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Al
oeste
El
sol aplastaba la arena. La ligera brisa que, mañana a mañana,
limaba el paisaje, había desaparecido. El aire estaba muerto;
el polvo iba de aquí para allá a lomos de las moscas.
Nada o, pocas cosas, habían cambiado: todo estaba sucio y
lleno de arena.
Llegué por la tarde, acompañado por el reflejo fucsia
de las nubes; me despedí de mi compañero de viaje.
Me deseó suerte y, apretando con fuerza la mano, me dijo:
Pásese
a visitarme algún día, cuando todo ese feo asunto
haya terminado.
Y sonrió enseñándome sus dientes falsos.
La cantina estaba en la plaza del pueblo. Entré y pedí
que me sirvieran algo fuerte, no recuerdo qué. La barra era
larga, de madera, y estaba repleta de vasos. Un espejo enorme colgaba
de la pared al lado de una cabeza de toro. Las mesas estaban vacías;
sólo una silla ocupada por un parroquiano que dormitaba ruidosamente.
A la hora prevista aparecí en la iglesia: el cura y el muchacho
chillaban. Sabía que llevaban varios días peleados.
El cura, cogiéndose de los faldones, decía:
Eso
que me pides es imposible.
Y el muchacho se desgañitaba, llorando de rabia, sobre el
derecho de su madre a un funeral católico.
Llegaron a un lamentable acuerdo: no habría funeral en la
iglesia, ni palabras, ni consejos en cómo sobrellevar el
dolor, pero el cura pronunciaría un pequeño responso
en el cementerio.
Hay
que guardar las formas murmuraba
al tiempo que lanzaba bendiciones a diestro y siniestro.
El joven se preguntaba si, el hecho de trasladarse al cementerio,
encarecería la cuenta.
Yo era el amigo; aquello me importaba. Pero lo que me importaba
estaba muerto.
En
el campo santo el cura rezó; instantes después terminó
todo. Le agradecí su gesto bajo el calor.
Subimos al coche y nos largamos.
El muchacho hijo
de la muerta
me prometió que se pondría en
contacto conmigo.
La lápida es muy importante me contaba. Pero yo sabía
que mentía y, de haber una lápida, la pondría
el amigo.
Subí
arriba y puse la radio y bajé las cortinas.
©
Bob
T. Morrison
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