9
marzo 2002

Delia
  Gros

 
 

Datos en el
índice de autores

eom
volver a Tierra

 

Confesiones

[capítulo primero]

de una autora invisible

 

La publicación de mi primera novela fue un gran acontecimiento que provocó terribles cambios en mi vida. En aquel tiempo la literatura era mi válvula de escape, el único medio para alejarme de unas circunstancias ciertamente dolorosas. Escribir era un juego apasionante, una evasión casi completa. Yo necesitaba huir de mi propia realidad, no sólo la del entorno familiar y social que me rodeaba, sino de mi propia existencia como persona. Mis amistades, especialmente mis amigas, me parecían cada vez más superficiales. Sólo Carlos se mostraba diferente y acabó convirtiéndose en una adición insalvable, en una droga necesaria para seguir sobreviviendo.

Carlos era especial. No era guapo pero tenía atractivo y elegancia. Sabía escuchar y, en definitiva, eso es lo que necesita una mujer como yo. Su ambigüedad sexual se destacaba sólo en el hecho de que nunca hablaba de mujeres con la intención o la pose de un macho; en cambio, miraba a los hombres con una intensidad casi lasciva, aunque aquellas miradas eran breves y casi imperceptibles para quien no conoce ciertos códigos de conducta.

Yo tenía veinte años. Veinte años frescos en la piel, tersos en el busto, arrogantes en las caderas, pero envejecidos en mi tristeza interior. Me gustaba fumar, no sé si aún me gusta, pero fumo y fumaba entonces con la aviesa intención de la mujer fatal que nunca fui.

Pasamos a través del tiempo como un soplo y pensamos que es el tiempo el que transcurre.

Mi primera novela se inició mucho antes de que yo decidiera escribirla; fue creciendo durante dos largos años y un día se convirtió en un bello objeto presente en todas las librerías, sin embargo, yo, seguí siendo invisible.

Antes de la publicación, me encontraba con Carlos todas las tardes una vez acabadas las clases del Instituto. Su voz es el recuerdo más intenso que guardo de aquel tiempo. Su voz era suave y oscura, algo aterciopelada pero varonil y, al tiempo, ligeramente dulce. Vocalizaba bien cuando leía aquellos espléndidos poemas que, desgraciadamente, ya no existen. Escribía muy bien, la poesía era casi lo único que le interesaba, pero sus poemas nunca recibieron la consideración de los editores ni de los poetas consagrados que suelen darse cita en los premios literarios. Claro que nunca quiso entrar en los circuitos propicios para hacerse un hueco en la poesía española, en la que no importa tanto cómo escribes sino cómo te relacionas y cómo mientes. Carlos no mentía y disimulaba poco, raras veces. Era frecuente oír sus sinceros y rotundos comentarios sobre literatura al margen de lo que, al filo del siglo XXI, se dio en llamar "lenguaje políticamente correcto". Yo devoraba libros y escribía en secreto, en un secreto absoluto. Mi primer lector y el único que sería consciente de mi identidad fue Carlos. He seguido escribiendo en secreto, un secreto relativo, porque he tenido muchos lectores, pero, hasta hoy, nunca nadie más que él ha sabido que mis libros eran míos.

Siempre me gustó el atardecer, contemplado desde la terraza de nuestra cafetería favorita. El cielo, como una pantalla gigante o un fondo de fotógrafo antiguo, quedaba recortado por el perfil de la ciudad y la ciudad acababa convertida en una silueta oscura invadida por incontables luciérnagas rectangulares. No tenía el empaque de Nueva York en las postales nocturnas, de hecho, la ciudad era y sigue siendo la antítesis de la belleza y de la arquitectura racional, pero era nuestro espacio, parte esencial de nuestras vidas. Las horas del ocaso fueron nuestras durante varios años. Los fines de semana, aquellos encuentros, se alargaban hasta bien entrada la noche, pues la cafetería estaba situada junto a una gasolinera y era el único local abierto las veinticuatro horas, así que su público era variado y pintoresco, sobretodo por la noche.

Carlos era dos años mayor que yo y trabajaba en una imprenta. Durante la semana sus manos olían a tinta y disolventes; las cutículas de sus uñas estaban siempre ligeramente teñidas, en ocasiones el color era visible, en otras, simplemente daba la sensación de suciedad. Se frotaba las manos con jabón, serrín y gasolina, se las frotaba hasta hacerse daño, pero la tinta era más fuerte y siempre quedaban restos. Sus manos eran grandes y esponjosas, eran manos creadoras aprisionadas por la rutina, siempre cerca del papel y de la grasa, sabían tocar y me tocaban, y me gustaba sentir aquellas manos porque sólo en su calor me sentía real.

Intento recordar conversaciones, pero apenas si recupero algunas palabras, me resulta más fácil recrear unas imágenes que, sin embargo, no puedo transcribir. Cómo hablar de sus gestos, de su ademán, de su sonrisa o de sus ojos pequeños detrás de los cristales de sus gafas, sin limitar su personalidad, sin reducir la intensidad de su presencia. He escrito sobre personajes y ciudades, unas veces reales, ficticias en otras ocasiones, la realidad y la ficción son parte de un mismo juego, pero hasta ahora nunca he podido escribir sobre Carlos.

 

Delia Gros

inicio

volver a Tierra