8
febrero 2002

Bob T.
 Morrison

 
 

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Las ventanas

y el juego

 

Sacudí el mantel en el porche. Habíamos cenado fiambres con pan de molde y tarta de yoghurt. Me quedé observando la casa de Al, al otro lado del camino (en realidad se llama Alfonso o Alejandro o Alfredo, no lo recuerdo). La luz de la sala de estar estaba encendida.

Entonces salió: se dirigió al garaje, puso el coche en marcha, dio un par de acelerones y levantó una estela de humo en dirección a la ciudad.

Me metí en casa y cerré con llave; Mónica, mi mujer, estaba echada en el sofá: leía un libro sobre dietética. El televisor tenía el volumen muy bajo.

-Al ha salido -digo.

Me mira por encima del libro.

-No volverás a las andadas ¿verdad? Prométemelo.

-Simplemente estaba sacudiendo el mantel. Te lo prometo.

Mónica deja el libro; apoya los dedos en el suelo y, dando una pequeña sacudida, se sienta. Yo sigo de pie, con los puños apretados, en los bolsillos.

En la tele se escuchan risas y aplausos y música. El público, histérico, se pone de pie. Aparecen los créditos.

-Me apetece un café ¿quieres uno? -pregunto.

-No. Me voy a la cama. Tu deberías hacer lo mismo.

Se levanta y se anuda el cinturón de la bata. Apaga el aparato; me da un beso en la mejilla y susurra: buenas noches.

No enciendo la luz. Aparto las cortinas de la ventana. Cambio el filtro, pongo un par de cucharadas de torrefacto y pulso el botón. La cafetera emite un ronroneo. Me siento en el taburete. Pocos minutos después veo cómo dos faros se acercan a toda velocidad; el coche reduce la marcha, gira haciendo rechinar las ruedas y se mete en el garaje. Hay suficiente luz como para distinguir que Al ha vuelto acompañado. Silencio. Escucho el gotear del café. Tengo una corazonada.

Lleno la pipa de half and half, enciendo una cerilla y la aplico al borde; chupo con fuerza. Una nube de humo se pega en el cristal, diluyéndose. Me sirvo una taza y doy un sorbo, Sin azúcar.

* * *

Al y Beatriz, su mujer, se mudaron hace un dos de años. Cada fin de semana hacen una barbacoa en el jardín e invitan a sus amigos. A nosotros nos han convidado tres veces; comimos carne quemada y salchichas aceitosas. Me puse perdido. No es cierto que Al me caiga antipático; simplemente no lo aguanto. No soporto sus continuos puñetazos en el hombro a modo de saludo o incitándome a reírme de sus chistes.

Mónica lo encuentra muy divertido. Para ella es un tipo campechano y dicharachero. En cambio, Beatriz, es una mojigata; da la impresión de que en cualquier momento vaya a tener una crisis de llanto.

Hace unas noches, alrededor de las doce, Mónica se despertó y fue a la cocina por un vaso de leche. Entonces lo vio: un tipo rondaba la casa de Al.

Me despertó y llamamos a la policía.

A los cinco minutos llegó un coche patrulla, con las luces azules destellando en la oscuridad. Mónica y yo salimos al porche en el momento en que detenían al individuo.

Mónica se apretó a mí y dijo: ¡Dios mío!.

Los agentes, uno a cada lado, lo habían inmovilizado sujetándolo por los brazos y las axilas. Al llevaba una bata de franela, desabrochada, con el cinturón colgando.

Se quedó quieto; mirándome.

-¡Llama a mi abogado! -gritó.

Bajé los dos escalones, crucé el jardín y me planté ante los tres.

-No seas idiota Al, tú no tienes abogado.

Los policías se miraron desconcertados. Después, clavaron sus ojos en mí.

-Lo siento -dije. Ha sido una confusión.

-¿Una confusión? -repitió el más joven.

-¿Confusión? -remarcó Al.

Las luces de su casa estaban encendidas; Beatriz salió corriendo, con los brazos abiertos, gimoteando. Iba descalza y vestía un camisón transparente. Deberían prohibir la venta de estos artículos a ciertas mujeres, pensé.

-No habrás sido tú quién ha llamado a la policía -dijo Al entre dientes.

Beatriz se colgó de su cuello.

-¿Conoce a este hombre? -me preguntó uno de los policías.

-Sí -. Tragué saliva. Dije: es mi vecino.

Me dirigí hacia Al con la intención de explicarme. Balbucee: Lo siento mucho. Mónica vio a alguien rondando por la casa y pensamos...

-¡Me ha visto a mí! ¡A mí! ¡te enteras? -gritó Al -. Miró a uno de los agentes: estaba fumigando. Nada más. Fumigando -remarcó.

-¿A estas horas de la noche? -. El agente se sacó la gorra y pasó el brazo por la frente.

Al estaba cabreado. Beatriz continuaba, literalmente, colgada de su cuello.

El policía se dirigió al coche y habló por radio. Al cabo de un rato volvió y dijo: Bien, váyanse a dormir. No ha sucedido nada -. Miró a su compañero y le murmuró: ganas de jodernos la noche.

Se fueron al coche, jugueteando con las porras y ajustándose el cinturón. El vehículo arrancó, dio la vuelta y se largó con la sirena ululando.

Reiteré mis disculpas. Al continuaba mirándome con la rabia contenida. Beatriz tenía la cara mojada; estaba horrible sin maquillaje. Volví junto a Mónica y la bese en la frente. Me sonrió.

Nos quedamos de pie viendo como Al se zafaba de Beatriz. En el porche, apoyado en una de las banquetas, había un hombre joven, con traje oscuro y camisa blanca. Llevaba gomina en el pelo. Tenía un aire de perdonavidas. No llevaba corbata.

* * *

En la cama hablamos durante un rato: principalmente de la metedura de pata que habíamos cometido. Mónica estaba afligida; yo no. Encendí uno de sus cigarrillos y lancé el humo al techo; tenía el cenicero a un palmo de mi cabeza.

-¿Tú crees que Alfredo estaba fumigando?

-¿Se llama Alfredo? -Lo pregunté con malicia.

A través de la oscuridad y el humo adiviné su mirada.

-Sí -contestó-. Se llama Alfredo y tú lo sabes muy bien.

-Te juro que no lo sabía. Siempre lo confundo con Alfonso o Alonso o Alejandro -mentí.

Hubo una pausa. Terminé el cigarrillo.

-No -dije de pronto.

-No ¿qué?

.-Pues que no estaba fumigando. El muy cabrón.

Mónica apoyó el peso sobre el codo y dio media vuelta.

-¿Qué crees que estaba haciendo?

Mónica nunca ha sido muy lista para estas cosas.

-¿A ti que te parece? ¿No has visto al tipo que estaba en el porche?

Ella me miraba con los ojos muy abiertos. No entendía nada. Tanteé la mesa de noche en busca de la pipa. No la encendí; la mordí.

-Mónica - le dije un poco harto-. Hace tiempo que Al sale a altas horas de la noche con la sola intención de mirar por la ventana de su propio dormitorio.

Era inútil. No había forma de que lo entendiera. No le conté que, si había telefoneado a la policía, era por el simple hecho de joderlo.

Doy unos golpecitos a la pipa. La ceniza se desploma, compacta, en el cenicero. El viento ha despejado las nubes; hay luna. De pronto, Al sale. Pasea un par de veces por el porche; viste un chandal, azul oscuro. Se acerca al camino: mira arriba y abajo. Tiene especial cuidado en no pisar las flores.

 

Bob T. Morrison

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