|
Ritual
de las alas del gusano
Agarrándose
del barandal con la mano derecha, intenta subir las amplias escaleras
de mármol, en espiral, con la alfombra púrpura cubriendo
los escalones en su parte central, pero las rodillas malparidas
se resisten a la flexión y los puñeteros pies se niegan
a levantarse. Y el maldito criado, coño, no le hace caso.
Con su cachaza de negro palenquero, ni siquiera parece escucharlo
cuando le pide que suba y le baje algunos libros de los miles de
volúmenes que atiborran los estantes de caoba allá
en lo alto, en las galerías, y lo miran inmutables con sus
bocas herméticas y sus lomos de letras que se burlan borrosas.
El sirviente deambula por la casa renegando entre dientes del desorden
y los desperdicios que el patrón arroja sobre la moqueta.
Simula que ejecuta la limpieza, levantando el polvo con un plumero,
deja los alimentos, el periódico que nunca será leído
y las botellas de escocés sobre la inútil y larga
mesa de doce puestos del comedor y se va sin siquiera despedirse
el muy bellaco.
Solo,
ya de noche, mientras maldice los infiernos, el viejo escritor escucha
el ruido impasible de las mandíbulas de la carcoma y las
polillas y seguramente de los comejenes devorando el papel, la tela
y la tinta reseca, abriendo caminos y surcos por entre guerras y
aventuras y amores y grabados de Doré, construyendo túneles
desde las áridas regiones de La Mancha hasta los dantescos
reinos de Medusa, masticando palabras para volverlas polvo y barro
con su baba. No recuerda su edad ni tampoco su nombre, le suena
Ricardo, pero tiene la certeza de haber escrito algunos libros geniales,
de ser un escritor valioso que, por alguna extraña martingala
del destino, no tiene público ni reconocimiento ni premios
y se halla postrado, coño, arrastrando sus pies hidrópicos
de Edipo abandonado, con el brazo izquierdo en cabestro, por las
habitaciones y pasillos de aquella casa descomunal. Está
allí, con su alma de murciélago, según recuerda
la frase de Joyce, confinado a los aposentos de la planta baja,
entre tapetes persas y espejos y cuadros de cóndores y barracudas,
de hombres con caras de animales que le hacen evocar a alguien llamado
el Bosco. La cochina ciática o gota, no recuerda la jerigonza
del hideputa del médico sobre la enfermedad, le envarilla
las piernas, sobre todo las rótulas, y le pone una plancha
de plomo en los pies, que deben deslizarse sobre el piso, en un
arrastre doloroso, ay mi madre. El mequetrefe de su compadre le
ha prohibido el azúcar y la sal y el picante que tanto le
gusta, con lo detestables que son los alimentos sin sazón,
pero con él no puede, no importa que el ají le inflame
las hemorroides, y el brazo izquierdo en los últimos días,
por causa de la neuritis, se resista a la flexión en la juntura
con el omoplato y la clavícula, qué verraquera acordarse
de la anatomía, y tenga que llevarlo lapado al pecho. Si
hasta podría escribir un Retrato del artista obsolescente.
El sabe ya que es un bocado de la muerte, un te olvidé, un
Joselito Carnaval en miércoles de ceniza, un cascarón
sin remedio, pleno de purulencias en vida, próximo a las
ceremonias del gusano, de modo que no le venga el hipócrita
Hipócrates con su cantinela de que abandone el ron para evitar
la uremia, si el calor del scotch acariciando tiernamente su garganta
como una garra aterciopelada de tigre es el único bálsamo
que le devuelve algunos pedazos lúcidos de la miserable película
en blanco y negro de su vida, como ahora, en que regresan los títulos
de los libros leídos: Alicia en el país portátil,
Crónica de la muerte de Artemio Cruz, Retrato de un artista
del trapecio, Los funerales de la casa grande, La cuesta de las
alegres comadres de Windsor.
Ha
vivido allí por muchos años, zángano de una
fortuna heredada que ha venido dilapidando sin rendimiento de cuentas,
sin molestias de debe y haber, casi que en un dolce far niente de
haragán si no fuera por la grieta y el vacío y la
terriblemente vana obsesión de trascender porque no hay genio
ni vocación ni talento sino unas ganas viscerales de claudicar,
de no hacer nada, de pegarse un tiro, de emborracharse oyendo vallenatos
y tangos hasta la eternidad. Vagamente presiente que ha estado casado
con una mujer de la que no logra recordar su nombre ni su rostro
pero sí la blancura de unos senos sobre los que contrastaban
los pezones de cobre y las areolas rojizas, pero sí los quejidos
de zorra que lanzaba cuando la tomaba por angosta vía hasta
los mismos teques, como lo hacía con sus mujeres el cazador
de Kechump. Por momentos alcanza la convicción de haber tenido
dos hijos, hombre y mujer, que lo abandonaron, ya adolescentes,
como antes se marchó la esposa, malparida, sin dejar rastro
de su paradero. Lo estremece la idea de haber sido cruel con ellos,
de haberles arrancado la inocencia frente a la vida, volviéndolos
incapaces para la felicidad. Un malestar cotidiano de medianía,
la precariedad de una vida que transita sin méritos y sin
huellas lo conducen al sadismo de injustas retaliaciones sobre los
tres rostros sorprendidos, con los ojos alarmados por interrogantes
sin respuestas. Con una libertad ganada en el dolor pero cicatrizados
para siempre por la soledad y el miedo, huyen primero la perra de
su mujer y después sus hijos. Y desde la niebla de la memoria
le llega inexplicablemente un incisivo olor de almendras amargas.
Se agotan las botellas de whisky, se le hinchan los pies, la nariz
y las orejas; le crecen las várices del orto, se le inmoviliza
el brazo izquierdo y los libros se alejan hasta las galerías
inalcanzables donde las termitas y las polillas, chasquido tras
chasquido, han instalado sus trapiches de destrucción y ruina
mientras el sirviente, mandinga de mierda, se burla del desastre
de su vida y le agarra los fondillos para avisarle que tiene abierta
la bragueta, y quién no con esa orinadera a cada rato a causa
de la próstata irritada.
La
vista se le hace borrosa, crepuscular, y le resulta difícil
acomodarse los quevedos en la nariz enrojecida y tumefacta por el
alcohol. Coño, ni siquiera la mirada, la arrechera del ojo.
Definitivamente ha llegado a la edad de los metales: plata en la
cabeza, oro en los dientes y plomo en los cojones y los pies. Habría
que agregar: chatarra en el alma. No puede ubicar en qué
dirección de la puta biblioteca se encuentra el estante especial
con los libros escritos por él, así que intenta recordar
por lo menos un título. Tal vez El jardín de los
cerezos que se bifurcan, se equivoca, sabe que esa novela es
del inglés George Antón Borges. Tembloroso mira hacia
arriba, anhelante de toparse con las carátulas. Piensa en
la magnífica ironía de Dios, que le dio los libros
en lo alto de los estantes y le dio la sed pero también la
gota, coño, y un criado que no sirve ni para taco de escopeta,
cuando lo deja boñiga entre inmundicias. Se sonríe
consigo mismo al pensar en su destino doblemente repetido de Tántalo.
Ahí está su affaire con aquella mujer, casi una niña,
a la que él, imposibilitado para dar amor, sin erección
y sin alma y con la piel reseca oliendo a queso rancio, pero siempre
viejo verde por la ley de la costumbre, le ofrece mucho dinero que
la joven recoge insinuándose pero sin entregarse, bandida,
desnudándose en un strip-tease retardado que lo pone
momentánea y dolorosamente cachondo, acercándose pero
sin dejarse tocar, la pervertida, con sus nalgas de yegua y su precioso
jardín de las delicias.
Una
mañana, después de dos tragos de escocés seco
que degusta lentamente como si fuera vino dulce, recuerda haber
escrito un libro terrible, una novela de título Macbeth,
en donde corre la ambición por caminos de sangre. Y se siente
tan lúcido que evoca algunos pasajes. Tres brujas salen de
un aquelarre de Goya, lanzan al unísono, en do sostenido,
tres flatulencias fétidas, y un fulano de nombre Banquo aparece
llevando un enorme espejo en el que su imagen se refleja ocho veces.
Cierto príncipe, de nombre Hamlet, pregona que no hay arte
para hallar en el rostro el modo de ser de la mente. Otro escocés
hace que algunas frases de la novela aparezcan literales: Seguimos
siempre sometidos a juicio aquí, ya que no hacemos sino enseñar
lecciones de sangre, que, una vez enseñadas, regresan para
asolar al inventor. Macbeth propone a su mujer Gertrudis, la gran
ramera arrecha, la procaz Sodoma, la ninfómana Babilonia,
hacer de los rostros máscaras de los corazones para disfrazar
lo que son. No sabe la traidora que la máscara, antes que
ocultar, revela.
La
noche de un jueves, el escritor olvidado recibe la visita de una
mujer joven, con ciertos rasgos orientales. La cara femenina, con
la lisura negra del cabello haciéndola más blanca,
dispone en su memoria el hostigante olor de las almendras. El exótico
rostro le propicia la visión de una cena con muchas velas
cuyas llamas proyectan sobre las paredes de un salón íntimo
las sombras chinescas de tres comensales. Pronuncia el nombre de
la mujer y ante el gesto afirmativo de ella, se felicita de estar
recuperando la memoria, carajo. ¡Lavinia! Confirma que el
whisky no es agua del Leteo, como sostiene el cacorro del médico.
Lavinia. Por un momento cree haber alcanzado el don de la adivinación.
Sabe que aquella joven, tocada por la tristeza, morirá envenenada
pero se guarda para sí esa seguridad tanática. Ella
manifiesta que quiere conversar con él la noche del domingo.
Lo complace que por fin la prensa, coño, ojalá la
televisión, se hayan acordado de él y decidido a sacarlo
del olvido y la preterición con una entrevista, aunque sopesando
mejor el pálido rostro, lo cruza la punzante idea de que
aquella mujer es su hija, de quien desafortunadamente no recuerda
el nombre, maldita memoria.
Por
la noche, con el rescoldo del escocés calentando su cabeza,
sigue pensando en la joven como en un rostro conocido, hasta el
regreso del espectro envejecido del sangriento Macbeth con su voz
patética: He vivido bastante: el camino de mi vida ha caído
en la sequedad, en la hoja amarilla, y lo que debería acompañar
la vejez, tal como honor, amor, obediencia, multitudes de amigos,
no debo esperar tenerlo, sino, en su lugar, maldiciones, no en voz
alta, pero profundas, honor de boquilla, palabras que el pobre corazón
querría negar, aunque no se atreve. Siente que plagia y no
imita. Concluye angustiado y con pánico, que Macbeth
no es una novela suya sino una tragedia compuesta por un escritor
ya olvidado de nombre Cervantes, pero aún así, le
sigue llegando nítida la tragedia que se agita en las palabras:
La vida es solo una sombra caminante, un mal actor que, durante
su tiempo, se agita y se pavonea en la escena, y luego no se le
oye más. Es un cuento dicho por un idiota, lleno de ruido
y furia, y que no significa nada. Antes de dormirse, tiene el convencimiento
de que la joven de la visita ha sido perseguida incestuosamente
por un hermano. Narcotizado por el dolor de agujas del ácido
úrico en las rodillas, sueña que un asesino come-mierda,
tocayo suyo, contrahecho y con una pierna y un brazo inservibles,
apuñala a dos niños y a un tal Duncan para quitarle
a la mujer y llevarla a un cabaret de Harlem donde la obliga a prostituirse
con negros priápicos.
La
mañana del viernes tiene otra visita. Se trata de un hombre
también triste, ojeroso y con una barba de varios días.
Sabe que aquel joven macilento se llama Adriano pero guarda silencio.
El intruso le anuncia que vendrá el domingo por la noche.
Definitivamente los cretinos periodistas por fin se han propuesto
sacarlo del ostracismo. Si hay fotos, habrá que mejorar el
aspecto personal, con lo fastidioso que le resulta bañarse.
Lástima de las orejas elefansíacas y los desperdicios
que el bellaco cimarrón no tira a la caneca. Por un instante
cree que aquel hombre lúgubre es su hijo y lo ve por las
noches, enloquecido de amor enfermizo, tratando de meterse en el
cuarto de su hermana Lavinia, malparido. En la noche de su evocación
danzan nuevamente tres siluetas a la luz amarilla de los candelabros
mientras aumentan la hedentina del cianuro, el tintineo de los cristales
en un brindis final y la cadencia de unas guitarras jamaiquinas.
El hombre demacrado se marcha y el viejo escritor toma muchas copas
hasta una borrachera de arrastre por el piso, váyanse al
infierno todos, para darse de tope con la imagen de dos niños
que frente a sus gritos de cólera, huyen asustados a refugiarse
bajo la cama, de donde dormidos y con los rostros macerados por
el pánico, los rescata la madre. Se siente miserablemente
solo. Todos los dioses lo han abandonado, ni siquiera la cólera
de Poseidón lo acosa. Ulises lloroso, náufrago entre
orines y vómito.
El
mediodía del sábado llega hasta la sala del escritor
gotoso un hombre moreno, sin duda con sangre africana irrigando
su destino. La presencia de rasta kingstoniano se percibe en la
chaqueta de cuero, la camisa floreada, las guedejas crespas tejidas
en trenzas, el bluejean desgastado y las sandalias pobretonas. No
entiende el escritor por qué razón sabe que aquel
hombre se llama Bob y que es el esposo de Lavinia, la joven del
jueves, quizás su hija, aunque bien puede ser el fotógrafo
del grupo. Ella sabe que él detesta a los negros, así
que se une al mandinga para afianzar su libertad. El isleño
también carga la tristeza de los otros, aunque no puede ocultar
ese balanceo de marihuana y de reggae. De la chaqueta raída
por el uso, se desprende el halo ya proverbial del cianuro y en
la mente del escritor tal vez llamado Ricardo vuelven a danzar tres
siluetas humanas a la luz de unas velas y tintinean copas de champaña
con guitarras de fondo. El hombre anuncia que vendrá el domingo
por la noche y antes de despedirse, le dice desde la puerta que
es posible cambiar el final y ganarse unas alas si se ejecuta la
venganza. Maldice al negro de mierda con su chaqueta pestífera
a grajo, su frase cifrada y sus trenzas piojosas y ridículas,
y sin podérselo explicar, Macbeth retorna con su voz culpable:
Mejor estar con los muertos, con los que hemos enviado a tener paz,
para conseguir nuestra paz, antes que yacer, bajo el tormento del
alma, en pasmo sin descanso. Se percata ahora de que Macbeth
no es una obra de Cervantes, como ha creído, sino de Shakespeare,
y que ha cruzado sus cables con Hamlet, así que vuelve
a elogiar las propiedades curativas del scotch en los síntomas
de senilidad y amnesia, Esculapio ignorante.
La
noche del domingo trae a la mujer y a los dos hombres. Llegan juntos,
vestidos para fiesta nocturna. Ella lleva un traje de raso negro
ceñido al cuerpo, que descubre la blancura de la piel de
los hombros y la espalda en un escote de ángulo profundo.
El rojo bermellón de los labios y el rimmel de las pestañas
no consiguen ocultar su tristeza. El hombre demacrado viste ahora
un smoking impecablemente negro y el mentón muestra los visos
azulados de la rasurada. El rasta continúa con su chaqueta
raída de cuero aunque se ha puesto un pantalón de
pana azul, una camisa de satín violeta y ha cambiado las
sandalias polvorientas por unas botas de charol. Se sientan en las
sillas rococó de la sala principal, alrededor de una mesa
de mármol donde colocan vasos y una botella de whisky que
han traído para el escritor, quien ha remojado su escaso
cabello y cerrado la cremallera de su bragueta y da una falsa apariencia
de baño y loción y orejas deshinchadas. Se sirve medio
vaso y paladea el scotch con los ojitos brillantes y la nariz ya
enrojecida de payaso sin circo.
La
entrevista promete ser interesante pero no ve la cámara ni
la grabadora ni las libretas de apuntes. Estos periodistas informales
de ahora. Es más pronunciado ahora el tufo a cianuro. El
rasta comenta que algunos personajes literarios son obligados a
cargar una existencia trágica. Antes de contestar, el viejo
escritor, cabresteando el brazo, mira detenidamente a sus interlocutores.
Los encuentra conocidos, identificables: Lavinia, Adriano y Bob.
No solo los personajes, toda literatura es trágica. Felices
o dichosos siempre quedan sepultados cuando se cierra el libro.
Ya lo dijo el demente de Hamlet: El resto es silencio. La última
página los condena a perecer. Don Quijote muere no porque
el señor Quijana recobre su vida vulgar sino porque Cervantes
acaba la novela.
Se
sirve otro trago largo, feliz de las genialidades que está
diciendo, para que aprendan los muy ignorantes. Los sigue encontrando
familiares, cercanos, generados por él en un parto de Idumea,
íntimos, como si él los hubiera llevado de la mano
y comprado las ropas que llevan puestas. Presiente que los ha tratado
en el pasado, quizás en otra vida, en otro avatar de la planetaria
noche cíclica, como diría el cabrón de Borges.
De golpe tiene la conciencia de llamarse Ricardo José Mairena,
coño, ese es el nombre, por fin, podría demostrarlo
con la partida de bautismo que seguramente reposa en uno de los
cofres de Pandora que se han acumulado en el desván de san
Alejo del sótano. Por supuesto, ahora cae en la cuenta: los
visitantes no son los periodistas de pacotilla que él ha
creído sino los personajes centrales, el triángulo
amoroso de la única novela, por cierto mediocre, que ha logrado
escribir, mil malparidos ejemplares que devolvieron los libreros
y que hoy reposan, por supuesto, Dios mío, en el primer estante,
subiendo las escaleras, a la derecha, pasto de las polillas y los
comejenes, bazofia para las pertinaces mandíbulas.
Ahí
están Lavinia y Adriano, niños aterrorizados por el
padre déspota y cruel, corriendo siempre hacia rincones secretos
donde se abrazan y fortalecen en una caricia prolongada que los
rescata del grito y del golpe y los exilia de su infancia. Un nuevo
vaso de scotch lo hunde irremisiblemente en el pantano de la lucidez.
Aunque son las diez de la noche, hay en la sala una claridad de
mediodía. Aquellos miserables hijos de puta han salido del
papel, de la letra muerta de su canallesca novela. Hijastros de
la anonimia, inquilinos de la oscuridad, excrescencias del libro
cerrado, han venido como los espectros de Banquo, el viejo Hamlet
y César, a reclamar venganza ante el asesino. Estamos aquí
para matar y ser libres. Es la voz del mandinga jamaiquino. Ahora
sabe con certeza que no ha tenido esposa ni hijos, a no ser las
tres sombras de papel que lo rodean. La trama avanza nítida
y sin genio, punteada de lugares comunes, en secuencias predecibles.
La esposa, envilecida por el marido que solo encuentra placer violándola,
huye a través de la demencia. Ya adolescente, Adriano acosa
a su hermana Lavinia, quien conoce al rasta y se casa con él
para golpear al padre racista y alejar al hermano.
Hemos
venido a pagarle con la misma moneda. La voz de Adriano avanza gutural
por el aire. La ley del talión. Desde su mente aturdida o
iluminada por el alcohol, ahora es Malcolm el que habla: Macbeth
está maduro para la caída. Nuestra gran venganza es
la medicina que cura este dolor mortal. Canta, lechuza. Tiembla,
tierra. Hécate, suelta tus serpientes de furia.
Le
sigue llegando sin ambigüedades la trama de su libro sepultado,
sin prensa, sin premio, minúsculo, caca de comején,
aserrín de polilla. La noche de un domingo, Lavinia ofrece
una cena para reconciliarse con su hermano. Tintinean las copas
de champaña, la luz de los tenebrarios proyecta tres siluetas
fantasmales sobre las paredes y, desde el fondo del salón,
avanza un rasgueo de guitarras.
Adriano
aparenta que acepta la reconciliación con Lavinia y el jamaiquino
pero por dentro, amarrada a su alma, surgida del amor y los celos
como una alimaña pegajosa, lleva la determinación
de envenenarlos y morir él también. Danzan las sombras
chinescas. Un nuevo brindis y van cayendo los tres cuerpos.
¿Por
qué nos quitó la vida? La pregunta viene desde el
bermellón de la boca retadora. El insiste en su teoría
estúpida del inevitable fin trágico por el cierre
del libro. Ahora cae en el detalle de haber visto a Lavinia echando
cierto polvo en su vaso. Y el escritor lo ha tomado hasta el fondo.
Todo fin es la muerte, todo camino conduce al cementerio. El tósigo
inunda las venas obstruidas por el colesterol y la respiración
se vuelve agónica. Y en la convulsión y el estiramiento
de las patas aún tiene tiempo para pensar que ellos tampoco
pueden escapar a su final porque están presos en su cárcel
de papel y tinta, y ni siquiera serán recordados como Gregorio
o Sorel o Páramo y Susana porque a nadie le interesó
su historia, ni el más miserable crítico se ocupó
de ellos, ni para bien ni para mal, ni caricia ni porrazo, y la
edición completa es consumida en su salsa allá arriba,
en las lejanas galerías donde nadie llega. El resto es silencio.
En
el salón del ya silente malhablado escritor, sus personajes
lo ven doblarse sobre el vientre como un gusano que ha perdido el
rumbo y caer sobre el piso, con los ojos secos, un poco de baba
vuelta espuma en las comisuras de los labios y un aflojamiento fétido
de los esfínteres. Quizás ellos repitan voluntariamente
la sentencia que su creador les impuso y levanten los vasos para
brindar con el scoth y el veneno o, tal vez, vencedores de su fatalidad
de papel, definitivamente exorcizados, compongan sus vestidos y
se echen a la calle, con las alas de su autonomía, como tres
transeúntes más del mundo de los vivos.
©
Guillermo
Tedio
|