Largos periodos de paz; después, la guerra otra vez.
Por
precaución manteníamos a nuestros vigías
apostados en los confines, y si bien la posibilidad de un nuevo
conflicto se nos antojaba remotísima, hoy todo indica
que el ataque es inminente.
Primeras
consignas: evitar toda atrocidad, nada de carnicerías.
Sabedores de la tensión que reina entre nuestras fuerzas,
tomamos disposiciones para mantener el control en todo momento.
Bien pudiera tratarse de una falsa alarma. El recuerdo de las
anteriores conflagraciones, cuya crueldad nos llena de consternación,
ha de servirnos para resolver la situación del modo más
benigno posible.
Entre
tanto, los asuntos cotidianos siguen reclamando nuestra atención:
el secretario solicita más manubrios. Alega que, en los
tiempos que se avecinan, los manubrios pueden ser de utilidad
para consolar a la población y mantener así el
orden social. Sigue debatiéndose la cuestión;
pero el secretario es terminante a este respecto: ¡más
manubrios!
Las
noticias del frente son confusas. Las primeras escaramuzas tardan
en producirse. Alentamos a nuestras unidades, que languidecen
en las fronteras, y las instamos a observar todas las precauciones
necesarias para no desencadenar sin motivo la contienda. Acaso
sea aún posible la paz. Se informará de toda circunstancia
acaecida en vanguardia.
2
Nueva
reunión hoy: el secretario insiste en la necesidad de
distribuir manubrios y apunta que la población comienza
a inquietarse. Nos permitimos observar que la última
remesa de manubrios arrojaba un saldo de numerosas piezas defectuosas.
El secretario, colérico, habla de sabotaje; los enemigos
son tan poderosos en el interior como allende nuestras fronteras,
y acaso más temibles aquí por su proximidad. La
vehemencia del secretario induce a sospecha. La cuestión
sigue pendiente.
Más
grave es el peligro de infiltraciones en nuestras columnas;
frente a tal contingencia instamos al máximo de prudencia
en nuestras filas. Nada de relajación; al mismo tiempo
es menester conservar la calma. El enemigo parece complacerse
en estudiarnos antes de descargar el primer golpe. Informar
constantemente.
En
cuanto al interior, una distribución de manubrios no
tiene porqué descartarse, tanto más cuanto la
población, en efecto, da muestras de creciente inquietud,
acaso infundida por los rumores de una próxima remesa,
de cuya propalación, según algunos, es responsable
el propio secretario. Su terquedad en lo tocante a los manubrios
llega a ser irritante. Suponen un alivio para la plebe, declara
encendido, necesitada en esta hora y siempre de distracciones.
La resolución a este respecto es incierta.
Primeros
informes de campaña: la situación, dentro de la
gravedad, parece estable. Esta calma empero no es a veces sino
el preludio de las peores hostilidades. No debe permitirse que
el desánimo cunda en nuestras formaciones. Tampoco puede
actuarse a la ligera. Todo acto de vandalismo será reprimido
con la debida dureza.
3
En
el interior: el secretario enarbola la causa del reparto de
manubrios a la población como una bandera; su actitud
pone a prueba nuestra paciencia. Cada día son más
quienes le hacen eco.
Instrucciones
finales a nuestros destacamentos: mantenerse a la espera, no
bajar la guardia. La orden de ataque será transmitida
a su debido tiempo.
Primeros
desórdenes entre la población. Ataques a los puertos
y depósitos de manubrios.
En
el frente instamos a nuestras fuerzas a mantener la serenidad.
Revueltas
en el interior. Nadie duda de que el secretario planea un golpe
de mano. Nos desplazamos a la línea de fuego y arengamos
a las tropas.
Incidentes
cada vez más graves en todo el territorio. El pueblo
quiere manubrios a toda costa.
En
el frente, movimientos de dudosa interpretación por parte
del enemigo.
El
secretario se hace fuerte con un puñado de traidores
en la capital. Optamos por mantener nuestra presencia entre
las formaciones y esperar aún la acometida.
Reservas
ocultas de manubrios distribuidas en todo el país por
el secretario. Fervor. Aclamado por las multitudes. El enemigo
comienza a replegarse. Desmovilización al otro lado.
Proclamación del nuevo Estado en la plaza mayor de nuestra
capital. El secretario se hace con las riendas. La noticia siembra
el desánimo entre nuestras unidades, que siguen apostadas.
Permanecemos hasta el fin junto a nuestros soldados. Orden de
mantener nuestras posiciones. El secretario avanza con sus hombres.
Su superioridad es indudable. Mantenerse alerta. Las fuerzas
del secretario nos alcanzarán mañana.