz la existencia de tus jardines y laberintos, la forma de nuestros padres, las curvas de sus nombres. Perdóname, he plagiado tu cielo, hasta he cantado versos absurdos. Y ahora, por tanta calumnia emergida de la patria pálida de mi papel, isla de mis habitantes, me han convertido en un arqueólogo sin manos.

       —¿A qué has venido?

       —He venido otra vez a dar mi aliento en este tributo: He llegado hasta aquí para morir junto a seis muchachos y siete muchachas. Me han ofrecido al Minotauro.

       —Eres de Atenas.

       —Lo fui. Ahora mis manos han sido devoradas sobre Ti.

       —Has estado soñando.

       —Pero al despertar he visto, en la roca que sostenía a mi cabeza, los dibujos de aquellos siete hidalgos muertos, yo entre ellos, los pétalos exánimes de aquellas siete flores, y he contemplado en el reflejo mi rostro arrugado, colmado por la esencia de los pretéritos, un rostro parecido a un cielo plagiado.

       —Ya has rendido tu tributo, descansa en paz.

       —Aún no. Espera, Creta, cielo de Creta, suelo de mi papel, quiero ver la isla de mis versos.

       —Has dejado tu patria para ver tu tumba.

       —En tu palacio de dobles hachas y de toro.

       —Pero el concurso de Panateneas ha sucumbido, como tú, ya ha pagado los tributos. Puedes liberar tus letras.

       —No, Creta, ya no puedo. He oído sobre su final esmirriado: Han sido abandonadas a la lectura de los cuervos. Ahora subsisten como dibujos incomprensibles, como huesos de alguna vaga idea, como un cielo plagiado por hombres. Solamente puedo hundirme en la tierra, en el abismo, en tu abismo, Creta, y buscar mis palabras como si fueran objetos inefables. Yo mismo soy un objeto inefable. En la muerte para siempre ya no seré tu arqueólogo. Seré arqueólogo de mí, y nunca podré descubrirme, ¿me escuchas, polvo de los dioses?, porque he sido devorado, ya no tengo manos, ni tampoco más palabras que plagiar.

       —Olvídate de eso y descansa en paz.

       —No.

 

Juan Diego Incardona

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