9
marzo 2002

Daniel
  López

 
 Salort

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La condición

del átomo

 

¿Por qué negar, Julia, esa nostalgia que hoy con vos se ha levantado? ¿Por qué resistirla? (Ella no sabe qué la ha traído, a la mañana quiso averiguarlo y sólo encontró nada. Ahora no la rechaza. La deja. Está acá).

Esa nostalgia te completa, Julia, como te completan los crepúsculos o las tristezas amarillentas de viejas fotos. Esa nostalgia no es duda, es espejo de nostalgia: ¿se muere el amor cuando se muere quien amamos? Lo que acaba es ese viaje que a través de nuestras manos y jadeos, o desde nuestra voz y nuestros fangos, o desde nuestros ojos y otros íntimos paraderos hacíamos rumbo a quien amábamos, viaje magnético poblado de espumas y lugares hambrientos, de sábanas musgosas y paisajes del Brasil y de Córdoba y de plegarias y de tantos etcéteras. No muere la pasión: se transforma. Ya no viaja hacia fuera sino que se remonta sobre sí misma. Nos quedamos girando y tocando las orillas de nuestro propio cuerpo, y ya no desembocamos en el rostro en que solíamos hacerlo y ya no rozamos la piel que aprendimos a conocer y a palpitar en su obstinación y en su hechizo.

El universo entero queda cuestionado y vale menos cada tarde.

Es extraña esta condición humana: infinitos átomos ruedan, se combinan y producen edades de hielo líquido, de líquenes y de palmeras, de protozaurios y de cacerías del rotundo bisonte, y de templos en ruinas que muestran sus lastimadas columnas como desnudos huesos al sol, de hombres tirados en la esquina de un bulevar aullando desde la heroína y de hombres que envían naves intergalácticas, mientras el misterioso acto que nos lleva al otro permanece único e intocado tras cada uno de aquellos átomos.

Es extraña esta condición humana: ¿en qué exacto instante comenzamos con los secretos ritos del amor y sus impregnadas ceremonias, y en qué otro no menos exacto las dejamos? Es una ilusión creer que existen tales inicios y finales. Esos dedos que solías acariciar: ¿en qué minuto empezaste a quererlos?, esos dedos que ya no ves: ¿acaso los has abandonado? Hay una riqueza al vivir y otra en la partida.

Vendrán otros seres humanos y otros y otros. Vivirán sobre esta tierra o en remotas constelaciones, trabajarán y reirán, crearán y soñarán, tal vez inauguren guerras o se preparen para ellas, inventarán sus dioses y sus iconoclastas, tendrán sus dramas y sus perplejidades, sus ocasos y sus éxtasis, los acompañarán el ónix y las moscas, el lapislázuli y los tambores, la amatista y las piedras de sal al sol, y quizás descubran en una clara mañana lo que nos vuelve eternos.

(Piensa Julia: nada de lo que me has dado, Ignacio, se ha perdido).

 

Daniel López Salort

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