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Tributo
del arqueólogo
Hola.
Hola.
He
visto los pétalos exánimes de flores antiguas y he
dibujado sobre la roca a los hidalgos que libraron de mis letras
los perfumes del pretérito más perfecto. He transitado
las partículas de polvo, contemplando los huesos destrozados
de las doncellas, muchachas ceñidas de susurros mortecinos.
He supurado temores en el palacio de las "dobles hachas y del
toro", y he respirado la humedad, síncope de mis vientos,
de sus mil trescientas habitaciones. Creta, ¿me escuchas?
Te
escucho.
Lo
admito, Creta, cuna de Europa, tumba de seres bestiales, jardín
de dioses y héroes, lo admito y perdóname: He divulgado
a la luz la existencia de tus jardines y laberintos, la forma de
nuestros padres, las curvas de sus nombres. Perdóname, he
plagiado tu cielo, hasta he cantado versos absurdos. Y ahora, por
tanta calumnia emergida de la patria pálida de mi papel,
isla de mis habitantes, me han convertido en un arqueólogo
sin manos.
¿A
qué has venido?
He
venido otra vez a dar mi aliento en este tributo: He llegado hasta
aquí para morir junto a seis muchachos y siete muchachas.
Me han ofrecido al Minotauro.
Eres
de Atenas.
Lo
fui. Ahora mis manos han sido devoradas sobre Ti.
Has
estado soñando.
Pero
al despertar he visto, en la roca que sostenía a mi cabeza,
los dibujos de aquellos siete hidalgos muertos, yo entre ellos,
los pétalos exánimes de aquellas siete flores, y he
contemplado en el reflejo mi rostro arrugado, colmado por la esencia
de los pretéritos, un rostro parecido a un cielo plagiado.
Ya
has rendido tu tributo, descansa en paz.
Aún
no. Espera, Creta, cielo de Creta, suelo de mi papel, quiero ver
la isla de mis versos.
Has
dejado tu patria para ver tu tumba.
En
tu palacio de dobles hachas y de toro.
Pero
el concurso de Panateneas ha sucumbido, como tú, ya ha pagado
los tributos. Puedes liberar tus letras.
No,
Creta, ya no puedo. He oído sobre su final esmirriado: Han
sido abandonadas a la lectura de los cuervos. Ahora subsisten como
dibujos incomprensibles, como huesos de alguna vaga idea, como un
cielo plagiado por hombres. Solamente puedo hundirme en la tierra,
en el abismo, en tu abismo, Creta, y buscar mis palabras como si
fueran objetos inefables. Yo mismo soy un objeto inefable. En la
muerte para siempre ya no seré tu arqueólogo. Seré
arqueólogo de mí, y nunca podré descubrirme,
¿me escuchas, polvo de los dioses?, porque he sido devorado,
ya no tengo manos, ni tampoco más palabras que plagiar.
Olvídate
de eso y descansa en paz.
No.
©
Juan
Diego Incardona
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