La
publicación de mi primera novela fue un gran acontecimiento
que provocó terribles cambios en mi vida. En aquel tiempo
la literatura era mi válvula de escape, el único
medio para alejarme de unas circunstancias ciertamente dolorosas.
Escribir era un juego apasionante, una evasión casi completa.
Yo necesitaba huir de mi propia realidad, no sólo la
del entorno familiar y social que me rodeaba, sino de mi propia
existencia como persona. Mis amistades, especialmente mis amigas,
me parecían cada vez más superficiales. Sólo
Carlos se mostraba diferente y acabó convirtiéndose
en una adición insalvable, en una droga necesaria para
seguir sobreviviendo.
Carlos era especial. No era guapo pero tenía atractivo
y elegancia. Sabía escuchar y, en definitiva, eso es
lo que necesita una mujer como yo. Su ambigüedad sexual
se destacaba sólo en el hecho de que nunca hablaba de
mujeres con la intención o la pose de un macho; en cambio,
miraba a los hombres con una intensidad casi lasciva, aunque
aquellas miradas eran breves y casi imperceptibles para quien
no conoce ciertos códigos de conducta.
Yo
tenía veinte años. Veinte años frescos
en la piel, tersos en el busto, arrogantes en las caderas, pero
envejecidos en mi tristeza interior. Me gustaba fumar, no sé
si aún me gusta, pero fumo y fumaba entonces con la aviesa
intención de la mujer fatal que nunca fui.
Pasamos
a través del tiempo como un soplo y pensamos que es el
tiempo el que transcurre.
Mi primera novela se inició mucho antes de que yo decidiera
escribirla; fue creciendo durante dos largos años y un
día se convirtió en un bello objeto presente en
todas las librerías, sin embargo, yo, seguí siendo
invisible.
Antes de la publicación, me encontraba con Carlos todas
las tardes una vez acabadas las clases del Instituto. Su voz
es el recuerdo más intenso que guardo de aquel tiempo.
Su voz era suave y oscura, algo aterciopelada pero varonil y,
al tiempo, ligeramente dulce. Vocalizaba bien cuando leía
aquellos espléndidos poemas que, desgraciadamente, ya
no existen. Escribía muy bien, la poesía era casi
lo único que le interesaba, pero sus poemas nunca recibieron
la consideración de los editores ni de los poetas consagrados
que suelen darse cita en los premios literarios. Claro que nunca
quiso entrar en los circuitos propicios para hacerse un hueco
en la poesía española, en la que no importa tanto
cómo escribes sino cómo te relacionas y cómo
mientes. Carlos no mentía y disimulaba poco, raras veces.
Era frecuente oír sus sinceros y rotundos comentarios
sobre literatura al margen de lo que, al filo del siglo XXI,
se dio en llamar "lenguaje políticamente correcto".
Yo devoraba libros y escribía en secreto, en un secreto
absoluto. Mi primer lector y el único que sería
consciente de mi identidad fue Carlos. He seguido escribiendo
en secreto, un secreto relativo, porque he tenido muchos lectores,
pero, hasta hoy, nunca nadie más que él ha sabido
que mis libros eran míos.
Siempre me gustó el atardecer, contemplado desde la terraza
de nuestra cafetería favorita. El cielo, como una pantalla
gigante o un fondo de fotógrafo antiguo, quedaba recortado
por el perfil de la ciudad y la ciudad acababa convertida en
una silueta oscura invadida por incontables luciérnagas
rectangulares. No tenía el empaque de Nueva York en las
postales nocturnas, de hecho, la ciudad era y sigue siendo la
antítesis de la belleza y de la arquitectura racional,
pero era nuestro espacio, parte esencial de nuestras vidas.
Las horas del ocaso fueron nuestras durante varios años.
Los fines de semana, aquellos encuentros, se alargaban hasta
bien entrada la noche, pues la cafetería estaba situada
junto a una gasolinera y era el único local abierto las
veinticuatro horas, así que su público era variado
y pintoresco, sobretodo por la noche.
Carlos
era dos años mayor que yo y trabajaba en una imprenta.
Durante la semana sus manos olían a tinta y disolventes;
las cutículas de sus uñas estaban siempre ligeramente
teñidas, en ocasiones el color era visible, en otras,
simplemente daba la sensación de suciedad. Se frotaba
las manos con jabón, serrín y gasolina, se las
frotaba hasta hacerse daño, pero la tinta era más
fuerte y siempre quedaban restos. Sus manos eran grandes y esponjosas,
eran manos creadoras aprisionadas por la rutina, siempre cerca
del papel y de la grasa, sabían tocar y me tocaban, y
me gustaba sentir aquellas manos porque sólo en su calor
me sentía real.
Intento recordar conversaciones, pero apenas si recupero algunas
palabras, me resulta más fácil recrear unas imágenes
que, sin embargo, no puedo transcribir. Cómo hablar de
sus gestos, de su ademán, de su sonrisa o de sus ojos
pequeños detrás de los cristales de sus gafas,
sin limitar su personalidad, sin reducir la intensidad de su
presencia. He escrito sobre personajes y ciudades, unas veces
reales, ficticias en otras ocasiones, la realidad y la ficción
son parte de un mismo juego, pero hasta ahora nunca he podido
escribir sobre Carlos.