7
enero 2002

Eduardo
 
  Aladro
 
  Vico

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La guerra

otra vez

 

Largos periodos de paz; después, la guerra otra vez.

Por precaución manteníamos a nuestros vigías apostados en los confines, y si bien la posibilidad de un nuevo conflicto se nos antojaba remotísima, hoy todo indica que el ataque es inminente.

Primeras consignas: evitar toda atrocidad, nada de carnicerías. Sabedores de la tensión que reina entre nuestras fuerzas, tomamos disposiciones para mantener el control en todo momento. Bien pudiera tratarse de una falsa alarma. El recuerdo de las anteriores conflagraciones, cuya crueldad nos llena de consternación, ha de servirnos para resolver la situación del modo más benigno posible.

Entre tanto, los asuntos cotidianos siguen reclamando nuestra atención: el secretario solicita más manubrios. Alega que, en los tiempos que se avecinan, los manubrios pueden ser de utilidad para consolar a la población y mantener así el orden social. Sigue debatiéndose la cuestión; pero el secretario es terminante a este respecto: ¡más manubrios!

Las noticias del frente son confusas. Las primeras escaramuzas tardan en producirse. Alentamos a nuestras unidades, que languidecen en las fronteras, y las instamos a observar todas las precauciones necesarias para no desencadenar sin motivo la contienda. Acaso sea aún posible la paz. Se informará de toda circunstancia acaecida en vanguardia.

 

2

Nueva reunión hoy: el secretario insiste en la necesidad de distribuir manubrios y apunta que la población comienza a inquietarse. Nos permitimos observar que la última remesa de manubrios arrojaba un saldo de numerosas piezas defectuosas. El secretario, colérico, habla de sabotaje; los enemigos son tan poderosos en el interior como allende nuestras fronteras, y acaso más temibles aquí por su proximidad. La vehemencia del secretario induce a sospecha. La cuestión sigue pendiente.

Más grave es el peligro de infiltraciones en nuestras columnas; frente a tal contingencia instamos al máximo de prudencia en nuestras filas. Nada de relajación; al mismo tiempo es menester conservar la calma. El enemigo parece complacerse en estudiarnos antes de descargar el primer golpe. Informar constantemente.

En cuanto al interior, una distribución de manubrios no tiene porqué descartarse, tanto más cuanto la población, en efecto, da muestras de creciente inquietud, acaso infundida por los rumores de una próxima remesa, de cuya propalación, según algunos, es responsable el propio secretario. Su terquedad en lo tocante a los manubrios llega a ser irritante. Suponen un alivio para la plebe, declara encendido, necesitada en esta hora y siempre de distracciones. La resolución a este respecto es incierta.

Primeros informes de campaña: la situación, dentro de la gravedad, parece estable. Esta calma empero no es a veces sino el preludio de las peores hostilidades. No debe permitirse que el desánimo cunda en nuestras formaciones. Tampoco puede actuarse a la ligera. Todo acto de vandalismo será reprimido con la debida dureza.

 

3

En el interior: el secretario enarbola la causa del reparto de manubrios a la población como una bandera; su actitud pone a prueba nuestra paciencia. Cada día son más quienes le hacen eco.

Instrucciones finales a nuestros destacamentos: mantenerse a la espera, no bajar la guardia. La orden de ataque será transmitida a su debido tiempo.

Primeros desórdenes entre la población. Ataques a los puertos y depósitos de manubrios.

En el frente instamos a nuestras fuerzas a mantener la serenidad.

Revueltas en el interior. Nadie duda de que el secretario planea un golpe de mano. Nos desplazamos a la línea de fuego y arengamos a las tropas.

Incidentes cada vez más graves en todo el territorio. El pueblo quiere manubrios a toda costa.

En el frente, movimientos de dudosa interpretación por parte del enemigo.

El secretario se hace fuerte con un puñado de traidores en la capital. Optamos por mantener nuestra presencia entre las formaciones y esperar aún la acometida.

Reservas ocultas de manubrios distribuidas en todo el país por el secretario. Fervor. Aclamado por las multitudes. El enemigo comienza a replegarse. Desmovilización al otro lado. Proclamación del nuevo Estado en la plaza mayor de nuestra capital. El secretario se hace con las riendas. La noticia siembra el desánimo entre nuestras unidades, que siguen apostadas. Permanecemos hasta el fin junto a nuestros soldados. Orden de mantener nuestras posiciones. El secretario avanza con sus hombres. Su superioridad es indudable. Mantenerse alerta. Las fuerzas del secretario nos alcanzarán mañana.

 

Eduardo Aladro Vico

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