11
mayo 2002

 

Bob T.
 Morrison

 
 

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Al oeste

 

(Texto basado en el poema Uruguay o el Infierno
de Charles Bukowski)

 

Bob T. Morrison

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11
mayo 2002

Bob T.
 Morrison

 
 


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Al oeste

 

El sol aplastaba la arena. La ligera brisa que, mañana a mañana, limaba el paisaje, había desaparecido. El aire estaba muerto; el polvo iba de aquí para allá a lomos de las moscas. Nada o, pocas cosas, habían cambiado: todo estaba sucio y lleno de arena.

Llegué por la tarde, acompañado por el reflejo fucsia de las nubes; me despedí de mi compañero de viaje. Me deseó suerte y, apretando con fuerza la mano, me dijo:

—Pásese a visitarme algún día, cuando todo ese feo asunto haya terminado.

Y sonrió enseñándome sus dientes falsos.

La cantina estaba en la plaza del pueblo. Entré y pedí que me sirvieran algo fuerte, no recuerdo qué. La barra era larga, de madera, y estaba repleta de vasos. Un espejo enorme colgaba de la pared al lado de una cabeza de toro. Las mesas estaban vacías; sólo una silla ocupada por un parroquiano que dormitaba ruidosamente.

A la hora prevista aparecí en la iglesia: el cura y el muchacho chillaban. Sabía que llevaban varios días peleados.

El cura, cogiéndose de los faldones, decía:

Eso que me pides es imposible.

Y el muchacho se desgañitaba, llorando de rabia, sobre el derecho de su madre a un funeral católico.

Llegaron a un lamentable acuerdo: no habría funeral en la iglesia, ni palabras, ni consejos en cómo sobrellevar el dolor, pero el cura pronunciaría un pequeño responso en el cementerio.

Hay que guardar las formas murmuraba al tiempo que lanzaba bendiciones a diestro y siniestro.

El joven se preguntaba si, el hecho de trasladarse al cementerio, encarecería la cuenta.

Yo era el amigo; aquello me importaba. Pero lo que me importaba estaba muerto.

En el campo santo el cura rezó; instantes después terminó todo. Le agradecí su gesto bajo el calor.

Subimos al coche y nos largamos.

El muchacho hijo de la muerta me prometió que se pondría en contacto conmigo.

La lápida es muy importante me contaba. Pero yo sabía que mentía y, de haber una lápida, la pondría el amigo.

Subí arriba y puse la radio y bajé las cortinas.

 

 

Bob T. Morrison

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