¿Por
qué negar, Julia, esa nostalgia que hoy con vos se ha
levantado? ¿Por qué resistirla? (Ella no sabe
qué la ha traído, a la mañana quiso averiguarlo
y sólo encontró nada. Ahora no la rechaza. La
deja. Está acá).
Esa nostalgia te completa, Julia, como te completan los crepúsculos
o las tristezas amarillentas de viejas fotos. Esa nostalgia
no es duda, es espejo de nostalgia: ¿se muere el amor
cuando se muere quien amamos? Lo que acaba es ese viaje que
a través de nuestras manos y jadeos, o desde nuestra
voz y nuestros fangos, o desde nuestros ojos y otros íntimos
paraderos hacíamos rumbo a quien amábamos, viaje
magnético poblado de espumas y lugares hambrientos, de
sábanas musgosas y paisajes del Brasil y de Córdoba
y de plegarias y de tantos etcéteras. No muere la pasión:
se transforma. Ya no viaja hacia fuera sino que se remonta sobre
sí misma. Nos quedamos girando y tocando las orillas
de nuestro propio cuerpo, y ya no desembocamos en el rostro
en que solíamos hacerlo y ya no rozamos la piel que aprendimos
a conocer y a palpitar en su obstinación y en su hechizo.
El universo entero queda cuestionado y vale menos cada tarde.
Es extraña esta condición humana: infinitos átomos
ruedan, se combinan y producen edades de hielo líquido,
de líquenes y de palmeras, de protozaurios y de cacerías
del rotundo bisonte, y de templos en ruinas que muestran sus
lastimadas columnas como desnudos huesos al sol, de hombres
tirados en la esquina de un bulevar aullando desde la heroína
y de hombres que envían naves intergalácticas,
mientras el misterioso acto que nos lleva al otro permanece
único e intocado tras cada uno de aquellos átomos.
Es extraña esta condición humana: ¿en qué
exacto instante comenzamos con los secretos ritos del amor y
sus impregnadas ceremonias, y en qué otro no menos exacto
las dejamos? Es una ilusión creer que existen tales inicios
y finales. Esos dedos que solías acariciar: ¿en
qué minuto empezaste a quererlos?, esos dedos que ya
no ves: ¿acaso los has abandonado? Hay una riqueza al
vivir y otra en la partida.
Vendrán otros seres humanos y otros y otros. Vivirán
sobre esta tierra o en remotas constelaciones, trabajarán
y reirán, crearán y soñarán, tal
vez inauguren guerras o se preparen para ellas, inventarán
sus dioses y sus iconoclastas, tendrán sus dramas y sus
perplejidades, sus ocasos y sus éxtasis, los acompañarán
el ónix y las moscas, el lapislázuli y los tambores,
la amatista y las piedras de sal al sol, y quizás descubran
en una clara mañana lo que nos vuelve eternos.
(Piensa Julia: nada de lo que me has dado, Ignacio, se ha
perdido).