11
mayo 2002

 

Guillermo
Tedio

 
 

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Ritual
de las alas
del gusano

 
 

Cuento

 

Guillermo Tedio

eom
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11
mayo 2002

Guillermo
Tedio

 
 


eom
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Ritual de las alas del gusano

 

Agarrándose del barandal con la mano derecha, intenta subir las amplias escaleras de mármol, en espiral, con la alfombra púrpura cubriendo los escalones en su parte central, pero las rodillas malparidas se resisten a la flexión y los puñeteros pies se niegan a levantarse. Y el maldito criado, coño, no le hace caso. Con su cachaza de negro palenquero, ni siquiera parece escucharlo cuando le pide que suba y le baje algunos libros de los miles de volúmenes que atiborran los estantes de caoba allá en lo alto, en las galerías, y lo miran inmutables con sus bocas herméticas y sus lomos de letras que se burlan borrosas. El sirviente deambula por la casa renegando entre dientes del desorden y los desperdicios que el patrón arroja sobre la moqueta. Simula que ejecuta la limpieza, levantando el polvo con un plumero, deja los alimentos, el periódico que nunca será leído y las botellas de escocés sobre la inútil y larga mesa de doce puestos del comedor y se va sin siquiera despedirse el muy bellaco.

Solo, ya de noche, mientras maldice los infiernos, el viejo escritor escucha el ruido impasible de las mandíbulas de la carcoma y las polillas y seguramente de los comejenes devorando el papel, la tela y la tinta reseca, abriendo caminos y surcos por entre guerras y aventuras y amores y grabados de Doré, construyendo túneles desde las áridas regiones de La Mancha hasta los dantescos reinos de Medusa, masticando palabras para volverlas polvo y barro con su baba. No recuerda su edad ni tampoco su nombre, le suena Ricardo, pero tiene la certeza de haber escrito algunos libros geniales, de ser un escritor valioso que, por alguna extraña martingala del destino, no tiene público ni reconocimiento ni premios y se halla postrado, coño, arrastrando sus pies hidrópicos de Edipo abandonado, con el brazo izquierdo en cabestro, por las habitaciones y pasillos de aquella casa descomunal. Está allí, con su alma de murciélago, según recuerda la frase de Joyce, confinado a los aposentos de la planta baja, entre tapetes persas y espejos y cuadros de cóndores y barracudas, de hombres con caras de animales que le hacen evocar a alguien llamado el Bosco. La cochina ciática o gota, no recuerda la jerigonza del hideputa del médico sobre la enfermedad, le envarilla las piernas, sobre todo las rótulas, y le pone una plancha de plomo en los pies, que deben deslizarse sobre el piso, en un arrastre doloroso, ay mi madre. El mequetrefe de su compadre le ha prohibido el azúcar y la sal y el picante que tanto le gusta, con lo detestables que son los alimentos sin sazón, pero con él no puede, no importa que el ají le inflame las hemorroides, y el brazo izquierdo en los últimos días, por causa de la neuritis, se resista a la flexión en la juntura con el omoplato y la clavícula, qué verraquera acordarse de la anatomía, y tenga que llevarlo lapado al pecho. Si hasta podría escribir un Retrato del artista obsolescente. El sabe ya que es un bocado de la muerte, un te olvidé, un Joselito Carnaval en miércoles de ceniza, un cascarón sin remedio, pleno de purulencias en vida, próximo a las ceremonias del gusano, de modo que no le venga el hipócrita Hipócrates con su cantinela de que abandone el ron para evitar la uremia, si el calor del scotch acariciando tiernamente su garganta como una garra aterciopelada de tigre es el único bálsamo que le devuelve algunos pedazos lúcidos de la miserable película en blanco y negro de su vida, como ahora, en que regresan los títulos de los libros leídos: Alicia en el país portátil, Crónica de la muerte de Artemio Cruz, Retrato de un artista del trapecio, Los funerales de la casa grande, La cuesta de las alegres comadres de Windsor.

Ha vivido allí por muchos años, zángano de una fortuna heredada que ha venido dilapidando sin rendimiento de cuentas, sin molestias de debe y haber, casi que en un dolce far niente de haragán si no fuera por la grieta y el vacío y la terriblemente vana obsesión de trascender porque no hay genio ni vocación ni talento sino unas ganas viscerales de claudicar, de no hacer nada, de pegarse un tiro, de emborracharse oyendo vallenatos y tangos hasta la eternidad. Vagamente presiente que ha estado casado con una mujer de la que no logra recordar su nombre ni su rostro pero sí la blancura de unos senos sobre los que contrastaban los pezones de cobre y las areolas rojizas, pero sí los quejidos de zorra que lanzaba cuando la tomaba por angosta vía hasta los mismos teques, como lo hacía con sus mujeres el cazador de Kechump. Por momentos alcanza la convicción de haber tenido dos hijos, hombre y mujer, que lo abandonaron, ya adolescentes, como antes se marchó la esposa, malparida, sin dejar rastro de su paradero. Lo estremece la idea de haber sido cruel con ellos, de haberles arrancado la inocencia frente a la vida, volviéndolos incapaces para la felicidad. Un malestar cotidiano de medianía, la precariedad de una vida que transita sin méritos y sin huellas lo conducen al sadismo de injustas retaliaciones sobre los tres rostros sorprendidos, con los ojos alarmados por interrogantes sin respuestas. Con una libertad ganada en el dolor pero cicatrizados para siempre por la soledad y el miedo, huyen primero la perra de su mujer y después sus hijos. Y desde la niebla de la memoria le llega inexplicablemente un incisivo olor de almendras amargas. Se agotan las botellas de whisky, se le hinchan los pies, la nariz y las orejas; le crecen las várices del orto, se le inmoviliza el brazo izquierdo y los libros se alejan hasta las galerías inalcanzables donde las termitas y las polillas, chasquido tras chasquido, han instalado sus trapiches de destrucción y ruina mientras el sirviente, mandinga de mierda, se burla del desastre de su vida y le agarra los fondillos para avisarle que tiene abierta la bragueta, y quién no con esa orinadera a cada rato a causa de la próstata irritada.

La vista se le hace borrosa, crepuscular, y le resulta difícil acomodarse los quevedos en la nariz enrojecida y tumefacta por el alcohol. Coño, ni siquiera la mirada, la arrechera del ojo. Definitivamente ha llegado a la edad de los metales: plata en la cabeza, oro en los dientes y plomo en los cojones y los pies. Habría que agregar: chatarra en el alma. No puede ubicar en qué dirección de la puta biblioteca se encuentra el estante especial con los libros escritos por él, así que intenta recordar por lo menos un título. Tal vez El jardín de los cerezos que se bifurcan, se equivoca, sabe que esa novela es del inglés George Antón Borges. Tembloroso mira hacia arriba, anhelante de toparse con las carátulas. Piensa en la magnífica ironía de Dios, que le dio los libros en lo alto de los estantes y le dio la sed pero también la gota, coño, y un criado que no sirve ni para taco de escopeta, cuando lo deja boñiga entre inmundicias. Se sonríe consigo mismo al pensar en su destino doblemente repetido de Tántalo. Ahí está su affaire con aquella mujer, casi una niña, a la que él, imposibilitado para dar amor, sin erección y sin alma y con la piel reseca oliendo a queso rancio, pero siempre viejo verde por la ley de la costumbre, le ofrece mucho dinero que la joven recoge insinuándose pero sin entregarse, bandida, desnudándose en un strip-tease retardado que lo pone momentánea y dolorosamente cachondo, acercándose pero sin dejarse tocar, la pervertida, con sus nalgas de yegua y su precioso jardín de las delicias.

Una mañana, después de dos tragos de escocés seco que degusta lentamente como si fuera vino dulce, recuerda haber escrito un libro terrible, una novela de título Macbeth, en donde corre la ambición por caminos de sangre. Y se siente tan lúcido que evoca algunos pasajes. Tres brujas salen de un aquelarre de Goya, lanzan al unísono, en do sostenido, tres flatulencias fétidas, y un fulano de nombre Banquo aparece llevando un enorme espejo en el que su imagen se refleja ocho veces. Cierto príncipe, de nombre Hamlet, pregona que no hay arte para hallar en el rostro el modo de ser de la mente. Otro escocés hace que algunas frases de la novela aparezcan literales: Seguimos siempre sometidos a juicio aquí, ya que no hacemos sino enseñar lecciones de sangre, que, una vez enseñadas, regresan para asolar al inventor. Macbeth propone a su mujer Gertrudis, la gran ramera arrecha, la procaz Sodoma, la ninfómana Babilonia, hacer de los rostros máscaras de los corazones para disfrazar lo que son. No sabe la traidora que la máscara, antes que ocultar, revela.

La noche de un jueves, el escritor olvidado recibe la visita de una mujer joven, con ciertos rasgos orientales. La cara femenina, con la lisura negra del cabello haciéndola más blanca, dispone en su memoria el hostigante olor de las almendras. El exótico rostro le propicia la visión de una cena con muchas velas cuyas llamas proyectan sobre las paredes de un salón íntimo las sombras chinescas de tres comensales. Pronuncia el nombre de la mujer y ante el gesto afirmativo de ella, se felicita de estar recuperando la memoria, carajo. ¡Lavinia! Confirma que el whisky no es agua del Leteo, como sostiene el cacorro del médico. Lavinia. Por un momento cree haber alcanzado el don de la adivinación. Sabe que aquella joven, tocada por la tristeza, morirá envenenada pero se guarda para sí esa seguridad tanática. Ella manifiesta que quiere conversar con él la noche del domingo. Lo complace que por fin la prensa, coño, ojalá la televisión, se hayan acordado de él y decidido a sacarlo del olvido y la preterición con una entrevista, aunque sopesando mejor el pálido rostro, lo cruza la punzante idea de que aquella mujer es su hija, de quien desafortunadamente no recuerda el nombre, maldita memoria.

Por la noche, con el rescoldo del escocés calentando su cabeza, sigue pensando en la joven como en un rostro conocido, hasta el regreso del espectro envejecido del sangriento Macbeth con su voz patética: He vivido bastante: el camino de mi vida ha caído en la sequedad, en la hoja amarilla, y lo que debería acompañar la vejez, tal como honor, amor, obediencia, multitudes de amigos, no debo esperar tenerlo, sino, en su lugar, maldiciones, no en voz alta, pero profundas, honor de boquilla, palabras que el pobre corazón querría negar, aunque no se atreve. Siente que plagia y no imita. Concluye angustiado y con pánico, que Macbeth no es una novela suya sino una tragedia compuesta por un escritor ya olvidado de nombre Cervantes, pero aún así, le sigue llegando nítida la tragedia que se agita en las palabras: La vida es solo una sombra caminante, un mal actor que, durante su tiempo, se agita y se pavonea en la escena, y luego no se le oye más. Es un cuento dicho por un idiota, lleno de ruido y furia, y que no significa nada. Antes de dormirse, tiene el convencimiento de que la joven de la visita ha sido perseguida incestuosamente por un hermano. Narcotizado por el dolor de agujas del ácido úrico en las rodillas, sueña que un asesino come-mierda, tocayo suyo, contrahecho y con una pierna y un brazo inservibles, apuñala a dos niños y a un tal Duncan para quitarle a la mujer y llevarla a un cabaret de Harlem donde la obliga a prostituirse con negros priápicos.

La mañana del viernes tiene otra visita. Se trata de un hombre también triste, ojeroso y con una barba de varios días. Sabe que aquel joven macilento se llama Adriano pero guarda silencio. El intruso le anuncia que vendrá el domingo por la noche. Definitivamente los cretinos periodistas por fin se han propuesto sacarlo del ostracismo. Si hay fotos, habrá que mejorar el aspecto personal, con lo fastidioso que le resulta bañarse. Lástima de las orejas elefansíacas y los desperdicios que el bellaco cimarrón no tira a la caneca. Por un instante cree que aquel hombre lúgubre es su hijo y lo ve por las noches, enloquecido de amor enfermizo, tratando de meterse en el cuarto de su hermana Lavinia, malparido. En la noche de su evocación danzan nuevamente tres siluetas a la luz amarilla de los candelabros mientras aumentan la hedentina del cianuro, el tintineo de los cristales en un brindis final y la cadencia de unas guitarras jamaiquinas. El hombre demacrado se marcha y el viejo escritor toma muchas copas hasta una borrachera de arrastre por el piso, váyanse al infierno todos, para darse de tope con la imagen de dos niños que frente a sus gritos de cólera, huyen asustados a refugiarse bajo la cama, de donde dormidos y con los rostros macerados por el pánico, los rescata la madre. Se siente miserablemente solo. Todos los dioses lo han abandonado, ni siquiera la cólera de Poseidón lo acosa. Ulises lloroso, náufrago entre orines y vómito.

El mediodía del sábado llega hasta la sala del escritor gotoso un hombre moreno, sin duda con sangre africana irrigando su destino. La presencia de rasta kingstoniano se percibe en la chaqueta de cuero, la camisa floreada, las guedejas crespas tejidas en trenzas, el bluejean desgastado y las sandalias pobretonas. No entiende el escritor por qué razón sabe que aquel hombre se llama Bob y que es el esposo de Lavinia, la joven del jueves, quizás su hija, aunque bien puede ser el fotógrafo del grupo. Ella sabe que él detesta a los negros, así que se une al mandinga para afianzar su libertad. El isleño también carga la tristeza de los otros, aunque no puede ocultar ese balanceo de marihuana y de reggae. De la chaqueta raída por el uso, se desprende el halo ya proverbial del cianuro y en la mente del escritor tal vez llamado Ricardo vuelven a danzar tres siluetas humanas a la luz de unas velas y tintinean copas de champaña con guitarras de fondo. El hombre anuncia que vendrá el domingo por la noche y antes de despedirse, le dice desde la puerta que es posible cambiar el final y ganarse unas alas si se ejecuta la venganza. Maldice al negro de mierda con su chaqueta pestífera a grajo, su frase cifrada y sus trenzas piojosas y ridículas, y sin podérselo explicar, Macbeth retorna con su voz culpable: Mejor estar con los muertos, con los que hemos enviado a tener paz, para conseguir nuestra paz, antes que yacer, bajo el tormento del alma, en pasmo sin descanso. Se percata ahora de que Macbeth no es una obra de Cervantes, como ha creído, sino de Shakespeare, y que ha cruzado sus cables con Hamlet, así que vuelve a elogiar las propiedades curativas del scotch en los síntomas de senilidad y amnesia, Esculapio ignorante.

La noche del domingo trae a la mujer y a los dos hombres. Llegan juntos, vestidos para fiesta nocturna. Ella lleva un traje de raso negro ceñido al cuerpo, que descubre la blancura de la piel de los hombros y la espalda en un escote de ángulo profundo. El rojo bermellón de los labios y el rimmel de las pestañas no consiguen ocultar su tristeza. El hombre demacrado viste ahora un smoking impecablemente negro y el mentón muestra los visos azulados de la rasurada. El rasta continúa con su chaqueta raída de cuero aunque se ha puesto un pantalón de pana azul, una camisa de satín violeta y ha cambiado las sandalias polvorientas por unas botas de charol. Se sientan en las sillas rococó de la sala principal, alrededor de una mesa de mármol donde colocan vasos y una botella de whisky que han traído para el escritor, quien ha remojado su escaso cabello y cerrado la cremallera de su bragueta y da una falsa apariencia de baño y loción y orejas deshinchadas. Se sirve medio vaso y paladea el scotch con los ojitos brillantes y la nariz ya enrojecida de payaso sin circo.

La entrevista promete ser interesante pero no ve la cámara ni la grabadora ni las libretas de apuntes. Estos periodistas informales de ahora. Es más pronunciado ahora el tufo a cianuro. El rasta comenta que algunos personajes literarios son obligados a cargar una existencia trágica. Antes de contestar, el viejo escritor, cabresteando el brazo, mira detenidamente a sus interlocutores. Los encuentra conocidos, identificables: Lavinia, Adriano y Bob. No solo los personajes, toda literatura es trágica. Felices o dichosos siempre quedan sepultados cuando se cierra el libro. Ya lo dijo el demente de Hamlet: El resto es silencio. La última página los condena a perecer. Don Quijote muere no porque el señor Quijana recobre su vida vulgar sino porque Cervantes acaba la novela.

Se sirve otro trago largo, feliz de las genialidades que está diciendo, para que aprendan los muy ignorantes. Los sigue encontrando familiares, cercanos, generados por él en un parto de Idumea, íntimos, como si él los hubiera llevado de la mano y comprado las ropas que llevan puestas. Presiente que los ha tratado en el pasado, quizás en otra vida, en otro avatar de la planetaria noche cíclica, como diría el cabrón de Borges. De golpe tiene la conciencia de llamarse Ricardo José Mairena, coño, ese es el nombre, por fin, podría demostrarlo con la partida de bautismo que seguramente reposa en uno de los cofres de Pandora que se han acumulado en el desván de san Alejo del sótano. Por supuesto, ahora cae en la cuenta: los visitantes no son los periodistas de pacotilla que él ha creído sino los personajes centrales, el triángulo amoroso de la única novela, por cierto mediocre, que ha logrado escribir, mil malparidos ejemplares que devolvieron los libreros y que hoy reposan, por supuesto, Dios mío, en el primer estante, subiendo las escaleras, a la derecha, pasto de las polillas y los comejenes, bazofia para las pertinaces mandíbulas.

Ahí están Lavinia y Adriano, niños aterrorizados por el padre déspota y cruel, corriendo siempre hacia rincones secretos donde se abrazan y fortalecen en una caricia prolongada que los rescata del grito y del golpe y los exilia de su infancia. Un nuevo vaso de scotch lo hunde irremisiblemente en el pantano de la lucidez. Aunque son las diez de la noche, hay en la sala una claridad de mediodía. Aquellos miserables hijos de puta han salido del papel, de la letra muerta de su canallesca novela. Hijastros de la anonimia, inquilinos de la oscuridad, excrescencias del libro cerrado, han venido como los espectros de Banquo, el viejo Hamlet y César, a reclamar venganza ante el asesino. Estamos aquí para matar y ser libres. Es la voz del mandinga jamaiquino. Ahora sabe con certeza que no ha tenido esposa ni hijos, a no ser las tres sombras de papel que lo rodean. La trama avanza nítida y sin genio, punteada de lugares comunes, en secuencias predecibles. La esposa, envilecida por el marido que solo encuentra placer violándola, huye a través de la demencia. Ya adolescente, Adriano acosa a su hermana Lavinia, quien conoce al rasta y se casa con él para golpear al padre racista y alejar al hermano.

Hemos venido a pagarle con la misma moneda. La voz de Adriano avanza gutural por el aire. La ley del talión. Desde su mente aturdida o iluminada por el alcohol, ahora es Malcolm el que habla: Macbeth está maduro para la caída. Nuestra gran venganza es la medicina que cura este dolor mortal. Canta, lechuza. Tiembla, tierra. Hécate, suelta tus serpientes de furia.

Le sigue llegando sin ambigüedades la trama de su libro sepultado, sin prensa, sin premio, minúsculo, caca de comején, aserrín de polilla. La noche de un domingo, Lavinia ofrece una cena para reconciliarse con su hermano. Tintinean las copas de champaña, la luz de los tenebrarios proyecta tres siluetas fantasmales sobre las paredes y, desde el fondo del salón, avanza un rasgueo de guitarras.

Adriano aparenta que acepta la reconciliación con Lavinia y el jamaiquino pero por dentro, amarrada a su alma, surgida del amor y los celos como una alimaña pegajosa, lleva la determinación de envenenarlos y morir él también. Danzan las sombras chinescas. Un nuevo brindis y van cayendo los tres cuerpos.

¿Por qué nos quitó la vida? La pregunta viene desde el bermellón de la boca retadora. El insiste en su teoría estúpida del inevitable fin trágico por el cierre del libro. Ahora cae en el detalle de haber visto a Lavinia echando cierto polvo en su vaso. Y el escritor lo ha tomado hasta el fondo. Todo fin es la muerte, todo camino conduce al cementerio. El tósigo inunda las venas obstruidas por el colesterol y la respiración se vuelve agónica. Y en la convulsión y el estiramiento de las patas aún tiene tiempo para pensar que ellos tampoco pueden escapar a su final porque están presos en su cárcel de papel y tinta, y ni siquiera serán recordados como Gregorio o Sorel o Páramo y Susana porque a nadie le interesó su historia, ni el más miserable crítico se ocupó de ellos, ni para bien ni para mal, ni caricia ni porrazo, y la edición completa es consumida en su salsa allá arriba, en las lejanas galerías donde nadie llega. El resto es silencio.

En el salón del ya silente malhablado escritor, sus personajes lo ven doblarse sobre el vientre como un gusano que ha perdido el rumbo y caer sobre el piso, con los ojos secos, un poco de baba vuelta espuma en las comisuras de los labios y un aflojamiento fétido de los esfínteres. Quizás ellos repitan voluntariamente la sentencia que su creador les impuso y levanten los vasos para brindar con el scoth y el veneno o, tal vez, vencedores de su fatalidad de papel, definitivamente exorcizados, compongan sus vestidos y se echen a la calle, con las alas de su autonomía, como tres transeúntes más del mundo de los vivos.

 

 

Guillermo Tedio

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