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Fragmento
de Voyeurs
Lo
que sí puede hacer, y hace, es verla entrar y salir de la
piscina. En las tardes, a veces, cuando han concluido sus largos
diálogos y el Ciego está dentro de la casa, ella sale
envuelta en su bata de felpa blanca, la deja caer al borde de la
piscina y entra al agua por los escalones, en un ángulo de
visión perfecto desde el punto de mira del Pintor. Son sólo
segundos, pero el mundo se detiene en ellos, todo el universo menos
el corazón del Artista hace silencio y se para a esperar
a que salga la Musa, con el sol del atardecer espejeando sobre su
piel mojada.
Ha discutido con su Amigofotógrafo la posibilidad de colocar
una cámara en posición y esperarla, pero han llegado
a la conclusión de que tal vez sería exponerse demasiado,
así que se conforma aún con verla bajar en las tardes,
casi al anochecer, nuevo Acteón y nueva Diana. De algún
modo sabe que la imagen congelada en una fotografía no podrá
generar ni por asomo la emoción de ver su bata caer y descubrir
su cuerpo en movimiento.
Envidia la suerte del Ciego, por lo menos antes de su ceguera. Y
envidia ese amor de ellos, la armonía, la manera en que parecen
llevar su vida juntos, aun hoy en que no sentirán ya lo mismo
después de casi una década; después de que
a él ya sólo le queda imaginar aquellos gestos y sólo
puede verla en pasado.
A veces tiene la impresión de que sus vecinos han venido
a este lugar a esperar su muerte. Esa casa y este sitio donde nadie
parece conocerlos es un último refugio de vida para el Ciego.
Cada día sus movimientos se le hacen más cansinos.
Ella lo lleva del brazo ahora, se ve fatigado todo el tiempo e incluso
sus propias palabras parecen agotarlo y tiene que detenerse constantemente
a tomar aire. Y luego sigue, mientras ella lo mira con rostro enternecido.
Rayn finalmente se ha acostumbrado a hacer gestos que sabe él
no puede ver. Se estira, cruza, levanta o abre las piernas en su
asiento, de frente a él (y de espaldas al Pintor). A veces
puede notar su aburrimiento, quizá su decepción porque
sabe que la enfermedad o la muerte van ganando la batalla, que el
hombre nunca se recuperará. La semana pasada el Amigointernet
ha llamado al Artista para leerle una nota con la que se ha topado
en la revista Newage según la cual la compositora y su esposo,
el escritor Samuel Bécquer, están realizando los trámites
pertinentes para adoptar a la niña Roxanna Lessing, cuyos
padres murieron en el atentado a un avión de Lufthansa del
que sólo ellos tres son sobrevivientes. A continuación
el periódico habla de las múltiples intervenciones
quirúrgicas por las que tuvo que pasar el Ciego después
del accidente, dos de ellas para extraer una esquirla de metal alojada
en su pulmón izquierdo. Sin embargo, no se hace mención
a su pérdida de la visión en ningún momento,
como si ello no hubiera ocurrido como resultado de la bomba, o no
al menos de una manera inmediata.
Y el Artista se pregunta cómo serán sus noches. Si
el accidente que le quitó un pedazo de vida y gradualmente
también la luz a este hombre quizá minimizó
su capacidad para hacer el amor, por ejemplo. Si aun hoy, como narra
en su novela, devoto del cuerpo de la compositora, al parecer incluso
más que de su música, es capaz de sentir su sexo y
su piel con la intensidad de aquellos tiempos en que tenía
aún la posibilidad de "verla ascender desnuda las escaleras
hasta nuestra habitación", o si ahora el sonido de sus
pasos puede despertar la ansiedad y el deseo y la imagina como entonces.
Y si ella, desde su vidente y visible superioridad física,
sentirá hoy lo mismo sabiendo que él no puede verla,
en la bañera o mientras se viste, en esos mínimos
actos domésticos que abren las puertas a la sensualidad del
cotidiano vivir. Y va a las tiendas y ve toda esa ropa femenina
y piensa de nuevo en él, en que nunca podrá halagarla
con su mirada fija en las pequeñas piezas íntimas
sobre sus senos y su pubis, en lo terso de su vientre después
de esas jornadas de jogging o tal vez de gimnasio y sólo
forzando la situación con sus palabras o quizá lejanamente
su perfume le dirán al Ciego que estrena para él.
¿No deseará Rayn en esos momentos a alguien que pueda
verla? ¿Cuán infeliz la hará saber que este
hombre sólo la olfatea como un perro mientras imagina el
blanco o el negro en sus brassieres y su bikini, pregunta y pide
que se lo describa y sólo puede seguir viendo en su mente
aquellos otros, la primera vez, o alguna otra vez, y todo lo recicla
en imágenes pasadas, cada día más borrosas,
fundiéndose en una ¿oscuridad? que se ensancha sin
que ella pueda saberlo.
Desde esa perspectiva, la del Pintor y su ventana, éste puede
darle un nuevo significado a esa mañana en que Rayn ha salido
de la piscina y ha recorrido desnuda los más de diez metros
de jardín que la separan de la entrada de la casa. Esa desnudez
busca una mirada en que dibujarse: la del Artista.
La vuelve a ver, con nitidez absoluta, de espaldas, su cuerpo enmarcado
entre los dos cipreses que se estiran hacia el cielo a ambos lados
de la entrada principal de la mansión. La puede esbozar,
bocetar, pintar, no se le desdibuja esta vez, ha vuelto nítida,
como si escapara de los sueños del Ciego para él.
Y en ese encuadre la pinta, desnuda, su cuerpo brillante con la
luz del sol y los reflejos del agua en la piel, en todos sus matices,
en todos sus colores. Ha llegado la oscuridad pero él sigue
viéndola con la misma luz. Tal es la concentración
en su trabajo, que cruza la noche de una punta a la otra sin descanso,
apenas sin quitar la vista y el pincel del cuadro. Y cuando lo hace
es porque el amanecer lo distrae. Y ve a Rayn vestida con su ropa
de hacer jogging que sale caminando a lo largo de la terraza.
Está a punto de perderse tras el seto que separa el garaje
del jardín para tomar la puerta de salida a la calle cuando
voltea el rostro como atraída por la luz en su ventana. La
ve, puede verla, aún ante su caballete y el lienzo en el
que sin saberlo posa desnuda; lo mira inquisitiva esta vez, por
primera vez, antes de desaparecer de su ángulo de visión.
El Pintor observa su obra, atontado ya por el sueño. Abre
la ventana para que entre el aire de la mañana y los ruidos
matinales del patio de sus vecinos, apaga la luz, prepara un café
y se sienta en la cama a beberlo dispuesto al acecho. Entre sueños,
lee la inscripción en la base del cuadro, su firma... la
fecha...
Lo despierta el sonido de un cuerpo que cae al agua. Abre los ojos
para descubrir una soleada mañana rebotando en el techo de
la habitación. Aún en su posición y perspectiva
de voyeur frustrado (mira aún al techo), ya casi desde la
vigilia, oye de nuevo el chapaleo del cuerpo en la piscina de los
vecinos. Se levanta y se desplaza somnoliento hacia la ventana,
tratando de alertar de antemano a su cuerpo sobre la maniobra. Es
el momento justo, exacto, para ver a Rayn sacar la mitad del cuerpo
sobre la superficie del agua, sin nada puesto, como no sean los
destellos que resbalan sobre su piel mojada y los senos pálidos
y resplandecientes bajo el sol, el pelo en apretados mechones, negrísimos
ahora y también empapados de luz. La ve inclinarse para tomar
la ropa que ha dejado en el borde de la piscina, pants y sudaderas
en una mano y tenis en la otra, que dejará caer de nuevo
para aflorar finalmente del todo, paso a paso, escalón tras
escalón, desnuda.
Se detiene y mira hacia la ventana del Artista. Luego, sin otro
gesto, sin mirar a un lado siquiera, dándole de nuevo la
espalda, se pierde en la ancha terraza de la mansión. Está
despierto, no ha sido un fugaz acto de la imaginación ni
un sueño. Cierra los ojos para verla de nuevo, para fijarla
en su mente, una vez más tratando de no perder este momento,
de aferrarse a él como un náufrago a sus maltrechos
maderos después de la tormenta. No hay imagen sobre la Tierra
como el desnudo de la mujer amada. (¡¿Amada?! ¿Es
este el caso?).
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Editorial
Alfaguara
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